El Cafecito


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El bullying, un caso de transformación social, por Carlos Alberto Ruiz

Las condiciones económicas y tecnológicas principalmente, han empujado hacia una reconformación de las estructuras sociales, esencialmente en el marco y concepto de familia. Los fenómenos de consumo y su relación directa con la integración y pertenencia, orillan a un nuevo orden de las prácticas de convivencia adoptadas por los individuos.

La consecuencia natural de tal alineación social, ha devenido en un identificable reacomodo de lo femenino y lo masculino, integrando con ello, otras posibilidades y lecturas al cuadro de la familia, que en su aspecto básico, sugieren el panorama social que enfrentan los grupos contemporáneos en un clima de ambivalencia que escapa y se expresa en la violencia, intolerancia y discriminación.

De tal modo, la estructura de la familia moderna enfrenta nuevos caminos en su composición, rumbos muy notorios en número y roles que desempeñan sus integrantes. En el caso de la Ciudad de México, la transformación se ha naturalizado de manera tan acelerada, que su climatización sucede de prisa, tanto que a primera cuenta propone miradas más profundas para identificar lo amplio de su mutación. Dicho de otro forma, si Oscar Lewis regresara a este espacio y tiempo a levantar de nueva cuenta una investigación etnográfica, los resultados sustánciales que arrojaría ésta diferirían abismalmente de lo recogido en los años cincuentas en Los Hijos de Sánchez. La sociedad de la capital mexicana se ha instalado en lo vertiginoso, violento; colocándose en una agresión que se adopta como su temperatura cotidiana.

Por supuesto, tal condición supone disfuncionalidades que tienen origen en el núcleo familiar, eje que ha enfrentado grandes cambios en la vida contemporánea. Así, los roles y funciones que cumplen los integrantes de la “familia moderna”, se encuentran alejados de las normas tradicionales, tanto en estructura como en su desempeño, que en consecuencia, resultan en inestabilidades que afectan por completo a los individuos y su percepción, afectando de este modo su desarrollo social que comúnmente encuentra en la agresión su principal expresión.

Al tiempo, la revelación de las prácticas de violencia se afina e incluso acoge nombres propios; un caso: el bullying (intimidación), un fenómeno propio de la sociedad infantil y adolescente que recurre a conductas de abuso físico, amenazas y otras maneras de maltrato entre compañeros de colegio. Por supuesto, las víctimas se reducen a un grupo menor que recibe las constantes agresiones del resto, sin embargo, tal escenario, cada vez se instala más como una constante en las escuelas. Que si bien esta práctica ya ha atrapado la atención de los gobiernos en otros países, en México, particularmente en el Distrito Federal, donde la situación pareciera más grave por el número de instituciones que integra, el bullying apenas comienza a ser comentado más que ser atacado.

Evidentemente, la respuesta que identifica al bullying y su origen, apunta a que los agresores manifiestan enojo como una respuesta habitual a los conflictos que atraviesan en lo social, sobre todo en el ámbito familiar, siendo ellos las víctimas en estos contextos, buscando resarcirse adoptando el papel de victimarios en círculos donde pueden ejercer poder y superioridad en alguna medida.

Al respecto, autores como el terapeuta Gill Gorrell Barnes, sostienen que los procesos y cambios sociales requieren ser distinguidos y atendidos por los gobiernos para evitar el caos, previniendo así que desajustes como el bullying alteren en gran magnitud y de forma irreversible las organizaciones sociales. A la vez, se sugiere que se integren proyectos de trabajo dirigidos a líneas específicas que desarrollen tareas hacia orientaciones familiares que permitan restituir en alguna medida, lo que la autora Ikram Antaki definió como el clima de consentimiento a la violencia en el que se desarrollan las sociedades contemporáneas.

El pensar un reordenamiento de la familia implica una concepción alejada de lo que en un principio ya se destacó como la “familia clásica”, por otro lado, sí involucra la conciencia e integración de las nuevas estructuras familiares, que en su carácter contemporáneo, igualmente encuentran la esencia de las distribuciones y valores del pasado. Siendo de esta manera que el trabajo de los órdenes sociales debe moverse en mucho hacia la búsqueda de la claridad en el juego de roles y jerarquías, particularmente en lo que compete a los círculos de familia. La reafirmación de valores y la solidificación de ambientes de cordialidad conforman una sólida vía que puede contrarrestar en gran medida las deficiencias que ha venido experimentando la sociedad moderna en su convivencia, que como refleja el caso del bullying, incluso ha degenerado las formas de interacción entre los pequeños.

Considerando que tales transformaciones no pueden alentarse por sí mismas, es inevitable dirigir la mirada a las instituciones, exhortándolas hacia posiciones de compromiso y actividad. El trabajo en este sentido, ya viene siendo atacado por algunos gobiernos que han sabido escuchar la alerta sigilosa de la intimidación, misma, que en el caso mexicano, debiese ser ya atendida, iniciando de esta forma el camino hacia el saneamiento de la relaciones de su sociedad.

Referencias

Gorell Barnes, G. (2004). Family Therapy In Changing Times. Reino Unido, Palgrave McMillan.

Antaki, I. (2000). El manual del ciudadano contemporáneo. México, Ariel.

Archundia, M. (2008). “¿Qué onda con el bullying? ¿Lo ejerces o lo padeces?” en El Universal [En línea]. México, disponible en: http://blogs.eluniversal.com.mx/weblogs_detalle6286.html [Accesado el día 20 de enero del 2009]

Carlos Alberto Ruiz es Licenciado en Comunicación por la Universidad Justo Sierra. Actualmente se desempeña como coordinador de la asignatura de Historia Moderna de México en la Unidad Profesional Interdisciplinaria en Ingeniería y Tecnologías Avanzadas del IPN. Su trabajo puede ser revisado en: http://carlosarm.blogspot.com


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Me llamo Rojo: abriendo la mirada hacia las posibilidades turcas, por Carlos Alberto Ruiz

Las posibilidades de la literatura como elemento trasformador de la personalidad resultan incalculables. Las direcciones que puede tomar la conciencia tras la lectura son infinitas e inevitablemente resultan evidentes.

Bajo esta apercepción, la novela, el cuento, funcionan como detonadores de lo anecdótico, forjadores de conocimiento; pero sobre todo, trabajan la motivación del pensamiento y la reflexión.

En este sentido, la literatura y su ejercicio más público, no entiende de lectores menores o mayores, eruditos o indoctos; tan sólo el imaginar tales adjetivos resulta por demás vulgar. La lectura es posibilidad y su secuela es la apropiación de una experiencia ajena con todo lo que ello significa.

El referir que los libros marcan, constituye un cliché por demás auténtico: la lectura puede provocar cicatrices permanentes y de gran visibilidad. Irónicamente, muchas veces la historia que marcó de una forma profunda no precisamente es aquella con la que se alcanzó mayor identificación, lo cual distingue que la mente no entiende de caprichos ni concede voluntades.

Tras estos, ligo la obra Me llamo Rojo (Benim Adım Kırmızı), una novela  del turco Orhan Pamuk, situada en el Estambul del siglo XVI, cuya trama envuelve a la intriga, la traición, la política, el amor y el sexo bajo la particular percepción de la sociedad islámica.

La impresión latinoamericana hacia el Islam y sus practicantes se encuentra enormemente sesgada por distintas circunstancias, y es en ese sentido que Me llamo Rojo constituye un trabajo destacado no únicamente por su extraordinaria estructura narrativa, sino también porque su lectura representa un ejercicio didáctico que nos permite acceder hacia lo más íntimo de las prácticas sociales de la cultura otomana a partir de un testimonio legítimo y de primera mano como es el de Pamuk, quien en esta novela ataca con toda su capacidad literaria y dotes de historiador.

En la misma proporción que Cien años de Soledad revela la esencia de la cultura y naturaleza latinoamericana,  Me llamo Rojo hace lo propio al aproximar a sus lectores al Estambul del tiempo de los sultanes, en escenarios suntuosos y un clima de agitación social provocado por las expresiones artísticas, que no permite menos que conseguir un amplio y detallado  retrato de una sociedad, que en nuestro caso, conocemos escasamente.

Sin embargo, algo que destaco de la experiencia particular con esta obra, es el hallazgo de identificar que la vulnerabilidad del individuo ante el deseo y la pasión, queda más allá de ubicaciones geográficas o contextos religiosos. El amor y sus consecuencias, tal como retrata Pamuk, sostienen una universalidad infinita que los sujeta como médula de las favorables y aberrantes acciones humanas.

Me llamo Rojo, es una novela que marca, no meramente por sus particularidades contextuales o la cantidad de información que ofrece, también lo hace por el carácter genuino de un Orhan Pamuk que se despoja así mismo de sentimentalismos, para compartirnos su historia y la de su pueblo, con una veracidad asombrosa alejada de todo juicio.

Carlos Alberto Ruiz Maldonado es Licenciado en Comunicación por la Universidad Justo Sierra. Actualmente se desempeña como coordinador de la asignatura de Historia Moderna de México en la Unidad Profesional Interdisciplinaria en Ingeniería y Tecnologías Avanzadas del IPN. Su trabajo puede ser revisado en: http://carlosarm.blogspot.com


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La tecnificación del erotismo, por Carlos Alberto Ruiz

La masificación de la tecnología ha propiciado que la transmisión de mensajes se incline hacia la eficiencia y la simultaneidad como sus objetivos principales. Tales innovaciones son consecuencia de aquellas trasnacionales que, bajo la máxima de facilitar la vida del hombre, crean artefactos que proporcionan nuevos satisfactores y transfiguran los hábitos de consumo.

De acuerdo con Erich Fromm, “la sociedad está constituida por las relaciones de mercado y las sociales[1]”. En consecuencia, el hombre moderno distribuye la mayor parte de su tiempo realizando una tarea que le es remunerada económicamente, para después emplear la gratificación en artículos o servicios que su contexto mercantil le tiene reservados como dotadores de placer.

En este escenario de modernidad, mercado y goce, es inevitable referir el gran peso que la industria pornográfica representa para la sociedad contemporánea, aunque sin duda, ésta ha estado presente a lo largo de toda la historia. En tiempos prehistóricos ya se trazaban expresiones de carácter sexual como senos enormes y falos prominentes.

El concepto de pornografía — tal como lo conocemos — fue inventado en el siglo XIX por hombres conservadores de clase alta, quienes lo dotaron de un halo prohibido y enfermizo. Desde su origen, la pornografía se relacionó directamente con la tecnología. Cuando el teléfono se incorporó a la vida social a principios del siglo XX, algunos lo consideraron algo tan escandaloso como la distribución de imágenes de cuerpos desnudos y actos sexuales.

Poco a poco, el mercado de la pornografía se fue apoderando de todo medio que facilitara su reproducción y acceso, hasta consolidarse en una industria gracias a la aparición del cine y el video. Industria que en la actualidad ha abaratado sus costos a través de la distribución vía Internet.

El investigador Román Gubern[2] sostiene que la pornografía constituye la aplicación recreativa más extendida en el ciberespacio. Bajo esta óptica, no resulta descabellado considerar que cualquier evolución de la estructura informática será adoptada como una nueva manera de distribución de pornografía en los próximos años.

Es así que los nuevos dispositivos representan rutas propicias para acrecentar esta industria.

En 1993, Octavio Paz afirmó que una de las diferencias más importantes entre la sexualidad animal y el erotismo humano es que en este último, uno o varios de los participantes pueden ser entes imaginarios[3]. A esto podríamos agregar que la masificación de la tecnología permite integrar nuevos medios y gadgets como cómplices de la sensualidad y la sexualidad de las personas.

Así, el factor distancia ya no se concibe como una barrera para las relaciones humanas, sino como un elemento erótico.

Fuentes

Fromm, Erich. El Arte de Amar, 2004, México, Paidós.

Paz, Octavio.  La Llama Dobre, Amor y Erotismo, 1991, México, Seix Barral.

Gubern, Román. El Eros Electrónico, 2000, México, Taurus.


[1] Fromm (1956). El Arte de Amar.

[2] Gubern (2000). El Eros Electrónico.

[3] Paz (1993). La Llama Doble. México.

Carlos Alberto Ruiz Maldonado es Licenciado en Comunicación por la Universidad Justo Sierra. Actualmente se desempeña como coordinador de la asignatura de Historia Moderna de México en la Unidad Profesional Interdisciplinaria en Ingeniería y Tecnologías Avanzadas del IPN. Su trabajo puede ser revisado en: http://carlosarm.blogspot.com