El Cafecito


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Fotógrafa invitada, Miriam Georgina Martínez Silva

octubre 15

Miriam Georgina Martínez Silva, (migemasi) Estudió Ingeniera Industrial y tiene una Maestría en Desarrollo de Capital Humano. Es una eterna soñadora con pasión a la vida, por eso le gusta la fotografía, ya que le permite expresar con imágenes lo que siente al estar en algún lugar o con alguna persona… Su lema es ¡Vida, sólo una!

Para contactarla: migemasi@yahoo.com.mx

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Para ti, sí, para ti… una breve carta, por Melina Guadalupe Torres García

parati

Tú, efímera intervención en mi vida,

sí, tú, forastero que no conocía,

olvidarte se ha vuelto una agonía,

secuela lenta de infame encrucijada.

Cada pensamiento sombrío

irreverente a ti se encarca;

a pesar de que no eres mío,

obstinado a ti te llama.

Y parece que me invocaras:

con todas tus fuerzas,

con toda tu alma,

con todas tus ganas…

Te haces presente en mi día,

en las casualidades que me atrapan,

en la canción que me susurra

y en los fragmentos de tu vida

que mi aliento tanto extraña…

Tú, sí… tú, quien ahora lee esta carta,

sabe tú que mis textos ahora son tuyos,

mi promesa se cumple apresurada;

mi voluntad me liberó de tu influjo,

pero mi alma cada vez más te ama.

(del libro Momentos atrapados)

Melina Guadalupe Torres García nació en 1984 en la capital de Colima. Obtuvo el premio “Peña Colorada” 2008 en la Licenciatura de Educación Especial. Publicó por primera vez un texto en colaboración al libro “Vidas Centenarias” de la Asociación de Pensionados y Jubilados del SNTE en el año 2011 y en 2012 publica su primer poemario “Momentos atrapados” con apoyo de la Secretaría de Cultura del Estado de Colima. Actualmente es miembro del Colectivo Cultural “LA CALZADA” en la ciudad de Colima,  en el cual participó en el libro colectivo “Relatos y cuentos” (2014) y en “Antología de cuentistas colimenses” (2015); actualmente es conductora del programa en vivo “Noches de Café” de la Secretaría de Cultura del Estado de Colima y en el programa de T. V.   “El Argüende” en Canal 22 de Quesería, haciendo difusión a eventos culturales.


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Microcuentos insólitos: La lección de Homero, por Luis Buero

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                       “Así, pues, me reprimo y ahogo la llamada seductora que brota del oscuro sollozo. Ay, ¿a quién podremos recurrir? No a los ángeles, ni tampoco a los hombres…y  la noche, la noche, cuando el viento lleno de espacio cósmico nos consume las mejillas…” RAINER MARIA RILKE

Cumpliendo la profecía de la Diosa Circe, Ulises y sus hombres empujaron nuevamente la galera al mar y se embarcaron, presurosos y felices. Perímedes y Creteo ajustaron los aparejos mientras el viento hinchaba las velas con tesón. Los otros marinos se sentaron en los bancos a escuchar la voz de Euríloco, que recordó los oráculos verídicos del tebano Tiresias.

Matías descendió del pequeño automóvil con la carpeta aferrada al pecho. “Si no fuera por Duilio, jamás haría esto” –pensó durante un segundo parado frente a la vieja fachada de la Imprenta Libutti. Un hombre rústico y algo sucio le preguntó qué deseaba y antes que Matías contestara le informó que hasta fin de mes solo trabajarían con facturación y formularios de balances. “No tengo un gran apuro” murmuró el muchacho con timidez, y aclaró: “soy escritor y vengo a pedir un presupuesto para publicar mis poemas”.

Entonces Ulises habló a sus compañeros: “nos esperan serios peligros, la Diosa Circe me ha prevenido que hay tres islas estériles al este de Minerva, que debemos evitar”. Todos se miraron sorprendidos, solo uno se aventuró a preguntar: “¿Por qué razón, noble Ulises?”.

“Mirá pibe, por una edición chica no te convienen nuestras máquinas, son antiguas, pero si vos querés te digo igual cuánto te sale hacer quinientos ejemplares…porque, si son de poemas, para qué vas a hacer más….”

“Si los designios de Neptuno nos llevan a ellas, nos toparemos con las irresistibles pérfidas del hombre” –insistió Ulises ante los desorientados marineros. Y agregó, para convencerlos: “habitan ese diminutos golfo tres sirenas, entre ellas la temible Telxiepia”. Pelías lo interrumpió, excitado: “¿Serán mitad mujer, mitad pez, como reza el mito, esas mágicas cortesanas?”. “Y de ser así –se animó otro- ¿por qué han de embelesarnos?”

El encargado condujo al joven por un sombrío pasillo hasta un gran salón en el que varias dactilógrafas escribían apresuradamente. “Estas son mis diseñadoras gráficas…esperá mientras te muestro algunos libros que imprimimos aquí para las universidades, para que veas el formato…”  Y aguardó, mientras miraba esa orquesta de empleadas interpretando con sus máquinas  un concertado ronroneo gris. A Matías le pareció erótico imaginar que esa habitación era una colmena con cuatro abejas obreras y un recio e infatigable rey. Tras aquella dispersión del pensamiento, su mirada chocó brutalmente con la grave hermosura de Diana.

“Todo lo que Circe me revelara, siempre se ha cumplido” afirmó Ulises encolerizado, y siguió: “debéis creerme, el que se entregue a ese canto delicioso conocerá la locura y la muerte”.

Matías se encontró con su jefe y casi padre sustituto en la agencia de publicidad, le comentó que siguiendo sus consejos, se había animado a publicar sus poemas.

“Con la blanda cera nos cerraremos los oídos, y por si esto no bastara, nos ataremos con gruesas cuerdas a los mástiles” ordenó Ulises. “¡Oh amigos –gritó Euríloco anteponiéndose a su jefe Ulises- “no son nuevos los peligros para nosotros, ya vencimos al Cíclope y desafiamos la sombra triste de Elpenor!, ¡olvidemos por una vez el penoso consejo de Circe!”

“Tengo un serio problema, Duilio, y no sé con quien hablarlo”. Matías se expresó con lentitud, doblegado por una novedosa oscuridad. Duilio le reclamó al mozo los dos cafés antes pedidos, y con toda su templanza se dispuso a escuchar. Matías, algo atemorizado, balbuceó: “la historia es así, me enamoré de una chica, y creo que ella me quiere también….Duilio sonrió y lo detuvo alzando el brazo: “basta, ya me contaste el milagro, ahora contáme lo terrenal  y subsanable”…Matías se inclinó hacia adelante, como si fuera a escupir un elefante, y repartió la frase con pausas: “resulta que la muchacha es… digamos…homosexual”….Matías  se sintió aliviado, como si hubiera descargado en un instante un camión de arena en un patio. Duilio se rió y bromeó: “ah, claro, una chica gay que se enamora de un chico…ya nada es puro como antes…” El mozo los interrumpió y dejó las tazas. Matías llevó un pocillo a su boca y lo tomó en un segundo, pese a que estaba caliente. “Es verdad, Duilio, hace dos años que vive con otra chica, usan un anillito de amistad, es como si estuvieran casadas, ahora su pareja está en Francia por trabajo”….Matías se sostuvo el estómago con las manos. “Creo que me voy a morir de angustia y de tanto que la quiero, pero ella no se quiere separar de la otra”…

En los días siguientes el trabajo fue muy duro para los viajeros. Ulises temía por la vida de sus hombres; el oráculo divino le había concedido la gracia de escuchar a las pérfidas, siendo su única obligación la de permanecer atado a un mástil.  Pero el animoso hijo de Laertes temía la traición o la desobediencia de Euríloco y decidió privarse él también, como ejemplo, del cántico feroz.

“¿Dónde la conociste?” quiso saber Duilio. Matías suspiró hondo, luego relató: “la vi por primera vez en la imprenta donde fui a averiguar precios para editar mi libro. Ella estaba sentada detrás del tercer escritorio”. Y se detuvo como si esta frase lo hubiera atropellado. Duilio destruyó el silencio: “No debe ser gay entonces, sino bisexual, por eso se enganchó con vos pero… ¿dejará a su pareja actual por vos? Ya te dijo que no…. Habiendo tantas minas solas, ¿por qué te fuiste a metejonear con esta, que parece no saber del todo lo que desea?”…

Cuando el cielo se llenó de humo y el mar comenzó a ennegrecerse, Ulises comprendió que la hora anunciada estaba cerca.

Caminaron despacio por el Jardín Botánico, Duilio siguió: “una mujer bisexual, para un tipo como vos, que se enamora entero y da hasta lo que no tiene, es un chocolate muy amargo…”  Matías con su vista entregada al rojo y al verde, no habló, aguardó que Duilio completara lo que estaba seguro que contaría. Y Duilio se lo confirmó: “una vez, cuando era joven, me enamoré locamente de una chica así, y sufrí mucho, terminó dejándome por una mujer, si me permitís un consejo, te sugiero alejarte de ella lo antes posible…” Matías sintió que su corazón era ya una golondrina muerta. Intentó una apelación inútil: “Diana tiene una dulzura, una suavidad, una entrega que viene desde el infinito. Es como la luna”…

Con su espada de metal, Ulises cortó una barra de cera en pedazos; los expuso un buen rato al sol y luego se los dio a los marineros para que los amasaran y aplastaran. Uno a uno se fueron untando los oídos, excepto Euríloco, que trocó su porción de cera por la fluída grasa de los aparejos.

“Vos siempre buscas la pureza en todo” sentenció Duilio, “idealizás con temeraria facilidad, y confundís depresión o tristeza con profundidad”.

Perìmedes atò a Ulises, y Pelías ató a Amitaón. Euríloco se ofreció como voluntario para atar a Perímedes, a Pelias, a Creteo y a Neleo, sujetándose a sí mismo un solo brazo al mástil principal.  Y ocurrió lo que Ulises temía. Al pasar la nave frente a las islas, las sirenas recostadas en la playa, entre restos óseos, arena y cueros podridos, comenzaron a cantar.

“Mi consejo sigue siendo el mismo –insistió Duilio-, no creo que seas el primero en su vida ni serás el último, pero ella siempre volverá con su pareja mujer. No te dejes atraer por ella, te llevará a la locura porque sos muy sensible, y te dejàs devorar por lo imposible”….

“¡Ven aquí, no te alejes, hermoso Ulises!, ¡no sigas de largo con tus bravíos griegos! ¡Deléitate con nuestras sabias voces, oh, fatigado capitán!” gritaban a coro, riendo, las sirenas.

“A no aflojar, a no aflojar” repetía Duilio, “busca el amor en otro sitio”. Y Matías ya no lo miraba, ciego ante el recuerdo de la sonrisa triste de Diana, sus ojos taciturnos, su pelo apenas recogido, sus manos suaves como la seda….

Eurìloco asustado percibió que su corazón se volvía un trompo y forcejeó para soltarse.

Matías entró en el dormitorio de Diana, que estaba hablando por teléfono con su pareja, que la llamaba desde Francia. Diana apenas sonrió y él se le fue acercando, se arrodilló y le abrazó las piernas, luego le bajó el cierre del pantalón, mientras ella le acariciaba y revolvía el cabello. Cuando Matías apoyó sus labios sobre el cuerpo de la chica, ella supo de inmediato que no se trataba de una simple solicitud erótica, sino de la certificación de la entrega total, abismal, irremediable de un hombre a una mujer indescifrable.

Euríloco sintió una mano aferrada a su garganta, el mal multicolor salía a borbotones de su pecho, mientras sus oídos sangraban como cataratas, y él gritaba “¡Duilio!, ¡Duilio!”, pero Ulises y sus hombres tenían sus oídos bien cubiertos,  y ya no podían escucharlo.

Luis Buero es escritor, guionista, periodista de larga trayectoria y docente desde 1990 en el nivel universitario y terciario.

Desde 1971 ha publicado varios libros de cuentos, y de ensayo, ha estrenado como autor distintas obras de teatro, y guionado programas de televisión y de radio, sketches cómicos, e historietas, etc.

Como periodista ha colaborado y lo sigue haciendo con las más variadas publicaciones (revistas, periódicos, diarios on-line) nacionales y extranjeros, con reportajes y columnas de opinión exclusivas.

Obtuvo la Faja de Honor de la Sociedad Argentina de Escritores en 1983 además de otras distinciones por su labor.

Más datos sobre el autor pueden hallarse en el sitio: www.luisbuero.com.ar


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De soledades y solterías, por La Freudiana

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Actualmente, existen gran cantidad de estereotipos acerca de las personas solteras, pues se espera que una vez llegada la adultez se dediquen a buscar pareja, casarse y tener familia, para así poder estar “completas”.

Aquellas personas que por elección o circunstancia no están en pareja, tienen que enfrentarse a cuestionamientos acerca de si están saliendo con alguien y, en caso de sí estarlo, pues para cuándo es la boda… ante lo cual los solteros quieren contestar “¿y para cuándo van ustedes a dejar de ser tan metiches?”. Con esto quiero decir que la sociedad es tan cambiante que hay muchas maneras de vivir la afectividad y la sexualidad y que, desgraciadamente, la afectividad y la sexualidad no se viven siempre como uno quiere, sino que se viven como uno puede.

¿Será la soltería una elección? Desde un punto de vista psicoanalítico esto no puede ser posible, ya que siempre vamos a estar en relación con un objeto de afecto, ya sea a través de la fantasía, el pensamiento, el sexo con alguien más o con uno mismo, las relaciones formales o informales, etcétera. Lo que ocurre con los solteros que dicen serlo por elección es que niegan o reniegan sus propios deseos de vincularse afectivamente con otras personas, ya que inconsciente o conscientemente estar en pareja los coloca en el terreno del dolor psíquico, pues su referente de pareja es alguien que puede causarles daño, o que de hecho les logró causar daño. Así, decidir entre comillas estar soltero o soltera es una manera de protegerse de los hombres y mujeres que “son todos y todas iguales”. Este tipo de solteros por lo regular buscarán satisfacer su sexualidad en relaciones de one night stand, y/o en relaciones tipo free, y también existe la posibilidad de que busquen sublimar su sexualidad estando en relación a un saber o a un quehacer, es decir, dedicarse exclusivamente al estudio o a las artes. Los solteros por circunstancia son aquellos que sí admiten el deseo de estar en pareja, pero que sus relaciones de pareja han fracasado. Se quejan de los hombres o mujeres que no quieren asumir compromisos afectivos, o bien, de que no hay hombres o mujeres para estar en pareja. Son los que más sufren porque aun cuando quisieran elegir, no tienen las opciones para hacerlo, lo cual lleva a la posibilidad de deprimirse, así como de comenzar a considerar la posibilidad de aceptar relaciones que no le hacen bien, solamente por el hecho de no estar solo o sola.

Al respecto, les cuento que alguien comentó en la fanpage La Freudiana que no hay peor situación que estar acompañado con alguien que te hace sentir solo. ¿Por qué la soledad pareciera ser insoportable?

Saber estar solos es algo que aprendemos desde la infancia, la soledad es la capacidad de sentirnos acompañados aun cuando no estemos al lado de alguien.

La terapia psicoanalítica ofrece la posibilidad de poder conocernos más y saber qué posición estamos jugando en torno a la soledad: ¿estamos siendo narcisistas?, ¿estamos defendiéndonos de una posible amenaza?, ¿hay un dolor que no hemos superado?

Dejo estas preguntas en el aire, así como la siguiente frase de Juan Antonio Bernad: “Te recuerdo, por si no habías reparado en ello, que hay tres estados imperfectos, la soltería, el matrimonio y todos los intermedios.”

LaFreudiana es psicóloga y psicoanalista en formación. 

Escritora y locutora de ocasión, da voz cada

semana a sus propios análisis acerca de diferentes temas en

El Diván de la Oveja Negra,

programa que se transmite los miércoles a las 5 pm MX por UC

Radio (Radio de la Universidad de la Comunicación)

http://ucradio.net/


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Un acontecimiento: ¡Serás Papá, amor! Ocuparás el lugar de la Ley, por Enrique Puente Gallangos

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La metáfora paterna introduce la Ley, el orden, los límites, las sanciones. La Ley, la función del Padre es: ser un significante que sustituye a otro significante; separar al hijo de la Madre.

Siempre es complicado recibir noticias, noticias que sean del orden del acontecimiento, ese acontecimiento que todo lo cambia, un epicentro crucial. ¡Serás Papá, amor! es un acontecimiento que todo lo cambia, es una noticia, noticia que comunica y mueve al sujeto comunicado.

Recibir esta noticia siempre es un movimiento telúrico en máxima escala para un hombre, tenga la edad que tenga. Para un hombre de 47 años, con una hija de 17 años producto de otro acontecimiento y otra historia no deja de ser un acontecimiento de máxima escala. El saber que ¡será una nena! es otro acontecimiento, no menos telúrico. Ocupar el lugar del Padre mueve, desestabiliza, angustia; pero para eso está el bendito deseo, para metaforizar toda angustia.

¿Pero qué es lo que angustia? La noticia deja de ser angustia porque es lo que se repite y hace signo, es lo ya vivido y por ello Simbolizado. ¿Qué es lo que angustia? Lo que angustia es pasar de ser receptor de la noticia a emisor de ella. Ahora hay que comunicar la noticia al otro: ¡Mamá, seré Papá por segunda vez! ¡Hija, seré Papá! ¿Saben? ¡Será una nena! Ahora este acontecimiento angustia, angustia al otro. Una madre que ve caído su reino por cuarta vez y una hija que a partir de hoy sentirá la amenaza del otro, pero que hace corte. Pero la angustia regresa, el acontecimiento regresa y hay que hacer el movimiento. Ocupar el lugar de la Ley, la función de Padre, separar. No sólo implica separar a esta nena de su Madre, sino seguir haciéndola con la otra; separa a la Madre hasta de su familia, porque ahora somos una, una nueva familia, extensión de la otra y de las otras familias. Porque aquí está el lugar del Padre, el lugar de la Ley. Un Padre amado y odiado, un Padre metaforizado y sublimado por el amor de una mujer y por su odio. Pero un Padre seguramente odiado y amado por sus hijas. Un Padre que al ser la Ley, introducirá el orden, los límites y las sanciones. Pero sobre todo una Ley. ¡No es para mí, sino para otro!

Ocupar el lugar de Padre para una niña como de un niño implica separar, implica limitar, sancionar y ser odiado. Separa a la madre, a la del Padre; separa a la madre, la de la hija y separar a la madre, la de la nena, ¡vaya tarea! Pero la función Paterna no se reduce a separar, a cortar, a dividir; sino ser Padre implica legislar insignias de identificación que tendrán un papel principal durante las diferentes etapas de las hijas.

Hace 17 años recibí una gran noticia: ¡Serás Papá, amor!, hoy esa noticia se repite 17 años después: ¡Serás Papá, amor! Y ¡será una nena! La función de Padre es posibilitar la condición de falta en la existencia de un sujeto, abriendo un vacío que no puede ser colmado, pero que posibilitara el deseo y la demanda metonímica e inagotable.

La función de Padre, es la de Padre Simbólico como soporte de la Ley, que posibilitara el ingreso de sujeto a la cultura y se instalara el registro de lo simbólico en las niñas. Las niñas que me permitieron ocupar el lugar Padre, el de ellas. Con mucho cariño para ti “María Paula” y para ti “Amada” ¡mis hijas!

Enrique Puente Gallangos es Licenciado en Derecho, Maestro en Derecho Constitucional, Maestro en Psicoanálisis, Especialista en Psicoanálisis para Niños y Adolecentes y Master en Psicoanálisis y Prácticas Socio-educativas en FLACSO Virtual Argentina. Estudia el Doctorado en Derecho en CIJUREP, en la Universidad Autónoma de Tlaxcala. Es además catedrático de la Facultad de Derecho de la Universidad Regional del Sureste y de la Universidad Autónoma Benito Juárez de Oaxaca.


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Todos pasaremos por ahí: Cinco notas sobre la muerte, por Dorismilda Flores Márquez

todospasaremos

La vida, por larga que sea, siempre será corta.

Demasiado corta para añadir algo.

Wislawa Szymborska

Es lugar común decir que las únicas cosas que tenemos seguras en la vida es nacer y morir. Eso no importa, no podemos recordar nuestro nacimiento y, por mucho que experimentemos nuestra propia muerte, no estaremos aquí después para recordarla, así que sólo nos quedan las experiencias de los nacimientos y las muertes de los otros.

*

Mi padre era muy práctico respecto a la muerte. Solía decir, cuando otros morían, que todos tenemos que morir. Más de una vez escuché a alguien comentar: “a ver si dice lo mismo cuando sea él quien vaya a morir”. Lo curioso es que lo dijo, unos días antes de morir volvió a decir que todos tenemos que morir y agregó que él había vivido ya lo que quiso y como quiso, así que podía irse tranquilo.

*

La muerte, esa experiencia tan humana, se vuelve casi artificial en los funerales, en medio de una especie de escenificación del dolor y de la educación. He de confesar que, desde que murió mi padre, no soporto el ritual del pésame. Aquella vez perdí la cuenta de las veces que escuché “te acompaño en tu dolor”, “sé por lo que estás pasando”, “cuentas conmigo para lo que sea”. No nos hagamos tarugos, eso no es cierto. No recuerdo que alguien —además de mi madre— me acompañara en mi dolor cuando regresamos a casa y encontramos vacía la silla en que mi padre solía sentarse a leer; tampoco en la mañana siguiente, cuando nadie me dijo “ya levántate”; mucho menos cuando han pasado tantos años y descubro que todavía se me hace un nudo en la garganta. Por supuesto que agradezco a quienes asistieron al funeral, pero estar ahí y ser solidarios no equivale a todo lo que dicen las frases hechas que nos enseñan a decir. Esas mismas frases hechas las dije muchas veces, hasta que esa muerte me enseñó que nunca sabemos por lo que está pasando el otro, que no lo acompañamos realmente en su dolor sino en unas horas de funeral y que la resignación —si es que llega— no llegará con unas palabras. ¿Será, tal vez, mejor sólo estar ahí con la boca cerrada?

*

Suelo decir que, hasta muerto, tengo que ver a mi padre hacia arriba. En vida fue un hombre alto, de 1.87 metros de estatura. Para sus restos eligió una gaveta a más de tres metros del piso. No le gustaban las lápidas adornadas, prefería el estilo gringo de tumbas simples y blancas sobre pasto bien cortado, pero —al parecer— tampoco le hacía feliz que la gente que pasa suele pisar el pasto, así que eligió las alturas. No es sólo una gaveta lo que veo hacia arriba, la imagen de mi padre quedó tan alta, que recordarlo es también mirar hacia arriba.

*

La muerte siempre recuerda lo corta que es la vida. No importa si quien muere tiene 14 años o 92, queda siempre algo pendiente, algo que nunca se dijo, algo que no se hizo, mucho que se quedó en la mente. Quizás eso es lo maravilloso de vivir, que uno nunca tiene claro cuándo va a irse y que ha de aprovechar muy bien los años, las semanas, los minutos. Al final, lo que uno más recuerda de los que se han ido es la vida cotidiana junto a ellos, las intrascendencias de que se construyen las historias, no necesariamente los grandes acontecimientos.

Dorismilda Flores Márquez es estudiante del Doctorado en Estudios Científico-Sociales en el ITESO y profesora de asignatura en la Universidad Autónoma de Aguascalientes. Fue la editora fundadora en El Cafecito. Es una workaholic declarada. Ama los viajes, el cine, la comida y los libros.


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Microcuentos insólitos: Dos noventa y dos, por Luis Buero

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Asisto en Buenos Aires, todos los días, a una pequeña guerra que por ser repetida e inútil no pierde su ferocidad o violencia. Ha ocurrido mil veces y sucederá infinitamente, y me permito narrarla en tiempo presente pues no tengo ni la más alentadora sospecha de que alguna vez termine. Lo vivo desde niño y ya han pasado más de cuarenta años, y todo sigue igual. Les cuento.

Me levanto temprano, cuando el día es apenas una tierna rama tendida. Mi esposa ha salido a hacer las compras y el agua hierve en una cacerolita quemada y abollada, lista para el mate. Desde el baño, mi hijo contesta mi “buen día”, dicho casi como para no ser oído.

Mientras bebo, acomodo mi corbata y leo dos o tres titulares del periódico. Nada escriben sobre lo que nos pasa, sobre la feroz pugna matutina; abunda un deliberado culto del error, un perezoso desprestigio de la verdad en esas palabras que se comprenden sin ser creídas.

Al salir saludo a dos vecinos y un viento fresco me acaricia los ojos. Miro a la gente que camina indecisa a esta hora en la que todo parece ingrato; son cientos que ni se miran, ni saben que existen. A veces parece que algo irremediable va a suceder, un choque de autos, una pelea callejera, un asteroide que lo aplasta todo, algo así, imprevisto, que ocasione el deshielo, pero no, todo sigue como siempre.

Me detengo en la parada y exactamente a la misma hora, siete y media, dobla por la esquina y lentamente se me acerca. Me pregunto qué venerable semejanza habrá entre este invento argentino y el bus americano, o cualquier otro transporte el mundo. Subo al colectivo, mientras saco boleto doy un vistazo al interior del vehículo. Hay un tipo de camisa blanca, fornido y rústico, que a menudo encuentro sentado en el mismo lugar. Una chica morena con libros de Derecho Civil aparece perpetuamente en el tercer asiento individual, del lado derecho. La distingo por sus labios gruesos y unos ojos húmedos y melancólicos.

Una mirada rápida, que no insiste en recorrer los cuerpos, sirve para el secreto reconocimiento, y de alguna manera desconocida nos saludamos. El colectivo se va llenando y en pocos minutos comenzará la batalla que la cáscara del sueño retarda.

Observando detenidamente noto que hay tres mujeres, cuya edad promedio supera los 55 años, haciendo presión psicológica con sus conversaciones a viva voz y empujones sobre los pasajeros sentados. Les apoyan las carteras en los hombros, especialmente a los varones. Las primeras escaramuzas no son fuertes ni graves, apenas un irónico comentario sobre la poca caballerosidad de los hombres, más alguno que otro pisotón o codazo, son las normales agresiones de esta clase de señoras que, por lo general, pasan desapercibidas para los soñolientos enemigos. Por ahí alguno murmura: “no se acabaron los caballeros, lo que se acabaron fueron los asientos…” y sigue durmiendo. Pero ellas, las que reclaman la igualdad de género y la liberación femenina, cuando suben al “bondi” quieren hacerlo primero y que los tipos les den el asiento. Todo no se puede.

Cuando era pibe pensaba que en un colectivo había solo dos bandos, el de los hombres y el de las mujeres. Con la experiencia que me dio la lucha cotidiana fui descubriendo que los aliados y los contrarios no son asociaciones homogéneas, no forman un grupo unido respecto del sexo o la apariencia física o social. En una gran ciudad, todos somos extraños carozos de la furia. Pero lo que fue agravando el problema es que aquellos horarios “no pico” en los que se podía viajar en un colectivo vacío desaparecieron. El exceso de población, sumado a los cientos de miles que vienen a trabajar a la capital, más la inmigración descontrolada de los países limítrofes, hizo que un puñado de cuadras sea pisado por millones al mismo tiempo.

Por eso, minutos después de lo ya citado, el enfrentamiento dentro del vehículo, tomará otro color. Un ejemplo: ciertas mañanas el punto de partida lo da una mujer que sube en la parada de Coronel Díaz y Soler, con un niño en brazos. Mientras abona su boleto, cada uno de los hombres sentados calcula la posibilidad de que sea otro la víctima de esta inoportuna madre. Desde sus posiciones en riesgo, los atacados descubren barro en los zapatitos de ese niño y deducen que el chico camina, y que es un acto especulativo y vergonzoso de la mamá, llevarlo en andas. Finalmente para evitar alguna conflagración (una vieja que se pone a gritar en contra del machismo pero no se para) un señor le otorga con amable renunciamiento, el primer asiento. Por otro lado hay una calcamonía que lo obliga. Se oyen suaves suspiros de alivio en el resto.

Es bueno reconocer que en Buenos Aires muchas almas hacen lo imposible para que el estado de tirantez, la hostilidad claramente establecida por la incomodidad, no se encienda. Aunque siempre hay jóvenes que se sientan en el piso o frente a las puertas de bajada, impidiendo a la gente descender, o colocan sus pies en lugares donde otros luego apoyaran sus manos o traseros.

Por eso, luego de tantas jornadas, sabemos que la paz no dura mucho. Las mujeres mayores de sesenta y cinco, que corren el colectivo como maratonistas olímpicas, apenas suben comienzan a tambalearse o dejarse caer, para ver si así obtienen el ansiado asiento. Es una estrategia que funciona, pero a veces a costos altísimos. Muchas han logrado el bendecido lugar a costa de una rotura de cadera o cráneo.

El chofer, seguro de que no tendrá que ceder su asiento, se mantiene indiferente a todo, y de vez en cuando se entretiene mirando por el espejo a esa masa aglutinada de seres que apenas respiran, y acomodando un escarbadientes en su boca, sonríe con sorna. Por lo general, escucha programas de chistes vulgares, y música de bailanta.

Si hay algo que realmente nos desespera a todos es ver roncar a un gordo morocho desparramado sobre la quinta ventanilla, mientras nosotros flotamos asfixiados. No solo nos irrita por lo injusto de la escena, sino porque pensamos que el gordo, dormido en su injusta comodidad, bien pudo olvidarse de bajar donde debía y quizás esté ocupando un lugar que ya no le corresponde en tiempo y espacio. Por eso, disimuladamente alguien se encargará de ponerlo en vida con un rodillazo suave en las costillas, que colabora de alguna forma, con el ausentismo obrero.

Los “apoyadores” de traseros femeninos, cada vez son menos, aunque nunca falta el que se liga un estruendoso cachetazo de campo. Las amas de casa, coronadas de ruleros y enarbolando lechugas, aparecen cinco minutos después y son bravísimas. Estas cuarentonas han perdido la primera timidez de la juventud y se apropian del derecho al papelón. Se sienten molestas por tener que viajar paradas diez o quince cuadras para volver del supermercado al que fueron a comprar más barato. Y no desisten en gritar o patalear si al vaciarse un asiento alguien quiere arrebatarles ese fugaz bienestar. Si han adquirido pescado, todos queremos corrernos hacia el interior, pero es imposible, porque no hay donde irse.

Dos carteristas esperan la llegada a casa para hacer su inventario. Cierta ambición desordenada y ridícula actúa como lenta depredadora del ambiente. De pronto un chico se está ahogando con un caramelo en el cuarto asiento. El resto de los presentes mira con distraída altivez cómo la madre se enloquece por salvarlo y aguardan a que desocupen, vivos o muertos, esa porción de colectivo.

Otra vez en el fondo un barbudo defiende a su novia de un chico estilo “wachiturro” que la ha molestado, otro muchacho come semillitas y lupines y ensucia el piso, otro escribe con el dedo sobre la ventanilla empañada, otro sube por la puerta de atrás para no pagar, y otro se aparece sosteniendo una jaula con un tucán.

Mujeres embarazadas, comerciantes con su mercancía, oficinistas, señoritas con el cabello mojado con aroma a crema de enjuague, forman el elenco de cuerpos colgantes. Un vendedor trata de convencernos de comprarle un objeto práctico, útil y necesario. Un hippie insiste en hacernos escuchar como desafina una canción en inglés básico. Pero lo cómico ocurre cuando nos acercamos a la Estación Retiro. Pocas cuadras antes ya todo ha sucedido, los fuertes y persistentes han logrado su asiento y los pasajeros parados se resignan a su mala suerte, esperanzados en que el día siguiente todo sea distinto. Es en ese momento cuando sube una harapienta de olores irresistibles con su carga de bichos y bolsones. El chofer no se lo impide para que no lo acusen de discriminador y por todo aquello de la inclusión que siempre se dice.

Un lento aislamiento se orquesta a su alrededor. Algunos se resisten a perder el bien duramente conseguido, y pretenden soportar el asqueroso aroma, pero es en vano. Estamos cerca de nuestro destino, no es mala idea bajar y caminar unas cuadras.

Ya en la vereda, saboreando el aire fresco de la calle, nos vamos alejando cabizbajos y sin decir palabra. Un muchacho, resistente a la frustración por la edad, atina a darse vuelta y mira con tristeza cómo se aleja el colectivo que lleva a la andrajosa como única pasajera, esa mendiga solitaria que ahora ríe incoherentemente y sin dientes.

Luis Buero es escritor, guionista, periodista de larga trayectoria y docente desde 1990 en el nivel universitario y terciario.

Desde 1971 ha publicado varios libros de cuentos, y de ensayo, ha estrenado como autor distintas obras de teatro, y guionado programas de televisión y de radio, sketches cómicos, e historietas, etc.

Como periodista ha colaborado y lo sigue haciendo con las más variadas publicaciones (revistas, periódicos, diarios on-line) nacionales y extranjeros, con reportajes y columnas de opinión exclusivas.

Obtuvo la Faja de Honor de la Sociedad Argentina de Escritores en 1983 además de otras distinciones por su labor.

Más datos sobre el autor pueden hallarse en el sitio: www.luisbuero.com.ar