El Cafecito


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Todos pasaremos por ahí: Cinco notas sobre la muerte, por Dorismilda Flores Márquez

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La vida, por larga que sea, siempre será corta.

Demasiado corta para añadir algo.

Wislawa Szymborska

Es lugar común decir que las únicas cosas que tenemos seguras en la vida es nacer y morir. Eso no importa, no podemos recordar nuestro nacimiento y, por mucho que experimentemos nuestra propia muerte, no estaremos aquí después para recordarla, así que sólo nos quedan las experiencias de los nacimientos y las muertes de los otros.

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Mi padre era muy práctico respecto a la muerte. Solía decir, cuando otros morían, que todos tenemos que morir. Más de una vez escuché a alguien comentar: “a ver si dice lo mismo cuando sea él quien vaya a morir”. Lo curioso es que lo dijo, unos días antes de morir volvió a decir que todos tenemos que morir y agregó que él había vivido ya lo que quiso y como quiso, así que podía irse tranquilo.

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La muerte, esa experiencia tan humana, se vuelve casi artificial en los funerales, en medio de una especie de escenificación del dolor y de la educación. He de confesar que, desde que murió mi padre, no soporto el ritual del pésame. Aquella vez perdí la cuenta de las veces que escuché “te acompaño en tu dolor”, “sé por lo que estás pasando”, “cuentas conmigo para lo que sea”. No nos hagamos tarugos, eso no es cierto. No recuerdo que alguien —además de mi madre— me acompañara en mi dolor cuando regresamos a casa y encontramos vacía la silla en que mi padre solía sentarse a leer; tampoco en la mañana siguiente, cuando nadie me dijo “ya levántate”; mucho menos cuando han pasado tantos años y descubro que todavía se me hace un nudo en la garganta. Por supuesto que agradezco a quienes asistieron al funeral, pero estar ahí y ser solidarios no equivale a todo lo que dicen las frases hechas que nos enseñan a decir. Esas mismas frases hechas las dije muchas veces, hasta que esa muerte me enseñó que nunca sabemos por lo que está pasando el otro, que no lo acompañamos realmente en su dolor sino en unas horas de funeral y que la resignación —si es que llega— no llegará con unas palabras. ¿Será, tal vez, mejor sólo estar ahí con la boca cerrada?

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Suelo decir que, hasta muerto, tengo que ver a mi padre hacia arriba. En vida fue un hombre alto, de 1.87 metros de estatura. Para sus restos eligió una gaveta a más de tres metros del piso. No le gustaban las lápidas adornadas, prefería el estilo gringo de tumbas simples y blancas sobre pasto bien cortado, pero —al parecer— tampoco le hacía feliz que la gente que pasa suele pisar el pasto, así que eligió las alturas. No es sólo una gaveta lo que veo hacia arriba, la imagen de mi padre quedó tan alta, que recordarlo es también mirar hacia arriba.

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La muerte siempre recuerda lo corta que es la vida. No importa si quien muere tiene 14 años o 92, queda siempre algo pendiente, algo que nunca se dijo, algo que no se hizo, mucho que se quedó en la mente. Quizás eso es lo maravilloso de vivir, que uno nunca tiene claro cuándo va a irse y que ha de aprovechar muy bien los años, las semanas, los minutos. Al final, lo que uno más recuerda de los que se han ido es la vida cotidiana junto a ellos, las intrascendencias de que se construyen las historias, no necesariamente los grandes acontecimientos.

Dorismilda Flores Márquez es estudiante del Doctorado en Estudios Científico-Sociales en el ITESO y profesora de asignatura en la Universidad Autónoma de Aguascalientes. Fue la editora fundadora en El Cafecito. Es una workaholic declarada. Ama los viajes, el cine, la comida y los libros.

El tiempo, por Dorismilda Flores Márquez y Arlette Luévano Díaz

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La construcción de la Gran Muralla China duró varios siglos, en distintas etapas entre el año 220 a.C. y el 1644 d.C. En México, la esperanza de vida al nacer es de 74.7 años, de acuerdo con datos del INEGI. El Dr. Stroud dice que una persona no puede vivir más de dos meses sin comer. 16 horas es el tiempo de vuelo entre Dubái y Los Ángeles, es el vuelo directo más largo y es caro también. Nueve horas y 18 minutos es el tiempo que lleva ver la trilogía de El Señor de los Anillos, aunque el trabajo de preproducción, producción y postproducción de la trilogía duró casi siete años. Dos horas, dos minutos y 57 segundos, es el tiempo con el que Dennis Kimetto rompió el récord mundial, en el Maratón de Berlín 2014. 360 relámpagos caen sobre la Tierra cada minuto. Parpadear nos toma 400 milésimas de segundo. Esto es algo de lo que podemos decir sobre el tiempo.

En El Cafecito hemos tenido una prolongada ausencia en este 2015 y esto ha derivado en una reflexión sobre el tiempo. Este número, con el que celebramos once años de intermitencias cafeteras, está dedicado a pensar y discutir el tiempo. No está de más recordar que esta edición de aniversario sale un poco tarde. No sabemos ya si El Cafecito es tan católico que sale cuando Dios quiere, tan mexicano que suele ser impuntual, tan impredecible que llega cuando nadie lo espera, o todos los anteriores. Lo que sí sabemos es que nos da mucho gusto estar de regreso, nos da más gusto contar con nuestros increíbles colaboradores y con nuestros lectores.

¿Cuánto tiempo nos llevará agotar estos sorbos de café? ¿Cuándo habrá otros? El tiempo lo dirá.


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Entre todas las libertades posibles… ¡feliz cumpleaños, Cafecito!, por Dorismilda Flores Márquez

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Being free and unfree at the same time is perhaps the most common of our experiences. It is also, arguably, the most confusing.

Zygmunt Bauman

 

Cuando El Cafecito era apenas un proyecto, su nombre era otro. Algún tiempo antes había leído Una ciudad libre —una novela de Eric Darton— y me había resultado inspiradora para pensar en la libertad de expresión. Sin embargo, hubo algo con lo que yo no contaba: el dominio ciudadlibre.com estaba entonces ocupado por un sitio porno. Así fue como la segunda opción, El Cafecito, entró en escena. Era 2004, la primera persona que supo del proyecto fue Salvador de Léon, mi asesor en el Seminario de Integración en la Universidad Autónoma de Aguascalientes. Los primeros que confiaron en esa idea nebulosa y enviaron sus colaboraciones fueron Marco Vargas Cuéllar, Arturo Haro Oteo y Enrique Puente Gallangos.

Diez años después, Arlette Luévano —quien edita El Cafecito desde 2011— y yo discutíamos sobre el número especial para celebrar el aniversario, optamos por plantear la libertad como tema central de esta edición. Creemos que la libertad es uno de los asuntos clave para pensar el tiempo que nos ha tocado vivir. Curiosamente, este número especial es el 101. No lo habíamos planeado así, pero quedó como anillo al dedo, porque nos recuerda aquella habitación de la célebre 1984 de George Orwell, donde ocurría lo peor del mundo. La habitación 101 nos recuerda las restricciones a la libertad, que no son pocas. Somos, como dice Bauman, libres y no libres a la vez, con todas las posibilidades y confusiones que eso implica.

La libertad es algo tan amplio, que se puede discutir sobre ella de mil maneras. Quienes participan en este número especial han elegido cómo y dónde situarse. “Libertad, igualdad y fraternidad” fue uno de los lemas de la Revolución Francesa y ha sido parte fundamental de la idea de derechos humanos que tenemos desde el siglo XX. Algunas colaboraciones en este número abordan la libertad en la lógica de los derechos. Otros han planteado la libertad como un estado del ser humano, que implica mirar hacia el interior de cada uno. Por supuesto, muchas discusiones pueden desprenderse de aquí. En esta diferencia entre perspectivas radica la riqueza.

Este número especial ha sido hecho bajo el pretexto de celebrar el décimo aniversario. Las fechas son lo de menos, las memorias son las que importan y, en este caso, celebrar es recordar que ya han pasado diez años de trabajo continuo; que un buen grupo de colaboradores, lectores, amigos, llevamos diez años juntos y hemos recibido a unos y extrañado a otros. Sobre todo, pensar en diez años implica recordar que, aunque una larga vida cafeinómana era el deseo desde el principio, eso que entonces era futuro y ahora es pasado/presente no se veía tan claro. No sé / no sabemos cuánto tiempo más continuará este intercambio de letras, en realidad no importa si vienen dos meses o 20 años, lo que importa es que valga la pena compartir estos bits.

Entre todas las libertades, una de mis favoritas es la Libertad de Quino. Con frecuencia me pregunto, como ella, ¿por qué la gente no es simple?, ¿por qué yo misma no soy simple?

 

Dorismilda Flores Márquez es Licenciada en Comunicación Medios Masivos por la Universidad Autónoma de Aguascalientes, Maestra en Comunicación de la Ciencia y la Cultura por el ITESO y estudiante del Doctorado en Estudios Científico-Sociales en la misma institución. Solía editar El Cafecito, casi siempre de madrugada.


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Nada tiene consecuencias: Notas de una observadora electoral, por Dorismilda Flores Márquez

“Nos utilizaron para legitimar una elección que hace años estaba ganada”, me dijo un joven funcionario de casilla, unos días después de la elección. Durante la jornada electoral fue él quien hizo las bromas que alegraron el día a sus compañeros, pero el día que lo encontré en la calle se veía serio, llevaba la decepción en el rostro. Me contó que no le sorprende que haya ganado Peña Nieto, sin embargo le indigna que tantas denuncias de irregularidades, en el mejor de los casos, deriven en una gran multa. Considera que estas trabas en la legislación son una burla al trabajo de los ciudadanos.

En mi caso, fui observadora electoral ciudadana, acreditada por el Instituto Federal Electoral. Tanto el día de la jornada electoral, como en los días de los cómputos distritales en Aguascalientes —en algunos de los cuales, por cierto, se recontaron todos los votos—, vi ciudadanos, funcionarios de casilla, representantes de partido, trabajadores del IFE, que hicieron su trabajo lo mejor que pudieron. En las casillas que recorrí, hubo errores, por supuesto, como funcionarios de casilla que confundieron las boletas sobrantes con los votos nulos, que olvidaron colocar la hoja rosa del PREP por fuera del paquete, o que registraron mal algún dato; ser funcionario no es algo que hagan cotidianamente y no son expertos en las labores que ese día tuvieron que desempeñar, además de que suelen lidiar con la presión de los votantes que esperan a que la casilla se termine de instalar y con el cansancio de permanecer ahí durante al menos 12 horas. Sin embargo, se trató de errores que pudieron ser corregidos en los cómputos distritales. Puedo decir que hubo limpieza, al menos en esa parte del proceso.

En los cómputos distritales, observé también que los trabajadores del IFE y los representantes de partidos, así como los consejeros distritales, estaban muy atentos al recuento de los votos y a la discusión sobre los votos que se enviaban a reserva, por haber generado dudas sobre su clasificación. Para los consejeros, se trató de jornadas extenuantes, de alrededor de 80 horas continuas en las que apenas tenían unos ratos para dormir y regresar a las labores del cómputo. Hubo complicaciones, en algún distrito tuvieron que esperar ocho horas, para que el sistema validara un resultado; lo cual retrasó la entrega de la constancia de mayoría a quien resultó ganadora como diputada. Incluso, en una sesión del consejo local, un consejero afirmó que la “innovación” de la plataforma del IFE fue un fracaso.

Releo una y otra vez las notas que tomé, durante la observación. Sigo pensando que el trabajo ciudadano fue ejemplar, en lo que vi. Sin embargo, como el joven funcionario de casilla que habló conmigo en la calle y como muchos mexicanos, creo que las irregularidades estuvieron en otro lado, en la inequidad que se observó durante el tiempo anterior a la elección, en una cobertura mediática parcial, en la descarada violación de las reglas y las increíbles limitaciones de las mismas. Qué más da comprar o coaccionar el voto, exceder los topes de campaña, vincularse con gente de dudosa reputación, si todo puede resolverse con una multa que habrá de pagarse cuando ya se haya tomado posesión.

Más allá de la persona que ostentará el cargo de presidente y de los partidos que lo respaldaron, el asunto no es quién ganó, sino cómo. Si en este país nada tiene consecuencias, tal vez nada tenga remedio. Pero si en este país somos capaces de cuestionar las incongruencias de nuestro sistema electoral, de proponer alternativas y de buscar los cauces, otros escenarios serán posibles… tal vez no escenarios perfectos y transparentes, pero al menos escenarios con una legitimidad mayor que la de 2012 y la de 2006.

 Dorismilda Flores Márquez es Licenciada en Comunicación Medios Masivos por la Universidad Autónoma de Aguascalientes, Maestra en Comunicación de la Ciencia y la Cultura por el ITESO y estudiante del Doctorado en Estudios Científico-Sociales en la misma institución. Solía editar El Cafecito, casi siempre de madrugada.


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De lugares comunes, aniversarios cafeinómanos y cambios de estafeta, por Dorismilda Flores Márquez

Prefiero lo ridículo de escribir poemas

a lo ridículo de no escribirlos.

Wislawa Szymborska

La tentación de caer en lugares comunes, en este breve texto, es muy grande, tal vez más grande que mi aversión por ellos. Podría decir que siete años no son pocos. Es cierto, no son pocos. Cuando un proyecto inicia, uno suele querer que sea para siempre y, a la vez, sabe que no puede saber cuánto durará. Cuando han pasado siete años desde la primera vez que se publicó El Cafecito, una sonrisita de satisfacción se dibuja en mi cara… siete años, guau, siete años de gratas experiencias, incertidumbres, desveladas, tardanzas y sorpresas. Celebro la permanencia de un proyecto libre, como éste; que, de tan libre, a veces ha quedado maravilloso y otras veces ha quedado francamente guango, a veces ha sido puntual y en ocasiones ha desaparecido cual jovencillo que se pierde en la fiesta, a veces ha costado mucho conservarlo, pero siempre ha valido la pena.

Podría hablar de aquellos sin quienes no hubiera sido posible mantener El Cafecito estos siete años y publicar, como lo he hecho en otras ocasiones, el listado cada vez más largo de colaboradores; pero hay otro listado del que no se conocen todos los nombres, de quienes suele quedar rastro en los comentarios y en las estadísticas: los lectores. Nadie escribe, toma fotos o hace cartones para no ser leído. Hay ciertas cosas que sólo adquieren sentido cuando se comparten y los otros expresan su gusto y también su disgusto, se identifican, vibran, se ríen o se preocupan con uno. Ningún colaborador de este proyecto ha recibido un solo centavo por sus colaboraciones, que han sido muchas y muy importantes; el capital que aquí se genera es otro y qué bueno que así sea. Quizá lo más importante es que El Cafecito ha propiciado los encuentros, uno de los más significativos es el de Aleida Gallangos Vargas —quien, por cierto, ha hecho las fotografías de este número—; ella vino a este espacio en busca de su primo y terminamos siendo entrañables amigas.

Podría, sobre todo, decir que esto “no es ‘adiós’, sino ‘hasta luego’”. Es cierto, he de hacer una pausa de cuatro años, por otro proyecto que debo atender, que me exige mucho mucho muchísimo tiempo. Pero El Cafecito no ha de padecer mis complicaciones de tiempo y es aquí donde ha entrado al rescate mi amiga Arlette Luévano Díaz, que coordinará la publicación en este tiempo. Sí, sí, la mismísima Arlette, gran poeta, ganadora del Premio Nacional de Poesía Efraín Huerta en 2006. Sospecho que para ella será como regresar con un viejo amor, tras haber sido la editora del suplemento cultural Ananke durante más de 12 años. Sospecho que para El Cafecito será maravilloso encontrarse con otro sabor. Aunque Arlette sólo ha aparecido en este espacio dos veces, ha estado presente en los años más recientes y su apoyo ha sido valiosísimo; ahora, su generosidad y disposición, hacen posible que este esfuerzo continúe.

La tentación de caer en lugares comunes no pudo ser resistida por quien esto escribe, hasta las últimas líneas… he de volver, volver, volver. Gracias a todos los que han estado y los que vendrán.

Dorismilda Flores Márquez es Licenciada en Comunicación Medios Masivos por la Universidad Autónoma de Aguascalientes, Maestra en Comunicación de la Ciencia y la Cultura por el ITESO y estudiante del Doctorado en Estudios Científico-Sociales en la misma institución. Solía editar El Cafecito, casi siempre de madrugada.


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Me duele este México rojo, por Dorismilda Flores Márquez

When the violence causes silence, we must be mistaken.

The Cranberries, “Zombie”.

 

La primera vez que estuve en Tlatelolco tuve una sensación muy extraña, al estar parada sobre el lugar donde nuestros antepasados indígenas hacían sacrificios humanos y donde ocurrió la masacre de los jóvenes estudiantes en 1968. En muchos momentos de nuestra historia, las manchas de sangre se han acumulado —literal y simbólicamente— en espacios geográficos concretos. Asistimos ahora al enrojecimiento de nuestro mapa, los asesinatos, ya no de individuos sino de grupos de personas, ya no sólo de “delincuentes” sino también de ciudadanos que cometen el grave error de estar en el lugar equivocado, en el momento equivocado, con las personas equivocadas y se convierten en “daño colateral”. ¿Hasta qué punto es normal? ¿Dónde comienza a ser demasiado?

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Recuerdo mucho una tira de Mafalda, donde ésta señalaba que tenía un enfermo en casa. Se trataba de un mundo recostado, ya que, en palabras de ella: “Le duele el Asia”. Si retomamos esa metáfora, quizá podamos decir que al mundo le duele todo, le duele China y también Birmania, Inglaterra, Haití, Afganistán y más. También le duele México, con sus graves problemas de feminicidios y el incremento en la comisión de delitos relacionados con el crimen organizado, con el olor a miedo y los ríos de sangre y los gritos de ayuda que no son escuchados.

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“Protesto guardar y hacer guardar la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos y las leyes que de ella emanen, y desempeñar leal y patrióticamente el cargo de Presidente de la República que el pueblo me ha conferido, mirando en todo por el bien y la prosperidad de la Unión, y si así no lo hiciere que la Nación me lo demande”[1], con esas palabras Felipe Calderón tomó protesta como presidente hace casi cuatro años. Alguien no está haciendo bien su trabajo si el bien y la prosperidad se traducen en una supuesta guerra contra el narcotráfico, que ha dejado más destrucción y muerte que soluciones, donde la sensible pérdida de miles de vidas es reducida a un daño colateral. Del otro lado, si la inseguridad y la violencia llevan al silencio y la indiferencia, los ciudadanos —en tanto Nación— no estamos asumiendo nuestros derechos y obligaciones de demandar a nuestros representantes que hagan su trabajo.

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Recientemente fue publicado en Nexos, el artículo “Cómo reducir la violencia en México”, de Eduardo Guerrero Gutiérrez. El autor delinea las tendencias en la violencia en nuestro país desde el año 2001, hace una crítica a la actuación del gobierno mexicano y plantea propuestas concretas de acción. La crítica es clara: “El gobierno federal falló en dos temas cruciales: el diagnóstico del mal y el método para combatirlo. El gobierno supuso, equivocadamente, que las organizaciones criminales no tendrían capacidad para reaccionar ante el asedio gubernamental. Peor aún: el gobierno creyó que él mismo estaba en condiciones de iniciar la guerra en enero de 2007. Este error de cálculo ha implicado enormes costos para el país en términos de vidas humanas y bienestar. El incontrolable aumento de la violencia en varios puntos del país ha propiciado que la estrategia oficial se revierta en contra del gobierno mismo. Junto con la violencia crecen el secuestro y la extorsión, el consumo de drogas y la percepción pública de que la guerra se perdió”[2]. Con frecuencia, el discurso oficial habla del narcotráfico y las organizaciones criminales como si se tratara de una realidad aparte a la que se ataca, pero no se ha reconocido lo que Guerrero Gutiérrez y otros analistas han señalado, la relación entre los “golpes” que el gobierno ha dado con la detención o ejecución de grandes capos y el incremento en los niveles de violencia en la reorganización de las geografías del narco y la reapropiación de territorios.

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En El rechazo de las minorías. Ensayo sobre la geografía de la furia, el antropólogo Arjun Appadurai habla de un contraste entre dos lógicas: la del sistema vertebrado de los estados-nación modernos y la del sistema celular del las redes terroristas. Estas últimas están “conectadas, pero no dirigidas verticalmente; coordinadas, pero notablemente independientes; capaces de dar respuestas sin contar con una estructura centralizada de comunicación; borrosas, pero con claridad”[3]. Quizá sea un error comparar las organizaciones terroristas con el crimen organizado, de entrada, porque aunque existan claras similitudes, hay también muchas diferencias. Sin embargo, quizás esto ayude a entender las fallas en la “guerra” o “lucha” contra el narcotráfico que ha emprendido el gobierno mexicano, porque el enfrentamiento entre sistemas distintos no ha conducido a la añorada tranquilidad, sino a la rearticulación y multiplicación de las organizaciones delictivas.



[1] 500 años de México en documentos (2006, diciembre 1). Toma de protesta de Felipe Calderón como Presidente constitucional de los Estados Unidos Mexicanos. Disponible en: http://www.biblioteca.tv/artman2/publish/2006_413/Toma_de_Protesta_de_Felipe_Calder_n_Hinojosa_como_Presidente_constitucional_de_los_Estados_Unidos_Mexicanos.shtml

[2] Guerrero Gutiérrez, E. (2010, noviembre 3). Cómo reducir la violencia en México. Nexos. Recuperado el 5 de noviembre de 2010, de: http://www.nexos.com.mx/?P=leerarticulo&Article=1197808

[3] Appadurai, A. (2007). El rechazo de las minorías. Ensayo sobre la geografía de la furia. Barcelona: Tusquets.

Dorismilda Flores Márquez es Licenciada en Comunicación Medios Masivos por la Universidad Autónoma de Aguascalientes y Maestra en Comunicación de la Ciencia y la Cultura por el ITESO; edita El Cafecito, casi siempre de madrugada.


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Enemil bits de café, por Dorismilda Flores Márquez

Envejecer implica haber vivido, tener experiencias y memorias por montones. Pero envejecer también es relativo, el paso de los años no se mide igual cuando se trata de personas o de instituciones y un año más no es lo mismo a los 12 que a los 54. El caso de las publicaciones periódicas es complicado: ¿cuál es la edad media de una revista impresa?, ¿cuál la de una electrónica? La esperanza de vida al nacer de las publicaciones en general —y quizá, sobre todo, de las digitales— suele ser un albur. La incertidumbre siempre hace presencia y se reúne con los hubiera y los puede que todavía.

Entre tanto, El Cafecito ha cumplido seis años —con sus interrupciones, tal vez, pero son seis años—; más de una vez se ha transformado, técnica y temáticamente; se ha enriquecido con los sabores que más de 70 cafeinómanos le han aportado, con mayor o menor intensidad.

Gracias, como siempre, a quienes producen y consumen enemil bits de café. Hoy, como en 2004, la intención sigue siendo reunirse a conversar. ¡Feliz cumpleaños, Cafecito!

Dorismilda Flores Márquez es Licenciada en Comunicación Medios Masivos por la Universidad Autónoma de Aguascalientes y Maestra en Comunicación de la Ciencia y la Cultura por el ITESO; edita El Cafecito, casi siempre de madrugada.


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¿La generación del disquete?, por Dorismilda Flores Márquez

He de confesar que no sé cuándo fue la última vez que usé un disquete y que tampoco logro recordar la primera, pero más de 50 de estos dispositivos reposan en un cajón de mi escritorio. Los usé durante años y en algunos momentos pensé que eran muy prácticos, en otros me resultó terrible descubrir que los archivos muy grandes no cabían, que habían sido víctima de virus o que, incluso, se negaban a abrir. Cuando aún no tenía Internet en casa, pero sí computadora, escribía mensajes largos largos largos para mis amigos, los guardaba en disquete y, tan pronto llegaba a algún lugar con conexión, los enviaba por correo electrónico. Era la edad de oro del floppy disk y también parte de los primeros acercamientos al equipo de cómputo que tuvo mi generación. En aquel tiempo existían también los discos de 5¼”, pero iban de salida y los de 3½” resultaban más chiquitos, más bonitos y quizá también con mayor capacidad.

Los años pasaron y se popularizaron otras opciones, más prácticas y de mayor calidad, para almacenar y trasladar contenidos. Entre los CD, DVD y las memorias USB, los usos de los disquetes disminuyeron considerablemente y, con ellos, decrecieron también las ventas. En mi caso, los fui abandonando gradualmente, pero el golpe definitivo vino cuando compré una laptop que no tenía lector de disquetes. Desde entonces, varias cajitas con discos de 3½”, perfectamente etiquetadas, permanecen prácticamente en el olvido.

Justo ahora, en pleno 2010, medio mundo está hablando de la muerte del disquete o floppy disk, luego de que Sony decidió dejar de producir y distribuir estos dispositivos de almacenamiento, frente a la disminución de la demanda. Mucho se puede decir sobre las transiciones tecnológicas y la obsolescencia de ciertos objetos; sobre los intereses de mercado que, de alguna manera, transforman nuestros usos y costumbres; sobre las maravillas de los nuevos dispositivos que, en poco tiempo, coexistirán y/o serán desplazados por otros más sofisticados; incluso, acerca del caos que implica recuperar archivos de discos descontinuados; pero me parece que un elemento clave de esto es la generación… los mayores conocieron hasta las tarjetas perforadas, los menores no han tenido el gusto de vivir con disquetes, mi generación sí.

El fin del disquete, como el fin de las camaritas Kodak y del ilustrísimo Betamax, es quizá algo que une a ciertas generaciones. La mía —la de los que tenemos de veintimuchos a treinta y poquitos— creció con los disquetes —y también con camaritas Kodak y con algunas películas ochenteras en Beta—  y aunque ahora que se va, no lo vamos a extrañar, es evidente que muchas memorias están en ellos… simbólica y literalmente. Un minuto de silencio por el disquete que ha muerto. Larga vida a la comunicación digital, independientemente de sus soportes.

Dorismilda Flores Márquez es Licenciada en Comunicación Medios Masivos por la Universidad Autónoma de Aguascalientes y Maestra en Comunicación de la Ciencia y la Cultura por el ITESO; edita El Cafecito, casi siempre de madrugada.