El Cafecito


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Querido diario, por Gabriela Martínez Leandro

Querido Diario (siempre quise decirlo):

Hoy fue un día de esos que jamás querrías borrar de tu bitácora, aunque si tuvieras la oportunidad de regresar el tiempo y revivirlo, quizá modificarías dos o tres (tal vez cuatro o cinco) detallitos.

Primero porque durante diecinueve horas del día, estuviste ansiando que se llegara el momento de la cita… la primera cita; de pronto llega el minuto esperado y no sabes qué hacer, qué decir: llega él. Aunque creíste controlar los nervios, tus discretas gotitas de sudor en la frente, te impiden disimular que algo está sucediendo en tus sistemas; luego porque los largos silencios hacen que sorbas el frapuccino que pediste (en el Café del Codo) para hacer de cuenta que no estabas desesperado; sin contar que te quedaste sin tema de conversación aunque en otro momento no te hubiera parado la boca; luego fingías que todo estaba normal, cuando la sensación que tenías era como la de un ciego que de pronto recuperó la visión en un mundo que creía inexistente.

¡Ay, mi querido Diario!, no te imaginas cómo es el comprobar que el tiempo, para tu mala suerte, no puede ser controlado por nadie y pasa como si tuviera prisa y tú te quedas como si no importara, porque no te queda de otra.

Bueno y lo oliste, y su olor era mejor que el tuyo y ya ni modo, ¿qué hacías a esas alturas del día? Pero tratabas de canalizar tu estrés y bailabas de un lado a otro; movías las manos y las metías a las bolsas de tu pantalón y él, de un vistazo te leyó los pensamientos. Sabrá Dios que habrá pensado de lo que pensabas.

Ah, pero lo que más te atrajo e inquietó era que, ¡eureka!, alguien dejó de ser como tú querías que fuera, es decir, alguien que por fin no cedería a todos tus caprichos, porque simplemente no te complacería bobadas y eso se volvía increíblemente excitante. Alguien por fin, tenía criterio y un lenguaje corporal más elocuente que el tuyo.

Y ahora que me miras de ese modo, mi querido Diario, no sé que decirte. Te ves como hacía años no te veía: con esa miradita de incertidumbre que te contagia la sonrisa-tic.

¿Te están sudando las manos también? Bueno no te culpo, la verdad es que sí es algo nuevo. Y mira que apenas ayer me dijiste que no había sorpresas en tu vida.

Creo que lo mejor será que esperes. En una de esas le gustan los entes anormales. Bueno, bueno, no estoy diciendo que lo seas, pero hoy le hiciste igualito a uno de esos… a lo mejor creyó que sí eras uno.

¿Por qué no le preguntas? Yo creo que no le eres tan indiferente, ¿o sí? Cómo él te dijo: “el no, ya lo tienes”.

Ahora si me disculpas, debo seguir escribiendo. ¡Suerte!

Gabriela Martínez Leandro es Licenciada en Comunicación Medios Masivos por la Universidad Autónoma de Aguascalientes.

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