El Cafecito


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La Habitación Oscura, por Fátima Ortega Chávez

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Despiertas agitado a mitad de la noche; tu corazón golpea fuertemente contra tu pecho como protesta de un sueño que no puedes recordar; sientes el sudor frío que recorre lentamente tu nuca haciéndote estremecer; levantas la mano para secar las gotas que se han formado en tu frente y abres y cierras la boca para poder humectar un poco tu seca garganta. Parpadeas un par de veces hasta que tus ojos se acostumbran a la oscuridad, notando como la luz de la luna da un tono azulado a tu habitación, notas que dejaste la puerta del pasillo abierta, y la luz de la luna ilumina la pared de enfrente con un brillo tétrico… quizás estabas tan cansado que no te molestaste en cerrarla.

Suspiras profundamente mientras estiras tus músculos y te acomodas para ponerte de pie y cerrarla; y es cuando te das cuenta de que se escuchan unos pasos pausados y pesados por el pasillo.

Tu corazón se comienza a agitar mientras intentas ponerte de pie y te das cuenta de que simplemente no puedes levantarte de la cama, agitas los brazos y las piernas tratando de ponerte de pie, pero tu cuerpo simplemente permanece donde está, escuchas cómo tu respiración comienza a agitarse y cómo tu corazón comienza a golpear con más y más fuerza.

Los pasos se acercan con un ritmo constante hasta que vez la silueta de alguien cruzando frente a la puerta; la luz mortecina golpea contra su ropa holgada y sus hombros delgados… notas que sus facciones son afiladas y el cabello le cae lacio por encima de las orejas, es un hombre que levanta la vista, no puedes ver sus ojos pero sabes que están fijos en ti por que sientes cómo tu cuerpo entero se estremece y duele donde posa esos ojos invisibles: el rostro, el cuello; el vientre y las piernas.

—¿Quién eres tú? —Intentas decir, pero las palabras se mueren en la garganta antes de llegar a la boca.

—¿Qué? —Intentas en vano al no escuchar tu propia voz; el pánico se apodera de ti como una fuerte llamarada. Te agitas en la cama escuchando cómo tus manos y tus pies golpean en colchón con fuerza, sintiendo cómo las sábanas se enredan en tus piernas y cada vez que intentas sentarte en la cama una fuerza invisible te azota una vez más contra el lecho.

Gritas en un vano intento de encontrar tu voz, pero sintiendo a la vez cómo ese grito mudo desgarra tu garganta hasta lastimarte.

El hombre ladea un poco la cabeza, estudiando cada uno de tus movimientos y sonríe… sabes que sonríe por que la luna ilumina sus dientes blancos, es una sonrisa burlona, cruel; como esa que hacen los niños al atrapar una mariposa y arrancarle las alas. Así, con la cabeza inclinada, camina hasta quedar al pie de tu cama y se toma su tiempo observándote, lleva la mano hacia tu lecho y retira las delgadas sábanas exponiéndote por completo frente a él; tu respiración es tan fuerte y tan superficial que te sorprende que sigas consiente y el ritmo de tu corazón es tan errático que temes sufrir un infarto… aunque viendo la mueca torcida de ese hombre te invade una necesidad de morir inmediatamente.
El tipo ríe… una risa tan oscura y gutural que más bien parece el aullido lejano de un lobo solitario y es cuando dejas de luchar, tu cuerpo entero se paraliza al darte cuenta de que ese hombre es el cazador y tú eres la presa… SU presa.

Ese individuo comienza a caminar rodeando la cama por el estrecho espacio que queda a la izquierda de esta, con la mano acariciando el colchón pero cerca de la piel expuesta de tus pies, tan cerca que puedes sentir el frío de su piel robándote el calor de tu cuerpo. Un escalofrío te recorre mientras encojes las piernas por instinto, el hombre vuelve a reír mientras cruza frente a la ventana.

Las delgadas cortinas ondean cuando el intruso pasa junto a ellas, abriéndose lo suficiente como para que la luz de la luna ilumine sus rasgos: nariz delgada, labios delicados; nada fuera de lo común a excepción de sus ojos… Unos ojos tan extrañamente azules que parecen brillar como la luna misma, con unas pupilas que se afilan al contacto de la tenue luz… como los ojos de un gato. El hombre vuelve a sonreír mostrando unos dientes afilados como los de una bestia salvaje; te estremeces mientras una nueva ola de pánico recorre tu ser, intentas alejarte de él pero solo consigues hacerte ovillo, tomas una posición fetal sin dejar de verlo a los ojos; ahora que ha pasado por la ventana vuelve a ser tan oscuro como un agujero negro, pero sabes que te sigue observando, sabes que sigue viendo tu rostro y que su mirada baja a tu cuello por que sientes unas manos invisibles apretarte contra la delgada almohada.

El intruso se inca al lado de tu cama a unos escasos centímetros de tu rostro; sientes su respiración gélida contra la piel de tu mejilla y hueles su aliento… humo y cenizas. Estas paralizado otra vez, como un conejo frente a los faros de un coche, como un ratoncillo frente a un gato; él levanta la mano y tu mirada se dirige inmediatamente hacia ella, notas las afiladas uñas que se acercan a tu rostro, te encoges pero no puedes dejar de mirar; él ríe contra tu oído desencadenando un escalofrío más que viaja hasta la punta de sus pies.

Su mano se pasea sin tocarte dejando un rastro helado por tu cuello, por tu pecho que sube y baja rápidamente, por tu vientre, por tus piernas… finalmente se posa violentamente sobre tu rodilla y con una fuerza impresionante te obliga a girar tu cuerpo hacia él.

Y es cuando sientes que esa fuerza invisible te suelta y por fin eres dueño de tu cuerpo otra vez.

Tu mano derecha se vuelve un puño, preparado para golpear en el rostro a ese sujeto; ya no queda miedo mientras giras en la cama y levantas la mano, listo para defender tu vida hasta las últimas consecuencias… Pero no hay nadie arrodillado al lado de tu cama…

Extiendes la mano para encender la lámpara de noche y te pones de pie bruscamente, buscando al intruso… pero no hay nadie más en la habitación.

La puerta que da al pasillo está cerrada como siempre y no se escucha ningún ruido alrededor.

Te sientas colocando la cara entre ambas manos, sintiendo el frescor de tus manos frías y del sudor que aún recorre tu cuerpo. Tocas tu pecho en un torpe intento de tranquilizar tu corazón y tomas tres respiraciones profundas.

Sientes arder la piel de tu rodilla izquierda, ahí donde el sujeto colocó su mano. Tu corazón vuelve a latir locamente mientras levantas poco a poco la tela del viejo pantalón que utilizas como pijama… y el deseo de morir aparece una vez más. Ahí, justo donde el hombre colocó su mano y justo donde sus alargadas uñas tocaron el musculo… hay tres rasguños que amenazan con comenzar a sangrar.

Fátima Ortega Chávez tiene 22 años y estudia Ingenieria Química. Le gusta el cosplay de anime y es campista y amante de la naturaleza.