El Cafecito


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El monstruo, por Carlos Rangel

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Caminaré entre los árboles

en una tarde antes del invierno.

Primero, con el corazón fuera de mi pecho,

voy a brindar por todos los días que te vi, por el único

beso que la vida me permitió darte

y por el coraje que obtuve de ti, de tu no-amor.

 

Seré el señor nocturno del alba, inmortal

caminaré por calles desoladas y ciudades desiertas sin temor

a la radiación. Prometo llevar flores marchitas a tu tumba, mi hermosa

dama que sólo me besó una vez.

Eso haré, cuando los días no sean días y un sol

negro se asome a una Tierra muerta.

 

Sueño con que un viajero de otra galaxia baje de su navío

estelar a mi encuentro. Imagino que me pregunta por ti

y por las otras mujeres que amé y por los perros y por

los días perdidos en que comía fruta. Sueño con que venga

porque sólo frente a él podré llorar todo lo solo que me siento

desde ahora. Porque sólo él comprenderá lo que es ser yo.

 

Y una nube me regalará de su pan. Pero antes caminaré

entre los árboles. Y una nueva humanidad que florecerá al calor

del sol negro me llamará monstruo. Como ahora, que soy un monstruo

y no un hombre, pero los hombres creen que soy uno de ellos.

 

Carlos Rangel es narrador, nacido en Aguascalientes, Ags. Licenciado en Ingeniería en Mecatrónica por la UPA, le gustan los gatos y hacer sandwiches tostados. Practica ju jitsu y otros estilos de pelea, le gusta leer. Fue becario del FECA en el 2008.

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Soy todos los hombres que destruiste, por Carlos Rangel

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Soy todos los hombres que destruiste, una tarde de abril,

antes de la luna llena, mucho antes.

Morí con todos y cada uno de los guerreros, espadachines

abatidos por ti. Luché frente a ellos como su Rey Poeta

deseoso de caer el primero.

 

Pero viví.

 

Fui sacado de la lid por hombres mejores que yo, hombres

como el que nunca seré.

Niños viajantes que me tendieron su mano y su vino,

que me contaron de sus mujeres allá en los pueblos donde

las dejaron por acudir con su rey.

 

Sangré todas y cada uno de las veces que ellos murieron.

Ejército de un solo hombre: la armada invencible fue vencida,

y el Poeta fue mutilado en Lepanto.

 

Ya no te amé e hice como que no te vi, en una tarde de abril.

Carlos Rangel es narrador, nacido en Aguascalientes, Ags. Licenciado en Ingeniería en Mecatrónica por la UPA, le gustan los gatos y hacer sandwiches tostados. Practica ju jitsu y otros estilos de pelea, le gusta leer. Fue becario del FECA en el 2008.


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El obrero va a casa, por Carlos Rangel

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La luz roja se encendió y la fila de obreros se detuvo. Camilo miró alrededor con ojos bovinos, vio las nucas rapadas de otros empleados y el gris de sus trajes. La pared de concreto reforzado mostraba un “06” pintado con gruesas líneas azules que contrastaban contra el blanco del muro. En algún lugar, un relevador fue activado con el habitual sonido eléctrico y la luz pasó al verde. La gruesa puerta de acero se levantó descubriendo el hangar. Afuera esperaban los transportes alineados con precisión milimétrica por los sensores de posicionamiento, y las filas de personal humano en espera de ser conducidos por los autómatas hacia su vehículo designado. Una jornada más de trabajo había llegado a su fin después de setenta y dos horas de labor, el operario podría volver a casa, dormir y recuperarse del uso de drogas para perpetuar la vigilia.

Se preguntaba cómo es que los trabajadores del pasado sobrevivían en sus puestos, antes de que el gobierno global legalizara las dosis controladas de “antisopor” y “microglobulina” en los empleados de diversas industrias. Un androide lo interrumpió de sus conjeturas interponiendo el brazo mecánico entre él y la obrera que caminaba en frente. Se detuvo. Vio a la mujer sentarse en el lugar que salía por uno de los costados del autobús, para ser asistida por dos autómatas en la colocación de cinturones y en la activación de la jeringa de sueño. El asiento se replegó dentro del vehículo movido por brazos robóticos, tras lo cual la pared del transporte se deslizó dejando el logo de la empresa, LangloisTecnologics, frente a Camilo.

El camión se deslizó con un sonido silbante para dejar el lugar a otro vehículo. El transporte nuevo se estacionó frente a las filas de obreros en silencio, con luces amarillas parpadeando en lo más bajo de la carrocería y los sensores ópticos haciendo mediciones de la distancia a la plataforma. Camilo fue conducido por un androide que lo situó junto al asiento que bajaba hasta su altura, después de que la pared del vehículo se replegara hacia atrás descubriendo los lugares. Se acomodó sobre la superficie sintética acostumbrado a los dedos fríos que le acomodaban la nuca sobre el cojín. Un sonido eléctrico traspasó su cráneo cuando la aguja del sueño entró en su cabeza por el puerto implantado sobre su cuello. Sus párpados cayeron, mientras los sonidos neumáticos de la maquinaria a su alrededor se perdían en la inconsciencia.

Se ocuparon el resto de las plazas y los obreros fueron transportados fuera del complejo por la inteligencia artificial del vehículo, que tenía implantada dentro de sus circuitos toda la información de rutas y tráfico terrestre a esa hora, las cuatro de la mañana. Atrás quedaron los autómatas diligentes que acomodaban empleados dentro de asientos y los demás camiones sin chófer que llevaban su carga hacia los conjuntos habitacionales. El autobús se movió por la ciudad, donde las calles oscuras eran iluminadas por faroles parpadeantes que lucían letreros obscenos y consignas contra el gobierno mundial. El vehículo se movió por caminos subterráneos, vecindarios abandonados a causa de la radiación y donde sólo se metían a vivir los desposeídos, parques fortificados en donde se permitía la entrada a una persona cada mes, en un horario preestablecido, y un determinado número de minutos. Una serie de edificios idénticos salvo por el número de control y el color del logo que la corporación había puesto sobre las paredes, recibió a los transportes.

Las agujas de sueño se retiraron en silencio, introduciéndose de nuevo en las almohadillas sintéticas. Camilo abrió los ojos, al tiempo que un costado del transporte automático se desplegaba dejándole ver el edificio “G32”. Un androide le ayudó a quitarse el arnés. Se movió lejos del vehículo mientras se rascaba el cráneo rasurado al tiempo que veía las hileras de armazones plegándose dentro de las entrañas del autobús con un sonido mecánico. Camilo echó a andar en medio del rebaño de obreros que buscaban sus edificios, moviéndose automáticamente sobre el empedrado y entre las jardineras de pasto cortado.

Llegó a la puerta del “F16” y esperó a que otro hombre fuera admitido por la puerta automática. Después se acercó al sensor de presencia y dijo su número de empleado como lo había hecho la jornada anterior y como lo haría la siguiente. Dentro de su cubil, se despojó con lentitud de la camisa gris para dejarla caer sobre la compuerta de lavandería, que iba hasta el contenedor bajo la superficie, donde las ropas de todos los empleados de la zona se juntaban y eran limpiadas por máquinas automáticas. Después de quedar en ropa interior fue hasta la plataforma de acero reforzado que le servía de cama y era sujeta a la pared por líneas de carbono. Se quedó sentado unos minutos pensando en cuánto tiempo faltaba para que le fuera permitido entrar en la alberca pública, y en si su horario coincidiría con el de la linda muchacha que había visto el mes anterior. No podía olvidar la forma en que el traje de nado ajustaba sobre su cráneo ovalado y calvo.

Antes de dormir su mente divagaba sobre la forma en que los operarios vivían en el pasado, antes de que todas las maravillas tecnológicas simplificaran la vida del hombre. Pero se detuvo, temeroso de que los sensores que medían la actividad cerebral detectaran en él pensamientos no permitidos dentro del horario establecido para imaginar.

 

Carlos Rangel es narrador, nacido en Aguascalientes, Ags. Licenciado en Ingeniería en Mecatrónica por la UPA, le gustan los gatos y hacer sandwiches tostados. Practica ju jitsu y otros estilos de pelea, le gusta leer. Fue becario del FECA en el 2008


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Mario, por Carlos Rangel

El sonido resonaba por todo el casco del barco naufragado. Mario llevó su mano hasta donde le dolía, detrás de la nuca, para palparse un amasijo de sangre seca y cabello. Volteando a los alrededores, pudo reconocer el pedazo de playa sobre el que se encontraba el enorme navío. Sus recuerdos de la fiesta en la cubierta, donde una sensual venezolana le movía la caderas mientras daba sorbos a una bebida alcohólica, se le antojaban como un sueño plácido que de forma cruel le hacían aún más insoportable estar despierto.

Caminó por la arena, llamando a gritos a cada persona que había conocido en el crucero. Con tristeza reconoció que no recordaba el nombre de la mujer, a la que sólo una noche de sexo casual le daba algo en común. Sus pisadas en la arena que comenzaba a ponerse tibia en la tarde ya dejaban un camino largo sobre la playa. A lo lejos, el buque de casco hendido se le antojaba como una ballena inverosímil, que esperaba con un rigor estoico los últimos estertores de la muerte.

Tenía ganas de beber una cerveza, y de comer un buen trozo de carne asada. Puso su mano en visera para recorrer la playa con la vista, el mar chocaba contra un peñasco cercano produciendo espuma. La cabeza comenzaba a dolerle de forma punzante, y pronto se dio cuenta que no iría muy lejos sin ayuda. En su estómago, el vacío ardiente del hambre se abría paso hasta su pecho de forma lenta e imperiosa.

“¡Mario, Mario!”

Recordó a la mujer que años atrás le había dicho que él era el hombre de su vida. Con tristeza la echó de menos y quiso que estuviera ahí cerca para decirle todo lo que no se había atrevido en la despedida. La vio corriendo hacia el autobús que se llenaba de gente, que como ella se iban a otro lugar en busca de algo que ni ellos mismos sabían qué era, pero que no se encontraba en su ciudad natal. Alguien le dijo una vez que aquellos que desean dejar atrás su hogar no son felices.

Cansado de caminar sin ser capaz de encontrarse con otro ser humano, decidió detenerse a descansar para ahorrar energía. Mientras estaba sentado, pudo reconocer la forma de un pato en la nube que se abría paso sobre su cabeza. Pensó en los amigos con los que se detenía a ver el cielo, acostados sobre el pasto y con varias cervezas cerca. También los quiso tener ahí. El sonido grave regresó, abriéndose paso por entre los árboles. Su oído fue aguzándose para tratar de reconocer lo que era. No pudo conseguirlo, pero en cambio una sensación de malestar comenzó a recorrer su cuerpo.

¡Mario!

La voz de su madre llamándolo se abrió paso hasta su conciencia. De diez años, y con una rodilla raspada por una caída de la bicicleta, llegaba a su casa donde lo esperaban para comer. Su padre, cansado por la jornada laboral revolvía sus cabellos al verlo sentarse a la mesa. Mientras que sus hermanos le contaban bromas que recién habían aprendido en la escuela. Se puso de pie, movido por estos recuerdos y el deseo de volver a encontrarse con esa gente.

Caminó de nuevo hasta que la playa llegó a su fin y pudo encontrarse con los edificios demolidos del malecón. Sobre la ciudad se elevaba un enorme ser anfibio que recorría las calles con sus ojos de bulbo, produciendo el sonido que había venido escuchando desde que despertó. El dolor en su cabeza se hizo más fuerte.

Carlos Rangel es un narrador nacido en Aguascalientes, Ags. Estudia Ingeniería en Mecatrónica en la UPA, le gustan los gatos y hacer sandwiches tostados. Practica ju jitsu y otros estilos de pelea, le gusta leer. Fue becario del FECA en el 2008