El Cafecito


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Todos pasaremos por ahí: Cinco notas sobre la muerte, por Dorismilda Flores Márquez

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La vida, por larga que sea, siempre será corta.

Demasiado corta para añadir algo.

Wislawa Szymborska

Es lugar común decir que las únicas cosas que tenemos seguras en la vida es nacer y morir. Eso no importa, no podemos recordar nuestro nacimiento y, por mucho que experimentemos nuestra propia muerte, no estaremos aquí después para recordarla, así que sólo nos quedan las experiencias de los nacimientos y las muertes de los otros.

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Mi padre era muy práctico respecto a la muerte. Solía decir, cuando otros morían, que todos tenemos que morir. Más de una vez escuché a alguien comentar: “a ver si dice lo mismo cuando sea él quien vaya a morir”. Lo curioso es que lo dijo, unos días antes de morir volvió a decir que todos tenemos que morir y agregó que él había vivido ya lo que quiso y como quiso, así que podía irse tranquilo.

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La muerte, esa experiencia tan humana, se vuelve casi artificial en los funerales, en medio de una especie de escenificación del dolor y de la educación. He de confesar que, desde que murió mi padre, no soporto el ritual del pésame. Aquella vez perdí la cuenta de las veces que escuché “te acompaño en tu dolor”, “sé por lo que estás pasando”, “cuentas conmigo para lo que sea”. No nos hagamos tarugos, eso no es cierto. No recuerdo que alguien —además de mi madre— me acompañara en mi dolor cuando regresamos a casa y encontramos vacía la silla en que mi padre solía sentarse a leer; tampoco en la mañana siguiente, cuando nadie me dijo “ya levántate”; mucho menos cuando han pasado tantos años y descubro que todavía se me hace un nudo en la garganta. Por supuesto que agradezco a quienes asistieron al funeral, pero estar ahí y ser solidarios no equivale a todo lo que dicen las frases hechas que nos enseñan a decir. Esas mismas frases hechas las dije muchas veces, hasta que esa muerte me enseñó que nunca sabemos por lo que está pasando el otro, que no lo acompañamos realmente en su dolor sino en unas horas de funeral y que la resignación —si es que llega— no llegará con unas palabras. ¿Será, tal vez, mejor sólo estar ahí con la boca cerrada?

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Suelo decir que, hasta muerto, tengo que ver a mi padre hacia arriba. En vida fue un hombre alto, de 1.87 metros de estatura. Para sus restos eligió una gaveta a más de tres metros del piso. No le gustaban las lápidas adornadas, prefería el estilo gringo de tumbas simples y blancas sobre pasto bien cortado, pero —al parecer— tampoco le hacía feliz que la gente que pasa suele pisar el pasto, así que eligió las alturas. No es sólo una gaveta lo que veo hacia arriba, la imagen de mi padre quedó tan alta, que recordarlo es también mirar hacia arriba.

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La muerte siempre recuerda lo corta que es la vida. No importa si quien muere tiene 14 años o 92, queda siempre algo pendiente, algo que nunca se dijo, algo que no se hizo, mucho que se quedó en la mente. Quizás eso es lo maravilloso de vivir, que uno nunca tiene claro cuándo va a irse y que ha de aprovechar muy bien los años, las semanas, los minutos. Al final, lo que uno más recuerda de los que se han ido es la vida cotidiana junto a ellos, las intrascendencias de que se construyen las historias, no necesariamente los grandes acontecimientos.

Dorismilda Flores Márquez es estudiante del Doctorado en Estudios Científico-Sociales en el ITESO y profesora de asignatura en la Universidad Autónoma de Aguascalientes. Fue la editora fundadora en El Cafecito. Es una workaholic declarada. Ama los viajes, el cine, la comida y los libros.

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El tiempo, por Dorismilda Flores Márquez y Arlette Luévano Díaz

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La construcción de la Gran Muralla China duró varios siglos, en distintas etapas entre el año 220 a.C. y el 1644 d.C. En México, la esperanza de vida al nacer es de 74.7 años, de acuerdo con datos del INEGI. El Dr. Stroud dice que una persona no puede vivir más de dos meses sin comer. 16 horas es el tiempo de vuelo entre Dubái y Los Ángeles, es el vuelo directo más largo y es caro también. Nueve horas y 18 minutos es el tiempo que lleva ver la trilogía de El Señor de los Anillos, aunque el trabajo de preproducción, producción y postproducción de la trilogía duró casi siete años. Dos horas, dos minutos y 57 segundos, es el tiempo con el que Dennis Kimetto rompió el récord mundial, en el Maratón de Berlín 2014. 360 relámpagos caen sobre la Tierra cada minuto. Parpadear nos toma 400 milésimas de segundo. Esto es algo de lo que podemos decir sobre el tiempo.

En El Cafecito hemos tenido una prolongada ausencia en este 2015 y esto ha derivado en una reflexión sobre el tiempo. Este número, con el que celebramos once años de intermitencias cafeteras, está dedicado a pensar y discutir el tiempo. No está de más recordar que esta edición de aniversario sale un poco tarde. No sabemos ya si El Cafecito es tan católico que sale cuando Dios quiere, tan mexicano que suele ser impuntual, tan impredecible que llega cuando nadie lo espera, o todos los anteriores. Lo que sí sabemos es que nos da mucho gusto estar de regreso, nos da más gusto contar con nuestros increíbles colaboradores y con nuestros lectores.

¿Cuánto tiempo nos llevará agotar estos sorbos de café? ¿Cuándo habrá otros? El tiempo lo dirá.


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Entre todas las libertades posibles… ¡feliz cumpleaños, Cafecito!, por Dorismilda Flores Márquez

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Being free and unfree at the same time is perhaps the most common of our experiences. It is also, arguably, the most confusing.

Zygmunt Bauman

 

Cuando El Cafecito era apenas un proyecto, su nombre era otro. Algún tiempo antes había leído Una ciudad libre —una novela de Eric Darton— y me había resultado inspiradora para pensar en la libertad de expresión. Sin embargo, hubo algo con lo que yo no contaba: el dominio ciudadlibre.com estaba entonces ocupado por un sitio porno. Así fue como la segunda opción, El Cafecito, entró en escena. Era 2004, la primera persona que supo del proyecto fue Salvador de Léon, mi asesor en el Seminario de Integración en la Universidad Autónoma de Aguascalientes. Los primeros que confiaron en esa idea nebulosa y enviaron sus colaboraciones fueron Marco Vargas Cuéllar, Arturo Haro Oteo y Enrique Puente Gallangos.

Diez años después, Arlette Luévano —quien edita El Cafecito desde 2011— y yo discutíamos sobre el número especial para celebrar el aniversario, optamos por plantear la libertad como tema central de esta edición. Creemos que la libertad es uno de los asuntos clave para pensar el tiempo que nos ha tocado vivir. Curiosamente, este número especial es el 101. No lo habíamos planeado así, pero quedó como anillo al dedo, porque nos recuerda aquella habitación de la célebre 1984 de George Orwell, donde ocurría lo peor del mundo. La habitación 101 nos recuerda las restricciones a la libertad, que no son pocas. Somos, como dice Bauman, libres y no libres a la vez, con todas las posibilidades y confusiones que eso implica.

La libertad es algo tan amplio, que se puede discutir sobre ella de mil maneras. Quienes participan en este número especial han elegido cómo y dónde situarse. “Libertad, igualdad y fraternidad” fue uno de los lemas de la Revolución Francesa y ha sido parte fundamental de la idea de derechos humanos que tenemos desde el siglo XX. Algunas colaboraciones en este número abordan la libertad en la lógica de los derechos. Otros han planteado la libertad como un estado del ser humano, que implica mirar hacia el interior de cada uno. Por supuesto, muchas discusiones pueden desprenderse de aquí. En esta diferencia entre perspectivas radica la riqueza.

Este número especial ha sido hecho bajo el pretexto de celebrar el décimo aniversario. Las fechas son lo de menos, las memorias son las que importan y, en este caso, celebrar es recordar que ya han pasado diez años de trabajo continuo; que un buen grupo de colaboradores, lectores, amigos, llevamos diez años juntos y hemos recibido a unos y extrañado a otros. Sobre todo, pensar en diez años implica recordar que, aunque una larga vida cafeinómana era el deseo desde el principio, eso que entonces era futuro y ahora es pasado/presente no se veía tan claro. No sé / no sabemos cuánto tiempo más continuará este intercambio de letras, en realidad no importa si vienen dos meses o 20 años, lo que importa es que valga la pena compartir estos bits.

Entre todas las libertades, una de mis favoritas es la Libertad de Quino. Con frecuencia me pregunto, como ella, ¿por qué la gente no es simple?, ¿por qué yo misma no soy simple?

 

Dorismilda Flores Márquez es Licenciada en Comunicación Medios Masivos por la Universidad Autónoma de Aguascalientes, Maestra en Comunicación de la Ciencia y la Cultura por el ITESO y estudiante del Doctorado en Estudios Científico-Sociales en la misma institución. Solía editar El Cafecito, casi siempre de madrugada.


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Nada tiene consecuencias: Notas de una observadora electoral, por Dorismilda Flores Márquez

“Nos utilizaron para legitimar una elección que hace años estaba ganada”, me dijo un joven funcionario de casilla, unos días después de la elección. Durante la jornada electoral fue él quien hizo las bromas que alegraron el día a sus compañeros, pero el día que lo encontré en la calle se veía serio, llevaba la decepción en el rostro. Me contó que no le sorprende que haya ganado Peña Nieto, sin embargo le indigna que tantas denuncias de irregularidades, en el mejor de los casos, deriven en una gran multa. Considera que estas trabas en la legislación son una burla al trabajo de los ciudadanos.

En mi caso, fui observadora electoral ciudadana, acreditada por el Instituto Federal Electoral. Tanto el día de la jornada electoral, como en los días de los cómputos distritales en Aguascalientes —en algunos de los cuales, por cierto, se recontaron todos los votos—, vi ciudadanos, funcionarios de casilla, representantes de partido, trabajadores del IFE, que hicieron su trabajo lo mejor que pudieron. En las casillas que recorrí, hubo errores, por supuesto, como funcionarios de casilla que confundieron las boletas sobrantes con los votos nulos, que olvidaron colocar la hoja rosa del PREP por fuera del paquete, o que registraron mal algún dato; ser funcionario no es algo que hagan cotidianamente y no son expertos en las labores que ese día tuvieron que desempeñar, además de que suelen lidiar con la presión de los votantes que esperan a que la casilla se termine de instalar y con el cansancio de permanecer ahí durante al menos 12 horas. Sin embargo, se trató de errores que pudieron ser corregidos en los cómputos distritales. Puedo decir que hubo limpieza, al menos en esa parte del proceso.

En los cómputos distritales, observé también que los trabajadores del IFE y los representantes de partidos, así como los consejeros distritales, estaban muy atentos al recuento de los votos y a la discusión sobre los votos que se enviaban a reserva, por haber generado dudas sobre su clasificación. Para los consejeros, se trató de jornadas extenuantes, de alrededor de 80 horas continuas en las que apenas tenían unos ratos para dormir y regresar a las labores del cómputo. Hubo complicaciones, en algún distrito tuvieron que esperar ocho horas, para que el sistema validara un resultado; lo cual retrasó la entrega de la constancia de mayoría a quien resultó ganadora como diputada. Incluso, en una sesión del consejo local, un consejero afirmó que la “innovación” de la plataforma del IFE fue un fracaso.

Releo una y otra vez las notas que tomé, durante la observación. Sigo pensando que el trabajo ciudadano fue ejemplar, en lo que vi. Sin embargo, como el joven funcionario de casilla que habló conmigo en la calle y como muchos mexicanos, creo que las irregularidades estuvieron en otro lado, en la inequidad que se observó durante el tiempo anterior a la elección, en una cobertura mediática parcial, en la descarada violación de las reglas y las increíbles limitaciones de las mismas. Qué más da comprar o coaccionar el voto, exceder los topes de campaña, vincularse con gente de dudosa reputación, si todo puede resolverse con una multa que habrá de pagarse cuando ya se haya tomado posesión.

Más allá de la persona que ostentará el cargo de presidente y de los partidos que lo respaldaron, el asunto no es quién ganó, sino cómo. Si en este país nada tiene consecuencias, tal vez nada tenga remedio. Pero si en este país somos capaces de cuestionar las incongruencias de nuestro sistema electoral, de proponer alternativas y de buscar los cauces, otros escenarios serán posibles… tal vez no escenarios perfectos y transparentes, pero al menos escenarios con una legitimidad mayor que la de 2012 y la de 2006.

 Dorismilda Flores Márquez es Licenciada en Comunicación Medios Masivos por la Universidad Autónoma de Aguascalientes, Maestra en Comunicación de la Ciencia y la Cultura por el ITESO y estudiante del Doctorado en Estudios Científico-Sociales en la misma institución. Solía editar El Cafecito, casi siempre de madrugada.


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De lugares comunes, aniversarios cafeinómanos y cambios de estafeta, por Dorismilda Flores Márquez

Prefiero lo ridículo de escribir poemas

a lo ridículo de no escribirlos.

Wislawa Szymborska

La tentación de caer en lugares comunes, en este breve texto, es muy grande, tal vez más grande que mi aversión por ellos. Podría decir que siete años no son pocos. Es cierto, no son pocos. Cuando un proyecto inicia, uno suele querer que sea para siempre y, a la vez, sabe que no puede saber cuánto durará. Cuando han pasado siete años desde la primera vez que se publicó El Cafecito, una sonrisita de satisfacción se dibuja en mi cara… siete años, guau, siete años de gratas experiencias, incertidumbres, desveladas, tardanzas y sorpresas. Celebro la permanencia de un proyecto libre, como éste; que, de tan libre, a veces ha quedado maravilloso y otras veces ha quedado francamente guango, a veces ha sido puntual y en ocasiones ha desaparecido cual jovencillo que se pierde en la fiesta, a veces ha costado mucho conservarlo, pero siempre ha valido la pena.

Podría hablar de aquellos sin quienes no hubiera sido posible mantener El Cafecito estos siete años y publicar, como lo he hecho en otras ocasiones, el listado cada vez más largo de colaboradores; pero hay otro listado del que no se conocen todos los nombres, de quienes suele quedar rastro en los comentarios y en las estadísticas: los lectores. Nadie escribe, toma fotos o hace cartones para no ser leído. Hay ciertas cosas que sólo adquieren sentido cuando se comparten y los otros expresan su gusto y también su disgusto, se identifican, vibran, se ríen o se preocupan con uno. Ningún colaborador de este proyecto ha recibido un solo centavo por sus colaboraciones, que han sido muchas y muy importantes; el capital que aquí se genera es otro y qué bueno que así sea. Quizá lo más importante es que El Cafecito ha propiciado los encuentros, uno de los más significativos es el de Aleida Gallangos Vargas —quien, por cierto, ha hecho las fotografías de este número—; ella vino a este espacio en busca de su primo y terminamos siendo entrañables amigas.

Podría, sobre todo, decir que esto “no es ‘adiós’, sino ‘hasta luego’”. Es cierto, he de hacer una pausa de cuatro años, por otro proyecto que debo atender, que me exige mucho mucho muchísimo tiempo. Pero El Cafecito no ha de padecer mis complicaciones de tiempo y es aquí donde ha entrado al rescate mi amiga Arlette Luévano Díaz, que coordinará la publicación en este tiempo. Sí, sí, la mismísima Arlette, gran poeta, ganadora del Premio Nacional de Poesía Efraín Huerta en 2006. Sospecho que para ella será como regresar con un viejo amor, tras haber sido la editora del suplemento cultural Ananke durante más de 12 años. Sospecho que para El Cafecito será maravilloso encontrarse con otro sabor. Aunque Arlette sólo ha aparecido en este espacio dos veces, ha estado presente en los años más recientes y su apoyo ha sido valiosísimo; ahora, su generosidad y disposición, hacen posible que este esfuerzo continúe.

La tentación de caer en lugares comunes no pudo ser resistida por quien esto escribe, hasta las últimas líneas… he de volver, volver, volver. Gracias a todos los que han estado y los que vendrán.

Dorismilda Flores Márquez es Licenciada en Comunicación Medios Masivos por la Universidad Autónoma de Aguascalientes, Maestra en Comunicación de la Ciencia y la Cultura por el ITESO y estudiante del Doctorado en Estudios Científico-Sociales en la misma institución. Solía editar El Cafecito, casi siempre de madrugada.