El Cafecito

Microcuentos insólitos: La lección de Homero, por Luis Buero

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homero 

                       “Así, pues, me reprimo y ahogo la llamada seductora que brota del oscuro sollozo. Ay, ¿a quién podremos recurrir? No a los ángeles, ni tampoco a los hombres…y  la noche, la noche, cuando el viento lleno de espacio cósmico nos consume las mejillas…” RAINER MARIA RILKE

Cumpliendo la profecía de la Diosa Circe, Ulises y sus hombres empujaron nuevamente la galera al mar y se embarcaron, presurosos y felices. Perímedes y Creteo ajustaron los aparejos mientras el viento hinchaba las velas con tesón. Los otros marinos se sentaron en los bancos a escuchar la voz de Euríloco, que recordó los oráculos verídicos del tebano Tiresias.

Matías descendió del pequeño automóvil con la carpeta aferrada al pecho. “Si no fuera por Duilio, jamás haría esto” –pensó durante un segundo parado frente a la vieja fachada de la Imprenta Libutti. Un hombre rústico y algo sucio le preguntó qué deseaba y antes que Matías contestara le informó que hasta fin de mes solo trabajarían con facturación y formularios de balances. “No tengo un gran apuro” murmuró el muchacho con timidez, y aclaró: “soy escritor y vengo a pedir un presupuesto para publicar mis poemas”.

Entonces Ulises habló a sus compañeros: “nos esperan serios peligros, la Diosa Circe me ha prevenido que hay tres islas estériles al este de Minerva, que debemos evitar”. Todos se miraron sorprendidos, solo uno se aventuró a preguntar: “¿Por qué razón, noble Ulises?”.

“Mirá pibe, por una edición chica no te convienen nuestras máquinas, son antiguas, pero si vos querés te digo igual cuánto te sale hacer quinientos ejemplares…porque, si son de poemas, para qué vas a hacer más….”

“Si los designios de Neptuno nos llevan a ellas, nos toparemos con las irresistibles pérfidas del hombre” –insistió Ulises ante los desorientados marineros. Y agregó, para convencerlos: “habitan ese diminutos golfo tres sirenas, entre ellas la temible Telxiepia”. Pelías lo interrumpió, excitado: “¿Serán mitad mujer, mitad pez, como reza el mito, esas mágicas cortesanas?”. “Y de ser así –se animó otro- ¿por qué han de embelesarnos?”

El encargado condujo al joven por un sombrío pasillo hasta un gran salón en el que varias dactilógrafas escribían apresuradamente. “Estas son mis diseñadoras gráficas…esperá mientras te muestro algunos libros que imprimimos aquí para las universidades, para que veas el formato…”  Y aguardó, mientras miraba esa orquesta de empleadas interpretando con sus máquinas  un concertado ronroneo gris. A Matías le pareció erótico imaginar que esa habitación era una colmena con cuatro abejas obreras y un recio e infatigable rey. Tras aquella dispersión del pensamiento, su mirada chocó brutalmente con la grave hermosura de Diana.

“Todo lo que Circe me revelara, siempre se ha cumplido” afirmó Ulises encolerizado, y siguió: “debéis creerme, el que se entregue a ese canto delicioso conocerá la locura y la muerte”.

Matías se encontró con su jefe y casi padre sustituto en la agencia de publicidad, le comentó que siguiendo sus consejos, se había animado a publicar sus poemas.

“Con la blanda cera nos cerraremos los oídos, y por si esto no bastara, nos ataremos con gruesas cuerdas a los mástiles” ordenó Ulises. “¡Oh amigos –gritó Euríloco anteponiéndose a su jefe Ulises- “no son nuevos los peligros para nosotros, ya vencimos al Cíclope y desafiamos la sombra triste de Elpenor!, ¡olvidemos por una vez el penoso consejo de Circe!”

“Tengo un serio problema, Duilio, y no sé con quien hablarlo”. Matías se expresó con lentitud, doblegado por una novedosa oscuridad. Duilio le reclamó al mozo los dos cafés antes pedidos, y con toda su templanza se dispuso a escuchar. Matías, algo atemorizado, balbuceó: “la historia es así, me enamoré de una chica, y creo que ella me quiere también….Duilio sonrió y lo detuvo alzando el brazo: “basta, ya me contaste el milagro, ahora contáme lo terrenal  y subsanable”…Matías se inclinó hacia adelante, como si fuera a escupir un elefante, y repartió la frase con pausas: “resulta que la muchacha es… digamos…homosexual”….Matías  se sintió aliviado, como si hubiera descargado en un instante un camión de arena en un patio. Duilio se rió y bromeó: “ah, claro, una chica gay que se enamora de un chico…ya nada es puro como antes…” El mozo los interrumpió y dejó las tazas. Matías llevó un pocillo a su boca y lo tomó en un segundo, pese a que estaba caliente. “Es verdad, Duilio, hace dos años que vive con otra chica, usan un anillito de amistad, es como si estuvieran casadas, ahora su pareja está en Francia por trabajo”….Matías se sostuvo el estómago con las manos. “Creo que me voy a morir de angustia y de tanto que la quiero, pero ella no se quiere separar de la otra”…

En los días siguientes el trabajo fue muy duro para los viajeros. Ulises temía por la vida de sus hombres; el oráculo divino le había concedido la gracia de escuchar a las pérfidas, siendo su única obligación la de permanecer atado a un mástil.  Pero el animoso hijo de Laertes temía la traición o la desobediencia de Euríloco y decidió privarse él también, como ejemplo, del cántico feroz.

“¿Dónde la conociste?” quiso saber Duilio. Matías suspiró hondo, luego relató: “la vi por primera vez en la imprenta donde fui a averiguar precios para editar mi libro. Ella estaba sentada detrás del tercer escritorio”. Y se detuvo como si esta frase lo hubiera atropellado. Duilio destruyó el silencio: “No debe ser gay entonces, sino bisexual, por eso se enganchó con vos pero… ¿dejará a su pareja actual por vos? Ya te dijo que no…. Habiendo tantas minas solas, ¿por qué te fuiste a metejonear con esta, que parece no saber del todo lo que desea?”…

Cuando el cielo se llenó de humo y el mar comenzó a ennegrecerse, Ulises comprendió que la hora anunciada estaba cerca.

Caminaron despacio por el Jardín Botánico, Duilio siguió: “una mujer bisexual, para un tipo como vos, que se enamora entero y da hasta lo que no tiene, es un chocolate muy amargo…”  Matías con su vista entregada al rojo y al verde, no habló, aguardó que Duilio completara lo que estaba seguro que contaría. Y Duilio se lo confirmó: “una vez, cuando era joven, me enamoré locamente de una chica así, y sufrí mucho, terminó dejándome por una mujer, si me permitís un consejo, te sugiero alejarte de ella lo antes posible…” Matías sintió que su corazón era ya una golondrina muerta. Intentó una apelación inútil: “Diana tiene una dulzura, una suavidad, una entrega que viene desde el infinito. Es como la luna”…

Con su espada de metal, Ulises cortó una barra de cera en pedazos; los expuso un buen rato al sol y luego se los dio a los marineros para que los amasaran y aplastaran. Uno a uno se fueron untando los oídos, excepto Euríloco, que trocó su porción de cera por la fluída grasa de los aparejos.

“Vos siempre buscas la pureza en todo” sentenció Duilio, “idealizás con temeraria facilidad, y confundís depresión o tristeza con profundidad”.

Perìmedes atò a Ulises, y Pelías ató a Amitaón. Euríloco se ofreció como voluntario para atar a Perímedes, a Pelias, a Creteo y a Neleo, sujetándose a sí mismo un solo brazo al mástil principal.  Y ocurrió lo que Ulises temía. Al pasar la nave frente a las islas, las sirenas recostadas en la playa, entre restos óseos, arena y cueros podridos, comenzaron a cantar.

“Mi consejo sigue siendo el mismo –insistió Duilio-, no creo que seas el primero en su vida ni serás el último, pero ella siempre volverá con su pareja mujer. No te dejes atraer por ella, te llevará a la locura porque sos muy sensible, y te dejàs devorar por lo imposible”….

“¡Ven aquí, no te alejes, hermoso Ulises!, ¡no sigas de largo con tus bravíos griegos! ¡Deléitate con nuestras sabias voces, oh, fatigado capitán!” gritaban a coro, riendo, las sirenas.

“A no aflojar, a no aflojar” repetía Duilio, “busca el amor en otro sitio”. Y Matías ya no lo miraba, ciego ante el recuerdo de la sonrisa triste de Diana, sus ojos taciturnos, su pelo apenas recogido, sus manos suaves como la seda….

Eurìloco asustado percibió que su corazón se volvía un trompo y forcejeó para soltarse.

Matías entró en el dormitorio de Diana, que estaba hablando por teléfono con su pareja, que la llamaba desde Francia. Diana apenas sonrió y él se le fue acercando, se arrodilló y le abrazó las piernas, luego le bajó el cierre del pantalón, mientras ella le acariciaba y revolvía el cabello. Cuando Matías apoyó sus labios sobre el cuerpo de la chica, ella supo de inmediato que no se trataba de una simple solicitud erótica, sino de la certificación de la entrega total, abismal, irremediable de un hombre a una mujer indescifrable.

Euríloco sintió una mano aferrada a su garganta, el mal multicolor salía a borbotones de su pecho, mientras sus oídos sangraban como cataratas, y él gritaba “¡Duilio!, ¡Duilio!”, pero Ulises y sus hombres tenían sus oídos bien cubiertos,  y ya no podían escucharlo.

Luis Buero es escritor, guionista, periodista de larga trayectoria y docente desde 1990 en el nivel universitario y terciario.

Desde 1971 ha publicado varios libros de cuentos, y de ensayo, ha estrenado como autor distintas obras de teatro, y guionado programas de televisión y de radio, sketches cómicos, e historietas, etc.

Como periodista ha colaborado y lo sigue haciendo con las más variadas publicaciones (revistas, periódicos, diarios on-line) nacionales y extranjeros, con reportajes y columnas de opinión exclusivas.

Obtuvo la Faja de Honor de la Sociedad Argentina de Escritores en 1983 además de otras distinciones por su labor.

Más datos sobre el autor pueden hallarse en el sitio: www.luisbuero.com.ar

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