El Cafecito


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Abril, por Ana Laura Magis Weinberg

Abril tiene nombre de mes, de nada.

Abril va a las fiestas y se recarga en los autos mientras deja que la besen, mientras deja que la acaricien; mientras deja que las manos de un extraño se suman en las costuras de sus jeans.

La situación es esporádica y sin implicaciones. No importa cuánto busque, no hay nada más que se pueda encontrar. Se da por vencida.

Entonces agarra a un extraño de la mano, como arrastrándolo, y atraviesa toda la casa, toda la fiesta. Salen a la calle besándose, se medio desnudan con toda la ropa puesta, y deja que esas manos pesadas la toquen en lugares que nadie excepto ellos han mirado.

Abril no conoce sus nombres, prefiere no recordarlos, nunca siente un placer completo porque siempre hay que enseñarlo todo de nuevo; cómo hay que tocarla, dónde.

Pero a ella nunca le han dado instrucciones.

Después de eso, Abril siempre se duerme enroscada, apretando las piernas para que no se escape la sensación, y siempre se despierta enamorada, queriéndolos llamar para que con ellos regrese esa sensación; pero nunca tiene sus teléfonos.

Un día y detrás de unas plantas la recargan contra una camioneta blanca, la encierran. Y unos dedos bajan y buscan. Los dedos largos se adentran en ella, la buscan, la necesitan, la quieren. Los dedos largos y desesperados, y sus uñas, se sumen en ella, la rompen y a ella le gusta.

Él la quiere, la besa. Abril intenta besarle el cuello, el pecho, la oreja; pero él busca su boca, siempre. Se visten varias veces, para volverse a desvestir desesperados, enamorados. Cuando se besan no hay diferencia, se saben igual al otro. Sus otros sabores se complementan, ácidos.

Él se llama Iván, y la quiere. Se vieron en la fiesta, y se besaron al principio. Luego la vio besar a más hombres, abrazándolos. Regresó a buscarla, y sólo a él lo guió afuera y le detuvo la cabeza mientras se besaban, empujándolo hacia ella, como si el tiempo no bastara.

Ella regresa a la fiesta, pero él no la sigue. Se queda afuera; no quiere verla besar a otro, nunca.

Tiene su teléfono, pero no le quiere hablar, no puede. Sin embargo la extraña, piensa en ella. Luego, buscará su boca en sus sueños, y le va a querer escribir un poema, sin poder. Va a soñar con ella, buscar su cuerpo en el contorno de su cama, buscar su cara en las calles.

Abril, después de que esos dedos la tocaran y la exploraran, después de disfrutar mientras él la hacía estallar, sintió un dolor que también apretó entre sus piernas para que no se escapara, y sin querer sangró; pero por más que apretara era incontenible, y la sangre manchó su ropa.

Como todo lo demás, tantas veces, también cuando Abril perdió el hilito que le quedaba de inocencia y se licuó y se escapó de entre sus piernas, frágil, también entonces, alguien más lavó su ropa, su placer, su sangre: como todo lo demás, siempre.

Ana Laura Magis Weinberg acaba de terminar la preparatoria y se dispone a estudiar Letras Inglesas en la UNAM; recientemente recibió una mención en el Premio Juan Rulfo que organiza la Universidad Iberoamericana; es colaboradora de Hermano Cerdo.

Ana Laura Magis Weinberg acaba de terminar la preparatoria y se dispone a estudiar Letras Inglesas en la UNAM; recientemente recibió una mención en el Premio Juan Rulfo que organiza la Universidad Iberoamericana; es colaboradora de Hermano Cerdo