El Cafecito


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La ruta, por Jildardo González Romero

“Mi soledad siempre ha pertenecido a ti”.

Café Tacuba

Los días, desde el lunes al viernes, y cada dos semanas, también los sábados, cumplía con su rutina de levantarse, asearse y preparar un desayuno sencillo e ir a tomar el autobús o lo que pasara primero; que la llevara a su primera jornada de trabajo donde dejaba pedazos de existencia, para luego regresar a la ciudad al inicio de la tarde. Así convivía acompañada de una soledad que inició desde que dejó de recibir noticias y llamadas que le alegraban los siete días de la semana, dando paso a una melancolía que se notaba en cada uno de sus movimientos tan grises que la arrastraban por las calles de la ciudad; donde ella era un fantasma.

Caminar del pasaje Juárez a la Avenida López Mateos, ya de regreso a su casa después de cumplir con su segundo empleo en una institución descentralizada del gobierno del estado, para más tarde ir a cuidar en lo que restaba del día a su mamá (que curiosamente se enfermaba más, sólo por las noches). Así terminaba sus 24 horas del día, llevaba una vida chata, ordinaria, que se reflejaba en su aspecto; un cuerpo maduro, bien dotado que se resistía a creer que fuera a terminar su existencia sin que su figura — que fuera envidiada por sus compañeras de la Normal —, no sintiera el cosquilleo y la taquicardia de una buena sesión de caricias…

Su itinerario consistía en llegar en la temprana tarde después de cumplir con su empleo federal en el jardín de niños a su casa en el oriente de la ciudad, e iniciaba su trajín de la tarde; comía algo de lo que ella misma había elaborado la noche anterior, dejarle también algo de alimentos a su madre que ya la tenía harta pero que no se atrevía a externarlo, y cuando le salía alguna queja de fastidio hacia la situación que vivía, en la primera oportunidad se dirigía desde donde vivía hasta el templo expiatorio que está en Galeana para pedir perdón por lo que había salido de sus labios pecadores.

Las pequeñas alegrías se las ganaba de vez en vez, cuando algún infante sin importar la fecha le enseñaba su dentadura arropada de caries, acompañada con un presente para la maestra, desde una fruta hasta un ramo de flores sencillas, pero cargadas de suficiente cariño.

En un tiempo tuvo ilusiones, en su cara se veía la felicidad cuando era novia de Fabricio, pero él se tuvo que aventurar al norte para hacer fortuna y con eso también la aceptación de los padres de ella para que siguieran la relación de novios y por qué no, en un tiempo poder casarse y salir de blanco de su casa.

Se conocieron en una de esas antesalas eternas del transporte público, él se disponía a tomar cualquier “combi” que lo dejara cerca del CERESO del Llano, en ese tiempo, Fabricio estaba haciendo unos trabajos de fontanería, y ella ya daba clases en un jardín de niños rural, allá en una comunidad cerca de Los Durón, lo que empezó como un diálogo para matar al tiempo y hacer llevadera la espera, con la pregunta obligada de cortesía, se transformó en una relación de manos sudadas y de muchas esperanzas.

Los primeros meses de la ida al “gabacho” — como se referían sus compañeras de trabajo — recibía noticias de Fabricio de manera regular hasta que dejaron de llegar cartas de Atlanta, y ya no volvió a saber de él. Se quedaron en una caja perfumada, las notas cargadas de esperanzas y postales junto con fotografías que mostraban los cambios de su novio que estaba en el norte, para un cumpleaños de ella lo que llegó fue un telegrama con una felicitación escueta y fue todo, ya no hubo más.

En una habitación de la casa de ambos y que ella había adquirido con un crédito bancario (avalado por los envíos de la Western Union), colmados de ilusiones y recuerdos un montón de artículos para su nuevo hogar desde muebles hasta utensilios para la cocina, se atiborraban de polvo y olvido.

Al poco tiempo que Fabricio se fue al “otro lado” casi todos los comentarios de parte de sus tías eran de pocas esperanzas sobre el buen funcionamiento de esa relación “amores de lejos, amores de pensarse”, le comentaban, hasta lo más claro que escuchó por parte de la tía Jimena; “…los que se van al norte mi’ja ya no regresan”, esa frase fue la que la orilló a llamarle a Fabricio ese mismo día, pero en el número dónde había hablado con él dos días a la semana, una voz de mujer le contestó, y ella desde ese momento cual si hubiera hecho votos de silencio no emitió ninguna palabra, por una larga temporada.

“Ha de estar ‘enechizada’”, dijo doña Rosa, quien tenía un puesto en el mercado Terán; le hacía sus trabajos como barridas y remedios con hierbas para que hablara, ella se dejaba hacer todo tipo de curaciones, dejó de ir a su trabajo, dejó de comer y nadie sabía lo que ella tenía, se quedaba en un mundo que nadie entendía, los familiares decía que así se quedaría “como la abuela Darita” que ya no volvió hablar desde que murió el abuelo Tacho. Pero no fue así, un día de julio — después de trece años — en un pleno verano con mucha lluvia, se le levantó regando las plantas que no necesitaban agua y cantando “La Llorona”, se incorporó a las labores de la casa como si no hubiera pasado nada y preguntando si Fabricio había llamado; un silencio fue la respuesta, en su intervalo de votos de silencio, sólo había fallecido su madre, pero de Fabricio no hubo noticias, al poco tiempo que le comentaron lo sucedido, ella solo un gesto manifestó con un encogimiento de hombros (ademán no esperado por nadie), “hay que llevarle flores en su cumpleaños” fue todo lo que externo, y para en seguida seguir hablando de los planes que tenía con Fabricio.

El cariño fue fuerte y vivió de esos pequeños retazos de felicidad en papel y letras, que ya no pudo o no quiso saber de otra relación, ella se guardó para Fabricio, y cada cumpleaños y Navidad espera una sorpresa, que siempre llega con un sobresalto se apodera de ella cada que suena el timbre.

Jildardo Gonzalez escribe más esporadicamente de lo que lee; textos suyos han aparecido en revistas hidrocálidas culturales.

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El “colmenero”, por Jildardo González Romero

“Ellos, los nunca vistos, fueron tan necesarios como

las líneas blancas que separan las letras de los libros”

-Dios es redondo

-Juan Villoro

Hacía ya muchos años que no habías visto un balón como ése, era de cuero, con un peso especial, y ese olor tan característico de esos “Colmenero” que ya no existen; muy parecido al primer balón con el que empezaste a patear junto con tu hermano y tus amigos de la calle, “éste sí es de verdad”comentaban todos en coro, y que luego con especial cariño tú lo cargabas como talismán en todos los partidos difíciles, ¿ya te acordaste? Sí, el mismo que nos regaló el tío Raúl.

“Era para que estuviera en un museo…”lo comentaste entre labios, te recordó también aquel verano de 1979, cuando un puñado de muchachos que soñaban con un presente y un futuro diferente, lleno de esperanzas y de triunfos.

Hacía un año que la Argentina se había coronado como campeón del mundo, aún eran frescos los recuerdos de los Baldano y ese entrenador narigón que llevó al equipo argentino hasta las nubes…

Todo tu equipo estaba compuesto por amigos de la infancia, algunos vecinos y compañeros de la escuela, cada uno era del mismo barrio de tu pueblo: “El barrio de Zaragoza”, ¿te acuerdas?, en la defensa “El Chano”, carrilero que se descolgaba por la banda izquierda y que tenía una potencia en los pies que a los porteros los dejaba siempre temblando. Él se decía que era el “Pata bendita de los jodidos”, por aquel “Pata bendita” del América, pero para los tiros libres quien se pintaba solo era el “Tito”, le salían verdaderos rayos al patear el balón en los disparos de castigo a dos toques, era muy certero en el balón en movimiento pero cuando estaba el esférico estático no más no le salía nada, puro “calcetinazo”, estaba también aquel portero que se fue a probar con los Margaritas del Atlas pero su estatura fue su principal enemigo… en fin, aquel racimo de jugadores que se divertían como pocos en la cancha.

Era un equipo de esos clásicos de los pueblos, donde el fútbol es todo; entre semana hacían trabajo de cancha, iniciando el lunes con puro aflojamiento de músculos con trote de balón sin patearlo fuerte, y así los demás días de la semana tácticas de cancha, y otras prácticas… las conversaciones giraban en torno de aquel campeonato que jugaron como los dioses, y de lo que eran antes, y de lo que sucedió después.

Corrió la fama de ese puñado de chamacos famélicos que se movían en la cancha como si “su reino no fuera de este mundo”, no faltaron las promesas de que los llevarían a las selecciones regionales y después, por qué no, a una selección nacional a la que por su edad les correspondía.

Pero el país no estaba para bollos y tu pueblo menos, el hambre empezó hacer mella en el ánimo de unos y otros. Empezaron a salir del pueblo a buscar trabajo y otros a estudiar. Y el equipo se disgregó poco a poco.

¿Ya te acordaste? Sí, el que se fue primero fue el “Rafa” (que aparte era torero, le decían así, porque tenía una cicatriz de una cornada en la pierna derecha, una vaca se lo había chingado cuando la estaba ordeñando).

Desde Yuma llegaron regalos y una postal del “Rafa” donde trabaja en “las yardas”. Después el “Poporín”, que se fue a estudiar a Juárez, el “Robe” se fue hasta Tijuana con sus primos. Y así se quedaron unos cuantos y ya no ajustaban los once jugadores originales para completar el equipo, tenías que invitar a los conocidos para cumplir con los reglamentos del fútbol. “A ver tú les decíaste pareces a éste de la credencial, cuando se la des al árbitro no lo veas a los ojos, como que te haces pendejo que sigues instrucciones del entrenador o que estás viendo algo en el suelo para que no te reconozca, al cabo estás igual de feo que el cabrón de la credencial”instrucciones como ésas eran ya muy comunes cada domingo que les tocaba jugar, porque el equipo ¡no me dejarás mentir! religiosamente, cada fin de semana dependiendo del horario del juego, antes o después de misa, se aventaba sus partidos.

¿Te acuerdas de aquel partido de la final por el Campeonato Regional? Íbamos perdiendo dos cero y ya para terminar que les metimos el primero, la que se armó, hasta don Pancho, que era charro de corazón y el papá del portero, estaba emocionado y le prometió delante de todos una manda a la virgen de San Juan si ganábamosy sí fue, pero a pagar la manda por el madrazo que le dieron a su hijo que perdió el conocimiento y se quedó encamado como quince días, eso sí, todos madreados, pero nos quedamos con el campeonato.

Qué tiempos, ¿verdad? Y tú aquí perdido como varios de aquellos que ya no volvieron… ¿sabes dónde conseguí este balón?, qué vas a saber si apenas sales de aquí sólo cuando vengo por ti a este pinche albergue.

Caminamos apenas unas cuadras y te inicia la temblorina, empiezas a chillar y me señalas que te quieres regresar a ese patio donde das vueltas y vueltas, con tu cara llena de mocos y lágrimas.

Bien nos decía mi abuela, ¿te acuerdas? “Yo no estoy conforme con esa idea de que se van pa’l norte, llegan todos cambiados, con unas manías que no tenían, por eso no quiero que se vayan para allá, mejor sigan jugando con la pelota esa, si ya no tienen amigos con quienes jugar porque ya se fueron todos, pos hagan otro equipo o, ¿qué ya no hay muchachos pa’ eso?”

Si le hubiéramos hecho caso, Tomás, tú no estarías así tan jodido, y yo no tendría que venir cada ocho días a sacarte a pasear, y limpiarte los mocos, a veces me fastidio Tomás, pero qué hago si eres mi carnal, ni modo de dejarte solo, si se te ve que te da gusto cuando vengo a visitarte, y hoy con ese balón que te he traído, hasta hablaste Tomás. Ya deja de estar viéndolo y vamos a patearlo, ¿vale? …

Jildardo Gonzalez escribe más esporadicamente de lo que lee; textos suyos han aparecido en revistas hidrocálidas culturales.


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Todo se lo llevaría al caño: Pessoa y la internet, por Jildardo González Romero

El uso de los medios de comunicación en los tiempos actuales, se ha convertido en una herramienta de exploración del mundo exterior de una importancia tal que en un breve tiempo nos podemos enterar de lo que está sucediendo en cualquier lugar del planeta.

Si bien es cierto que el desarrollo de las tecnologías en los medios de comunicación ha tenido un avance vertiginoso en los últimos años, logrando que las desigualdades sociales se polaricen descaradamente, también lo es que han conseguido que los individuos de distintos países puedan tener una comunicación epistolar y se conozcan para los fines particulares que a cada uno convengan.

Indudablemente, resulta muy fácil crear una identidad diferente por medio de la internet, en donde a través de un blog tenemos toda la libertad de formarnos un perfil a nuestro antojo.

Imaginémonos por un momento a Pessoa, todos los heterónimos que hubiera formado teniendo las herramientas actuales. El poeta portugués, Fernando Pessoa, logró con gran maestría y sin necesidad de la internet en los albores del siglo XX, ser el mejor exponente de la poesía en su país y de la lengua portuguesa. Sus “Odas” de Ricardo Ries; los estremecedores poemas en el “Guardador de Rebaños” de Alberto Caiero, así como su “Poesía completa” de Alvaro de Campos, cada uno de ellos con un perfil específico, nos mostraron de lo que puede ser capaz el ser humano cuando se tiene el talento y la creatividad, cualidades que poseyó el lusitano nacido en Lisboa un 13 de junio de 1888.

Si Pessoa viviera en estos tiempos, tendríamos el gozo de disfrutar sus obras “calientitas”, porque seguramente contaría con una página en la internet que todos los días visitaríamos con un fervor manifiesto, y con una cifra de visitas enorme, que, sin duda, Bill Gates lo consideraría para sus campañas de publicidad.

Por un momento pensemos que antes de dormir visitamos el blog del maestro Caeiro que nos dejaría invadidos de una profunda paz, y con una sonrisa de niño satisfecho.

Después, al amanecer, cuando nos den en la cara los rayos del sol y luego de estirarnos para desperezarnos — antes de cepillarse la resaca de la noche anterior —, y todavía con algunas lagañas en los ojos que nos obligaría hacer visajes, qué les parece devotamente hacer una primera visita fugaz al blog del doctor Ries para ver qué es lo que pasa en su trajín de las circunstancias nocturnas con él mismo, que no sabe otra cosa más que desesperarse como un viejo monárquico como lo fue, formado bajo la escuela de los jesuitas, y constatar lo perdido que se encuentra en esa Lisboa buscando sus raíces, para que nos lleve con la asistencia de su teclado hasta sus fantasmas que le ayudaron a recorrer esas calles cargadas de nostalgia, impregnado en sudor y polvo como nos lo menciona José Saramago (El año de muerte de Ricardo Ries), ¿así serían las notas del doctor Ries? Toda esa nostalgia llena de polvo y de fantasmas, ¿cómo lo llevaría el mismo Pessoa si tuviera un blog sólo para irnos guiando con sus frases por esa Lisboa que ya no está más…? Todo lo que lograríamos leer en el blog que tendría el ingeniero Álvaro de Campos, desde poemas hasta consultas que se le harían por ejemplo: cómo construir caminos para atravesar soledades, o simplemente para saber algo de sus conocimientos que adquirió en Dinamarca.

En las reuniones de los “Cafés de moda” no faltaría quien tuviera la última participación de algo de Fernando Pessoa que motivaría discusiones intelectuales sobre la necesidad de tener un centro de estudios “Pessonianos” con el apoyo de la Universidad Fernando Pessoa, con talleres y diplomados todos en el epicentro de su obra y sus heterónimos.

En el idioma francés, ¿qué nos contaría Jean Seul Méluret? Seguramente nos conectaría con la Alianza Francesa para realizar talleres literarios y conocer más del idioma de Napoleón, hasta probablemente talleres de apreciación de cine. ¿Y María José qué nos contaría? Estoy completamente seguro que alguien estaría como loco traduciendo al castellano todo lo que estuviera subiendo a la internet Alexander Search, o investigando sobre el paradero de los hermanos de él.

¿Se imaginan todos los heterónimos que sería capaz de crear Don Fernando Pessoa? Tendríamos la certeza que al consultar sus páginas nos encontraríamos con la más reciente creación de una noche sentado en su ordenador.

Así sería de nutricio en nuestras vidas consultando, leyendo, gozando, llorando esa enorme obra de lo que es Pessoa.

Bien vale la pena darle una veladora cada 13 de junio al gran Fernando Pessoa, ¿no creen?

Jildardo Gonzalez escribe más esporadicamente de lo que lee; su transmisión es siempre oral y, últimamente, habiendo descubierto las maravillas de la tecnología en lugar de homenajear a Bill Gates lo hizo con Pessoa; textos suyos han aparecido en varias revistas culturales hidrocálidas.