El Cafecito


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El atentado, por Edgar Girón García

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Cuando prendió la pantalla del televisor, justo comenzaba el noticiario de la tarde. Tantos preparativos habían consumido su tiempo de tal manera que le resultaba imposible mantenerse al tanto de los últimos sucesos como lo hubiera hecho antes de emigrar a este país. Encarcelado en su recámara del Plateu, vivía su encierro cual eremita, sin siquiera cruzar palabra con la pareja de venezolanos del cuarto contiguo, todo siempre con el mayor sigilo. El más mínimo error podría acarrear gravísimas consecuencias. Pero quizás, ya era demasiado tarde para ocuparse de dos testigos.

Su nombre carece de importancia. Chileno. Boliviano. Salvadoreño. Su pasaporte lo compró en Brasil. Ahora lo vemos comer mecánicamente su cena fría de farmacia, como todas las noches, frente al televisor, sin prestarle mayor importancia al rostro que está a punto de golpear su dormida conciencia.

Continúa el insomne con su ingestión, mientras se pregunta si su mujer estará comiendo o si la estará siendo violada. Pero no tiene forma de averiguarlo y se tiene que quedar ahí, en su cuarto de soltero, apretando la quijada. Se levanta. Tira la insípida comida de primer mundo. Regresa al limbo y fija sus ojos en el monitor del cual emerge una imagen conocida.

La escena ha pasado una y mil veces por su cabeza. Se levanta de la silla y acerca al espejo mediático sus ojos obscuros a la pantalla. Un gatillo invisible se acciona y lo hace coger su bolso como un criminal.

La pareja vio salir de la casa al travesti que vive con ellos, en un ataque de histeria, apresurándose a tomar la calle que lo llevaría al parque Mont-Royal. Eso le dijeron a la policía, la semana siguiente de su desaparición, el día que confiscaron todas sus pertenencias, junto con las del vecino.

En cualquier momento iban a venir por él. El aliento se le escapa al llegar a la cima del monte de la gran cruz, del cual se observa la zona metropolitana. Los tacones lo están matando. En la cartera tiene la pistola que descargó contra la candidata recién electa del Parti québécois, ayer por la noche en el teatro Metropolis.

Sabe que hasta aquí ha llegado. Pero, a pesar de todo, la tarde estival se tiñe de un candor apacible en las mejillas bermejas de agobiados corredores que suben y bajan las sendas. Unos minutos más. Unos instantes más. Una inhalación profunda. Fin.

 

 

Edgar Girón García es Licenciado en Letras Hispánicas por la Universidad Autónoma de Aguascalientes. Ahora vive en Montreal, Canadá, donde es periodista voluntario en el periódico en español Pulso.


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Sin título, por Édgar Girón García

SAMSUNG CAMERA PICTURES   Tengo un par de horas para terminar este texto. Obviamente de corte narrativo. Como sucede cuando uno no tiene planes. Intenté varias veces. En reiteradas ocasiones. Basta de neologismos. Desde el inicio. Cacofonía. Next. Barbarismo. Estoy harto de mí. Pero ya empecé mal. J’ai raté: aparece subrayado en rojo. Lo estoy tomando personal. Eso es. La escritura automática: pasada de moda, salida rápida. Saco un libro de mi bolsa. El autor me recuerda a Julio Cortázar y a Juan José Arreola. Es francés. Plagio. No, pastiche. Mis huevos. El mono escribe que escribe. Lo voy a dejar aquí. Abro mi correo. Mi driver. En cuatro años no he escrito nada que valga la pena. Lo cual es bueno. Significa que he vivido. No es verdad. Es una excusa. La Casa Terán explotó. Yo no supe que fue del personal, si fueron reubicados. Temo lo peor. El primer bostezo. Antes me sentía un prodigio. Ahora lo soy. Son mis cinco minutos de gloria. Yo creo que hay un archivo en mi celular. Versos. No. Paciencia. Suspiro. Las descripciones me aburren. Leo unas cuantas líneas. Cierro el libro avergonzado. Tengo una idea: corto- pego, rehago las frases. Undo. Eso me pasa por mi falta de persistencia. Nunca fui dedicado. Pero ahora estoy leyendo un libro sobre el árbol genealógico. Todos mis problemas son heredados. Todavía no los soluciono. Y dudo que lo haga. Es algo que me interesa. Cómo ser yo mismo. Todavía no lo sé. Escribir. Ya hay demasiados libros. Esto parece penitencia. Voy a corregir todo al final. Lo juro solemnemente. Van a cerrar la biblioteca.  

Edgar Girón García es Licenciado en Letras Hispánicas por la Universidad Autónoma de Aguascalientes. Ahora vive en Montreal, Canadá, donde es periodista voluntario en el periódico en español Pulso.


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Il San Patricio café, por Edgar Girón García

La primera bocanada del cigarrillo me produce mareos… detengo la pluma… el corazón acelera el compás al ritmo de la nicotina. Quizás la memoria impone canto desde algún lugar remoto y ahora improvisa esta emisión absurda, donde no existe el menor rastro del recuerdo. Con el silencio de las conexiones cerebrales, la ausencia toma su sitio en espirales blancas mientras se levanta el telón de fondo sobre el cenicero.

La segunda bocanada es acorde a un sorbo de café, los restos del cigarro, el humo que regresa de una boca lejana. Mis oídos que se rebelan y ya no escuchan este monólogo interior, hasta que el tabaco expira por sí mismo.

Un violín canta un réquiem en el café San Patricio. Un cuarto de nota se ahoga en el pecho. Ignoramos el motivo de esta tristeza in crescendo. Tal vez sea la última vez que suspiramos por un amor perdido. Lo consignaremos legalmente en este lugar, en este documento: te he olvidado y es un viaje sin retorno, un espectáculo que no vuelve a presentarse dos veces en la vida.

Después de algunos años he encontrado la cura. Olvidé cómo extrañarte. Olvidé tu vientre tibio. Olvidé cómo te estremecían mis manos, y mi lengua, y mi sexo. Olvidé tus gritos, tus jadeos de histeria. Olvidé aquella sinfónica locura. Olvidé nuestro pacto. Olvidé el sufrimiento. Olvidé el placer. Olvidé cuánto te amaba. Te juro que he olvidado todo y no recuerdo por qué. Si viéramos en la calle, no sabría cuál emoción evocar; cuál escala, menor, mayor, pentatónica, de tonos completos, jazz o rock, ya no conozco tu ritmo.

No recuerdo tus labios. No recuerdo tu sonrisa en do natural. No recuerdo tus lágrimas, cadencia rota. No recuerdo tu desnudez, música visual. No recuerdo tus lunares, puntillos sobre la espalada. Me gustaría recordar algo de aquel concierto, aunque la desdicha destemplara mi corazón en la armonía de las esferas. Pero te juro que estoy triste en el café San Patricio porque ya no me dueles.

Terminó el duelo y el metrónomo vuelve a latir, al principio sin fuerza, desafinado, como un intérprete al que apenas le dan la partitura y le devuelven su instrumento, abandonado hace tiempo por nostalgia, el mismo día del estreno. Terminaron las añoranzas. Terminaron los sueños donde buscaba tocarte con desesperación. Terminó mi desgracia. Terminé de buscar tu ausencia en este café al final de un concierto para cigarro y violín de fondo. Terminé de decirte adiós, de escuchar tu fuga. Terminé de esperar el retorno del tema principal. Terminé de maldecirme a mí mismo. Terminé de asesinarme. Terminé de revivirme. Terminé de terminar. Esta es la última vez que te veo de espaldas al público. Lo que fui se va contigo para no volver. Se perderá como se pierde el sonido en los oídos poco aptos para la música abstracta. Se enterrará en el panteón de mi carne como una cicatriz amorosa, pero abierta en lo más profundo.

Ésta es la última canción, la que jamás compuse para ti. Te vas de mí por partes, en la introducción, pedazo a pedazo hasta que no queda nada en el andante, ni un sólo latido en el largeto, ni un pentagrama, se queda el corazón sin auditorio. Permanece únicamente el deseo en su butaca, el instinto que una vez domesticaste con baladas rústicas y sueños cosmopolitas. Suelto la jauría de lamentos para que te busquen una vez más, para que te traigan viva o muerta, para que tu lecho se derrumbe como una parvada de cuervos ante tu belleza desagarrada por la angustia y la desesperación de haberte poseído una vez y haberte perdido para siempre. Libero mi dolor.

Y sigues con vida. No te podría matar aunque quisiera. Ni te puedo dar motivos para existir. Soy incapaz de poseerte porque nunca fuiste mía. Eras totalmente libre. Siempre lo supe y te dejé por esta causa aunque eso significara mi propia muerte. Se fue contigo mi sangre. Se fue contigo París. Te escribo esta última carta con la tinta restante de mis venas.

Ahora me dedico a sentir, a recordar lo que olvidé. A vivir la muerte, a retroceder hacia el origen, que es final en cierto modo. Abandoné por fin la poesía y todo tipo de literatura. Ahora hablo de cosas reales, situaciones concretas. Hablo de los insomnios que pasé a tu lado pero sin ti. Escribo de cafés que ya no visito desde que fuimos novios. De recuerdos o diálogos por debajo del silencio. Intento no traerte aquí ni a tu ausencia. Intento saber lo que me pasa solamente. Quisiera saber cómo llegué hasta aquí, al café San Patricio. Cómo perdí la fe. Quisiera retomar el rumbo que nunca tuve. Quisiera seguirte, de verdad, y tal vez te sigo todavía en esta falta de iniciativa, en este odio filosófico por el género humano. Quizás sólo me encuentro resentido, pero tú ya no podrías aplacar esta furia con tus caricias porque esta bestia emigró contigo. Nada más que en lugar de salir se enterró en mis entrañas. Una bestia negra como el sacrificio. Una bestia inconsolable y con una desdicha oculta. Por eso dejé el oficio de escritor. La bestia devora mis palabras, todo el lenguaje. Por eso no pido tu retorno, ni que te vayas, ni que ensayemos otra pieza.

¿Quién soy yo para hablar de lo que siento si ya no queda nada? Si ya lo sentí todo, ¿quién soy yo para lamentar tu partida? ¿Quién soy yo para lamentar mi propio extravío? Yo tuve la culpa, pero, ¿quién soy para arrepentirme? ¿Quién soy yo para acompañar la soledad? ¿Quién soy yo para habitar el abandono? ¿Quién soy yo ahora que no soy yo? ¿Quién soy yo para interpretar este papel con mi propia vida?

No soy nadie. Ni siquiera nadie. Es el precio que se paga por vivir. La humillación de la dignidad. La rabia del acto amoroso. El milagro de lo cotidiano y que nadie se da tiempo de apreciar. Eso me duele, que nadie vea lo que tú veías, que no me veas. No saber dónde estoy. Carecer de imagen. No morir porque no estoy vivo. Yo tengo la culpa de tu libertad y me pesa. Desaté en ti lo que me aprisionaba. Desperté lo que no me deja dormir. Besé lo que me desgarra en el fondo. Di fundamento y vida a mi propia aniquilación. Soy culpable de haberte amado.

Exijo la pena capital. Desprecio cualquier indulto. No quiero perdones. Ejecuta la ley con todo su peso. Hazlo sobre mí hasta la asfixia, hasta el abandono, hasta la muerte del placer. Penetra en mí, lléname hasta explotar, ese es tu deber. Lléname de ti como una vez yo lo hiciera, ojo por ojo, piel a piel, con todo el arsenal de las ganas. Hazme gritar: “Eras mi diosa”, orgasmo tras orgasmo. Libera mi cuerpo como yo liberé el tuyo. Hazlo aunque no quieras. Hazlo aunque no me ames. Yo tampoco te amo. Tú sabes que sería lo justo. Tú sabes que lo necesito. Aunque sea imposible, hazlo. Ahora te toca a ti la poesía. A mí se me agotaron las metáforas, perdí el encanto, el aliento, la vitalidad. Perdí la inspiración, mi musa herida. Ahora razono casi todo el tiempo y me masturbo para no tener problemas en el trabajo. Escribe un guión y mándalo por correo. Estaré en el café San Patricio, ubicado en el Centro Histórico de Zacatecas. Me mudé de los cafés capitalinos cuando te perdí. Ahora escribo cosas reales; sueño contigo algunas noches, pero nunca recuerdo nada al despertar. En alguno que otro lapsus hablas por mi boca, piensas con mi mente y me dictas versos que jamás escribo. Todavía no entiendo tus mensajes. Ya tampoco me comunico conmigo mismo. Ya no dicto aquellos monólogos interminables que asqueaban al mundo entero. No hablo con persona alguna. Pero tampoco me encuentro aislado. Pido un café, un cenicero, el encendedor. Participo en la dinámica social; doy clases, incluso. Tuve una novia espléndida hace poco.

Sólo te pido una plegaria, no confundamos las cosas, aunque éstas sean poco claras, no confundamos el vaso con la transparencia de su líquido. No se confunda el deseo con el amor. No confundamos los recuerdos con invocaciones. Que no se confunda tiempo y espacio. No me confundas conmigo mismo. No me confundas con el autor. No me confundas con mis alas rotas. No me confundas con el olvido. No te confundas con esa imagen en el espejo. No confundamos el vacío con lo que no tiene nada. No confundamos la claridad con lo verdadero. No se confunda este dolor placentero con todo lo inmemorable y que todavía forma parte del recuerdo. No confundamos lo que viene siempre detrás de una carta de despedida, en el último suspiro y en las promesas que jamás se cumplieron. Mejor digamos que estamos confundidos, nada más. Que a veces soltamos los demonios sobre el papel y sale algo similar a un texto, cuando se sabe que no había retórica, y que esto es pura y llana realidad. Podríamos decir que es por la cafeína, el tabaco o por demasiado tiempo de abstinencia. Frustración laboral y sexual. Digamos que hemos escrito al calor de las decepciones y la crisis de los treinta, cuando ya no se cree ni siquiera en que no se crea nada.

Sin embargo, y a pesar de nuestra falta de estilo y técnica literaria, esta vez hablaremos rectamente o, mejor dicho, estructuraremos mejor nuestras mentiras. Digamos, entonces, la verdad, la verdad fuera de tono, la verdad antes mencionada:

Que esto no es literatura.

Que todo se acabó.

Punto final.

Se cierra el telón.

Música de despedida.

Edgar Girón García es Licenciado en Letras Hispánicas por la Universidad Autónoma de Aguascalientes, estudiante de la Maestría en Filosofía e Historia de las Ideas en la Univerisad Autónoma de Zacatecas.