El Cafecito


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El Parque, por Adalberto Ortega Flores

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Siempre pensé que el parque del trenecito, era un parque especial. Es fácil detenerse en el camino e invertir un segundo para adivinar sus formas. Al menos eso uno cree al principio.

La entrada al parque está marcada por una minúscula explanada de piso de piedras de pedernal bañada por el sol, donde convergen las sombreadas bocas de los caminos que llevan a sus intestinos. El visitante es recibido por un nutrido mazo vegetal, y por los aromas de hierbas variadas, que más que a especímenes de un jardín prediseñado, corresponden a la flora local. Frescas sombras de enormes arboles, devoran por los caminos que cobijan a grupos de niños, que con pies desnudos, zapatos rotos, patín, patineta o bicicleta, se persiguen por todos lados. Gritando, llamándose y riendo, en sus caras cubiertas de polvo y sudor, presumen sonrisas donde a veces faltan dientes. Por su puesto también asisten los deportistas y las jóvenes parejas, que como otros, buscan en las islas vegetales, un lugar secreto que proteja su intimidad… hasta que el movimiento de la hierba los delate…

Mi abuelita me platicaba que cuando el pueblo creció, se hizo necesario un espacio adecuado para el esparcimiento de los vecinos y sus hijos. Ella tuvo la oportunidad de participar en la configuración del parque, cuando el presidente municipal en turno, le pidió a mi abuelo, que ella fuera la primera dama. Pero esa es otra historia… La conclusión fue el parque actual. Su alberquita, áreas deportivas y de esparcimiento están coronados por las vías de un trenecito azul, que con un gran faro al frente, que va por el perímetro, pasando por diferentes casitas a modo de estaciones., arrojando una columna constante de vapor, producida por un motor reparado ya mil veces.

En este parque, si se observa con cuidado, se advierten cosas curiosas. Por ejemplo,  el pueblo tiene 70 años, yo tengo casi 40, pero los arboles siempre han sido igual de altos, bastante anchos y sólidos. ¿En qué momento crecieron? Si son previos al parque ¿cómo es que encajan tan bien las simétricas formas del diseño moderno? Otro detalle son las flores, el lugar está abarrotado de plantas de muchos tipos, pero nunca he visto una flor. Además las sombras de los árboles son tan densas, que separan admirablemente la los rayos del sol de la zona que protegen. Y su viento es tan fresco que es más bien frío…

Éstas y muchas otras curiosidades seguirían siendo preguntas en los recuerdos de mi infancia, hasta que un día, sin saber cómo ni por qué, mientras jugaba arrojando piedras al viento para ver cual llegaba más alto, me pareció que una de ellas se detuvo en su camino. En un parpadeo estaba nuevamente en el suelo. Me di cuenta entonces, que el sol se me escapaba mientras jugaba. Estaba solo, todos se habían ido ya y seguramente estaban por cerrar la reja. El viento frio de la sombra de los arboles reclamaba el terreno que los rayos del sol abandonaban. Sería muy incómodo dormir ahí. Corrí hacia la entrada, brincando entre los jardines, adivinando donde pisaría pues ya no había luz suficiente.  Hice un pequeño alto para no caer y replantear ruta. Me encontré perdido. Solo reconocía a mi derecha la sombra de la estación del trenecito. Su foco aun estaba encendido y el vapor hacia una columna que anunciaba su uso reciente. Vi cierto movimiento de personas a su alrededor; qué buena suerte, pensé, aún quedaba una vuelta. Seguramente pararía a la entrada del parque para sacar esta última partida de visitantes. Había que darse prisa por que empezaba a moverse. Corrí como loco hacia él y de un brinco me trepé torpemente en el primer carro detrás de la máquina. Qué rico calorcito hace aquí arriba, me dije, mientras una voz familiar me llamó: “Te estábamos esperando”. Como buen chiquillo imprudente no puse más atención. Me acomodé contra las láminas del asiento y me puse a disfrutar el calor acumulado del sol de la tarde. Al fin que todos en el pueblo nos conocíamos.

El tren avanzó y ganó velocidad, todos los fierros brincaban y rechinaban, los pasajeros cuchicheaban y los niños gritaban con emoción; el silbato sonó tan familiar como siempre. Pero unos metros adelante, al pie de 2 árboles que parecían hacer las veces de pilares, nos sumimos en la tierra por un túnel que arrojaba un fulgor cobrizo, y  se abría tan rápido y tan grande, como mis ojos ante la sorpresa. Ahora sí ya me cargó el demonio, pensé mientras mi mano izquierda se aferraba al pasamanos del carrito y mi mano derecha buscaba sin éxito a mi compañero de asiento.

El corazón me latía al ritmo del tren y el calor del túnel me decía que me iba al infierno seguro por rezongarle a mi mamá. ¿Por qué no quise ir a las tortillas y limpiar mi cuarto? ¡¿Por qué?! Mi mente no quería ver que había alrededor, pero mis ojos buscaban curiosos todo lo que había fuera del carro. Vi que las raíces de los árboles del parque, eran ahora extravagantes pilares retorcidos de una bóveda subterránea que se extendía hasta donde me alcanzaba la vista y tan alta como el alto de los arboles de la alameda. El aroma a pan recién horneado, dulce y suave, inundaba el lugar y me obligo a sacar la cabeza del transporte, pues no había comido desde el desayuno. Pude ver que la bóveda albergaba una réplica invertida del pueblo. Aquellas flores que no habían brotado en el parque, ¡estaban aquí! colgando del techo, apiladas tantas como todas las que no habían brotado en todos los años que en ese parque tenia de existir. Cada una de ellas, grandes o pequeñas, regaban una cálida luz naranja, que hacía que todo se viera iluminado como cuando el sol raya en el horizonte por las tardes…Cierta tranquilidad invadió mi confundida conciencia y el tren avanzaba.

Mi mano encontró la de mi compañero de asiento, la sentí algo fría, aguada y con las dimensiones de un adulto.  La sensación me hizo buscar su cara, sólo para encontrar un rostro desfigurado y descarnado. La tranquilidad recién encontrada se me escapó en un grito a todo pulmón mientras pensaba para mí mismo:  ¡Seguro es porque me gasté el cambio del mandado en las maquinitas, o el 8 que saqué en matemáticas! ¡Me van a tragar los muertos!

El tren se detuvo en el equivalente a una de las estaciones del parque, sólo que, la estación era la entrada del panteón.  Mi primer grito aún no terminaba cuando ya iniciaba otro, al unísono en que apretaba la mano de aquella aparición mientras quería hundirme entre las laminas del carrito. El espectro no podía hacer otra cosa más que reventarse una profunda carcajada. Carcajada que empecé a reconocer.

—¡Betillo! ¡Betillo! ¡Cálmate! ¡Cállate!, dijo el espectro, mientras otros más se caminaban al tren, y me miraban con sus órbitas vacías,  rostros desencajados pero muy divertidos. Aquel espectro me desenterró de las laminas del carrito y con sus enormes manos descarnadas me levanto en el aire mientras me resistía como gato acorralado.

—¡Soy yo, somos nosotros! Calma —me sacudía como el que quiere hacer que el otro vuelva en sí

—¡Eh! ¡Volteen todos! —gritó el espectro a todos esos seres—  ¡Es el Betillo! Vino a visitarnos!

Se volvió hacia a mí y me dijo con voz profunda, serena y segura:

—Tranquilo todo está bien. Nada te hará daño. Somos nosotros. ¡Ven a vernos! ¡Ven seguido! ¡Visítanos! ¡Nos da gusto vernos! Ven y platícanos, cuéntanos.

Entonces lo reconocí, ¡era él!, ¡éramos nosotros! ¡Todos estábamos ahí! La alegría que tienen los niños cuando el tío, primo, el amigo o el hermano que llega a hacer una visita ampliamente esperada, llenaba mi corazón. Nos abrazamos y como si no hubiera pasado nada, al abrir los ojos, me encontré repentinamente saliendo del parque, caminando rumbo a casa.

Adalberto Ortega Flores es licenciado en Administración y Negocios Internacionales por la Universidad Bonaterra. Nacido y radicado en Aguascalientes, actualmente  es Sales Execution coordinator para Hapag Lloyd Aguascalientes. Profesor intermitente en áreas económico-administrativas.


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Está en la azotea… por Adalberto Ortega Flores

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Estoy casado con una mujer, bonita, dinámica, inteligente y admirablemente incansable. Parece un soldado de uniforme rosa.  Ella tiene 2 perros y yo dos gatos. Al casarnos tuvimos tres hijos por lo que   necesitábamos mucho espacio. Mis padres nos prestaron una amplia casa, que tenían algo abandonada. En agradecimiento nosotros la restauramos, les ahorramos el gasto de velador y los servicios. Aunque faltan arreglos por hacer: con 2 jardines llenos de flores, 2 cubos de luz, la casa va recuperado mucha vida, hasta los perros tienen un espacio techado, y los gatos conviven con nosotros en el interior de la casa y jardín trasero donde hasta hay un cuartito de servicio. 

La casa es relativamente nueva, pero fue construida sobre una antigua huerta que existía más allá de la fundación del pueblo. Dicen que en esa huerta había una noria, que conforme la cantidad de habitantes fue aumentando, fue necesario hacerla más profunda. Al final se convirtió en un ancho pozo con una escalera de tierra corría en espiral hasta llegar al fondo.  Según mi papá, fue tan profunda que al arrojar el cubo, si sacabas todo es sedimento posible, podías encontrar pequeños pececillos regordetes y ciegos, que en el lugar de los ojos tenían unos callitos. Yo creo que esos peces venían de lugares más profundos y oscuros donde los ojos no sirven de nada. El pozo debió alcanzar una cueva o algo así.

Dicen que una vez un niño bajo a tomar agua, pero nunca salió. Simplemente se sumió y desapareció.

Pasó el tiempo, y con la modernidad, la huerta desapareció, llegaron las tuberías, la noria se tapó, y mi papá compró parte del terreno donde construyó su casa. Creo que la noria debería estar en parte, bajo el cuarto de servicio y en parte en los jardines de los vecinos.

Una noche, cuando mis bebés, Claudia y yo ya dormíamos, los ladridos de los perros me despertaron. Claudia estaba exhausta, por lo que el sonido no surtía efecto. Al mismo tiempo los gatos llegaron a la puerta del cuarto, y empezaron a maullar tímidamente, casi de inmediato, ladridos y maullidos se hicieron fuertes e histéricos; primero uno y luego los dos gatos iniciaron a rascar la puerta, con ansia por atravesarla. Así que tratando de que la familia conservara el sueño, me dispuse con enfado a poner en orden a las mascotas. No había llegado a la puerta cuando me di cuenta que los perros ladraban en dirección al jardín que compartía el cuarto de servicio y la recámara donde estábamos. La reja los detenía de destrozar lo que ahí hubiera.  Entonces Claudia aun dormida, empezó a vocalizar sonidos sin sentido: aeah eah iah! ¡ih! Aeh eahh! ieaeaeaaaiehhh!

Mis pasos cambiaron en dirección a ella, le tomé sus manos y le dije: tranquila, es un sueño, estoy aquí contigo. Ella me contestó sin despertar y con mucho sentimiento: ¡Está en la azotea del cuarto de servicio, tengo que espantarlo!  Sentí como hasta el más escondido de mis vellos se erizó, mientras la sorpresa y las dudas invadían mi cabeza, desplazando cualquier signo de sueño.

Un gato se arrojó a la puerta de la habitación abriéndola. Los ojos de ambos felinos destellaron en la oscuridad al hacer una breve pausa para identificar su camino. La gata con un maullido terrorífico se arrojó contra el oxidado mosquitero, atravesándolo. El gato la seguía bufando cual grito de guerra. Sus ojos brillaban aun más al mirarme mientras trepaban por la buganvilia que descansa sobre el cuarto de servicio. Claudia, aún dormida, vocalizaba más fuerte ¡¡¡EIAEIEIEIEIAIEAhh!!! Sólo pude apretar su mano y tratar de ponerme al frente de las cunas de los niños. Luego una escaramuza, y ¡el grito de un tercero! breve, seco, al parecer de un infante. Luego pasos cortos en tropel, bajaban  una escalera… ¡¿más abajo del cuarto de servicio de 1 solo nivel!? Un último salto y los ecos de un objeto que… ¿chapoteó en el agua? …

Los gatos regresaron a la habitación, atravesando el mosquitero roto, de un salto gracioso envuelto en una nube de pelos. Se echaron frente a las cunas cual guardianes agitados. .

Los perros callaron, cerré el cristal de la ventana, y me dispuse a dormir tratando de no pensar…  A la mañana siguiente, durante el desayuno le pregunte a mi esposa: ¿Qué soñabas anoche? A lo que me respondió algo irónica y divertida: “jejeje… soñé con un niño como de 10 años que se quería meter por la azotea. Yo le gritaba cosas para espantarlo, porque yo decía que era un diablo que quería robarse a los niños a un pozo que iba a una caverna, jaja, ¿tú crees? ¡Qué loco! Jajaja.

Me equivoqué, mi esposa no es un soldado rosa… es un maldito batallón que está listo aun cuando ella duerme.

 

 

Adalberto Ortega Flores es licenciado en Administración y Negocios Internacionales por la Universidad Bonaterra. Nacido y radicado en Aguascalientes, actualmente  Sales Execution coordinator para Hapag Lloyd Ags. Ex Profesor para las áreas económico-administrativas de UVM, Concordia e Itesm.