El Cafecito


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Monólogo, por Arely Jiménez

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Y en verdad me pregunto de qué ha servido

ser una cuerda tensa,

apenas un dedo, una nada en pie

frente al desastre,

haberle puesto la otra mejilla al dolor

y creernos por un momento su igual

retarlo a hundir más sus fauces

en la carne del sueño, de la esperanza

y verla destazarse en un grito,

en nuestro propio puño

que se cierra hasta alcanzar el hueso

para preguntarle “dios mío, por qué”

para inventar en ese instante mismo un dios,

porque hace falta que alguien lo sepa

sepa de este íntimo desgarramiento,

tan puro como pura nos has parecido una sonrisa

y tan digno de ser piedra y nube y sol y árbol,

porque no se ha encontrado aún la ecuación

que lo reduzca a nuestra mínima ciencia

y lo haga curable

para volver esos golpes ineludibles

en una gripa,

un dolor de estómago,

un diente de leche.

Arely Jiménez, Aguascalientes 1992. Estudiante de Letras Hispánicas

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Abulia, por Arely Jiménez

arely

Es sábado,

los corazones duermen.

En el aire pesa una respiración onírica.

El sol  imprime con la amplitud de un bostezo

su sombra en las cuencas entrecerradas.

El cansancio se lleva sobre los hombros

como un abrigo soberbio.

Hay que justificar el sueño,

no vale ser  sábado si no ha sido toda la semana,

si el tiempo no deja estrías

y el moho finca su densidad en la pleura.

Dios no espera visitas,

es el día para pisar

el musgo bajo los párpados,

alcanzar el horizonte:

la larga línea del agotamiento,

y esperar que  se yerga en cubo,

que florezca desde su somnolencia.

Es sábado,

los corazones, con salvedad,

descansan.

 

Arely Jiménez, Aguascalientes 1992. Estudiante de Letras Hispánicas