El Cafecito


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Casa en ruinas: reseña de Casa en ruinas, de Arlette Luévano, por Eduardo Hidalgo

Creí que Casa en ruinas me remitiría de entrada a un momento en el que las cosas eran la perfecta contraparte de la nostalgia, la conciencia de lo que se tuvo, pero la poeta nos canta desde allá y anuncia, en esa manera de reconocerse capaz de un dolor inagotable, casi en un juego de palabras

“una lágrima

que no se agota”

como si se refiriera a una lágrima que no será gota sino manantial, aunque es casi en gotas la manera como va soltando la información, como va llenando el espacio de la página; enunciaciones que no se atienen a signos de puntuación sino al carácter interno de lo cantado, de lo llorado.

“Antes de saber

que soy sal sobre armazón de calcio”

dice la autora, y se reconoce como un ser hecho para el sufrimiento, manifestado en palabras que representan, a su vez, un llanto tranquilo y largo en este poema dividido en tres secciones que apenas dividen el libro estilísticamente; secciones que funcionan como descanso, tiempo, respiros para seguir el goce de la lectura.

A medida que se avanza, uno va armando, no la historia, sino el rompecabezas que comprenden ciertos sentimientos encontrados del recuerdo y la necesidad de olvidar, de reconocerse ser vivo.

De pronto, entre lo gris de la atmósfera del poema,  aunque no menos doloroso, la fuerte imagen de lo rojo: la sangre opacando al sol, lo rojo más bello que lo amarillo.

Estamos frente al poema, comunicándonos con los que ya no están.

“no sé cómo

con qué signos”

“de pronto no sé a donde han ido mis palabras

no hay aire

papel o carne”

Dice, y concluye, en alguna parte:

“el tiempo se corrige a sí mismo”. Es decir nos trae nuevos motivos para sufrir, para olvidar, y de una manera transparente, sin pretensiones, nombra a los seres queridos como objeto de su nostalgia, como un todo que habitó una casa que es vista también como un ente vivo que envejece, que algún día morirá. Sin embargo, de manera acertada, así como no se siente que el texto esté escrito por una mujer, sino por un ser humano, la mención de la muerte es mínima, y eso hace que el poema, al cerrar, esté abierto a interpretaciones más allá de estas palabras — las mías y las de Arlette Luévano.

Eduardo Hidalgo nació en 1963 en Huixtla, Chiapas; es Licenciado en Español por la Escuela Normal Superior de Chiapas; es poeta; en 1996 obtuvo el Premio Eladio Huerta Escalante por La muerte es un lugar común

Su blog: Eco negro.