El Cafecito


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Anotaciones del diario sobre aniversarios, por José Luis Justes Amador

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Para Dorismilda y Arlette,

editoras de vocación.

 

* Aniversario, como otras muchas palabras, por ejemplo, sol o sonrisa, tiene siempre una connotación de alegría, de gozo, de unión. Aniversario, como muchas de esas palabras, necesita un adjetivo cada vez que queremos expresar algo diferente: “sol negro”, “sonrisa torcida”, “aniversario luctuoso”.

 

* “Hoy sería nuestro aniversario” es una de las frases más desafortunadas que se pueden construir. Es, sobre todo, falaz. Aniversario no admite el hipotético. Haya sido una ruptura o la ruptura más radical de todas, la muerte, no se puede celebrar nada que no este siendo. A lo sumo, queda el deseo, inútil, de la celebración.

 

* Cumpleaños, onomástico, aniversario: nacer, tener un nombre, fundar algo. Esas tres palabras son el correlato perfecto de “tener un hijo, escribir un libro, plantar un árbol”.

 

* Todo el mundo parece estar de acuerdo con que los días más terribles del final de algo -un edificio (pienso en las torres gemelas), una vida (pienso en cualquiera de mis muertos), de una relación (intento no pensar en nada- son los primeros. Tienen razón, pero también los aniversarios (“aquí hubiéramos cenado”, “aquí hubiéramos dormido”, “esto nos hubiéramos regalado”) son duros. Cada vez menos, cada año menos.

 

* Hay algo de perfección en los números cerrados: diez, cincuenta, cien. Por eso se eligen para las celebraciones. Pero también se dan aniversarios no tan cerrados y que se celebran: las bodas de plata a los veinticinco años, la locura shakespeariana en su cuatrocientos cincuenta. Eso en lo social, mientras que en la cotidianeidad celebramos cada aniversario como un triunfo. Algo que de hecho es.

 

* Nunca he amado a dos personas, en tiempos diferentes por supuesto, que coincidieran en su fecha, al menos el día y el mes, de nacimiento. ¿Qué pasaría? Es un buen tema para un cuento que nunca escribiré.

 

* ¿Quién decide que aniversarios se celebran? ¿Cómo establecemos qué vidas vale la pena conmemorar y cuales menos? ¿Qué hace a un hombre superior al otro? Si es la obra, entonces cualquier día sería bueno. Si es la obra, entonces recordarlos un día, una semana, un mes, un año, nunca es suficiente.

 

* Y parece que es esa misma manía periodística, manía que también llega a los suplementos culturales, la que, cada vez más necesitada de aniversarios, celebra por igual los nacimientos y las muertes. ¿Qué es más importante: haber nacido o haber muerto?

 

* Llegar a los cien años, a los cien números, está rodeado de un sentimiento de completud, de vida y obra hecha. Ciento uno, años, números, amores, es una cifra más hermosa que implica haber hecho lo necesario y un poco más. Como “las mil y una noches”, como mi tan querido “forever and a day”.

 

* Hasta en lo literario hay aniversarios sociales (Paz, Cortazar, Huerta, Roth) e personales (Plath, Salinger, Ortiz de Montellano). Otros íntimos, demasiado íntimos. Y esos no tienen nombre.

 

* Nadie debería regalar nada (y menos en los aniversarios). Si las cosas se tuercen, y siempre se tuercen, quedan como materia de lo que fue, ya no es y nunca más será.

 

* Tal vez es mi falta de constancia y el deseo, siempre incumplido, de ser capaz de terminar algo, lo que sea, lo que me hace leer irónicamente los aniversarios. Me caen mal, pero no mucho más de lo mal que me caigo a mí mismo.

 

* De no celebrar ya nada me queda un verso que a mí me hubiera gustado escribir: “tengo la marca de haber conocido el amor”.

 

* Pero todo ya lo había dicho antes, y mejor, Jaime Gil de Biedma en su “Canción de Aniversario”:

 

Porque son ya seis años desde entonces, porque no hay en la tierra, todavía, nada que sea tan dulce como una habitación para dos, si es tuya y mía; (…)

 

El eco de los días de placer, el deseo, la música acordada dentro del corazón, y que yo he puesto apenas en mis poemas, por romántica; todo el perfume, todo el pasado infiel, lo que fue dulce y da nostalgia, ¿no ves cómo se sume en la realidad que entonces soñabas y soñaba? (…)

La vida no es un sueño, tú ya sabes que tenemos tendencia a olvidarlo. Pero un poco de sueño, no más, un si es no es por esta vez, callándonos el resto de la historia, y un instante -mientras que tú y yo nos deseamos feliz y larga vida en común-, estoy seguro que no puede hacer daño.

 

* (PD: ¿Por qué felicitamos, y celebramos, a algo o a alguien en su aniversario si es lo menos que puede hacerse: seguir viviendo, seguir amando, seguir editando? O, ¿lo que realidad celebramos es la constancia que nosotros nunca tuvimos, nunca tendremos?)

 

 

José Luis Justes Amador (Zaragoza, España, 1969). Licenciado en Filología Inglesa por la Universidad de Zaragoza con un postgrado en Poesía Inglesa en la Universidad de Cambridge. Residente en México desde hace más de diez años. Ganador en dos ocasiones del Premio Nacional de Literatura Joven “Salvador Gallardo Dávalos”. Su publicación más reciente se titula “De Nadie” (Letras de Pasto Verde, 2009).

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Variaciones sobre un tema de Kandinski, por José Luis Justes Amador

un arte donde cada recuerdo del deseo práctico fuera desaparecido

(V. K.)

I

un poema como este:

diminuto y frágil

para que no quepa

ni siquiera tu recuerdo

II

uno con la mesa del café,

con insomnios y libros,

con la cortina roja cerrada siempre,

uno con todo,

excepto tu presencia

III

un poema que explique

la muerte del deseo

aunque la memoria perviva,

uno que explique cómo la memoria

ya no conduce al deseo (o casi)

IV

un cuarto poema que hable

de esos días frenéticos

de cambiar las calles y los pasos

para no pisar lo que fue entonces

de como recorro solitario

esas mismas calles y sus ecos

cuando ya no queda nadie

V

y otro que diga

todo lo que callo

porque la lengua

traiciona siempre

VI

un poema más verdadero y acertado

que este punto final

o el silencio que le sigue.

José Luis Justes Amador (Zaragoza, España, 1969). Licenciado en Filología Inglesa por la Universidad de Zaragoza con un postgrado en Poesía Inglesa en la Universidad de Cambridge. Residente en México desde hace más de diez años. Ganador en dos ocasiones del Premio Nacional de Literatura Joven “Salvador Gallardo Dávalos”. Su publicación más reciente se titula “De Nadie” (Letras de Pasto Verde, 2009).


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Carta de Aguascalientes, por José Luis Justes Amador

Querido Javier:

me dicen que no quieres

o que no puedes ya escribir poesía,

tú que en una cafetería del centro

decías que es después de Auswitch

cuando debemos hacerlo.

Qué dolor inmenso debe ser

ése que te hace renunciar a la vocación.

Y recuerdo tu voz diciendo

que debemos decir lo indecible,

que la poesía debe alcanzar

no un lenguaje sino todos,

el de la vida diaria y el de la historia,

esa historia que vivimos y nos vive.

¿Cómo pudieron entonces esos cabrones

robarte la palabra?

Devuélveles

no la otra mejilla sino la verdad,

la verdad ésa que ninguna otra lengua puede alcanzar.

Y decías que la misión del poeta

es develar la belleza de la creación,

que el poeta debía

terminar de demostrarla,

¿cómo esos hijos de la gran puta,

los que destruyen y los que miran a otro lado,

cómo pudieron acabar con tus poemas?

Y si el dolor o el asco es tanto,

tanto que ha reducido tu alma a ruinas,

sobre esas ruinas,

sobre tu dolor y el dolor del país,

sobre esas ruinas del país, Javier,

hemos de amontonar los fragmentos,

sobre esas ruinas hemos de beber

la leche negra del alba,

apurar hasta las heces el cáliz,

sobre ellas enterraremos a nuestros muertos

no en nieve

sino en este sol primero de la primavera,

sobre esas ruinas haremos del dolor

no un grito sino una voz.

Porque nosotros, los buenos, somos muchos,

y ellos, los malos, todos los malos juntos,

son pocos y son cobardes,

por eso es ahora y siempre

y en la hora de nuestra muerte

y en la hora de la muerte de tu hijo

y de los otros hijos y de las hijas también,

en esta heródica hora

de la matanza de los inocentes

cuando debemos ahogar el mal

en sobreabundancia de bien.

José Luis Justes Amador (Zaragoza, España, 1969). Licenciado en Filología Inglesa por la Universidad de Zaragoza con un postgrado en Poesía Inglesa en la Universidad de Cambridge. Residente en México desde hace más de diez años. Ganador en dos ocasiones del Premio Nacional de Literatura Joven “Salvador Gallardo Dávalos”. Su publicación más reciente se titula “De Nadie” (Letras de Pasto Verde, 2009).


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Dos canciones, por José Luis Justes Amador

SEGUNDO PREMIO

Amor mío

-y escribo amor

porque no encuentro otra palabra-

nada es eterno y menos aún

aquello que queremos que lo sea.

Y lo dejo escrito para hacerte daño

y porque si te entristeces leyendo esta carta

yo he ganado y me queda,

al menos,

ese premio de consolación.

EL DESCONOCIDO

-canción borrador para Vegas-

Una noche de estas noches voy, al fin a hacerlo.

marcharme a una cantina de mala muerte,

acomodarme en la barra y beber

hasta encontrar el valor suficiente

y acercarme, entonces,

a ese desconocido que habita la esquina más oscura,

esa en que ni un perro orinaría y pedirle

cuéntame tu vida, hermano,

que la mía ya no tiene sentido.

Y escucharle desgranar lentas las palabras

y escucharle decir yo también pude

haber sido más famoso que Jesucristo.

Yo tuve en un tiempo ya lejano juventud y dinero,

casi todas las mujeres que deseé y alguna más,

talento suficiente y los amigos necesarios.

Yo fui uno de esos que llaman jóvenes promesas

en un arte que ya nadie practica.

Pero el tiempo inexorable se unió

a la realización siempre pospuesta,

el tiempo jamás me perdonó no darle cumplimiento.

Y al envejecer maltraté a quienes decían amarme

perdiendo sin remedio la poca dignidad que me quedaba.

Y le escucho cantar canciones que no conozco

mientras le hablo yo en un idioma que le es ajeno.

Y sabemos, de repente, que ambos

hablamos y cantamos para el otro

en esa lengua que sólo los más tristes conocen,

una lengua sin patria y de jirones.

Y brindamos por la muchacha que se suicida

sin haber conocido la comida chatarra ni el amor,

por el viejo de cuya muerte solitaria nadie habla

hasta que el hedor insoportable la traiciona,

por esa estación nocturna y helada de los borrachos,

por las innumerables combinaciones de nombres y lugares

en esa memoria que cofunde o inventa,

por el poeta que escribe su derrota en una línea

como esperando que esa misma línea lo salve

y por el fin del mundo que no llega nunca.

Y mientras llega el brindis siguiente hay un silencio

que sólo rompe el susurrado final de la historia:

ya nadie entiende nada ya nadie sabe nada

tú no entiendes nada y aunque yo supiera

no encuentro las palabras porque las palabras no sirven

y cada palabra es un momento más del tiempo que pasa

y no pueden devolverte ni atrás ni mucho más atrás

allá a donde quisieras volver

para cometer de nuevo los mismos errores

sí y saberlo para disfrutarlos más

como sólo se disfrutan la primera o la última copa

y las demás son apenas un intervalo

el menos interesante pero ese

que no queda otro remedio que vivir.

Y brindamos por nada porque ya no queda nada que valga la pena,

brindamos por el vacío exacto entre las botellas

antes del brillante sonido del conocimiento que impone la verdad.

Y dejo aterrado la copa y lo veo y lo miro

hasta encontrar el valor suficiente (de nuevo) y decirle

las palabras esas que sólo se pronuncian una vez en la vida.

Levanta, hermano, y camina pues no eres desconocido.

Cédeme tu puesto gemelo y ve a apurar

la poca vida que te queda.

Y, si puedes, la mía.

José Luis Justes Amador (Zaragoza, España, 1969). Licenciado en Filología Inglesa por la Universidad de Zaragoza con un postgrado en Poesía Inglesa en la Universidad de Cambridge. Residente en México desde hace más de diez años. Ganador en dos ocasiones del Premio Nacional de Literatura Joven “Salvador Gallardo Dávalos”. Su publicación más reciente se titula “De Nadie” (Letras de Pasto Verde, 2009).


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El papel de la elegía, de Mary Jo Bang, traducción de José Luis Justes Amador

EL PAPEL DE LA ELEGÍA

Traducción: José Luis Justes Amador

La elegía sirve para poner

una máscara mortuoria a la tragedia,

cortinas al espejo.

Para someterse al debate cultural

de hacer estética del dolor,

de la perdida, de la insoportable

imagen postrera de lo que fue material.

Para buscar una consolidación

imaginada de la pena

para terminar de una vez

y para siempre y por completo cerrar

el gabinete de las particularidades.

Y sin embargo esté el refrán infinito

que una repetida y repetidamente

a través de la puerta entreabierta:

alguien ha cometido un error.

¿Qué es la elegía sino el intento

de volver a insuflar vida

en lo que fue el que se fue

antes de que se haga enorme?

Se tú mismo en escena,

le dice el elegista a los muertos.

Muéstrales, tras lo que pasó,

todo eso que debiste ser.

El artista de una canción viva.

Un zapato. Agradece.

No queda nada

salvo la compulsión de contar.

La distracción de la tinta sobre la tela

que se restriega y restriega

pero que no puede hacer nada.

Ni entonces, ni pronto.

Cada día, un nuevo texto en la viñeta final,

esa que simplemente no puede ser.

Para lo que sirve la elegía es lo que una escucha una vez y otra.

The Role of Elegy

Mary Jo Bang

The role of elegy is

To put a death mask on tragedy,

A drape on the mirror.

To bow to the cultural

Debate over the aesthetization of sorrow,

Of loss, of the unbearable

Afterimage of the once material.

To look for an imagined

Consolidation of grief

So we can all be finished

Once and for all and genuinely shut up

The cabinet of genuine particulars.

Instead there’s the endless refrain

One hears replayed repeatedly

Through the just ajar door:

Some terrible mistake has been made.

What is elegy but the attempt

To rebreathe life

Into what the gone one once was

Before he grew to enormity.

Come on stage and be yourself,

The elegist says to the dead. Show them

Now—after the fact —

What you were meant to be:

The performer of a live song.

A shoe. Now bow.

What is left but this:

The compulsion to tell.

The transient distraction of ink on cloth

One scrubbed and scrubbed

But couldn’t make less.

Not then, not soon.

Each day, a new caption on the cartoon

Ending that simply cannot be.

One hears repeatedly, the role of elegy is.

Una breve nota:

Hay poemarios que, al contrario que otros libros o novelas, obligan al lector a quedarse callado, a meditar sobre ellos sin encontrar las palabras necesarias para comunicar la emoción que causan. Hace apenas un par de años me ocurrió eso con un plaquette de apenas veinte páginas. Hasta llegar, como casi siempre por casualidad, a este poema de Mary Jo Bang que es la reseña perfecta de aquella plaquette. Vale.

José Luis Justes Amador (Zaragoza, España, 1969). Licenciado en Filología Inglesa por la Universidad de Zaragoza con un postgrado en Poesía Inglesa en la Universidad de Cambridge. Residente en México desde hace más de diez años. Ganador en dos ocasiones del Premio Nacional de Literatura Joven “Salvador Gallardo Dávalos”. Su publicación más reciente se titula “De Nadie” (Letras de Pasto Verde, 2009).


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Poemas de José Luis Justes Amador

(del cuerpo en general)

oh el cuerpo  no cualquiera

sólo aquel

que tuvimos  o deseamos

alguna vez

siempre

*

puestos a elegir

en la dicotomía necesaria  occidental

impuesta

elijo  el alma:

entregar algo  a cambio

de esperanza solamente

*

pero entonces

cuál es la elección

si la condena

o el triunfo

parecen ser el mismo

cuando la imagen

(el recuerdo perentorio

inmóvil y al mismo tiempo

en movimiento)

es la misma

*

y le duele al cuerpo

más que a la memoria

o de otro modo

de uno

imperceptible o apenas

un erizarse lento

de vello en el brazo

una brisa

dulzona como madera de naufragio

un olor nuestro

*

y escribir no es

sino sustituir:

poner el mismo nombre

en otra piel

o viceversa

quizá

la misma piel

en otro nombre

y las estaciones

pasan

y pasa la vida

*

iniciales como un secreto:

sombras en la nocturna estancia:

las mismas letras

en otra espalda:

lo único que varía

es la respiración

y otros modos secretos

que no se repiten nunca

*

te regalo

dijiste

el alma mía y el corazón

pero no las noches

o si prefieres

bajaste la voz

el cuerpo dos veces por semana

y nada más

tú eliges

José Luis Justes Amador (Zaragoza, España, 1969). Licenciado en Filología Inglesa por la Universidad de Zaragoza con un postgrado en Poesía Inglesa en la Universidad de Cambridge. Residente en México desde hace más de diez años. Ganador en dos ocasiones del Premio Nacional de Literatura Joven “Salvador Gallardo Dávalos”. Su publicación más reciente se titula “De Nadie” (Letras de Pasto Verde, 2009).


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Los adolescentes muertos (una nota a pie de página), por José Luis Justes Amador

En español ya estaban Edward Cullen, el hermoso vampiro, la ahora cinematográfica Susie Salmon y la extrañísima protagonista de Ghostgirl, pero si la moda continúa y se traduce habrá que estar atentos a la oleada que, en inglés, se está dando de adolescentes muertos. Before I die (Antes de que me muera) de Jenny Downham cuenta la historia de Tessa que, a sus dieciséis, quiere perder la virginidad antes de morir de leucemia. Jay Asher en Thirteen Reasons Why (“trece motivos” sería una buena traducción) en que trece personas reciben un casette con los motivos por los que Hannah Baker se ha suicidado. Y parecidísimo a Ghostgirl,  Lisa Schroeder en I Heart You, You Haunt Me (“yo te amo, tú me asustas”) cuenta la historia del novio que vuelve a atormentar a la parte de la pareja que se ha quedado viva.

Ese espíritu adolescente se resume en unas cuantas líneas de Before I fall (“si sobrevivo”) de Lauren Oliver cuya protagonista, que repite una y otra vez el día de su muerte al ser atropellada, escribe: “La cosa es que nunca se sabe. No es que te levantes con un malestar en el estómago. No ves sombras donde no debería haberlas. No te acuerdas de decirles a tus padres que los amas o –en mi caso- decirles adiós a todos. Si eres como yo, te levantas siete minutos cuarenta y siete segundos antes de que tu mejor amigo te recoja. Estás demasiado ocupada pensando en cuántas rosa te van a dar en San Valentín como para hacer algo más que ponerte a toda prisa la ropa, lavarte los dientes y rezarle a Dios para que te hayas dejado el maquillaje en la bolsa para arreglarte en el coche. Si eres como yo, tu último día comienza así”.

Mientras termino de escribir la columna de cada semana, una amiga, curiosa y siempre atenta a la lógica de cualquier acontecimiento cultural, se asoma por encima de mi hombro y cuestiona en voz alta. “¿Y si eso nos lleva a una oleada de suicidios juveniles?”.

No le contesto las dos primeras ideas que me vienen a la cabeza. (Siempre me dice que piense antes de decir algo porque luego tengo que arrepentirme). La primera es que, hasta ahora, en una de las ciudades con mayor tasa de suicidios juveniles, no ha hecho falta la literatura (y menos la aún sin traducir) para semejantes cifras. La otra, un ironía, buena pero fuera de lugar, es que eso al menos demostraría que nuestros jóvenes ya empiezan a leer. Pero sólo de imaginar su cara de reproche me lo callo.

Tiene razón. Hay algo significativo detrás de toda esta avalancha, que en inglés ya tiene un par de años, pero que hasta ahora no ha comenzado a ser notas aisladas, cada vez menos aisladas, en la prensa cultural y en los pocos suplementos de libros que van quedando.

Arriesgar una propuesta que lo explique cuando hay tantos factores en juego es siempre complicado. Intuir que es lo que hay detrás de la mente de quince, dieciséis o veinte escritores es tarea más que imposible. (Ya es imposible con uno sólo).

La gente, especialmente los jóvenes, algunos jóvenes, ya está harta (y mientras que las famosas redes sociales abren a todos, a todos aquellos con el poder adquisitivo suficiente, la posibilidad de perder el tiempo de maneras igual de idiotas, pero más cibernéticas) de que le den gato por liebre. De que la vida no sea sino una sucesión de compras (al menos, de ofertas), de cuerpos sanos y de tipos y tipas que no tienen nada más que hacer que divertirse, holgazanear y disfrutar. Comparar, algo que tarde o temprano se hace, la vida falsa, “la vida loca” que cantaba (no recuerdo el nombre, en serio), con la vida de a de veras, con la vida real, la primera sale perdiendo. No porque no sea atractiva sino precisamente por ser falsa. (Se puede engañar a algunos todos el tiempo o se puede engañar a todos algún tiempo; pero no se puede engañlar a todos todo el tiempo).

La gente, especialmente los jóvenes, algunos jóvenes, están hartos de que la vida no sea como la que pintan, principalmente ese canal de cartón piedra que es MTV[1]. (Es adecuado recordar que, además, la serie más “realista” de todas cuantas propone el canal es, la que menos se ve, la que no ha podido pegar entre el segmento de población al cual va dirigido. Claro, Skins). Y, como consecuencia, como reacción, lo único que queda probar, aunque sea ficticio, aunque sea literatura, es la muerte. Todo lo demás es lícito. Morir es ya la última experiencia. (Bueno y con, Teen mom, un embarazo adolescente no deseado; pero eso tiene demasiadas desventajas).

Cuando ya no queda nada, la muerte es la única salida.

“Lo malo de la educación laica”, decía ya hace tiempo el nada católico Ezra Loomis Pound, “es que no enseña cómo morir”. Y es que, como propone otra amiga más querida aún, “no ha pasado nada desde la muerte de Kurt Cobain”. (Corrijo: la caída de las torres gemelas y el ascenso de Fox al poder. (Me corrijo de nuevo: no ha pasado nada)). Salvo esta oleada de muertos en vida y muertos adolescentes y adolescentes agonizantes y adolescentes que saben que van a morir. Y eso ya es suficiente.

Dust to dust, ashes to ashes cantaba Bowie hace tiempo. Si eso no es espíritu juvenil, si eso no es punk, si eso no es nihilismo en estado puro, qué baje Dios y lo vea. Y, sobre todo, que nos pille confesados. Mil palabras casi exactas. Con esta, Amén, lo son.

José Luis Justes Amador es escritor y traductor.


[1] Recuérdese el lamentable incidente de censurar un video (algo que también hizo youtube) de Los Planetas, “Alegrías del incendio”, en el que no se veía absolutamente nada, y ofrecer imágenes mucho más explícitas. Eso no se llama libertad. Se llama hipocresía.