El Cafecito

El tiempo, por Dorismilda Flores Márquez y Arlette Luévano Díaz

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La construcción de la Gran Muralla China duró varios siglos, en distintas etapas entre el año 220 a.C. y el 1644 d.C. En México, la esperanza de vida al nacer es de 74.7 años, de acuerdo con datos del INEGI. El Dr. Stroud dice que una persona no puede vivir más de dos meses sin comer. 16 horas es el tiempo de vuelo entre Dubái y Los Ángeles, es el vuelo directo más largo y es caro también. Nueve horas y 18 minutos es el tiempo que lleva ver la trilogía de El Señor de los Anillos, aunque el trabajo de preproducción, producción y postproducción de la trilogía duró casi siete años. Dos horas, dos minutos y 57 segundos, es el tiempo con el que Dennis Kimetto rompió el récord mundial, en el Maratón de Berlín 2014. 360 relámpagos caen sobre la Tierra cada minuto. Parpadear nos toma 400 milésimas de segundo. Esto es algo de lo que podemos decir sobre el tiempo.

En El Cafecito hemos tenido una prolongada ausencia en este 2015 y esto ha derivado en una reflexión sobre el tiempo. Este número, con el que celebramos once años de intermitencias cafeteras, está dedicado a pensar y discutir el tiempo. No está de más recordar que esta edición de aniversario sale un poco tarde. No sabemos ya si El Cafecito es tan católico que sale cuando Dios quiere, tan mexicano que suele ser impuntual, tan impredecible que llega cuando nadie lo espera, o todos los anteriores. Lo que sí sabemos es que nos da mucho gusto estar de regreso, nos da más gusto contar con nuestros increíbles colaboradores y con nuestros lectores.

¿Cuánto tiempo nos llevará agotar estos sorbos de café? ¿Cuándo habrá otros? El tiempo lo dirá.


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Poema, por Arlette Luévano Díaz

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Para creer, como tú, en las palabras

tendría que existir alguna

que nombrara las manos de mi padre,

una que explicara el peso del mundo,

o el aire que rozó mis dedos en la oscuridad de la noche solitaria.

Tampoco el tiempo me dice nada.

Era 1861, o el invierno del 47,

cualquier día de febrero,

siempre demasiado tarde

y más años sobre mí de los que podría reconocer.

Pero sé, como tú, que el océano

está en guerra constante y aún así permanece inagotado;

que hay cadáveres flotando en los ríos de la memoria

y bajo sus párpados atrofiados está el sueño reluciente

y sordo de un domingo de fiesta y baile y algodón de azúcar.

Conozco, como tú,

que la verdad es una, breve y cristalina,

hermosa e incomunicable.

Arlette Luévano nació en 1976 en Aguascalientes, México. Ha publicado los poemarios Casi Verde, Rituales, Apostillas Negras, Tercera Persona, Informes sobre Trenes que llegan y desaparecen, Casa en Ruinas y No basta con nombrar al llanto llanto


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Leer a García Márquez, por Arlette Luévano Díaz

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Era 1988. Mi maestra estaba leyendo un libro rarísimo, dijo, donde el nombre de los personajes se repetía muchas veces y luego ya no sabías quién era quién. Para mí eso fue suficiente. Claro que iba a leerlo, claro que averiguaría que misterio había en ese libro.

Llegué a García Márquez a través de Cien años de soledad. Puedo decir que sus libros afectaron profundamente mi vida.

El pelotón de fusilamientos, la alquimia, Macondo y sus almendros, los pescaditos de oro, los daguerrotipos, las mariposas amarillas, los santos en el dormitorio, las hormigas carniceras. Nada de eso existía en mi mundo hasta que leí a García Márquez. Y tomé sus libros porque ya nunca podría cerrar los ojos a esas maravillas. “Las cosas tienen vida propia”, decía Melquíades, “todo es cuestión de despertarles el ánima”. Y así mis ojos se llenaron con sus letras.

Después se volvió tan mío que no era fácil distinguir de quién era una imagen, una anécdota. Yo iba por las calles escribiendo “Ojos de perro azul” para que me encontrara aquél que me soñó. Sé que “la fatalidad nos hace invisibles” y los amores contrariados huelen a almendras amargas. El coronel tiene el rostro de uno de mis tíos. Tengo una idea clara de cómo dirigiré algún día la Diatriba de amor contra un hombre sentado. Los secuestros y naufragios tienen una belleza mercurial. Me quedé esperando la segunda parte de Vivir para contarla.

Una vez se presentó la oportunidad de ir a conocerlo. Sólo hacía falta un pequeño viaje a una ciudad cercana. El viaje que no realicé, representa los grandes e infortunados hubiera que se repiten constantemente en mi destino.

El día de su muerte salí de la ciudad. El paisaje era rulfiano. Llegué a una casa parecida a la de Rosa Cabarcas, pero que siempre estuvo abandonada. Su nombre me llegó como un rumor, en el estremecimiento por su ausencia, en la nostalgia anticipada. En la eternidad de su magia. El día de su muerte descubrí que no tengo casa, que he vivido siempre en una que no me pertenece. Y así, como alguna de sus protagonistas, me dejo invadir por el calor y me voy a soñar a otra parte.

Este año, de luna roja y grandes pérdidas.

 

Arlette Luévano nació en 1976 en Aguascalientes, México. Ha publicado los poemarios Casi Verde, Rituales, Apostillas Negras, Tercera Persona, Informes sobre Trenes que llegan y desaparecen, Casa en Ruinas y No basta con nombrar al llanto llanto.


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Cadáver exquisito, por los asistentes al VI Festival Palabra en el Mundo – Aguascalientes

Ya no puedes detenerte. Gira.

Eres tu centro y la tangente

el baile que aspira a viento

la magia de la música que surge de las venas

y derrama la fuerza heredada.

Que nadie se calle esta noche que es como el día

de saldos rojos, de simples deudas, a varias voces.

Que nadie olvide dónde comenzó el camino

cada paso un nuevo destino, cada visión un rumbo

nos delata a pie juntillas, nos señala signos, el norte-sur

nos enseña la memoria de la noche y su duelo.

No eres joven todavía ni habitas la huella de tu cuerpo.

Porque hay alguien más con nuestro mismo rostro

somos los otros aquí donde se juntan los senderos.

Hoy el infierno no son los otros

al menos hoy abolimos el infierno,

abrazar cada palabra como se abraza

el último sustento de la vida.

Trata. Sueña, Insomnia. Ve.

Ninguna falta sobrevive a tanta luz.

Y la luz, como el último respiro de Dios sobre la tierra,

nos abraza a la noche y su misterio.

Vamos con la mirada decidida

a descubrir lo nuevo en la luz cantante

y el sueño frustrado.

-He de confesar

es vagar como una esfera

sin que ningún punto

pregunte por su centro.

Podremos descansar cuando alguno

Nos llame por nuestro nombre.


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Poemas de Arlette Luévano Díaz

*

La sangre

misteriosa

huye de la piel para alcanzar la piedra

Esto provoca

un dolor infinito sobre el cuerpo

El sol celebra

no alcanza a reconocer

que una naciente belleza ahora lo opaca

La piedra

que jamás ha conocido de ambiciones

recibe fríamente

a ese líquido sobreviviente del desierto

al verlo pregunta solamente

cuál es tu nombre

de dónde vienes

y la sangre en un instante

comienza a avanzar

en dirección contraria

*

Cuando regresé a esta casa,

olía aún al incendio,

el fuego que sucedió mientras no estuvimos,

la destrucción cruel, a medias,

que permitió sobrevivir a los muros

y verlos consumirse

solos

solamente.

Volví para pensar en ti,

para recordar tus pasos sobre las cenizas,

tu voz que había olvidado

sobrevivía al polvo en los rincones.

Pero las ventanas

desamparadamente desnudas

la casa sin mar,

sin carreteras,

sin cielos azules,

sin lluvia en el patio

me gritaron que no entrara

para no cometer

el mismo error dos veces.

Arlette Luévano Díaz (Aguascalientes, 1976) es Maestra en Derecho Constitucional y Amparo por la Universidad Iberoamericana. Ha publicado los libros de poesía Casi verde, Apostillas negras, Casa en Ruinas (Premio Efraín Huerta 2006) y No basta con nombrar al llanto llanto. También, en ediciones colectivas, han aparecido los poemarios Rituales, Informe sobre trenes que llegan y desaparecen y Tercera persona.