El Cafecito


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La crisis de los medios en México, por Carlos Antonio Villa Guzmán

Se muestran vigorosos, nadie duda de su poder, sin embargo, los medios de comunicación pasan por una severa crisis. Quizá ni sus propios directivos hayan dimensionado de manera suficiente lo que comenzaron a enfrentar.

Por mucho tiempo los medios han mantenido un status quo privilegiado. Nadie o casi nadie, se mete con ellos y, en cambio, ellos se inmiscuyen en lo que les plazca; sin pudor alguno escarban en lo público o privado siempre que reditúe puntos a su favor.

Nos acostumbraron a esa suerte de soberanía discursiva que despliegan sobre el acontecer cotidiano, donde los emisarios o reporteros se abren paso, como si llevaran un cáliz o un arma que todos miran con respeto o cierto temor. El logo de la difusora envuelve con una cubierta de plástico el micrófono que llevan en la mano. Los identifica como acólitos de la noticia que contribuyen diariamente a ese ritual que escenifica el repaso de los acontecimientos, en un vertiginoso resumen de imágenes y frases cortas que enjuician lo que sucede y a quienes lo protagonizan.

“Ya llegaron los de la tele”, es un lugar común que se escucha en las aglomeraciones que se forman alrededor de un evento, un hecho, cualquier cosa, entre las muchas cosas que le dan sentido al tiempo y al espacio que habitamos. Como que sin la presencia de “los de la tele”, aquello no estuviera sucediendo o no hubiera pasado. Es hasta cuando llegan que  las cosas toman relieve. Cuando comienzan a grabar o transmitir los técnicos aquello que los locutores o comunicadores dicen o hacen, es entonces que se percibe esa singular sensación de que todo el conjunto, es decir, locutores y espectadores, pasan a la otra dimensión, la de las pantallas. Hay algo de emoción en el ambiente. Todo mundo se está viendo en la tele.

Lo mismo sucede o sucedía, hasta hace poco, con la prensa. Ninguna actividad podía quedar al margen de la presencia de periodistas. Los salones de hoteles u otros espacios quizá todavía generan buenos dividendos todos los días, al organizarse desayunos que en realidad son lanzamientos de noticias, aunque no todas tienen la suerte de ser publicadas o si acaso en forma muy superficial.

Sin embargo, las convocatorias por Internet ya ganan bastante terreno desafiando las reglas del oficio del periodismo presencial. Esto que se conoce como “la fuente”.

Indicadores primarios de la crisis mediática:

  1. Los diarios tienen dificultad para mantener o han bajado sus ventas.
  2. La credibilidad en los noticieros televisivos se ha desplomado.
  3. La competencia entre agencias mediáticas crece sin que mejore la oferta hacia las audiencias.
  4. El Estado se contrae y con ello sus gastos publicitarios.
  5. Los procesos electorales han tenido modificaciones que tienden a limitar la compra de espacio en los medios.
  6. La Internet se transforma aceleradamente como la mejor herramienta de comunicación e información.
  7. Los medios han sido incapaces de crear sus propias redes sociales.
  8. Han perdido respeto en la sociedad.
  9. Se han autocensurado ante la escalada de violencia contra comunicadores y en general la que atraviesa el país.
  10. Se contaminaron con el “mundillo” de los escándalos políticos y de toda clase, que presentan como productos.
  11. Se revelaron como extorsionadores o cómplices de políticos u otros actores sociales, que les compran protección para no ser exhibidos.
  12. Los niveles de profesionalización de los comunicadores dejaron de tomarse en cuenta, principalmente en radio y televisión.
  13. El ingreso al país de canales de televisión extranjeros que superan con mucho en calidad a los nacionales (Discovery, Disney, History, People and arts, Animal Planet, etcétera) les recorta mercados y espectadores (hablando exclusivamente de televisión).
  14. La piratería e irrupción de opciones para obtener a bajo costo o en forma gratuita géneros musicales, los mp3, iPods u otros, vuelven menos atractivo el radio para esta actividad.
  15. La crisis financiera mundial impacta negativamente en sus balances, al depender los medios de tecnología fabricada en el extranjero.
  16. Los sindicatos de los trabajadores de los medios de comunicación son totalmente blancos, quedando el personal vulnerable, en estado de indefensión ante despidos, abusos o falta de cumplimiento de contratos. Un número importante de trabajadores o empleados de las empresas de medios, operan bajo la forma de “free lance”, sin prestaciones, ni derechos de antigüedad u otros.
  17. Persiste un desequilibrio de género, dado que los titulares de los principales noticieros, así como directivos y personal, continúa siendo por mucho, mayoritariamente masculino
  18. La pluralidad del Congreso inhibe en alguna medida, aunque no de manera suficiente, el avance del poder de los medios al amparo de un marco legal instrumentado para salir beneficiados.
  19. La democracia ha tenido avances significativos, por lo que en las Cámaras es frecuente escuchar críticas puntuales hacia el comportamiento de los monopolios de la comunicación que operan en México, principalmente las dos televisoras privadas.
  20. La internacionalización de las noticias ofrece alternativas interesantes, como CNN.

Después de reflexionar acerca de cada uno de los veinte puntos  enunciados, nos parece notorio que algo sucede al respecto, una crisis mediática.

Quizá faltan otras observaciones que pudieran respaldar aún más lo hasta aquí expresado, o bien, matizar la crítica. Tal vez existen más señales de esta crisis que nos afecta como ciudadanía expuesta o de alguna manera en contacto con los flujos mediáticos. Por otra parte, seguramente hay quien no lo considere de esta manera y puede ser que tuviera razón, en todo caso tómese este artículo como un ejercicio de análisis que superficialmente despliega una mirada hacia los medios, en el contexto donde operan y los otros multiplicados y dispersos, donde llegan sus mensajes.

¿Esto es benéfico o negativo para la sociedad que depende de los medios para tener contacto con el mundo, en términos de estar al día en informaciones? Ni lo uno ni lo otro, es decir, en lo que siempre ha sucedido y que haya tenido que ver con medios de comunicación, los receptores escasamente han sido tomados en cuenta. Más allá de conocer si están o no al pendiente de lo que se les transmite, para comprobar el rating, las audiencias no tienen mayor importancia para los que dirigen los medios de comunicación. Por lo mismo, al no estar ligados a los medios electrónicos de una forma más interactiva, los televidentes o radioescuchas, permanecen hasta cierto punto indiferentes a lo que sucede en el espacio interno de los medios, de ahí que la crisis que se menciona en este artículo, ni siquiera sea percibida por ellos. Si quiebra una empresa o se fusiona con otra (algo que sucede con más frecuencia que antes), si desaparece del cuadrante o aparece con otro nombre, si Slim entra o no al mercado de la televisión (porque se lo pueda impedir Televisa a través del control de las instancias oficiales), es algo que a la gente no le causa mayor interés, o si acaso se comenta sin darle mucha importancia. Se trata de un tema más de conversación intrascendente que a nadie le quita el sueño. Aquí es donde surge la sospecha de que los medios se hallan sumergidos en una crisis profunda.

Carlos Antonio Villa Guzmán es Maestro en Comunicación de la Ciencia y la Cultura por el ITESO, es profesor-investigador del Departamento de Estudios de la Comunicación Social en la Universidad de Guadalajara. Actualmente estudia el doctorado en Política y Gobierno, en la Universidad Católica de Córdoba y Administración Pública, por la Universidad Complutense de Madrid. Blog Voces Libres: http://carlosvillaguzman.blogspot.com


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El sapo, por Carlos Antonio Villa Guzmán

Ésta es una historia real aunque parezca un cuento. Sucedió ante mis ojos y por eso la puedo contar, tal cual. Fue hace poco, durante la luna pasada.

Veníamos, mi mujer y yo, cortando camino a través de un parque que le llaman del “Sierras Hotel”. Ya había oscurecido cuando acabamos de cruzar y llegamos a la bocacalle donde encontramos un grupo de cuatro mozalbetes. Hablaban en voz alta al andar y vimos que se pasaban con los pies un objeto como si fuera una pelota, pero eso tenía más bien la apariencia de una fruta aplastada, hasta pensé en una rata muerta, ya disecada por la intemperie.

Pero no, no era nada de eso, sino que se trataba de un sapo, un pobre sapo que sufría los golpes de los zapatos de los muchachos que se divertían martirizándolo. Ella percibió antes que yo de qué se trataba y no dejó pasar ni una fracción de segundo para recriminarles su alevosía. Los chamacos ni contestaron nada y siguieron su camino, ya sin patear sapo alguno.

Por suerte el batracio no quedó reventado ante tal superioridad de fuerzas y lo vimos que saltó. Fue cuando creyendo hacerle un favor decidí llevarlo al jardín donde se hartaría de insectos, al igual que lo hacen otros sapos que se esconden y viven por ahí. Hasta se haría de compañeros y con suerte una pareja.

De manera que tomé una bolsa de plástico, pues siempre le tuve algo de repulsión a ese líquido que sueltan desde algún lugar cuando se les atrapa. Dicen que causa ronchas. Ya me han “orinado” cuando era muchacho, los sapos, y no me causó nada raro en la piel, aunque es mejor prevenir.

Me dispuse a atraparlo, cuando me percaté de algo que se me metía por los oídos y me saturaba por dentro la cabeza. Era un ruido parecido al balar de las ovejas pero acuoso y grave, como un ronquido vibratorio que hacía estremecer el aire. Producido seguramente por cientos de sapos que se buscaban en las proximidades de las charcas que hay en el parque, esas mismas que reflejan como se visten los árboles según las estaciones, hasta quedar desnudos en el invierno.

Me di cuenta que hacía allá se dirigía el sapo, cuando se tropezó con las “patas” de  esos malvados que sin pensar en su daño, en su miedo, lo pateaban como patear una piedra, “jugando”. Debió ser muy resistente para aguantar.

De todas maneras no desistí en la intención de llevarlo hacia nuestro jardín, de manera que logré atraparlo pese lo oscuro que estaba el suelo. A los pocos segundos lo liberé dentro y cerré el cancel.

Me olvidé del sapo en cuanto estuve dentro de casa y no recuerdo qué es lo que me hizo salir de nuevo; como que estoy recordando un compromiso con alguna amistad, como sea, el caso es que salí y me encuentro con el pobre sapo dando brincos pegado junto a la cerca, tratando de cruzar sobre una pequeña barda y saltar hacia fuera para alcanzar a llegar al estanque, donde tenía lugar la reunión que organizaron los de su especie. Por cierto ante un mandato curioso de la madre naturaleza, una especie de “finta”, que les jugó la estación, pues en pleno invierno se presentaron unos días soleados y cálidos, como una anticipada primavera que tal vez confundió a los órganos reproductores de los sapos, su calendario biológico o algo parecido que los dispuso a llamarse y cortejarse esa noche cerca del agua.

Lo escuché que maldecía con su voz baja y ronca: “mal le vaya a ese entrometido que se me atravesó, ¿cómo es posible que me dejara encarcelado? Total, al tipo ese que me trajo a patadas desde media cuadra ya le faltaba poco para llegar a la esquina y tal vez con una sola patada más hubiera descansado de patearme, dejándome adolorido pero libre. En cambio, aquí estoy adolorido y preso. ¡Uf!”

Lo decía con tanto resentimiento y convicción que me preocupé. Finalmente yo era responsable de su situación.

Primera moraleja del cuento: “aunque veas a un prójimo que lo lleva el destino a patadas, no siempre es bueno sacarlo de ahí pues se perderá de ser alguien entre los suyos”.

Tomé nuevamente la bolsa de nylon y con algunos engaños y ayudado de un palito hice que el sapo saltara dentro de ella. Lo llevé donde ya no había calle y con seguridad podía introducirse entre la hierba hasta llegar a los estanques, en cuyas márgenes seguramente se amontonaban los sapos.

Lo solté e inmediatamente dio varios saltos en dirección del llamado de sus congéneres. Alcancé a escuchar que me dio las gracias pero con la prisa que llevaba no le entendí muy claro.

La segunda moraleja es que si no lo hiciste bien a la primera, es posible que haya otra oportunidad.
Carlos Antonio Villa Guzmán es Maestro en Comunicación de la Ciencia y la Cultura por el ITESO, es profesor-investigador del Departamento de Estudios de la Comunicación Social en la Universidad de Guadalajara. Actualmente estudia el doctorado en Política y Gobierno, en la Universidad Católica de Córdoba y Administración Pública, por la Universidad Complutense de Madrid. Blog Voces Libres: http://carlosvillaguzman.blogspot.com


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Amores vegetales, por Carlos Antonio Villa Guzmán

Con eso de que el tiempo se ha reducido, o así parece en esta acelerada vida moderna, siempre a las prisas, de la casa al trabajo, después a casa y así día tras día, he perdido contacto con algunos espacios de mi mundo privado, como es el jardín. Ni siquiera pude darme cuenta de que a uno de los árboles le habían brotado sendos cuernos. Se me hizo rarísimo aquello. Desde abajo los veía allá en lo alto de aquel enorme cedro.

En uno de esos contados días que sobran varios minutos de tiempo en casa, esto porque además de ocuparse de mantener las cosas en orden y proveer de lo necesario, siempre hay arreglos pendientes, pensé subir a la azotea para ver lo más cerca posible esos cuernos, desde una mejor panorámica y por eso subí.

Ahí estaban, alzados en dirección a las nubes. Fue desde ahí donde pude mirar también otras cosas, un poco más de la parte de arriba de los árboles que se hallaban cerca del árbol con cuernos; ropa asolándose sostenida en lazos, tanques de agua, antenas, bicicletas oxidadas, macetas, llantas, entre otros objetos propios de los techos.

Justo a su lado y manteniendo la distancia necesaria para crecer como es debido, había un almendro que tenía cubiertas sus ramas y parte del follaje, por una Madreselva florida que trepó desde la parte del vecino.

Entonces comprendí por qué le salieron esos cuernos a mi  árbol.
Carlos Antonio Villa Guzmán es Maestro en Comunicación de la Ciencia y la Cultura por el ITESO, es profesor-investigador del Departamento de Estudios de la Comunicación Social en la Universidad de Guadalajara. Actualmente estudia el doctorado en Política y Gobierno, en la Universidad Católica de Córdoba y Administración Pública, por la Universidad Complutense de Madrid. Blog Voces Libres: http://carlosvillaguzman.blogspot.com


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La emperatriz (III/III), por Carlos Antonio Villa Guzmán

[Por su extensión, este cuento se ha dividido en tres partes, con permiso de su autor.

He aquí la tercera. Clic aquí para ver la primera y la segunda].

 

III

Sentí que algo me había abandonado, una soledad más extraña cuanto más extraña se me hacía la personalidad y todo lo que sabía ahora acerca de la emperatriz. ¿Cómo es posible que no haya permanecido una semana más aquí? Siquiera para recibir lo que según me demostró, era tan valioso para ella, un tesoro que había guardado.

Se acerco la señora con el llavero, abrió el candado del portón y me hizo pasar. Le dije que el cofrecito que llevaba era lo que había quedado de entregar a Carlota, sin darle ningún dato más.

—Aquí se lo guardo— me dijo y también que había algo para mí—. Ella lo dejó para cuando viniera a buscarla. Me entregó una carta. Di las gracias a la señora del hotel y a su pequeña que me recibió.

Una vez en la calle, me dispuse ir hasta un lugar donde pudiera tener tranquilidad para revisar el contenido del sobrecito que me dejó la emperatriz. Una especie de aviso secreto me decía que ya no la vería más. Esto me hacía el efecto de las notas que evocan la melancolía, pues me pareció ella una mujer que a pesar de todo lo que ha sufrido y perdido en la vida, conserva diamantes en el alma, por lo que si hubiese encontrado un buen tallador, las facetas brillarían con un fulgor infinito. Algo de la emperatriz había llegado a mi corazón y se introdujo sin llamar a la puerta.

Subí a un camión que me llevaría al centro de la ciudad. Ahí conocía varias cafeterías como para instalarme en un lugar a solas, donde se me permitiera leer con suficiente calma la misiva de la emperatriz.

Llegué pronto a uno de estos lugares. Busqué una mesa del fondo, donde hubiera algo de luz, me acomodé en un sillón mullido y pedí mi café a la chica que se acercó para atenderme.

Abrí con mucho cuidado el sobre que despedía un aroma dulzón que me hizo ver mentalmente el rostro de la emperatriz. Estaba en varios dobleces una hoja de papel, junto había un retrato y se me encharcaron los ojos cuando vi que tenía una dedicatoria: “Con mi cariño para Omar, el único hombre que pudo traerme un tesoro”. Me contuve el llanto, pues no acostumbro que se me salga a las primeras de cambio, no más por qué sí.

“Omar, trataré de acomodar algunas palabras que tal vez logren decirte quién soy y esto tal vez te ayude más a saber por qué nuestros caminos se encontraron, entre tantos rumbos que se cruzan en la existencia de cada quien.

Yo no tengo muchos conocimientos, ni tampoco sé cómo escribir para que me entiendas lo que te voy a decir. Espero que mis palabras sean suficientemente claras y tengas así menos dificultad para comprender.

Ya que me hiciste el favor de darme eso que aprecio tanto, unos pocos recuerdos sobre tantas cosas, no quiero que pienses que la mujer deshecha que encontraste pudo decidir su destino. La vida me lo puso así.

La casa que viste en llamas no era nuestra. Un hombre nos la prestó para que nos mudáramos ahí. Vivíamos solas en otro lugar, mi padre nos dejó en una vecindad, cuando acababa de nacer, se fue sin acordarse más de nosotras, crecí en un barrio entre gente pobre por lo que mi madre, como podía, se abría camino, lavando ropa o haciendo trabajos de sirvienta en las casas ricas. Me la pasaba muy sola esperándola, en los lugares donde ella hacía quehaceres no le admitían que me llevara con ella. A pesar de esas penurias, me mandaba a la escuela hasta que crecí.  Estudiaba enfermería  y antes de recibirme ya cuidaba enfermos. Un señor necesitó de alguien que se hiciera cargo de él, porque no tenía familia. Me llamaron. Entonces yo era muy joven, demasiado ingenua, ignoraba muchas cosas. Iba todos los días a cuidarlo. Le hacía lo necesario para que no sufriera tanto, aquella enfermedad lo dejaba en ocasiones casi sin poder mover siquiera las piernas.

El hombre aquél cada vez me tuvo más confianza. Así comenzó a abusar de mí, no sé cómo para eso sí podía estar bien y lo hacía con fuerza, no supe cómo defenderme y  reaccionar para que no sucediera aquello. Pero él insistía y cuando me acercaba ponía sus manos donde yo sentía algo, no sé por qué lo dejé que hiciera todo eso, era como si me hubiera dado una droga.

Cuando llegaba con mi madre, sentía vergüenza, no entendía bien qué era lo que me hacía, pero sabía que era malo. Tuve miedo de volver a esa casa pero el hombre aquel me buscaba, decía que con nadie se sentía tan bien, me ofrecía algo de dinero extra, para llevarle a mi mamá. Como éramos muy pobres, a veces ni siquiera teníamos para comer, sentía que lo que me daba nos hacía falta. Nunca quise hablar con nadie de todo eso.

Cada vez que iba a su casa a cuidarlo él veía la forma de entretenerme hasta que se pasaba el día, salía cuando ya todo estaba oscuro y me daba miedo ir por esas calles hasta donde tomaba el camión. Era muy lejos por lo que me dijo que tenía una casa enseguida de la suya, donde podíamos vivir sin pagar renta, nos llevó a ese lugar donde guardaba cosas, era una como una bodega y nos prestó un cuarto.

Yo seguía siendo una estudiante y cuando volvía de la escuela él se brincaba por la azotea.

En las noches entraba y me buscaba, me violaba siempre que se le antojaba y mi mamá no me podía defender. Estaba tan débil que se pasaba casi toda la vida acostada en su cama o sentada en una silla. El señor ese le llevaba medicinas y en ocasiones le daba dinero para que viera médicos, era viejo y gordo, me daba asco, pero vivíamos en su casa y tenía que aguantarme todo lo que hacía conmigo.

Después de pasarse horas en mi cama, me daba unas pastillas para que tomara y no fuera a tener un hijo. Eso me decía cada vez, así que con el miedo le hacía caso.  Le sentía un odio tremendo y hasta sentía deseos de matarlo, pero no sabía cómo, cada vez que se le metía en la cabeza hacerme algo, llegaba por la azotea y me sometía a todo lo que se le antojaba, decía que si hablaba con alguien nos echaría de la casa y tendríamos que vivir en la calle. Por eso lo soportaba, pues no me hacía a la idea de estar sola con mi mamá enferma, sin tener siquiera un techo.

Me apuraba en la escuela para encontrar la manera de conseguir dinero para llevármela a otra parte. Como no conseguía eso, entonces dejé de estudiar para trabajar en una fonda. Ahí conocí un muchacho que se hizo mi novio, le platiqué lo que sucedía, el me dijo que ya no le hiciera caso al viejo ese, que ya no me acostara con él, que no dejara que se metiera en mi cama. Así me pasé meses, gritándole cada vez que se acercaba y aventándole cosas cuando quería tocarme.

Mi novio aquél tenía la costumbre de tomar mucho vino y me daba también, para que me emborrachara. No trabajaba y hasta le gustaba robar. Me di cuenta porque traía cosas para que las guardara. Tuve miedo de que lo metieran a la cárcel y a nosotras también con él, por andar escondiendo lo que traía a la casa. Entonces me escapé para que no supiera dónde encontrarme, solo iba los fines de semana a ver a mi madre que seguía ahí, pobre, nunca me dijo nada pero tengo en mí que también llegó a abusar de ella el infeliz que me cambió la vida.

Así anduve buscando trabajo y dónde dormir, hasta que encontré un lugar donde había más mujeres que tenían historias muy parecidas a lo que me sucedió a mí. Me enseñaron ese oficio que me llevó a donde me encontraste.

En esta vida cada día me siento más acabada. Me he enfermado por tantas cosas que se pueden contagiar yendo de un hombre a otro, traté de suicidarme varias veces pero no tuve suerte y aquí sigo.

Unos días antes de que me encontraras, el hombre aquél, que se había hecho más viejo y horrible, no sé por qué no se murió, fue a buscar a mi madre para pedirle que se fuera. Mi pobre viejita estaba enferma y con eso casi la mata. En esa casa escondía cosas que otros robaban, es un sinvergüenza que siempre anduvo en malos pasos.

Usaba la casa como bodega, un escondite de drogas o no sé qué, pero siempre tuve miedo de que se llevaran a mi madre a la cárcel.

Yo le pagaba a una niña para que la cuidara. El hombre se brincó como siempre lo hacía, por la azotea, igual a cuando yo era una estudiante, trató de abusar de ella. Por eso ya no quiso volver para hacer los mandados y cuidar a mi viejita. Hace poco tiempo llegó llorando a su casa, con el pantaloncito roto porque ese animal se lo arrancó, queriendo violarla, entonces la madre de la niña que sabía dónde encontrarme, fue a ponerme al tanto.

Yo no tenía dinero como para llevarme a mi mamá, pero una amiga conoció un cura que le dijo que había un lugar donde podía estar ella, sin que me costara tanto. Hablé con la mujer que cuida, una monja muy buena y le expliqué la situación. Aceptó que llevara a mi madre, en cuanto reuní algo de dinero fui a sacarla de la casa, ella está ahora en ese lugar donde la cuidan bien.

Mi madre tenía una perrita y el desgraciado ese la envenenó, porque le ladraba cada vez que lo veía por la casa, le daba de patadas, por eso le tenía tanto odio. Llegué una mañana y la pobrecita se retorcía por la yerba que le dio, en menos de una hora el animalito murió después de echar espuma por la boca, quedó ahí tirada en medio del patio.

Yo estaba resuelta a que eso era lo último que nos haría ese desgraciado, pedí un taxi por el teléfono de la esquina. Abrí las jaulas para dejar que volaran libres los pájaros, saqué las pocas cosas que teníamos, las subimos al carro y acomodé a mi mamá. Enseguida pedí al hombre que manejaba el carro que esperara a que trajera unos bultos, entré a la casa donde sufrimos tanto y prendí el fuego para acabar con todo eso. Yo incendié esa casa junto con los malos recuerdos.

De seguro me anda buscando la policía, pero no me arrepiento. Ese malnacido nunca va a poder pagar todo el daño que nos hizo. Me quedé muy triste el día que me ofreciste volver, a pesar de que no te conozco, me devolviste algo que ya daba por perdido, las fotografías y las cartas esas que me recordaron la poca juventud que tuve. Cuida mucho de tu madre y si tienes esposa y también hijos, nunca cometas el error de abandonarlos. Gracias por haberte tomado la molestia de dar conmigo, que Dios te bendiga. Carlota”.

El café ya estaba frío, el pulso se me detuvo un poco, la realidad de lo que me rodeaba se me alejó, me llevó unos minutos recuperarla, como que no quería volver, las cosas estaban sucediendo solamente por dentro de mis pensamientos, afuera no había más que un vacío mundano.

Tanto quebranto naufragando en una hoja de papel me mantuvo por un rato así, comenzaron a lloverme imágenes de la emperatriz, de su difícil infancia y adolescencia, constantemente acechada por la miseria, la soledad y finalmente la infamia de alguien dispuesto a destrozar la existencia de víctimas inocentes. Un despiadado que tuvo la maldad de pagar de esa forma los cuidados que alguien tuvo para hacerse cargo de su mugrienta enfermedad, sólo un podrido por dentro y por fuera pudo hacer eso. Sentí deseos de cobrármela yo mismo por esas mujeres, buscarlo y clavarle una estaca en el corazón, como al vampiro de la novela de Bram Stoker. Pedí más café, eso me ayudaría a recuperar la fuerza, ponerme de pie, pues me sentía como paralizado por aquél final de la historia.

Al día siguiente, yo mismo fui a buscar al director. Por suerte había llegado temprano, antes que su secretaria, lo encontré revisando los diarios de la competencia, como era su costumbre antes de comenzar la rutina, el nuestro era pequeño en cuanto a tiraje, se especializaba en asuntos de policía, deportes y escándalos políticos, aunque don Eduardo me había revelado que pensaba incursionar en cosas menos trágicas, como reportajes de ciencia o artes, a los chismes de sociales les tenía tanta fobia como yo.

—Don Eduardo, ya encontré a las mujeres, las que se salvaron de morir en el incendio por andar desaparecidas.

—A ver, dime cómo diste con ellas, cómo fue, ¿qué tuviste que hacer para encontrarlas?

En esta ocasión me ahorré tiempo en entrar en detalles de lo que había hecho, así que le di a leer la carta de la emperatriz.

—Espera, esto parece bueno, prepararé un poco de café, quien sabe qué le habrá pasado a Marcela, que no llega aún.

Trajo la pequeña cafetera eléctrica de la cocineta y dos tazas. Sirvió él mismo. Se acomodó las gafas y siguió en la lectura. El tufillo perfumado del sobrecito y la carta, impregnaron la pequeña atmósfera del despacho, leía de prisa, pues no le llevó más de tres minutos aquello.

—Te lo dije, el gato encerrado sigue ahí, te corresponde sacarlo.

¿Algo más? Me pregunté. Yo tenía la idea que con esto cerraba la historia, ya la emperatriz había explicado todo. Por supuesto que este desenlace no era precisamente lo más adecuado en un trabajo periodístico, serviría más bien para hacer un editorial, un texto que reflexionara sobre las condiciones que exponen tanto a las mujeres o los niños que no cuentan con la protección de un núcleo familiar sólido, un estatus más desahogado, por lo que la pobreza y la soledad, pueden convertirlos en víctimas de maltrato, desprecio humillación y hasta explotación.

—¿Me entendiste lo que te quise decir?

El comentario me desconcertó, sacándome de súbito de aquello que pensaba.

—¿Cuál gato, señor? — Me sentí torpe. Pero no entendía qué es lo que trataba de decirme el jefe.

—¿No me captas, verdad?

—Perdone, licenciado, la verdad es que no atino a entender lo que usted me trata de explicar.

—Claro, periodista joven que aprende y además salido de escuela de periodismo, disculpa que te lo refiera, pero así es, en las facultades les enseñan a no ser periodistas, sino reporteros y a veces ni siquiera eso. No es mi deseo que te sientas mal por esto que te digo, simplemente trato de ayudar a que la gente que colabora conmigo sea profesional, tú eres muy buen elemento, no estuvieras aquí si no es porque observo tus cualidades, créemelo.

—¿Y, qué es lo que hace falta en esto que investigué señor?, disculpe mi falta de agudeza.

—Pues te falta nada más y nada menos que la nota, la noticia de ocho columnas, muchacho, aunque suene a lugar común, lo más importante de todo este asunto.

Me quedé pensando en esto, siempre admiré en don Eduardo Pérez sus dotes de periodista. Los infalibles análisis políticos cargados de ironía que son verdaderos misiles, lo mismo que ese instinto para sacar a la luz lo que sucede en los intersticios de la sociedad, soterradamente. Por eso le tienen respeto y hasta miedo los que no se escapan de sus editoriales, de su crítica filosa e invariablemente veraz. Desnuda con maestría las trapacerías de los funcionarios que dan tanto de comer a la prensa. Él no acepta dádivas, se reúne solamente con quienes le inspiran respeto, gente que sabe distinguir y poner en práctica la ética, no con arribistas motivados por lo jugoso que puede ser un cargo. Detesta a los corruptos y mediocres, quienes desgraciadamente conforman la fauna más abundante en los gobiernos o en partidos políticos, una clase envilecida a la que nuestro diario “El gráfico del sur”, no guarda consideraciones.

Como ya había llegado Marcela, el jefe le pidió que le comunicara con alguien de la policía estatal, el comandante Fernández, uno de sus múltiples contactos. Cuando la secretaria tuvo lista la llamada se la pasó a don Eduardo.

—Pedro, ¿cómo estás amigo? Pues aquí andamos, de todo, pero nos defendemos, sacando trapitos al sol. Oye, te llamo para pedirte un favor, quisiera que alguien de tu personal acompañe a uno de mis muchachos a ver un asunto delicado. No, para nada… se trata de otra cosa, él trabaja un caso y trae una hebra que le pedí seguir, a ver qué se encuentra pero no lo puedo mandar sólo, ya ves cómo juegan los méndigos delincuentes que piensan que nadie les puede echar el guante encima… Un cabrón que se pasó de listo con unas mujeres y hasta con criaturas…Sí, seguramente, bueno, le diré que pase contigo mañana, sí, se trata de Omar, seguro ya lo conoces, de la sección… Ese mero… De toda mi confianza el muchacho este. Bueno hermano, te agradezco mucho. Sí, cuando quieras, ya sabes, yo te busco, ¿te parece el viernes de la que entra? Bueno, entonces desayunamos, donde siempre. Gracias, un abrazo igualmente para ti… Hasta luego manito, en eso estamos.

El director terminó de hablar con el comandante y hasta entonces me cayó el veinte, supe al fin por donde iba la jugada.

—Señor, ya entendí, debo buscar al dueño de la casa de junto, el pederasta ese, que seguramente trae un cola bastante larga.

—Por eso mismo no debes ir sólo, inclusive ha de haber huido, no lo van a hallar, pero los muchachos de Fernández saben olfatear bien a estas ratas.

Un equipo especial de investigadores me estaba esperando en la comandancia estatal, llegamos a la finca en dos vehículos sin insignias de la policía. Permanecimos a varios metros de distancia en tanto que dos agentes con las pistolas ocultas, se acercaron para llamar a la puerta, como no hubo respuesta, el jefe de grupo indicó a su gente  pasar por el boquete que dejó la barda caída. Entraron con las armas en la mano, inspeccionaron el lugar y al comprobar que aquello estaba sólo, se dedicaron a husmear hasta el mínimo rincón.

—Pásate, Omar—, me dijo uno de ellos —si gustas retratar estas pruebas, adelante—. Había prendas de ropa femenina, unos bultos que seguramente contenían alguna droga, botellas vacías, restos de mariguana en los ceniceros, entre otros indicios que comúnmente se encuentran en las madrigueras de la delincuencia. Los agentes tomaron huellas dactilares, entre otras cosas periciales. También sacaron fotografías. Con aquellos datos la investigación no llevó más de tres días, hasta localizar al jefe de una banda en otro de sus escondites. La información que le sacaron los judiciales permitió la captura de la mayoría de los de la banda. Existían varias denuncias en su contra, presentadas por padres de otras víctimas casi todas menores de edad, se supo que sus compinches se las llevaban drogadas a cambio de dinero, armas, sustancias a las que eran adictos. Cuando cayó en manos de los judiciales me notificaron para que fuera a tomar fotografías y para recabar datos, entonces pude titular el reportaje que me valió la felicitación del director “Incendio accidental pone al descubierto varios crímenes”. Ese día los ejemplares del Gráfico, volaron.

La voz tenue de Marcela, quien pocas veces o casi nunca saludaba antes de cumplir la órdenes de su jefe, me habló de cerca.

—Don Eduardo quiere que vaya a su oficina.

—Siéntate, Omar, tengo noticias.

Después de la orden acostumbrada para que me instalara sentado frente al escritorio,  me comunicó que había ganado un aumento. El doble de lo que era hasta entonces mi sueldo. También me confió que había recibido un capital que invertiría totalmente para renovar las instalaciones del diario y pensaba ampliar el tiraje, me nombró jefe de sección y me dio autorización para formar un equipo de reporteros. Estaba deslumbrado de alegría y así me pareció que estaba él, con un humor excelente, de manera que no desaproveché la oportunidad de que me permitiera localizar a Luisito para integrarlo nuevamente. Lo meditó unos segundos y después comentó que yo era el responsable de mi área y estaba en libertad de hacer lo que quisiera, pero necesitaba resultados. Ante este viraje de la fortuna, me sentí de lo mejor en mi corta trayectoria, busqué y encontré al amigo y compañero, le narré la historia de la emperatriz y el final que había tenido, le ofrecí ser su nuevo jefe y por supuesto que aceptó sin pensarlo, dándome un abrazo agradecido. El lunes se presentó temprano, con un aspecto bastante limpio, sin huellas de alcohol, tomamos café durante casi toda la mañana. Esa misma tarde le pedí que me acompañara al hotel donde estaba la emperatriz la última vez que la  vi.

Le llevé en esa ocasión un ejemplar del Gráfico donde aparecía Herminio Gálvez, alias el “alacrán”, detenido por varios delitos del fuero común y otros más de carácter federal que no alcanzaban fianza. De manera que el desgraciado tipo que tanto daño hizo a Carlota y su madre, entre otras víctimas que se presentaron a identificarlo, pasaría muchos años detrás de las rejas.

Por suerte la emperatriz aún no pasaba a recoger el cofrecito, la dueña del lugar me comentó que de seguro iría, pues le hizo hincapié en que esperaba algo muy importante, que por favor lo conservara guardado para recogerlo cualquier día de estos. Junto al diario coloqué una carta que contenía mis datos, con la idea de que la emperatriz me llamara. Ahí mismo puse la cadenita, con un broche nuevo, a Laura le compraría algún otro regalo.

La emperatriz ya no tenía por qué esconderse, podía caminar con altivez por el mundo, nuestro mundo tan enmarañado que se extiende por la ciudad.

Carlos Antonio Villa Guzmán es Maestro en Comunicación de la Ciencia y la Cultura por el ITESO, es profesor-investigador del Departamento de Estudios de la Comunicación Social en la Universidad de Guadalajara. Actualmente estudia el doctorado en Política y Gobierno, en la Universidad Católica de Córdoba y Administración Pública, por la Universidad Complutense de Madrid. Blog Voces Libres: http://carlosvillaguzman.blogspot.com

 


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La transformación de las mediaciones en la crisis social: una disyuntiva mercantil ante el desafío ciudadano, por Carlos Antonio Villa Guzmán

En una sociedad controlada cada día más por los intereses del mercado, la organización capitalista globalizada y “liberada” de los anclajes restrictivos o reguladores, conformó una estructura en la que una minoría influye decisivamente en la opinión e interés de la mayoría. La tecnocracia apuntalada desde el poder de las minorías capitalistas, puede coartar las  corrientes de opinión pública de las mayorías a través del control del know how científico y de los medios de comunicación.

Las garantías constitucionales de la libertad de expresión, la libertad de prensa y la libertad de reunión, cuyo propósito ha sido asegurar gobiernos con una visión para el pueblo, adquieren nuevos significados a partir de la irrupción de un fenómeno tecnológico que llamamos “era digital y/o  virtual”. Sin embargo, estas herramientas de acceso limitado como son los teléfonos o las computadoras, que pudieran servir para abrigar dichas libertades, en realidad se utilizan como medios modernos de comunicación que incrementan el poder de los acaparadores de la información y del conocimiento, en lugar de aumentar las redes que verdaderamente proporcionan oportunidades en condiciones de equidad para los miembros de la mayoría. Los monopolios formados por los dueños de las grandes avenidas por donde transitan los cibernautas y demás usuarios del espacio radioeléctrico y la telefonía son un claro ejemplo de ello.

De acuerdo con el filósofo Iván Illich, la desescolarización de la cultura y la estructura social requieren el uso de tecnología para que la política de participación sea posible. Solamente con la base de “una coalición de la mayoría podrán determinarse los límites a los secretos y al poder creciente sin dictadura. Necesitamos un nuevo ambiente en el que el desarrollo sea sin clases, o tendremos un ‘Mundo feliz’ en el que el Big Brother nos eduque a todos” (Illich, 2006:146). Al parecer estamos inmersos en esta especie de panóptico mediático que dictamina para todos lo que unos cuantos han acordado.

La acción participativa, como mecanismo de defensa ante las decisiones de elite, opera, ciertamente, a través de distintas agrupaciones ciudadanas que han mantenido un frente de inconformidad manifiesta y explícita contra las inconstitucionalidades que parecen ser la constante en una sucesión de regímenes de marcada tendencia neoliberal y cuyo discurso sustentado en la fuerza mantiene a la república en el límite de su estabilidad social y política. Sin embargo, no ha sido suficiente hasta ahora la movilidad civil para generar los cambios desde las bases ciudadanas o en forma mixta en lugar de ejercerse solamente desde las cúpulas, como sucede desde hace décadas.

Están a prueba los caducos armazones institucionales, el frágil y acomodaticio marco legal, los intereses capitalistas y la acción participativa organizada desde y entre los ciudadanos. La tensión se agrava al intensificarse el choque de fuerzas con el arribo y protección conseguida por los poderes fácticos que, subterránea o abiertamente, inducen el imperio del crimen, cuyo poder se equipara o quizá supera cualquier otro, lamentablemente.

El poder utiliza el discurso y por lo tanto su contenido oral y/o visual tiene consecuencias sociales. De ahí que los dispositivos de la comunicación sean regulados y controlados, de ahí también que proliferen cada día más los medios alternativos. En el discurso se manifiesta la organización de la autoridad. No cualquiera tiene derecho a dar órdenes ni tampoco a hablar, no todos son vistos, escuchados ni obedecidos, aunque su mandato sea únicamente el respeto a sus derechos humanos. Como práctica, “el discurso se carga de volumen histórico” (Martín Barbero, 2002). De espaldas a las mayorías, cada día más apartadas de quienes asumen el “control” social, se planifican y toman los acuerdos que comprometen a los grandes conglomerados a mayor aislamiento y precariedad. “Y de un modo especial en los tiempos de ‘crisis’ como el nuestro, cuando los discursos participan masivamente en esa forma de control profundo que consiste en hacer que los pueblos, las masas, acepten como respirable lo que les asfixia” (Martín Barbero, 2002: 71).  Los discursos se traducen en fuerzas desconocidas que hacen de y con nosotros, pero muy poco nos dejan hacer con lo otro u otros que se encuentran más allá de nosotros. Somos dominados sin comprender con exactitud qué nos domina, por qué y sobretodo quién. Sentimos los efectos por lo que ya no tenemos de voz y presencia en el lugar donde se resuelven los asuntos colectivos. Se sabotea y sofoca la expresión por negársele canales o espacios amplificadores. El vertiginoso entrecruzamiento de intereses se suma a la avidez de los más rapaces y se nos diluye o aparta, para no serle obstáculos. Paradójicamente esto sucede cuando la sociedad se ha llamado a un “nuevo despertar” y adquiere, como nunca en la historia, el derecho a la representación y las libertades que únicamente la literatura exhibía como humanamente plausibles. La fuerza de la ola neoliberal nos cae encima justo cuando acallamos terribles fanatismos y barreras comunicacionales y cognoscitivas, mismas que nos mantuvieron siempre sujetos a los dogmas raciales, ideológicos y principalmente religiosos. Recién inauguramos una era de ruptura de “viejos moldes”, se nos vuelve a amoldar, pero en esta ocasión a base de convertirnos en mercancía que consume mercancías. La moral no es ya qué se piensa o se hace, sino cuánto se tiene, se gasta y en qué. A nadie le interesa ya el para qué de todo esto de tener, acumular y gastar; simplemente se practica.

Por cierto, todos los moldes se rompieron fueron reemplazados por otros; la gente fue liberada de sus viejas celdas sólo para ser censurada y reprendida si no lograba situarse —por medio de un esfuerzo dedicado, continuo y de por vida— en los nichos confeccionados por el nuevo orden (…) (Bauman, 2005:13).

Las nuevas formas de la interacción al igual que la reconcepción del Estado, son ya condicionadas por las presiones de los crecientes y frecuentes desplazamientos y reagrupamientos de quienes dominan con el dinero. Abiertamente se ha desterrado el ágora con la fuerza del “ágora fobia” y la plaza como espacio público se clausura para el debate social. En más de un sentido la sociedad no es tan participativa según lo que puede observarse en asuntos como la falta de interés en crear una fuerza de opinión y acción en temas políticos, ambientales, o ante el poderío de las televisoras, por ejemplo. Quienes van a las reuniones, marchan y colaboran activamente por el cambio total del sistema, representan una parte que todavía no alcanza a ser visible a pesar de su gran movilidad y el discurso que ha mantenido y en el cual se manifiestan los verdaderos problemas y urgencias que aquejan a la sociedad mexicana. Habrá que investigar más acerca de las causas, como constantes antropológicas, que inciden en esta condición de exclusión como limitante de la libertad de expresión.

Sorprende más que ninguna otra cosa, el ensimismamiento social de los grupos reducidos a ver el espectáculo detrás de las barreras que fijan y amarran la superestructura del control político y social que operan los dominantes. La exclusión ciudadana de los debates que deberían ser públicos y presentar además las diferentes interpretaciones de los asuntos, de las preocupaciones o de los hechos, se limita a ser una confabulación atrabiliaria y mediática que sugiere cierta participación de sectores bajo la controvertida figura de “consulta pública”. El espacio público cedió el lugar al mercado y sus métodos de síntesis conceptuales figuran bajo un plan homogéneo de integración regulada por la visión hegemónica de los ámbitos financieros.

Los arcana imperi contemporáneos tienen que ver con el distanciamiento técnico de una política que ya no es gestión común, con las realidades construidas desde las versiones o las imposiciones, con las brechas informativas que hacen que los pobres sean también quienes están provistos de información, sometidos muchas veces a una modernización acelerada y traumática que los excluye del espacio público como espacio de aparición y como herencia institucional (…) Con frecuencia la intermediación llevada a cabo por los medios, el papel de voceros que cumplen en sociedades civiles debilitadas, llega a cooptar estas relaciones directas, difuminando al ciudadano, ganando para sí institucionalidad y poder (Martín Barbero, 1999: 71).

La metáfora de la apertura democrática de la plaza se asocia a la posibilidad de comunicar y ser escuchados, así como el conocimiento amplio y el respeto a las reglas del juego, “a la tensión entre la palabra de la mayoría y las propuestas que hacen circular las minorías” (Martín Barbero, 1999) a la apertura como elemento constitutivo de un crisol de voluntades que participan de la decisión final que impulsa o detiene los proyectos. Consensos que en medio de la conflictividad del disenso no excluyen la posibilidad de que a los ciudadanos, afectados por ciertas decisiones tomadas desde las cúpulas, se les reconsideren sus posturas y juicios. Tomar en serio a los damnificados, afectados, subordinados, inconformes y en cierta forma invisibles, va más allá de dejarles participar en los diálogos. Es la manera en que se les incluye en el arbitraje mismo de los dispositivos que aseguran que los intereses de los participantes entren en juego en equidad de reglas, lo cual significa cuestionar y rectificar a fondo la dinámica mayoritaria como regla única de toma de decisiones.

Se garantiza así el respeto a las minorías, la defensa de derechos básicos, al igual que hacia posiciones de resistencia o desobediencia civil u objeción de conciencia.

Los medios de comunicación, sobretodo la televisión, no siempre participan en esta apertura; si bien al contrario; exhiben el montaje acordado entre las elites de control que no es otra cosa sino el factor de cohesión bajo el dictado de la ley del costo-beneficio.

Con frecuencia los medios suelen estandarizar la opinión homogeneizándola a partir de la sacralización de los énfasis mayoritarios que fabrican o con generalizaciones al desgaire (el público mediático como una ilusión escenográfica que ratifica posiciones generalizadas) o con encuestas y sondeos que se acogen sin mayores críticas o análisis. (…) la sociedad amenaza con el aislamiento y la exclusión a los individuos que se desvían del consenso; por eso las opiniones que reciben mayor apoyo explícito llegan a dominar la escena pública. Así no solamente quedan temas por fuera de la deliberación social facilitada por los medios sino que también se diluyen las variaciones posibles de sus interpretaciones en juego. La plaza en vez de reconocerse en su apertura se cierra en su ensimismamiento (Martín Barbero, 1999: 71).

La otra vertiente en la que se proyecta la participación ciudadana tiene que ver con la merma representativa del Estado. Vueltas a merced de los dictados de la economía, las instituciones naufragan entre el abandono burocrático y las ambiciones desmedidas de las elites empresariales. Poco le queda ya al Estado del viejo molde con el que se permitía el control político sobre los grupos encasillados en antiguas formas filiales o corporativas que le servían de fortaleza como centro rector de la actividad social. Las figuras y el fondo que las conservaba, fueron literalmente barridas por los embates transnacionales que hacen sucumbir hasta las más arraigadas inercias clientelares de la democracia ficticia o simulada, con la que se arropa el sistema.

Por todo esto, el proceso de “extinción” de los Estados nacionales que está en curso se encuentra rodeado por una aureola de catástrofe natural. No se comprenden plenamente sus causas; aunque se las conoce, no se pueden prever con exactitud, aunque se las prevea, de ninguna manera se pueden impedir (…) A lo largo de la era moderna nos habituamos a la idea de que el orden equivale a “ejercer el control” (…) (Bauman, 2004: 77).

Ante esta nueva realidad, los grupos asumen estrategias como para el reposicionamiento dentro de un sistema generado a partir de estados nacionales en el que los actores se lancen a luchar palmo a palmo por el espacio y la riqueza. En este sentido, todavía nos quedan grandes extensiones geográficas, cuencas hidráulicas y elementos del subsuelo que alguien seguramente contabiliza para expropiar y vender.

Los gobiernos estatales, antes ejecutores eficaces de esta estrategia, ahora se convierten en sus víctimas. La conducta de los “mercados” —sobretodo, las finanzas mundiales— es la fuente principal de sorpresas e incertidumbre. Por ello, no es difícil comprender que el reemplazo de los “Estados débiles” territoriales por algún tipo de poder legislativo y de policía global sería perjudicial para los intereses de los “mercados mundiales”. Así, es fácil sospechar que, lejos de buscar fines opuestos y estar en guerra la una con la otra, la fragmentación política y la globalización económica son aliadas estrechas y conspiran juntas (Bauman, 2004:93).

En tanto se instala una solapada ley de la selva en el ámbito social y continúa el derrumbe del Estado como defensor de derechos y mediador de injusticias privadas, existe un ámbito formal que no es tan vulnerable: Los medios de comunicación y sobretodo la televisión, como escenarios donde el poder juega sus cartas como juegos de simulación y entretenimiento procurando que nada entorpezca el desarrollo de los negocios.

Toda dictadura y todo imperio, todo capitalismo, debe utilizar para su legitimación y consenso el acceso a los medios. Hoy, la gente ha de buscar por los mismos canales las posibilidades de la mediación que a nivel discursivo es tan simple como la defensa del hombre ante el poder, la categoría superior de la víctima ante el verdugo y la verdad como liberadora de todas las tiranías reales y morales, lo cual nos instala en una elevada y legítima defensa de la libertad de expresión.

Por ello el gran juego, la gran apuesta se encuentra en el control de los medios de comunicación, porque es allí donde es necesario aplicarse para ser tomado en cuenta.

La visibilidad de actores sociales es mucho más que una digna repartición de puntos de vista. Es la misma esencia de la posibilidad de que nuestra incipiente democracia no derive, sigilosamente, hacia la simulación completa y un retorno a la barbarie.

Los medios, como lo hemos visto, no están del lado de la gente. Por esa razón también ha crecido la participación ciudadana en las plazas y calles cada vez que se activa la movilidad ideológica u otros mecanismos que la sacan de su rutina cotidiana para manifestarse; se sienten aislados, no vistos ni escuchados. En estos niveles de disenso contra el consenso dominante, la ausencia de medios partícipes, críticos, solidarios, es lamentablemente notoria, la mediación se circunscribe a los casi heroicos medios alternativos y con muy escasas excepciones a medios masivos de mayor fuerza económica.

Ya nos hemos acostumbrado en México a que los grandes movimientos sociales que se han gestado en los últimos años, cuentan con mayor cobertura y difusión gracias al trabajo realizado por medios extranjeros, principalmente de Europa, como sucedió con el EZLN.

CNN es una red cuya línea editorial dio visibilidad a las multitudinarias asambleas en el Zócalo de la ciudad de México que se organizan a partir del conflicto pos electoral del 2006 y la creciente inconformidad ciudadana ante el régimen, las cuales por consigna o costumbre, o por la costumbre de la consigna, no existen para los que tienen el mando de Televisa y TV Azteca o si acaso se les da a éstas  la categoría de “visibilidad condicionada”, con pasaporte a la estigmatización que es como la congeladora, el Gulag de las televisoras.

El meollo aquí radica en que desde esta supuesta “mazmorra” mediática la gente ya se ve más que antes. Desde ahí es posible también decir a la hegemonía que probablemente una de las señales de que los guiones han cambiado es precisamente esa irrupción a la escena, ese nuevo abordaje de actores que pudieran revertir las inercias.

Son entidades sociales que se mueven en distintas direcciones llevando material de soporte y otros que indican que los planes tendrán obstáculos serios para los dominadores: las otrora muchedumbres alienadas se han vuelto ciudadanos organizados en grupos que reciben nombres como asociaciones por la ecología, la transparencia, la no violencia, la libertad sexual y muchas más que claman por libertades y derechos acotados o francamente coartados por los desequilibrios y las grandes contradicciones de la modernidad y otros que ya perduran desde atrás. Y será importante igualmente ayudar a los dominados para cambiar la dinámica y buscar la manera de ser y pensar para los medios; aprender cómo enfrentarlos y transformarlos a partir de la propia transformación: Si no son modificadas previamente las estructuras, difícilmente se podrá modificar algo en los medios. El cambio social sería el principio del cambio mediático. Los reclamos ya rebasan la agenda de la discusión sobre estas transformaciones bajo la presión ciudadana de acceso a la información y el derecho a la visibilidad social a través de los medios de comunicación. Están presentes los impactos de la apertura del mercado, las alternativas multimedia van en pleno despegue y cada día los ciudadanos se familiarizan más con nuevas formas de estar informados y participan en mayor número en los debates y movilizaciones que resultan cada vez más multitudinarias y elocuentes. La hipotética democratización de la televisión y los medios en general para facilitar o amplificar la libertad de expresión en debates y foros ciudadanos, es un asunto de varios factores donde entran en juego no tan sólo las empresas, el estado y las audiencias, sino que confluyen también las universidades y los observatorios de medios, como agencias de producción de sentido. “Se trata de recuperar el espacio mediático como un territorio público, en donde la comunicación juega un papel fundamental como estrategia liberadora, culturalizadora, promotora de una nueva convivencia social y política” (Villamil, 2001: 44).

El problema no es únicamente de propiedad (de los medios) y de acceso equitativo en la definición de contenidos o de programación. Cuando analizamos las reformas que con frecuencia se realizan en los medios públicos en América Latina, podemos apreciar que las modificaciones tienen lugar prioritariamente en el nivel de la programación, esto es, de los porcentajes o “barras” destinadas a educación, ecología, tradiciones y entretenimiento, entre otros. Pero, con frecuencia, también en ese tipo de medios se reproducen lógicas de fortalecimiento de grandes productores de la denominada “televisión cultural o educativa”. La clave se encuentra en la construcción de una ciudadanía integrada por sujetos sociales decididos a tener acceso a la información  como garantía del avance democrático. Formados y educados para la libertad y para ejercer un uso integral, sustancial y visionario del poder de la  televisión (Cervantes: 2005-11-23).

Las tensiones sociales que se viven como consecuencia de cambios tecnológicos y otras generadas por la sobreexplotación de recursos y demás factores, ponen a prueba la capacidad de los grupos que salen en defensa de los espacios y bienes públicos, como derechos inalienables que se ven amenazados por el nuevo des-orden mundial. Los medios de comunicación también son situados en el juicio de los ciudadanos que en mayor número se prestan a participar en las acciones contestatarias al sistema político y económico dominante. Crece, indudablemente, la desconfianza hacia los medios  en una medida proporcional al grado en que éstos se pliegan al discurso oficialista del gobierno en turno. Por más que traten éstos de “diversificar” programaciones, su pluralidad  no va más allá de los linderos que no incomoden al o los máximos poderes que tienen bajo control al gobierno de la República.

Dependen de la credibilidad pero también de la nómina presupuestal. La disyuntiva ante la que se encuentran es precisamente mantener sus niveles de audiencia y por tanto su influencia en la vida social. Las vetas que explotan comercialmente consisten precisamente en la enorme presencia que tienen entre todos nosotros. Les tenemos tan próximos que pueden presumir y demostrar que son ellos quienes finalmente nos poseen. No obstante, se extiende cada vez con mayor receptividad y filiación, la población crítica que busca opciones mediáticas más identificadas con las causas populares.

El efecto liberador que experimenta la sociedad respecto de estos medios posesivos es evidente en formas que si bien tienen gran sustentación analítica, muchas veces no alcanzan a pasar las barreras subjetivas de la retórica. No se ven realmente acciones organizadas que pudieran influir a un cambio mediático en el mediano plazo, sin embargo, los movimientos civiles se muestran más participativos y seguramente de ellos surgirán las nuevas propuestas y dinámicas que permitan que los beneficios de la comunicación se multipliquen geográficamente y sobretodo logren fortalecer los puentes de la congruencia, la democracia, la justicia y los derechos humanos, entre otros valores sustanciales que hacen posible la dinámica de crecer digna y equilibradamente en todos los órdenes humanos necesarios y posibles.

Bibliografía:


Barbero y G. Rey, (1999) “Imágenes y política” en “Los ejercicios del ver”. Gedisa. Barcelona. Pp. 69.

Bauman Zygmunt (2004) “La globalización Consecuencias Humanas”. FCE, México. p.97.

Bauman Zygmunt, (2005) “ Modernidad Líquida”. Grafinox,  S.A. FCE, Argentina, P. 13.

Cervantes Cecilia, (2005) “El estudio de los productores de noticias: desarrollo internacional y avances de investigación en México” En José Carlos Rendón.La comunicación en México. Diagnóstico, balances y retos. p.24.

Martín Barbero Jesús, (2002) “Oficio de Cartógrafo: travesías latinoamericanas de la comunicación en la cultura”.  FCE, Chile. P.72.

Villamil Jenaro ( 2001) “El poder del Raiting, de la sociedad política a la sociedad mediática”, p.26 (2001) Plaza y Janés, México.

Carlos Antonio Villa Guzmán es Maestro en Comunicación de la Ciencia y la Cultura por el ITESO, es profesor-investigador del Departamento de Estudios de la Comunicación Social en la Universidad de Guadalajara. Actualmente estudia el doctorado en Política y Gobierno, en la Universidad Católica de Córdoba y Administración Pública, por la Universidad Complutense de Madrid. Blog Voces Libres: http://carlosvillaguzman.blogspot.com

 


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La emperatriz (II/III), por Carlos Antonio Villa Guzmán

[Por su extensión, este cuento se ha dividido en tres partes, con permiso de su autor.

He aquí la segunda. Clic aquí para ver la primera].

 

II

Me acomodé en la barra de uno de esos bares, “La Luciérnaga”, era su nombre. Había otros que se llamaban “El Zombie”, “El Zarape”, “La luna de miel”, “El tara- rá”, entre otros a cual más de saturados de gente de bajos recursos despilfarrando salarios o botines de sus fechorías.

El que atendía el bar me sirvió una cuba que pedí con soda y hielo, para rebajar el dulce de la coca-cola. Aproveché un momento para preguntar, cuando éste dejó de servir copas y recargó los codos sobre la barra, si conocía alguien que haya trabajado en el Imperio.

—¿A quién buscas?— me respondió, como acostumbrado a ese tipo de cuestionamientos.

—A una mujer que se puso el sobre nombre de la emperatriz Carlota. ¿La conoces?

—No, pero no te costará trabajo dar con ella si es que todavía trabaja por aquí, a menos que hubiera cambiado de profesión, lo cual pocas veces sucede, o que le haya pasado algo. Eso sí ocurre muy seguido y por eso se van a otra ciudad, se esconden, sobre todo cuando les dejan cicatrices en el rostro o si ellas, por defenderse, desfiguran al que las ofendió o atacó. También suele haber pleitos entre viejas y es cuando la cosa se pone más fea, se dan recio y acaban con las uñas enterradas en la cara, hasta todas mordidas o cortadas con los vidrios de las botellas y los vasos que se avientan. Ojala que a tu amiga no le haya sucedido nada de eso y la encuentres bien.

—Yo sí la conozco—, dijo alguien que estaba a mi lado, por lo que alcanzó a escuchar cuando pronuncié su nombre. Se trataba de un tipo con aspecto mulato, algo encanecido. Un músico, según me confirmó al presentarse. Bebía solo y tenía la mirada somnolienta de unos ojos que cargaban demasiadas cosas tristes, vistas a lo largo de mucho tiempo de llevar esa vida nocturna.

—¿La que trabajaba en el Imperio?— pregunté.

—Sí, la misma— contestó apenas con un ademán y una mirada de reojo con sus ojos tristes—. Ella puede ser que todavía trabaje por aquí. ¿Ya preguntaste en La Calandria?, ese lugar está por la calle de  atrás. Tal vez ahí la encuentres o alguien que te diga dónde la puedes hallar.

Le pagué al cantinero, le di una tarjeta de presentación de las que llevo en el bolsillo al músico, no sé por qué me dio esa confianza, que tal vez haya sido porque la mirada lánguida también reflejaba rectitud. Pensé en un tipo honesto, que no hace daño a nadie y se gana la vida haciendo lo que sabe, igual que yo.

—Por si se le ofrece algo algún día— le dije, no sé por qué, al entregársela y me despedí de él, me extendió la mano firme y agradecido salí del lugar.

Voltee en la esquina y entonces observé el anuncio igualmente luminoso de La Calandria. Entré y nuevamente me dirigí hacia la barra, con la intención de hacer lo mismo, preguntar al que despacha los tragos. Este otro que atendía la barra tenía un aspecto muy diferente, un hombre gordo, con bigote espeso y cara de pocos amigos. Pedí lo mismo para no mezclar diferente tipo de alcohol.  Este otro sitio tenía menos clientes que La Luciérnaga, quizá por encontrarse en una callejuela más escondida y sombría que otras que había recorrido. Inclusive los que estaban ahí parecían sacados de un mundo más abajo. Para no alargarme mucho la velada y seguir gastando dinero, ya que no hay otra forma de estar en estos laberintos, le pregunté al individuo ese por la emperatriz. Me había engañado con lo del rostro, pues el sujeto me respondió en tono amable que sí sabía quién era la emperatriz, pero que ya no estaba contratada en el lugar, que de vez en cuando se deja ver aquí. Enseguida me señaló hacia un grupo de mujeres que compartían su mesa con dos tipos.

—Esas que están ahí te pueden dar razón de la emperatriz. La he visto en compañía de ellas.

No es prudente en estos lupanares acercarse a las mujeres cuando están acompañadas. Alguien pasado de copas puede reaccionar violentamente y presumir su machismo si el alcohol ingerido le hace confundir la relación que tiene con la o las acompañantes. Así pueden resultar los efectos etílicos, en combinación con las mentes obstruidas por la ignorancia o en todo caso la bajeza de instintos. Me senté por ahí cerca a esperar.

Evité que el grupillo me mirara de frente, así que acomodé la silla en otra dirección y comencé a tomar a pequeños sorbos la bebida. La música que salía de la sinfonola se escuchaba demasiado fuerte, haciendo que la poca gente que había se hablara casi a gritos.

Como a los cinco minutos de estar así, miré que una de las mujeres a quienes pensaba abordar, se levantó para dirigirse hacia donde estaban los baños.

—Ahora es cuando— me levanté y discretamente me aproximé al rincón donde había un pasillo que los comunicaba, al de hombres a la derecha y el de mujeres enfrente a la izquierda. Esperé a que ella saliera y me le puse enfrente cuando la tuve cerca.

—Disculpa, mija, ando buscando a una compañera tuya y quiero saber si anda por aquí, le dicen Carlota o la emperatriz, ¿la conoces?

La muchacha, sin disimular el asombro, me exploró más que me contempló. Totalmente desconfiada, pero al final se relajó.

—No la he visto por aquí desde hace mucho, pero te puedo presentar una amiga.

—No vine a eso, necesito hablar con ella, es un asunto personal.

—Espérame aquí, trae para acá a esta mesa tu copa o lo que estés tomando, ahorita le digo a una de las chicas que están conmigo y que es su amiga, a ver si sabe dónde la puedes buscar.

Hice lo que me indicó, esperé otros cinco minutos más o menos. Entonces una de sus acompañantes se levantó y vino a sentarse a mi lado.

—¿Tú eres el que pregunta por la Carla? ¿Para qué la quieres? Me parece que se fue con un cliente desde temprano o a lo mejor fue a su casa, cada quince días o cuando puede cada semana, visita a su mamá porque la tiene muy enferma.

—Precisamente a eso vine, a decirle que ya no tiene casa, soy reportero, trabajo en un periódico y me tocó fotografiar el incendio que la consumió.

—¿No me digas?, pobre Carlota, seguro ni sabe, porque la miré con un ruco, hace como dos horas. Seguramente se fueron a algún hotel de los que hay a la vuelta. Ella no me vio, hace mucho que no hablamos.

—¿Ya no sale en las variedades?— le pregunté a su amiga, pensando que eso era mejor que acostarse con borrachos.

—No, ya no, hay muchas pirujillas mucho más jóvenes y buenas para eso, hasta van a los gimnasios y se cargan unos cuerpazos. Mi amiguita ya no sirve para eso, así que no le queda más que abrir las piernas todas las noches, bueno, descansa un día o dos por semana, a lo mucho, y es cuando se va a llevar centavos a su madre. No tiene a nadie más, un hijo se le murió a los meses de nacido y de ahí se puso bien jodida del cuerpo y de la cara, ya ni se cuidó la pobre.

—¿Tienes una idea para dar con ella? Quiero avisarle de lo que pasó, hasta la gente del vecindario decía que se habían muerto las dos en medio de la quemazón, ahí atrapadas. Yo pude entrar a lo que quedó de su casa, junto con los rescatistas, pero no las encontramos. Solamente estaba un perro o gato muerto, todo carbonizado. Me hallé algo que le pertenece y seguramente lo aprecia mucho, por eso vine a buscarla, y para saber qué le pasó a su mamá, por qué no estaba ahí. Qué bueno, que tuvo esa suerte, porque si no, quién sabe.

—Mira, ¿cómo te llamas?

—Omar.

—Bueno, Omar, échate unos vinos, mientras se emborrachan esos que están con nosotras y dejen de tomar, porque nos están dando buenas propinas. No tardan mucho, una hora, quizá, porque ya se empinaron como dos botellas y no creo que puedan aguantar más. Invítate una chica para que no estés sólo, mientras me desocupo y te acompaño al hotel, donde renta un cuarto la Carla, con suerte sí la encontremos, es lo más seguro, porque ya ni siquiera encuentra tantos clientes como antes.

Le agradecí la disponibilidad de ayudarme, diciéndole al mismo tiempo que prefería esperarla sólo, pues no llevaba conmigo suficiente como para invitar a una dama para hacerme compañía, además no andaba en ese plan.

—No te preocupes por eso, yo pago lo que se tomen los dos, aquí me dan fiado todo lo que quiera y me venden más barato las bebidas. Sácate una a bailar y luego te la traes aquí, para que no estés de aburrido, ándale.

Me dio ternura lo que escuché por boca de una total desconocida que se atrevió a invitarme. Esa rolliza en minifalda me pareció muy simpática, me puse a pensar en la clase de sentimientos que le hacen compartir el dinero que se gana, llevando una vida al filo del peligro, con alguien que ni siquiera se había cruzado en su camino. Un tipo equis.

Por supuesto que no estaba dispuesto de hacer uso de esa confianza que literalmente me brindó. Así que opté por distraerme de aquél ruidazo musical en medio de carcajadas y barullos de las conversaciones. El local se había llenado de clientes, seguramente porque habían cerrado sus puertas los otros congales que había a la redonda y ya picados, los vagos que deambulaban por ahí, no tuvieron más remedio que refugiarse en La Calandria. Al pensar esto, miré en el reloj que ya eran las cuatro de la mañana, las horas se pasaron volando.

Saqué mi libreta y me puse a garabatear algo, como tratando de encontrar algunas frases que sirvieran de pie para el resto de la historia que me faltaba escribir. También llevaba conmigo dos fotografías de la emperatriz, para ofrecerle pruebas de lo que iba a decirle. El hallazgo de eso que seguramente le significaba algo especial, como para mitigar un poco la noticia de que ya no existía la casa de su madre y de ella.

Cuando la retrataron, no tengo idea del tiempo transcurrido desde entonces, se le veía bastante de juventud, con toda la exuberancia de los atributos femeninos. Un busto prominente, el trasero con imán para la mirada, piernas torneadas, la piel y cabello trigueño, ni demasiado morena ni tampoco tan clara o blanca. Ojos lindos, resaltados por líneas oscuras y sobre la cabeza una corona que, de haber llevado un vestido o manto de terciopelo, además de joyas legítimas en el cuello y los brazos,  le darían aspecto de emperatriz. Un impulso me hizo besar la fotografía donde se veía de cerca y por tanto más bonita.

Estaba absorto en aquello y de pronto una voz femenina me sacó de súbito de ese embeleso.

— Hola, joven, vengo a acompañarlo, si no le molesta. Me envió una chica que acaba de estar con usted. ¿Quieres sacarme a bailar?— diciendo esto, la muchacha se acomodó junto de mí.

—¿Cómo te llamas, guapo? Yo soy Amelia.

Contesté el saludo con el beso en la mejilla que me acercó.

—Omar García—. Le di mi nombre apurándome a guardar las fotografías y la libreta en la chamarra. La chica hizo una señal para llamar un mesero.

—¿Qué estás tomando?— preguntó.

—Tomé una cuba con ron, pero ya no quiero más, gracias, vengo de otros bares y ya bebí suficiente.

—Pues te vas a tener que sacrificar conmigo, chiquito. Tráiganos por favor dos cubas. El vino aparte, aquí las preparamos, ponga unos hielos, refrescos y agua mineral. ¿Así está bien que lo pida? Es mejor campechano, ¿no? Para que no sepa tan dulce y después sea peor la cruda. Bueno, ya me adelanté, yo así me tomo las cubas—. Soltó una carcajada tal vez por ver mi asombro.

El mesero tardó unos instantes en poner todo eso en la mesa. La chica, con movimientos tan rápidos como era su forma de hablar, de abordar las situaciones, sirvió ambos tragos y alzando el suyo dijo ¡salud!

Chocamos los vasos y dimos cada quien un trago profundo.

—¿Bailamos?

Ni siquiera esperó mi respuesta, tomándome la mano me llevó hacia el centro del salón, donde bailaban abrazadas varias parejas. Puso sus brazos alrededor de mi cuello y comenzó a moverse, lento, sin dejar de hablar.

—Así que eres amigo de la Diana, la “Leidy Di”, bueno, así le decimos aquí, ya ves cómo nos gusta ponernos nombres así, que nos den más, ¿cómo te diré?, más pegue, para que se nos acerquen los hombres y no nos suelten hasta que queramos que se vayan —. Volvió a reír, tan fuerte que voltearon a mirarnos, sobre todo las mujeres que bailaban cerca de donde estábamos.

—Pues no la conozco muy bien, pero es muy agradable, una gran chica—. Le dije esto por el gesto amable que tuvo comigo, sin siquiera saber su nombre.

—Pues algo le has de ver dado que le gustó, porque me dijo que te tratara como artículo delicado y que ella pagaba la cuenta. ¿Te la cogiste bonito?—. Al decir esto, Amelia me estrechó aún más y sentí que mordisqueó el lóbulo de mi oreja.

—No, no me he acostado con ella—. Me hizo gracia y hasta me sonrojé con su comentario, la ocurrencia para tratar de buscar mi excitación en público. Su cuerpo despedía un delicado calor y el perfume barato que usaba no me parecía tan desagradable. El cabello despedía olor a limpio.

¿Con qué intención hace esto esa muchacha que me la ofreció? Me hice la pregunta, con verdadero asombro, incrédulo por este “regalito” que mandó a donde estaba yo pensando y contemplando los retratos de la emperatriz.

—Si gustas, cuando termine esto, ya no falta mucho para que cierren, nos vamos a acostar. Tengo un cuarto por aquí cerca y yo te invito. Allá tengo algo de vino.

—Hoy no será posible, Amelia, pero te juro que me dejas con unas ganas tremendas y si te parece, el próximo sábado te vengo a buscar, nos vamos a donde quieras.

—¿No puedes ahorita? Me gustaste mucho porque eres diferente de otros que vienen por aquí. Míralos, puro gañán, tipos mugrosos y borrachos que ni se les para—. Lanzó otra carcajada y nuevamente nos tupieron las miradas.

Bailamos así dos o tres piezas más y nos volvimos a sentar. Comenzaron a retirar botellas bacías, copas y otros objetos de las mesas.

—¿Tienes algo para dejarle su propina al mesero? La cuenta ya está pagada. Leidy Di se encargó de eso.

Saqué un billete y lo puse sobre una charola. Entonces fue cuando vino hacia nosotros Diana o Leidy Di, como la llamaba su compañera.

—Por fin se fueron estos fulanos, ¿Cómo te trató mi amiga? Recuérdame tu nombre.

—Omar.

—Ah, sí, es que ya ando media peda, se me olvidan las cosas. ¿Te gustó bailar con Amelia? Los miraba bien apretaditos. Para la otra se van a coger por ahí si quieren. Pero hoy nos vamos a tener que ir, me llevo a tu galán, amiga. Tenemos un asunto muy importante que arreglar ¿No es cierto, Omar?

—Sí, por supuesto, Diana … Leidy Di.

— ¿Y, no me llevan? No quieres compartir, ¿verdad cabrona?—. Amelia hacía muy bien su papel de mujer celosa.

—Otro día nos lo llevamos y nos acostamos juntas con él, pero hoy no nos vamos a eso. Tenemos que dar con alguien. Es algo personal y urgente. Ya pagué todo y hasta lo tuyo también, amiga, te dejé un dinerillo con el capi. Vámonos Omar, despídete de esta putita y toma tus cosas. Allá afuera nos está esperando un taxi.

Al despedirme de aquella criatura ardiente y perfumada, ya más animado por las bebidas y el pretexto de bailar para permanecer abrazados, le hice una caricia por debajo de la falda que ella correspondió también, sobre mi pantalón. Me apretó transmitiendo un tenaz deseo.

En la puerta estaba mi espontánea anfitriona conversando con el chofer del auto. Le dio unas indicaciones y nos fuimos en busca de la emperatriz. Hicimos un recorrido que nos llevó un cuarto de hora aproximadamente, no mucho, considerando las dimensiones de la ciudad. Paramos en el hotel en que alguna habitación servía de morada para la mujer que buscaba.

—Espera aquí en el carro unos minutos, déjame ver si ya llegó —. Leidy Di se introdujo en el lugar y a poco salió con una sonrisa.

—Sí está, la desperté, me pidió que no te pasara hasta que se arreglara, ya la conocerás, por algo es emperatriz, hasta se cree de sangre azul mi amiga. Aquí nos quedamos, Manuel, toma, cóbrate.

Leydi Di, pagó y el auto se fue. Nos quedamos unos momentos sobre la banqueta y la mujer sacó un cigarrillo.

—No tengo encendedor. Tú, ¿no fumas?

—No— le dije — hace años que no.

—Me imaginaba, te ves muy serio. Antes aguantaste la calentura de Amelia. Noté que te quería violar, de seguro te invitó a que la acompañaras a su casa, cuando le gusta un hombre, se lo coge porque se lo coge, hasta es capaz de pagar, bueno, yo también lo hago si me late.

Leidy Di entró al hotel para encender su cigarro y volvió a la calle. Ya comenzaba el cielo a mostrar cierta claridad. Con la frescura del amanecer me di cuenta de que el efecto del vino era mucho mayor de lo que pensé antes de salir de La Calandria.

Apagó la bachicha frotándola contra la suela del zapato de tacón.

—Bueno, vamos a entrar, pero no te vayas a asustar cuando veas a la Carla, la pobre de mi amiga ha pasado cosas que la dejaron como cáscara seca.

Mi acompañante llamó con unos toquecitos en la puerta y ésta se abrió. Nos recibió en persona, por fin, la emperatriz.

Nada en ella ocultaba sufrimientos, desvelos, el cansancio por vivir una vida entre amargura y alcohol, tal vez pastillas, drogas, golpes en el cuerpo y en el alma. Mas así sonreía todo su rostro. Me percaté que la visita de la amiga le alegraba, tal vez bastante. Era como una llamarada en medio del cierzo más intenso. Se abrazaron, gimieron así, juntas, como dos tallos con sus flores marchitándose, sin darse por vencidas. La emperatriz era algunos años mayor, esto se veía claramente. Leidy Di, también estaba envejecida a destiempo, antes de que le tocara. Su faldita no alcanzaba a cubrir del todo las piernas con várices e incluso algunas cicatrices, apenas arriba de las rodillas. Secándose unas lágrimas, se apartó del abrazo

—Carla, este muchacho llegó a La Calandria al poco rato que te fuiste, preguntando por ti. Algo te quiere decir, creo que se trata de otra mala noticia, ¿Qué más podemos esperar, aunque estemos tan curtidas?, que te lo diga él.

Yo me había convertido en un espectro ante aquello. Estaba y no estaba con ellas. Me quería volver invisible para no estorbar a esas compañeras de la calle, de la vida en los cabarets más prolijos de vicios, los cuartuchos infestados de olores, sudor, sangre, orines, vómito. Lo despiadado que escupe siempre, cada instante, este mundo. Al mismo tiempo admiraba el afecto que había entre las dos mujeres que estaban ante mis ojos, tan cerca que me llegaba el mismo soplo de su respiración.

—Amiga, lo dejó aquí contigo, yo tengo que irme, estoy muy cansada y a la noche tengo que seguir taloneando. Así se puede explayar más contigo este joven con lo que lo trajo hasta aquí.

La mujer se despidió de la emperatriz. Agradecí una vez más lo que había hecho. Entregándole mi tarjeta le dejé saber que cuando necesitara de la ayuda que pudiera darle un reportero de la nota roja, ya sabía, contaba conmigo.

—Espero que no te ocurra nada malo, pero uno nunca lo sabe—. También le dije que deseaba darme una vuelta alguna noche de estas por La Calandria, para verla a ella y a su amiga Amelia.

—¿Te dejó calientito, verdad?—. Me dio un beso que casi flotó en el aire y se marchó.

Me quedé a solas con la emperatriz. No encontraba la forma de comenzar a hablar del asunto. Además el cansancio, la desvelada, junto con lo que había tomado, no me ayudaban con la tarea de aclarar las ideas. Ella, sin preguntar nada sirvió dos tazas de café.

—Dime ya pues, lo que vienes a decirme ¿Cómo te llamas?

Me extendió la mano.

—Omar, señora, Omar García, a sus órdenes. Trabajo en un periódico, este, yo, mire usted. Bueno, voy a comenzar. La semana pasada me encontraba haciendo algunas compras en los puestos que se instalan en la calle. En el barrio que está cerca de la loma del Cerro de la Virgen. Hubo un incendio, se quemó una casa, creo que era de su mamá y no sé si usted sepa algo de esto.

La emperatriz no me interrumpió, miraba en silencio algún punto fijo sobre la mesa, meneaba con una cucharita el café de su taza. Con la mano libre me hizo una señal para que continuara el relato.

—Los vecinos estaban preocupados, continué, trataban de apagar aquello como podían, con cubetazos, mangueras, palas de tierra, hasta que llegaron los bomberos y terminaron con el fuego. Buscamos, porque yo también me puse a hacer lo mismo, a su mamá y a usted, porque la gente murmuraba que se encontraban en el interior de la casa. Sentí alivio de que no hubiera sido así. Entre que pasábamos de un lugar a otro, removiendo escombros y palos quemados que cayeron del techo, encontré un cofrecito. Al decir esto, unos ojos radiantes, iguales a los que vi en la fotografía se clavaron en los míos.

—¿Lo tienes contigo?

—Sí, lo llevé a casa, así me pude ayudar a encontrarla, porque lo abrí para buscar alguna señal que me indicara cómo regresarlo con su dueño, o sea usted. Disculpe que me haya atrevido a eso, en parte no fue mi decisión sino de mi jefe. La nota que redacté le pareció incompleta si no daba cuenta del paradero de la gente que habitaba la vivienda. Así descubrí las fotografías y traje estas dos—. Le entregué los retratos, al verlos comenzó a llorar. Se cubrió el rostro con ambas manos, el llanto le salía como un torrente contenido por los muros del tiempo y algún dolor tan fuerte como una pared de hierro que de pronto se agrietó. Los enormes ojos se hicieron pequeños, me miraban, diciéndome algo más tenían que decir aparte de ver tan profundamente, como tratando de traspasarme. Pensé en las cartas y lo demás que encontré dentro del cofrecito que tenía guardado en casa.

—Señora Carla.

—Dime Carlota.

—Carlota, mañana mismo, si usted lo permite, le entrego sus cartas, junto con el cofrecito y lo que había dentro, los otros retratos, todo quedó intacto porque el fuego no logró hacerle ningún daño. Tal vez con lo delgado de la lámina pudieron haberse prendido los papeles al exponerse a tanto calor, pero eso no ocurrió, afortunadamente y, dígame, ¿cómo está su mamá?

—Ella está bien, dentro de lo que cabe, muy enferma pero bien. Cuando me puedas traer la cajita de esos recuerdos te contaré la historia, digo, por si te interesa, ya veo que tienes curiosidad, mucha, diría yo. Además, se echa de ver que eres un buen hombre, muy joven, bien parecido y con gran corazón. Yo en cambio caí muy bajo, hasta lo peor, esa es parte de lo que te quiero platicar, si gustas, cuando vuelvas. Muchas gracias por esto que has hecho, yo lo había guardado y por más que buscaba cuando visitaba a mi mamá, no lo encontraba. Seguramente ella lo escondió entre las vigas del techo. Allí acostumbraba poner todo lo que deseaba que no se perdiera y seguramente se le olvidó también, hasta que el incendio lo destapó aventándolo al piso, donde lo hallaste.

Acordé con ella volver esa misma tarde, aprovechando que era domingo. Al salir de aquél cuarto me dio la intensidad del sol directamente en el rostro. Pensé que una claridad parecida brillaba sobre lo que yo busqué y que rápidamente tenía aclarada la historia, sin embargo, faltaban algunas piezas para completar de armar lo que estaba descubriendo.

Encontré a Laura ocupada en los quehaceres domésticos.

—Hola, mi amor. ¿Cómo te fue, pudiste hacer tu trabajo?—. El que entienda de mujeres que me lo explique, yo venía con el ánimo acorazado, esperando la batalla, porque además de lo que había sucedido al salir de casa el día anterior, el enfado de mi mujer, sus ácidos comentarios salpicados de frialdad, traía una espina de culpa por haber cometido las tres bes: beber, bailar y besar. En cambio me recibió la paz del hogar, endulzada con las palabras de mi mujer.

—Fui de compras muy temprano, el niño está durmiendo, así que te puedo hacer unos chilaquiles como te gustan, para que te almuerces bien antes de que te bañes y acuestes a descansar, has de estar fatigado por trabajar toda la noche.

—Sí, házmelos, tengo un hambre de lobo. Estuve de un lado a otro investigando para completar la nota que ya a estas alturas se convirtió en un reportaje, lo que logrado averiguar lo hace más interesante.

—¿Y, todo eso tiene que ver con la cosa esa que abriste a martillazos?

—Sí, mi Lauris, ahí estaba guardada un historia bastante cruda. La vida de una mujer que es distinta a lo que otros pensaron que era. Di con la dueña del cofrecito, la emperatriz Carlota.

—¿Quién? ¿Emperatriz? ¿Pues en dónde te metiste o con quien te fuiste?

—Con nadie, amor, unas señoras, sírveme de desayunar por favor y ya te cuento que pasó, con ese incendio, las dueñas que no se murieron ahí, el cofrecito, todo. Ándale, no seas malita, ya no me hagas preguntas antes de que me pueda saborear un plato.

Después de pasarles revista a los chilaquiles bañados de salsa, los frijoles fritos, con bolillos recién horneados, acompañados de varias tazas de café, me di un buen baño, acaricié a Dieguito en su cuna, no había despertado todavía, me tiré en la cama, con las cortinas cerradas de la recámara para dormir más a gusto.

Pude así descansar un par de horas antes de que la alarma del reloj me despertara. Laura se había acostado a mi lado, la acaricié en el cabello y el rostro primero, después ella comenzó a bajarse el pantaloncito corto que llevaba, nos quedamos desnudos e hicimos el amor. Diego Omar estaba en su cuna, quietecito, jugando con algo y haciendo borucas.

—Me tengo que ir, Laura— dije, mirando al techo donde me aparecía la imagen de la emperatriz recibiendo el cofrecito.

—¿Otra vez? ¿Por qué? Si se puede saber.

—Es por lo del cofrecito, se lo tengo que devolver a la dueña, se lo entrego y me vuelvo a casa. En dos o tres horas ya fui y vine.

—No ha de ser muy urgente, la señora puede esperar, al cabo ya sabe que tú lo tienes y está segura que lo recuperará. Mejor abrázame, ¿sí, mi cielo? Hace mucho que no estamos así, tranquilitos y con ganas.

Laura tenía razón, habíamos pasado meses de tensión, discutiendo por cada cosa, ella más bien entregada al bebé, a los quehaceres, las compras y a pasar vergüenzas pidiendo dinero prestado con su familia. Ya me puedo imaginar qué tanto le decían de mí, que mejor me dejara, que no soy capaz de darle la vida que ella y Dieguito se merecen, que los periodistas somos vagos, borrachos, amigueros y desobligados, en fin. Ella escuchaba y tomaba lo que creía cierto, pero me ama y se mantiene en su postura de madre y esposa, aunque le llenen la cabeza de tonterías. Yo sigo queriéndola como cuando la conocí o quizá más ahora que me ha dado un hijo y es protectora con él, no lo descuida ni un momento. Formamos un triángulo perfecto y no sé si llegará el día en que deseemos tener otro. Con estas limitaciones ni siquiera hemos tocado el tema.

Decidí quedarme en casa, las dos horas que había dormido profundamente no habían bastado para recuperar el sueño de toda una noche pasada en vela, entre prostitutas y aficionados al alcohol, con toda esa variedad de gente y ruido.

Hicimos el amor en tres episodios más, como cuando éramos novios y escapábamos a casa de unas amigas que vivían aparte de sus padres, nos prestaban una recámara. Íbamos de vez en cuando a algún hotel de paso con cochera, en ese tiempo yo tenía un vocho modelo 69, en el que también salíamos al campo y nos acostábamos al aire libre. Laura es muy ardiente, igual o más que yo, le encanta que bese o dé pequeños mordiscos en sus pezones, acariciar su vulva que se humedece al mínimo roce de mis dedos, de mi boca. Así nos quedamos, satisfechos y felices, hasta que nos despertó Dieguito exigiendo su alimento cuando ya casi estaba por amanecer.

Llegué saludando a los compañeros de la oficina. Pregunté a la señorita Marcela si había llegado el director. Me informó que éste había asistido a un desayuno a invitación de la gente del gobierno.

—Bueno, cuando regrese, por favor avíseme, tengo un asunto importante que comentar con él.

—Yo le diré, señor García, en cuanto pase a darle los recados y ver pendientes.

Como al medio día sonó el timbre de mi extensión, ya había llegado don Eduardo y me esperaba en su despacho.

—Hola, señor, buenos días o mejor dicho, buenas tardes.

—¿Qué tal, Omar, averiguaste algo de las desaparecidas? Toma asiento. ¿Me acompañas con un café? Marcela, sírvanos dos tasas, por favor y déjenos aquí la cafetera, por si nos lleva más tiempo la junta.

—Sí, señor, enseguida.

—Veamos qué tienes de nuevo.

—Señor Pérez, me pasé toda la noche del sábado, hasta el amanecer del domingo, averiguando sobre las mujeres de la vivienda incendiada, como me lo sugirió usted, quiero decir, por orden de usted.

—Bueno, es que yo pensé y pienso todavía, que escribir una nota como esa que trajiste la semana antepasada, de un incendio, que estuvo grave el asunto, mucha gente, explosión de unos tanques de gas, etcétera, no era en realidad una noticia que se pueda vender. Habiendo tantas cosas mucho más sangrientas o escandalosas, como le gusta a la mayoría de ese público morboso que nos lee. Por eso te pedí que buscaras qué había sido de las viejas esas, a lo mejor fue un incendio intencional, guardaban droga en la casa o una de ellas se vengó del marido infiel, qué se yo, eso es el periodismo que hacemos, pensar mal y después comprobar que se tiene la razón. Ponerle sustancia. Eres bueno para escribir, muchacho, observas y anotas con lujo de detalles, pero no se trata de contar cuentos, sino de provocar al lector, despertarle sus instintos, las emociones dormidas, el miedo, la angustia, el coraje, eso es lo que le gusta a la gente ¿me entiendes?

—Sí, perfectamente lo entiendo, don Eduardo y para allá iba con lo que le quiero comentar.

Y le platiqué todo, de cómo di con la emperatriz siendo que ya habían cerrado El Imperio, de las mujeres que eran sus amigas o al menos una de ellas según el afecto que se mostraban, del llanto que soltó al ver los retratos. No omití ningún detalle, inclusive lo bien que se portaron conmigo aquellas chicas de la noche. Le comenté también que había quedado de ver a la emperatriz el mismo domingo por la tarde, pero que al haber tenido tantas dificultades con Laura recientemente, entre otras razones por lo escaso del sueldo —esto no le agradó, por supuesto— pospuse la visita para el siguiente fin de semana.

—Con todo esto que me dices, Omar, más sospecho de que ahí hay un gato encerrado.

—Sí había, señor, un gato o un perro, pero se murió quemado. Dio la vida por la dueña.

Don Eduardo celebró la broma con su guiño acostumbrado. Cerraba un ojo cuando reía.

Nuevamente se me pasaron los días como si trajera piloto automático, de la procuraduría al forense, de ahí a las comisarías y por las tardes a la redacción, después, entre café tras café redactar mis notas, revelar fotografías para que las acomodaran los diseñadores. Una semana con pocos muertos a pesar de tantos accidentes y pleitos, sobre todo entre pandillas.

Llegado el día dispuesto para entregar el cofrecito con su “tesoro” íntegro a la emperatriz, me levanté temprano y acudí al tianguis para recuperar algo de dinero, si es que Miguel había logrado vender las chácharas que le dejé  y también para rescatar la cadenita que le empeñé a la jefa.

—Toma, aquí te traigo tu dinero—, me dijo Miguel entregándome cien pesos, vendí todo por ciento cincuenta, ¿está bien así?

—Sí, Miguel, estuvo perfecto, me hiciste muy buen paro. Te dejo, hermano, luego te caigo por aquí, la próxima semana para irnos a los camarones, hartarnos de botanas y cervezas. ¡Bye!

Enseguida pasé a lo de la jefa y su madre. Ahí estaban las dos, la viejita Paz, en su silla, con su palo en la mano con el que solía dar golpes a los que la empujaban, los chamacos que por robarse algo salían corriendo. Hubo ocasiones en que por irlos siguiendo alguien, dejaban la silla con las ruedas al aire y la pasita por allá tirada. También lo usaba para alcanzarse las cosas del puesto de ropa usada que atendía con Violeta.

—Hola chicas, ya volví. Vengo a pagar la deuda, con sus intereses, por supuesto y recuperar la prenda.

—Yo pensé que ya no te veríamos hasta el próximo año, como no viniste el domingo pasado, creímos mi madre y yo que ya te habías olvidado de tu cosa esta. Espérame tantito, voy a sacarla, la guardé en el fajo de ropa para que no se la fuera a llevar alguien. Con eso de que no sirve el broche ni me la pude poner. Aquí tienes tu cadena.

—Le di en total sesenta pesos, diez más de lo que me prestó, para que siguiera abierto el crédito.

Ya con la cadenita en el bolsillo me retiré a la casa después de comprar algo de verdura y medio pollo, para que tuviera algo qué cocinar Laura. También le escogí unas manzanas bien coloradas, algo de cereal y fruta para el niño, que ya comía casi de todo.

Salí de la casa como a las dos de la tarde, tenía tiempo suficiente para el traslado hasta el hotelucho donde vivía la emperatriz, quedarme un rato con ella y volver, sin que se hiciera de noche. Así lo pensé.

Después de una hora llegué al lugar. Estaba el portón cerrado. Toqué varias veces hasta que asomó una pequeña que salió por uno de los cuartos del piso de abajo que servía de oficina. Le pregunté a la niña por doña Carlota, diciéndole que le traía algo y quería pasar a entregárselo. Me pidió que esperara. Entró de nuevo al cuarto ese de donde a los pocos segundos salió la que seguramente era su mamá y quizá dueña o empleada del negocio.

—Buenas tardes— me dijo. Respondí el saludo y le pregunté también por doña Carlota, la emperatriz—. Mire, no se encuentra, ya se fue de aquí, esas clientas no duran mucho, ya sabe usted cómo es la vida que llevan. Pero sí me comentó que alguien, tal sea usted, iba a venir a preguntar por ella y le dejaría algo. Si gusta entregármelo yo con mucho gusto se lo doy a ella, quedó de volver algún día a buscarlo. Déjeme traer la llave para abrir el cancel.

Carlos Antonio Villa Guzmán es Maestro en Comunicación de la Ciencia y la Cultura por el ITESO, es profesor-investigador del Departamento de Estudios de la Comunicación Social en la Universidad de Guadalajara. Actualmente estudia el doctorado en Política y Gobierno, en la Universidad Católica de Córdoba y Administración Pública, por la Universidad Complutense de Madrid. Blog Voces Libres: http://carlosvillaguzman.blogspot.com

 

 

 


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La emperatriz (I/III), por Carlos Antonio Villa Guzmán

[Por su extensión, este cuento se ha dividido en tres partes, con permiso de su autor.

He aquí la primera].

I

—Te voy a dejar al niño, Omar, voy a casa de mi madre para que nos preste otra vez. No salimos ni el día con lo que tenemos—.

—Espera, Laura, en el patio hay algunos tiliches que puedo vender, tú no salgas, déjame a mí—.

—Nada, en lo que te vistes y arreglas, Dieguito se puede despertar y ni siquiera tengo un poco de leche, déjame, voy yo, quédate a cuidarlo. Para la tarde ya estoy de regreso. Mientras, le das sopa, la acabo de guardar en el refrigerador, tú también te puedes calentar o preparar algo—.

No tenía humor de estar otra vez discutiendo con Laura, además la resaca por las cervezas que había llevado a mi estómago al anochecer, me tenían con un sabor amargo, sentía punzadas en la cabeza, como si me dieran de golpes por dentro, así que podía acabar fuerte el pleito. Pero también esa reunión con los amigos me distrajo, no escribí ninguna nota para el periódico. Ya me había advertido el director que nos tenía en observación a Luisito y a mí, que despediría empleados para no tener que cerrar el negocio. Se iba a quedar con alguno de los dos. Se rumoraba entre el personal que le oyeron decir que liquidaría a dos secretarias, sin mencionar cuáles, pues solamente había tres en la empresa y una de ellas, la de más antigüedad, era su mano derecha.

—Laura, dame un par de horas, necesito que te quedes en la casa, no he escrito nada y si llego así a la oficina mañana, capaz que hasta me quedo sin trabajo. Me voy rápido a vender eso que tengo amontonado y te traigo unos pesos. Me quedaré toda la tarde, llamaré por teléfono a ver si saco alguna información de mis contactos o de lo que tengo por ahí guardado—.

—Apúrate pues, pero no te dediques a tomar con tus amigos cuando no tenemos ni para comer, te juro que me dan ganas de largarme por estar así, esto ya se te hizo costumbre, no sé por qué no eres el mismo—.

—Tienes razón pero también debes tomar en cuenta que no sigo la parranda con ellos, que seguramente amanecieron en algún antro, o en la casa de Juan, hasta la madre de borrachos. Yo solamente tomé unos tragos, precisamente porque no quiero que empeoren las cosas con nosotros—.

Me di un baño con agua fría, como lo hago siempre cuando quiero curarme la cruda, tomé dos tazas de café, metí las botellas vacías junto con unos aparatos descompuestos en un costal y caminé dos cuadras, hasta el tianguis. Me acerqué primero con Miguel, vendía fierros viejos y cosas usadas, pero no tuvo con qué pagarme aquello que le ofrecí, apenas comenzaba a circular la gente y no lograba vender nada todavía.

¡Carajo!, siempre sucede así cuando uno anda más apurado. En la bolsa del pantalón llevaba también una cadenita chapeada de oro que encontré y guardé un día, para cuando se viniera una situación como esta. Sin pensarlo mucho caminé un poco más entre los puestos callejeros hasta el lugar donde estaba, como cada domingo, doña pasita, la vieja Paz Gertrudis, siempre geniuda pero buena señora. Ella es prietita, toda la cara tapizada de lunares que casi ni se le ven por lo oscuro de su piel, completamente arrugada. Así que le venía muy bien el diminutivo de su nombre, “pasita”.

Le lleva en silla de ruedas su hija, Violeta, a quien todos llaman la jefa, porque se encarga de distribuir los lugares de los comerciantes; toda esa gente que desde la madrugada comienza a llegar para instalar sus cachivaches o alimentos frescos, por cuadras y cuadras bajo tenderetes tirados por mecates y tubos que detienen las lonas para protegerse ellos y sus mercancías de los rayos del sol o también la lluvia que, durante el verano, les suele caer encima.

En ocasiones, las tolvaneras que se levantan con los vientos que soplan desde la parte poniente del barrio, la más despoblada, arrancan de su lugar aquellas carpas improvisadas. Los dueños mientan madres y maldicen, luchando por sostenerlas como pueden. Queda todo sumido en un terregal, pero nadie desiste de seguir en la vendimia ni los clientes se retiran, porque no hay lugar más barato o cercano para comprar.

Entre olores de verdura y pollos crudos totalmente pelones, me acerqué a donde se encontraban la jefa y su inseparable viejita, con la intención de empeñar la cadenita, pues a esa hora seguramente Laura estaba desesperada y capaz que se iría con su madre llevándose a Diego Omar.

—Buenos días jefa Violeta. ¿Cómo está doña pasita? ¿Qué dice la buena vida, las trata bien a mis niñas?—.

—Ay, pero si serás como todos los hombres, melosos, pero nada más cuando se les ofrece algo, ¿qué te trae por aquí tan sonriente? Apoco nos traes a vender alguna cosa que te trajiste de tu casa, o a pedir fiado—.

—Pues sí, adivinas, ando con muy poco dinero y me urge. En el trabajo no me alcanzaron a cubrir la mensualidad porque las cosas andan bastante mal, el dueño nos paga como puede, en partes. Así no rinde y ya se acabó lo que me dieron, pero no quiero pedir así porque sí. Aquí traigo una cadenita con el brochecito descompuesto. No quisiera deshacerme de ella, porque se la pienso regalar a mi mujer para su cumpleaños que ya casi va a ser, sino solamente pedir un poco prestado y dejarla en garantía. Lo devolveré la semana que entra, el domingo ya vengo y la recojo, si me pueden prestar, aunque sea unos cincuenta pesos. Vale mucho más, aunque solamente esté bañada de oro—.

—A ver, deja mirarla—.

La codicia, aunque levemente, le dio otro gesto a la cara de la jefa, en tanto que los ojillos como capulines de pasita escudriñaban el objeto dorado, sin dejar ésta de mover las mandíbulas desdentadas.

—¿Es bueno eso, hija? Porque ya ves cómo engañan ahora con cualquier cosa que brille— argumentó, frunciendo la quijada que hacía que se le arrugara más el pequeño mentón. En eso estábamos cuando se escucharon voces que se convirtieron en gritos. Alguien corría y la gente se volteó. No supimos que era lo que pasaba, el alboroto subía de tono y más gente pasó junto donde estábamos. Unos tipos que llevaban cubetas en las manos casi nos empujaron al abrirse espacio entre el apretujadero de marchantes y objetos tirados o colocados arriba de cajones de madera o tablas sueltas.

—Toma—, dijo Violeta, entregándome un billete de cincuenta pesos — ojala consigas el dinero y me lo traigas para que no dejes que me quede con esto que quién sabe si tenga dueño—.

El imprudente comentario de la pendeja hizo que sintiera un escalofrío por la espalda y tuve deseos de aventarle su mugroso billete para que me devolviera en ese instante la cadenita, sin embargo, no lo hice porque de súbito un olor como ácido chamuscado y una humareda nos envolvió a los que nos encontrábamos en el lugar. No hacía falta más para saber que había un incendio muy cerca de nosotros. Así que me guardé el reproche junto con el billete y fui a ver qué es lo estaba quemándose. A unos cien metros se juntaba el remolino de gente acarreando cubetas. Miré que también jalaban una manguera. Todo el movimiento se dirigía a una vivienda que para entonces ya ni se veía bien porque las llamaradas la envolvían casi por completo. Los cubetazos de agua parecían como vacilada, pero así es el vecindario y algo intentaban, mientras llegaban los bomberos.

Hay gente adentro, oí decir, pero imposible que alguien se arriesgara a siquiera acercarse a ese horno, cuyo calor se sentía demasiado fuerte y lejos. Aquí tengo una buena nota, pensé, por lo que salí disparado rumbo a mi casa para recoger la vieja Reflex y una libreta. De pasada le dejé el costal con lo que llevaba a Miguel:

—Ahí me das luego lo que puedas sacarle a esto y tomas tu comisión —.

Tal como había supuesto, Laura ya no estaba, me dejó un recado escrito: Me cansé de esperarte y el niño despertó llorando de hambre.

Chingados, ésta no tiene nada de paciencia, me dije mentalmente o creo que sí hablé despacio, pero bueno, mejor así, me volví a decir. Trabajo menos presionado.

Saqué la cámara de su estuche para ver si quedaba espacio en el rollo para sacar unas fotografías y al ver que sí había, la coloqué de nuevo y tomé mi libreta. Llegué rápido a donde el fuego ya estaba siendo acometido por los bomberos, había escuchado la sirena y la clásica campana desde que salí a la banqueta.

Un corrillo de mujeres lloraban, insistiendo en que estaban adentro las dueñas de la vivienda incendiada. Tuve, al escuchar eso, la típica opresión que a pesar de convivir tan cerca de la tragedia humana, entre accidentes o pleitos que en ocasiones terminan en charcos de sangre, no logro dominar totalmente. Eso sí, ya estoy de alguna manera habituado a hacer mi trabajo involucrándome lo menos posible en lo que sufren otros.

Esa mañana seguramente me esperaba otro dolor de estómago, cuando sacaran los cadáveres achicharrados de quienes murieron en ese lugar en llamas. Comencé a tratar de averiguar, preguntando entre los curiosos si conocían a las personas que habitaban la casa, que para entonces ya era un montón de escombros carbonizados.

Supe que eran dos mujeres, madre e hija y que nadie las había visto por lo menos en dos o tres días. Tomé la primera fotografía y seguí preguntando, mientras los chorros de las mangueras de los apaga fuegos, hacían que saliera más humo por el hueco que había dejado el techo que se desplomó en alguna parte o, a través de las ventanas rotas. Todos los presentes suponían que doña Soledad y Carla, su hija que se había quedado soltera, yacían muertas, por lo que esperaban que en cuanto se lograra controlar aquello, alguien rescataría los restos. Pero no parecía que se pudiera apagar. Las dueñas de ese hogar ya convertido en ruinas, de acuerdo con lo que pude averiguar, cuidaban o rentaban sillas de madera y mesas para los bailes, por lo que todo eso ardía dentro dándole a la lumbre más combustible. Saqué otra fotografía a las llamas que hacían crepitar las vigas de los aleros que se mantenían en pie.

—Retírense porque pueden explotar los cilindros del gas— decía uno de los bomberos a la gente que se apeñuscaba mirando. Y sí, a los pocos minutos se escuchó un estampido que me dejó zumbando los oídos y después se vino abajo una pared completa, dejando ver partes de la casa de al lado. Los mirones corrieron asustados hasta la banqueta de enfrente e incluso algunos de ellos se alejaron más, pero sin dejar de curiosear.

Dos horas tardaron en sofocar el fuego, aunque no dejaba de salir bastante humo por todas partes. Llegaron dos ambulancias con su personal médico. Alguien les avisó y seguramente acudieron con la idea de auxiliar a algún sobreviviente de este infierno. Pero no había ninguna señal de esa posibilidad. En todo caso más bien se requería el servicio forense.

Con un hacha abrieron un boquete porque la puerta de fierro de la vivienda ni siquiera se torció. Entraron varios individuos con sus cascos y botas, además de mascarillas. El olor penetrante me hizo lagrimear. Tomé una fotografía más, justo en el momento en que se introducían aquellos hombres y mantuve la cámara lista por si salían con algún cuerpo. Ese tipo de escenas son las que llevan preferencia en las planas de la nota roja del diario. Ahí estaban unas camillas y los paramédicos observando en espera.

—Sólo hay un animalito muerto ahí dentro— dijo al salir uno de los que habían entrado —. Tal vez un perro o un gato, no se puede saber bien— añadió. También quedaron varias jaulas de pájaros que desaparecieron, quizá evaporados, esto no lo comentaron, lo descubrí yo al entrar también entre aquellos montones de basura chamuscada, después de identificarme como reportero de prensa con los policías que cuidaban de que nadie se acercara demasiado. Anduve cámara en mano con aquella gente que hurgaba en los rincones, removiendo con las palas en busca de restos humanos. Todo estaba desfigurado, no se sabía qué era restos de mobiliario o utensilios, y qué otro había sido ropa o adornos, salvo los resortes de los colchones expuestos que indicaban donde estuvieron las camas.

En la parte de la cocina que se había quedado sin techo, se veían las ollas renegridas, lo mismo que una estufa y un refrigerador que se pasaron expuestos a la lumbre durante horas. Sin embargo, no había ninguna señal de las mujeres entre tantos montones de ceniza y restos de algo que no se sabía qué.

Sin un dato más impactante qué reportar mi nota no tenía valor. Esta paradoja me hizo sentir mal. Qué desgraciada puede ser a veces esta profesión.

El personal de incendios y los policías comenzaron a retirarse. Iban a clausurar la abertura por donde nos introdujimos, por lo que el jefe de la cuadrilla nos pidió salir de aquello. En eso, observé algo en el suelo que permanecía casi oculto por todo lo que le cayó encima. Era como una cajita metálica, un cofrecillo que nadie más notó. Simulando agacharme para anotar algo me puse a un lado y pude ver que estaba cerrado e intacto. Pero no podía alzarlo y llevarlo conmigo así nada más. Entonces me vino la idea de recorrerlo con un pie, asegurándome de que nadie estaba mirando en ese momento y lo escondí más entre los restos aquellos. No me pasó por la cabeza la idea de que pudiese contener alguna cosa de valor, la vivienda era humilde y seguramente las dueñas carecían de objetos costosos, sin embargo, una suposición de que contuviera algo interesante me atrajo con fuerza, pensé que después podía volver para averiguarlo, ya vería cómo.

Caminé pensativo, rumbo a la casa. Escribiría la nota, ya trataría de esmerarme en describir detalles para minimizar la falta de impacto por no haber víctimas sobre las cuales narrar los hechos. Me encontré con Laura y mi pequeño que me quiso abrazar, pero ella lo impidió al verme el rostro todo lleno de tizne y percibir el olor a humo que me impregnaba.

—¿Qué te pasó?— preguntó sorprendida.

—Nada, simplemente me metí a una casa que se quemó aquí cerca, a unas cuadras— contesté sin deseos de dar más explicaciones. Enseguida me lavé y comencé a escribir la nota en la computadora que tenía gracias a un trueque que realicé con Luisito, mi compañero de trabajo. Ese hombre sí que tomaba alcohol para disipar sus problemas familiares, por lo que seguido andaba con apuros económicos.

Al día siguiente, llegué como siempre a las siete de la mañana a la sala de redacción. Llevaba en el bolsillo el pen-drive con el archivo y estaba dispuesto a colocarlo en una de las dos computadoras que tenemos para hacer nuestro trabajo, cuando llegó el director:

—Buenos días, Omar.

—Buenos días, don Eduardo—, contesté el saludo.

—¿Traes una buena nota?

—Sí, este, creo que sí puede ser, escribí sobre un incendio que ocurrió en mi barrio, una vivienda donde se suponía que habían fallecido las dueñas, la madre y la hija, pero no se encontraban ahí, afortunadamente y nadie supo dar información sobre ellas—.

—¿Y de qué vas a escribir entonces?— atajó el director.

—Ya redacté algo, señor, enseguida se lo muestro, en cuanto se imprima lo llevo a su oficina.

—Bueno, espero y tomamos un café, necesito comentarte algo—. Eso que dijo me dio mala espina. Seguramente hablaría del despido. Vaya manera de comenzar una semana. Serví una taza de café para llevármela al cubículo donde, con desaliento, me dispuse a repasar el texto. No le faltaban detalles puesto que en verdad denotaba que había pulido al máximo el estilo. No le eran tan indispensables, pensé, los hallazgos macabros para ser un buen reportaje. Describí la ferocidad del fuego y todo lo que había consumido, la parte inicial donde los vecinos trataron de apagar aquello y hasta el cadáver del infeliz animal que murió sin posibilidad alguna de ser recatado a tiempo. Puse acento en la pobreza en la que se vive en el barrio, habitado por gente trabajadora y solidaria, en fin, narré todo, hasta cómo se cimbró el piso con la explosión del tanque de gas y el susto que nos dio a todos los presentes. Para darle un toque más dramático, seleccioné algunas fotografías donde se veían llamaradas que se elevaron a más de diez metros del suelo. También registré la manera como abrieron un paso los rescatistas del cuerpo de bomberos para penetrar en la vivienda y por supuesto, las cortinas de agua que salían del carro-tanque que llevaron.

—Aquí tiene la nota, don Eduardo—. El hombre ya estaba acomodado en su escritorio, fumaba y tomaba café.

—Siéntate, Omar— me ordenó —. Déjamelo aquí, después leo esto, quiero decirte algo sobre tu empleo—. Experimenté una especie de temblor por todo el cuerpo, apreté los labios para que no se me escapara algo impropio de la boca, ninguna exhalación de aire siquiera, para no perder nada de oxígeno que en ese momento me mantenía lo más firme posible—. Me llamó la esposa de Luis Cabrera, para disculparlo o dar excusas de que llegaría más tarde o quizá hasta mañana por encontrarse enfermo. Y ya sabemos cuál es su enfermedad, no se desprende de la botella y seguramente amaneció todavía borracho, como todos los lunes. Lo voy a tener que despedir, así que estarás tú sólo en la sección—.

Nuevamente una paradoja; las palabras del dueño del periódico me dieron ánimos, al menos conservaría el empleo, pero, ¿qué irá a ser de Lusito? El pobre hombre había perdido a uno de sus hijos, el mayor, apenas unos meses atrás, en un accidente de carretera. La hija divorciada que vivía con él y su esposa, también estaba sin empleo y para empeorar su situación, la mujer estaba enferma de algo raro y tenía, quizá por todo lo que pasaba, un carácter insoportable, hasta golpeaba al pobre marido cuando llegaba tomado.

—Gracias, señor Pérez, le agradezco infinitamente su confianza. ¿Me puedo retirar? Tengo que pasar las fotografías con los muchachos de diseño para que las añadan al pie de la nota.

— Adelante— me contestó.

Como a las doce del día llegó Luisito.

—¡Amigo!— me saludó y al acercarse recibí el tufo etílico de su aliento. Sentí lástima por ese individuo sesentón, tan afable y una sensación terriblemente abrumadora, pues no tenía idea de lo que le esperaba en cuanto lo llamara el patrón. Cuando se enteró éste que había llegado Luisito, envió a su secretaria para pedirle que fuera a la oficina de su jefe. Luisito me dio unas palmadas en la espalda y con pasos todavía torpes por la resaca, con algo de desaliño en la corbata y remangado de la camisa, tomó su portafolio y se fue detrás de Marcela, la “caderoncita”, como él le decía.

No tardó ni diez minutos en bajar las escaleras, me extendió la mano.

—Amigo, ha sido un placer y un honor trabajar con este periodista tan joven y entusiasta. El jefe me dio las gracias y un cheque. Veré en dónde me puedan recibir. Ya ves cómo andan las cosas y a mi edad se pone más cabrón todo—.

Nos tomamos la última taza de café en la oficina, cosa que hicimos durante los dos últimos años, me suplicó que no dejara de visitarlo y enseguida lo acompañé hasta la esquina del edificio donde laborábamos. Lo contemplé mientras se alejaba entre la gente. Seguro que trataría de ayudarlo a colocarse en alguna otra empresa, pues su ética profesional estaba muy por encima de su afición alcohólica. Seguramente también por su charla desenfadada y amena, además de un notable sentido del humor que se le refinaba más cuando traía dos o tres copas entre pecho y espalda, había hecho amistades que le informaban sobre cosas que utilizaba para escribir, de manera que entre brindis y chistes que se platicaban en las cantinas, algún provecho extra sacaba.

A poco de regresar a mi escritorio, llamó por mi extensión la secretaria del director, la caderoncita, quien me dijo escuetamente y sin mediar un saludo.

—El licenciado me pidió que le diga que vaya en este momento a su oficina—.

Me presenté ante él y recibí nuevamente la orden para que me sentara delante de su escritorio.

—Omar, ya leí tu noticia, está muy bien escrita, no tengo ninguna objeción de que se publique, sin embargo, veo que no hiciste ningún intento a fondo por averiguar quiénes son las mujeres esas que vivían allí o cuál es su paradero, eso, creo yo, es lo que debe aparecer en tu nota. Lo demás, no dice mucho, aunque lo hayas escrito de forma impecable. ¿Crees tú que pudieras averiguar por ahí entre los vecinos o donde sea, algún familiar, qué se yo y traerme algo más interesante?—.

—Sí, señor, creo que sí es posible sacar más datos y tal vez mañana mismo pueda continuar con la nota—.

—Bueno pues dedícate ya, salte a la calle a buscar y aquí te espero mañana—.

Me vino a la mente la imagen del cofrecito y me retiré de la oficina dispuesto a hacerme de él a como diera lugar.

Llegué hasta la fachada en ruinas de la finca y me pareció más destrozada que el día anterior. Lo que quedaba de la casa tenía un aspecto fantasmal horrendo. Todavía se desprendían de los escombros algunos hilos de humo que ascendían al techo semi-destruido o escapaban por lo huecos hacia fuera. Toqué varias puertas de las casas que había sobre la misma acera, pero nadie vio a las dueñas ni tampoco algún familiar que se haya enterado y acudiera a ver qué pasó. Pensé que la tienda que estaba en la esquina también pudiera ser el lugar idóneo para averiguar, así que me dirigí hacia allá. Tomé una lata de refresco que extraje de la hielera e inicié una conversación con la pareja que atendía el local. Efectivamente conocían a Soledad y a su hija. Me pusieron al tanto de lo que hacían. La madre estaba enferma y por eso la asistía una chiquilla que le hacía algunas compras, probablemente le preparaba alimentos, iba dos o tres veces por semana, pero de pronto dejó de ir, desapareció. Solamente se quedaba la pobre señora en casa para atender el negocio de la renta de sillas, aunque esto seguramente les daba muy poca ganancia, pues rara vez se veía una camioneta estacionada afuera, mientras unos hombres metían o sacaban  mesas, manteles y esas cosas que se utilizan en las fiestas. La hija trabajaba como enfermera y cubría por lo regular horarios nocturnos, de manera que eran muy pocas las ocasiones en que se le veía por ahí. Lo extraño seguía siendo que no estuvieran en casa cuando se desató el incendio y que tampoco hubieran aparecido después de dos días de que había ocurrido. O sea, no me sirvió de mucho esa otra información, pues no aclaraba nada ni añadía datos a lo que había observado y escrito. Pensé nuevamente en el cofrecito y para evitarme problemas al introducirme a recogerlo, acudí a la caseta que sirve como base a los policías que vigilan la colonia. Conocía a varios de ellos, de manera que seguramente alguno me acompañaría para darme respaldo y, sobre todo, atestiguara que no me llevara algo de manera indebida, lo hacía para tener pistas sobre el paradero de las dueñas.

Toño fue conmigo. Un hombre chaparrito, patizambo y algo bizco. Muy buena persona, por cierto y con varios años de servicio, lo conocían todos en el barrio.

Entramos, librando la cinta colocada por el agente ministerial para indicar que estaba prohibido pasar por el boquete. Tomé el cofrecito, le sugerí abrirlo ahí mismo pero no aceptó.

—Ábrelo en tu casa y si hay algo de valor pues se lo regresas al dueño cuando lo encuentres— después de dicho esto salimos. Agradecí a Toño el favor y me fui a casa llevando aquello en las manos. Encontré a Laura con el nene en los brazos tomándose un biberón.

—¿Qué te pasó?— hizo la pregunta de costumbre, mirándome con asombro, pues no era habitual que llegara a casa tan temprano—. ¿Qué traes allí?— volvió a preguntar, señalando la caja metálica.

—Nada, quiero decir, algo—  balbuceé — un cofre que saqué de la casa que se quemó—.

—¿A poco te metiste a robar eso?—.

—Mira, Laura, no me hagas preguntas de esas, tú sabes cómo es mi manera de ser y no acostumbro siquiera tocar nada ajeno, simplemente trato de ayudarme a realizar mi trabajo. El jefe no estuvo tan conforme con lo que escribí del accidente ese y ayer, al entrar junto con los bomberos a la finca, me encontré con esto tirado entre un chingo de cosas chamuscadas. Toño, el policía, me acaba de acompañar a recogerlo y veré si dentro tiene algo que me pueda dar idea de quienes son las mujeres que habitaban esa finca. Nadie en toda la colonia sabe nada, ya me pasé un buen rato preguntando—.

Coloqué el cofrecito sobre la mesa y fui por un martillo para botar la cerradura. No fue difícil pues estaba hecha de hojalata y con el uso y quizá el calor se había debilitado. Lo abrí y lo que miré dentro me convenció de que tal como había presentido, ahí estaba la historia.

Contenía fotografías, cartas, recortes de periódicos, entre otros papeles que me dieron datos y posibles pistas para dar con las dueñas.

Algunas cartas tenían como remitentes los nombres de varios sujetos y estaban dirigidas a una mujer, cuyas fotografías revelaban a lo que se dedicaba. Aparecía ella con atuendos de vedette, llevando joyas de fantasía, seguramente. En algunas se le veía en plena actuación de streep tease, en tanto que también había otras donde se mostraba acompañada con algún individuo, sentados a la mesa entre botellas y vasos con licor. Abrazada por quien además le untaba los labios en el rostro. La expresión de la dama no dejaba dudas de que lo hacía por compromiso, la necesidad que la orillaba, hasta el punto quizá de disfrutarlo, a ese trabajo que desempeñaba durante las noches. De manera que Carla, la que conocían en el barrio como enfermera, en realidad era una bailarina que tal vez combinaba ese quehacer con el de meretriz. Su bello nombre se había transformado en otro no menos atractivo, Carlota, al que algún ocurrente maestro de ceremonias había añadido el mote de “La emperatriz”. El tugurio donde se había retratado, según pude ver también en las fotografías, era “El Imperio”.

Con estos datos me dispuse a encontrarla. Por lo regular este tipo de lugares trabajan durante los fines de semana, o al menos es cuando tienen más concurrencia de clientela, por tanto resolví esperar que transcurriera la semana y se lo comuniqué a mi jefe, quien con una sonrisa, me comentó que si no era ésa una posibilidad de darle un giro interesante a la historia que escribía, ya tenía material para un cuento.

—Tal vez te desempeñes mejor como escritor que como reportero gráfico de la sección policíaca— dijo, medio en broma.

La semana transcurrió igual de rutinaria, trabajé de a nota por día, o a lo sumo dos. Entrevisté y fotografié a unos transportistas que bloquearon calles con sus camiones, “un paro”, para exigir algún aumento. Estuve en unas preparatorias donde hubo conflictos por las elecciones estudiantiles, unos golpes aquí y allá. También varias ventanas rotas de algunas aulas.

Pasé varias horas en la Procuraduría de Justicia Estatal, haciendo apuntes sobre detenidos del fuero común, ebrios que riñeron o causaron accidentes y algunos travestidos escandalosos. Cumplí así con lo que hago siempre, pero no dejé en ningún momento de pensar en La Emperatriz.

—Laura, voy a salir, tal vez regrese hasta mañana, tengo que localizar a una persona para completar un trabajo—.

—¿Qué?, ¿a esta hora, y no vas a venir a dormir?, ¿pues de qué se trata o qué? ¿No puedes esperarte hasta mañana? Seguramente ya tienes organizada otra borrachera con los amigos y ya no te importa tu hijo y mucho menos yo—.

—Para nada, ya me hartan tus comentarios, esa falta de respeto, seguramente alguien en tu familia te mete ideas. Entiendo que no he cumplido con dejarte vivir sin apuros porque no nos alcanza lo que gano, pero ya te he dicho que esperes un poco más, si don Eduardo no puede pagarme lo necesario, que nos sirva aunque sea para no pasarla como estamos, veré en qué otra empresa pudieran contratarme. Pero si este señor se entera de que busco trabajo con la competencia, de seguro me dice adiós. Tampoco te puedo asegurar por ahora que pueda colocarme, conseguir otro puesto donde haga esto que mejor se hacer, pues donde quiera despiden gente. Ya ves lo que sucedió con Luisito, por cierto, ni siquiera lo he llamado—.

No tuvo ánimo para corresponder al beso que traté de poner en sus labios, tratando de calmarla. Se quedó pensativa, liberando o ahogando así su frustración o enojo, de lo cual yo tomé la parte que me toca por no poder siquiera cubrir los gastos que aumentaron desde que nació el niño. Me guardé en el pecho esa punzada del pedazo de tristeza, tomé mi chamarra asegurándome de que en el bolsillo estaba la libreta con la pluma, así como una pequeña grabadora que siempre me acompaña. Abordé un camión con ruta para el centro, donde pensaba transbordar a otro que me llevaría por las afueras en el extremo de la ciudad, donde proliferaban los centros nocturnos. Si se hacía tarde en el trayecto, tomaría un taxi.

Encontrándome en las callejuelas iluminadas por los anuncios de neón de los cabarets, pregunté a un vendedor ambulante por “El Imperio”.

—Creo que ese bule ya lo cerraron— me contestó el tipo que llevaba una caja de madera con cigarrillos, entre otros objetos —. Está como a unas cinco cuadras de aquí, pasando la avenida, camine dos calles y a su mano derecha otra más, en la pura esquina. Si quiere asomarse, a lo mejor lo encuentra otra vez abierto. Me parece que lo clausuraron porque hubo pleito, mataron a unos ahí, el año pasado—.

Esto no pintaba nada bien, me dije, sintiendo a la vez que la discusión con mi mujer, el tiempo perdido en esto, no había valido la pena. De cualquier forma me dirigí rumbo al lugar que me señaló el vendedor. Efectivamente, las luces apagadas, unos candados en las cerraduras de los portones, además de los restos de sellos engomados que indican la clausura que hizo la autoridad, me aclararon que el hombre aquél estaba bien informado. El oficio de recorrer las calles para abordar a los clientes trasnochados, lo mantenía al tanto de todo lo que acontecía por la zona.

No desistí, además llevaba suficiente como para ingresar y tomarme una copa en alguno de esos tugurios que anunciaban toda clase de variedades en grandes carteles o marquesinas iluminadas con foquitos. También había luces rojas de los típicos burdeles, en cuya estrecha entrada se exhibían las chicas y otras no tan jóvenes.

Unos tragos no me caerían tan mal, además recordaría mis tiempos de estudiante, cuando acompañados salíamos en grupo a recorrer los antros. Cómo nos divertían aquellas veladas de baile con las ficheras, los gritos de súplica que lanzaba la fiel clientela masculina que abarrotaba el montón de sillas y algunos hasta de pie, para contemplar los cuerpos adornados con plumajes, además del maquillaje extravagante de las que se movían con exagerada cadencia durante el show, imitando algunas de ellas las danzas exóticas propias de selvas extrañas, al ritmo de las congas. ¡Mucha ropa! ¡Pelos! ¡Pelos! Decían con alboroto para que la bailarina apurara el momento de despojarse de la última prenda, entre aclamaciones que parecían rugidos de lujuria. Toda esa exaltación era además motivada por alguien que utilizando un equipo de sonido pedía aplausos para estimular a que la mujer se animara a dejarse ya totalmente desnuda.

Varios de mis compañeros se estrenaron en el sexo en alguna de las mugrientas recámaras, que muchas veces se improvisaban en los patios oscurecidos de aquellas construcciones que cobraban vida de noche, para quedar después en letargo durante las horas de luz que les prestaba el sol. Algunos clientes se amanecían ahí, ya sin compañera y con la billetera totalmente vacía.

Carlos Antonio Villa Guzmán es Maestro en Comunicación de la Ciencia y la Cultura por el ITESO, es profesor-investigador del Departamento de Estudios de la Comunicación Social en la Universidad de Guadalajara. Actualmente estudia el doctorado en Política y Gobierno, en la Universidad Católica de Córdoba y Administración Pública, por la Universidad Complutense de Madrid. Blog Voces Libres: http://carlosvillaguzman.blogspot.com