El Cafecito

Memorias de una generación de Normalistas (63–69), por Martha Lilia Sandoval Cornejo

Deja un comentario

SONY DSC

 

La fecha del 4 de julio, es significativa y especial, no sólo porque el país vecino celebra su declaración de independencia, sino porque aquí en México, homenajeamos a la Virgen del Refugio, y porque nos hemos reunido para festejar 45 años de haber egresado de una gran escuela formadora de maestras: la Normal del estado de Aguascalientes. Un momento oportuno para reflexionar sobre el sentido de nuestra vida como personas y como maestras. ¿Quiénes somos? ¿Qué elementos influyeron en nuestra formación? Yo aventuro cuatro factores: el espacio, los maestros, la organización interna de la escuela y el mundo.

 

  1. El espacio físico

Lo primero que informó nuestras mentes y nuestro corazón –incluso sin saberlo plenamente– fue el vasto edificio de pórtico griego –el cuarto de los que ocupó la Normal desde su fundación– y cuyo clasicismo llevamos impreso en el fondo de nuestras conciencias. Edificio que estuvo a cargo del eminente arquitecto J. Refugio Reyes Rivas, y que destaca a partir de sus altas columnas que reciben la primera mirada de los que penetran en su amplio vestíbulo y avanzan hacia los salones que se organizan alrededor de dos patios rectangulares.

En aquellos años –los sesenta– formaba parte del espacio dedicado a la escuela una umbrosa huerta llena de árboles frutales, sobre todo moreras, y una cancha deportiva que se convertía por temporadas en escenario de inolvidables campeonatos de básquet y voleibol. De los patios y salones perpetuamos lo majestuoso, pues embonaba con los hábitos de disciplina y respeto a la figura del maestro, que nos pedía estar de pie cada vez que un profesor entraba al salón de clases. Por su parte, la huerta nos dio la posibilidad de transitar con sencillez y alegría de la niñez a la adolescencia, pues quizá escondiera secretas inscripciones de amor en las cortezas de los árboles; nos regaló la tierra con la que alguna vez tuvimos la peregrina idea de alfombrar un salón y disfrazarlo de café hippi en una kermese y también nos brindó senderos hacia los árboles para hartarnos de moras o recoger violetas. En esos espacios circularon las musas haciendo su callada labor en la alborotada alegría de nuestras adolescencias en formación.

 

  1. Los maestros y maestras

Otra labor destacada fue la de los maestros y maestras. A riesgo de olvidar a algunos, menciono aquellos que dejaron una huella indeleble en la memoria colectiva de esta generación. Mujeres ya ancianas cuando nos dieron clase, como Conchita Maldonado, y jóvenes severas como Chela Robles. A la primera la recordamos llegando al salón en su silla de ruedas, pero cuyos dictados sobre la concordancia entre sujetos y predicados eran tan claros y perfectos como ella. La segunda, joven, seria y severa, imponía gran respeto por sus respuestas rápidas, y por la distancia irónica con la que nos trataba. Ya fuera por lo anterior o por su amor a las ciencias, pero nos hizo estudiar con denuedo cualquier asignatura que impartiera, ya fuera del área de la Física o del Desarrollo de las comunidades. Otro talante era el Rafaelita Jiménez que, con su traje negro de viuda reciente y su modo delicado de hablar, nos trasladaba a otras épocas, despertando sensibilidades modernistas cuando declamaba los versos de Amado Nervo “A mí me gustan las tardes grises/, las melancólicas, las heladas/ en que las rosas tiemblan de frío / en que los cierzos gimiendo pasan / en que las aves, entre las hojas/ el pico esconden bajo del ala”.

El grupo docente femenino, que nos enseñó también a realizar labores manuales y a elaborar alguna receta de cocina, se equilibraba con la presencia de un señor pausado y ponderado, como deben ser los que estudian la Historia y la Antropología. Era el maestro don Alejandro Topete del Valle, que un día nos dio la mejor lección de vida, cuando nos hizo ver que la Historia se escribe para ver la realidad como fue y no para construir mitos. El paradigma en ese momento fue impactante: desde entonces sabemos que Don Miguel Hidalgo, por ejemplo, fue padre de varios hijos, que quizá no siguió las estrategias de guerra más adecuadas, pero que murió con la dignidad de un héroe. Esa misma dignidad la quería nuestro profesor para nosotras, pues nos trataba con la ceremonia que correspondía a otras épocas, cuando los nombres de las mujeres iban acompañados con el adjetivo de doñas. “Doña Magdalena Vázquez”, decía – Deme la clase. Dueñas de nuestro destino lo fuimos y lo somos. Gracias, en parte a ellos, y perdón que no los mencione a todos, porque fueron tantos y nos dieron tantas enseñanzas.

Luego vendrían las lecciones de Etimologías de la maestra Esperanza Andrade, las de Español de Lupita Serna, las de teatro de la Sra. Gelos y las de baile de Imelda Márquez. El ir hacia la raíz de las palabras nos reveló las riquezas insospechadas de la lengua, cuyas palabras la maestra de español no sólo nos enseñó a puntuar correctamente, sino que fue en ese mismo idioma en el que nos hizo debatir y analizar y aún nos mostró los tesoros simbólicos del lenguaje visual. No quiero dejar de mencionar la –desde entonces– inolvidable película Días de otoño, protagonizada por Ignacio López Tarso y Pina Pellicer, porque gracias a sus laboriosos análisis, forma parte de mis recuerdos más preciados. De la señora Gelos, extrañamos sus puestas en escena de La casa de Bernarda Alba . ¡Cómo admiramos la representación de ese mundo femenino, cerrado, impositivo, pero también apasionado y loco! En cuanto al baile, Imelda Márquez nos hizo mover el cuerpo al compás de son jalisciense “La culebra”, del chotís español, del “Can Cán” parísino y El “tico tico” brasileño.

Otra vertiente importante de nuestra formación fueron las materias dedicadas a las Ciencias de la educación, a la Pedagogía, la Didáctica y sobre todo las muy temidas “Prácticas” que formaron parte infaltable de nuestro currículum. Anita Ramírez y sus esquemas sobre las Ciencias de la educación nos informaban puntualmente acerca del desarrollo educativo desde la historia. Otra cosa era ir a practicar y enfrentar a un grupo de 40 o 50 muchachos inquietos. A veces nos iba tan mal, que más de alguna puso en crisis su vocación como maestra.

Sin embargo, un día nuestra vida académica y social se transformó. Llegó un joven recién egresado, sino de la mejor escuela de música, sí de la institución donde el entusiasmo y la creatividad le motivaron a conformar grupos musicales. Apoyado por nuestra directora en ese momento, la señora Carmen Ibarra de Briseño, Óscar Malo realizó la formación de dos grupos: La estudiantina y el Orfeón. Entonces llegaron, para nosotras, el conocimiento de las voces tonales: –sopranos, mesosopranos y contraltos– y los ensayos de las primeras canciones: No tengo edad, La novia y Muñequita linda. Cómo disfrutábamos al cantar, al escuchar las voces que, armonizadas a fuerza de ensayos, apaciguaban la inquietud de nuestras jóvenes problemáticas.

La estudiantina era todavía más alegre e implicaba tocar algún instrumento: guitarra, mandolina, contrabajo, pandero, acordeón, o hasta marimba. Aprendimos a cantar y acompañar alegres canciones como El corrido del estudiante, De colores, y La sirena, sin que nos faltara la dedicada a Aguascalientes mi tierra querida. Otras canciones eran jacarandosas, como la misma tuna, o románticas como Hay unos ojos, o el inolvidable Tema de Lara.

Y viajamos, a la ciudad de México y a otros sitios más cercanos. Salimos a cantar a distintas escuelas, llevamos “gallos” de madrugada, a nuestras madres y a nuestros maestros. Éramos felices. Fuimos felices… hasta la noche del accidente donde perdió la vida una queridísima compañera. . Creo recordar que Óscar Malo publicó, por esas fechas, un pequeño artículo titulado “Rosas rojas para una dama triste”. Quizá fue de otro modo. Pero lo cierto es que la hermana gemela de la compañera fallecida recibió flores y condolencias de todo mundo. Toda la ciudad estaba conmovida. Porque la vida se cobra, y también teníamos mucho que aprender del dolor.

 

  1. – Las alumnas y su organización

Cuando esta generación, formada por dos grupos de cincuenta muchachas cada uno, inició sus estudios en el año de 1963, esta escuela ya llevaba 85 años de haber sido fundada, pues comenzó a funcionar en 1878 –durante el gobierno de Don Francisco G. Hornedo y bajo los auspicios de los letrados del momento, incluyendo el extranjero Alfredo Lewis, el señor Don José Bolado y Don Carlos López Arteaga– y su nomenclatura inicial de Liceo de Niñas había pasado a ser oficialmente Escuela Normal para Maestras.

La experiencia de varias generaciones de profesoras había ido cuajando en una efectiva organización interna de la institución, de manera que ésta contaba con sus estatutos y tradiciones, con la realización ya consecutiva de encuentros deportivos, sociales y culturales. Por tanto, al paso de los años de nuestra vida estudiantil, apenas comenzábamos a darnos cuenta de nuestra propia capacidad de organización, cuando ya había necesidad de hacer frente a varios desafíos, como el de organizar un puesto y adornarlo creativamente, en la más espléndida kermese del ámbito académico local. De manera que este marco de actividades propiciaba el surgimiento de líderes que asumían con desenvoltura las responsabilidades y se ponían al frente de las actividades deportivas, sociales, culturales y académicas. De nuestra generación surgió la personalidad de Cande Mora, muchacha sencilla, pero de gran convocatoria y eficacia en la organización de rumbosos campeonatos deportivos, cuya noche de inauguración, con su desfile de equipos bien uniformados, y bajo las miradas de los preparatorianos, valía todas las penas.

Los estatutos dictaban que cada año hubiera renovación de la Mesa Directiva, grupo que se encargaba de organizar todos los eventos del año y sobre todo la fiesta de clausura de los seis años de estudio. Nada podía ser más atractivo que lograr las ansiadas directrices. Había actividad electorera y respectivas elecciones. Ese año, 1969, marcó el triunfo de la Planilla Negra, cuya campaña, llena de creatividad juvenil y traviesa, incluyó la impresión de huellas de pies negros por los dos patios de la escuela. La señora directora llamó la atención de ese grupo, que encabezaba Alicia Ávila Storer, pero no pudo evitar nuestro éxito rotundo. Ese año lo organizamos todo. No sabíamos que lo que habíamos ganado. Eran sólo trabajos. O… experiencia.

El periódico mural, por ejemplo. Un día nos causó la reconvención de un inspector, pues a alguien se le ocurrió que podíamos poner, en la parte central, como ejemplo de maestro. a Cristo Jesús. Esta iniciativa fue el reflejo de la entusiasta religiosidad, propia de aquellos años de renovación posconciliar, en los que salíamos de las Jornadas de vida cristiana con todas nuestras convicciones religiosas al rojo vivo. Por otra parte, el periódico impreso Ecos estudiantiles, de cuyas dos únicas ediciones estuve al cargo en 1969, nos costó un trabajo impresionante, pues había que rogarles a las compañeras para conjuntar los artículos, luego llevarlos a la imprenta de don Daniel Méndez Acuña y por último, buscar los apoyos económicos de los patrocinadores, pues aunque el periodiquito costaba solo 20 centavos, no todas los querían pagar. Pero, desde entonces quedé impresionada de las inmensas posibilidades de la palabra impresa. Desde entonces, también le guardo una inquebrantable gratitud a mi compañera de andares editorialescos: Teresa Villalobos.

 

  1. – El mundo

Nos tocaron unos años cruciales. Los años de nuestra formación estuvieron marcados por el asesinato de Jhon F. Kennedi en 1963 y los Juegos Olímpicos y la matanza de Tlalteloco en 1968. En medio estuvo la renovación de la Iglesia católica a raíz del Concilio Vaticano Segundo, que a nosotros nos llegó a través de las mencionadas Jornadas y los cantos alegres, poderosos y rítmicos de la Misa de Juventud. A nivel de la escuela, las Normales del país luchaban por configurar un currículum adecuado al nuevo perfil deseable en el maestro. Se quería un maestro que no sólo enseñara a leer y a escribir, sino que fuera promotor del bienestar de la comunidad. Nos llegaban libros de la Normal de Cd. Guzmán, que habían sido elaborados por los propios alumnos. Empezamos a investigar, en las clases se armaban debates. “Juicio, sentido común”, nos aconsejaba el maestro Federico Esparza, quien por otra parte nos invitaba a leer Casi el paraíso de Luis Spota. La emoción crecía por momentos. Nos sentíamos como pájaros a punto de emprender el vuelo.

Y lo emprendimos. Salimos al mundo del trabajo hace 45 años y aquí estamos de nuevo en el mismo edificio que nos cobijó tantas horas, tantos días e incluso noches (porque recuerdo una fabulosa piyamada), haciendo una remembranza, pero también un recuento y una reflexión ¿Quiénes somos ahora? Me atrevo a decir que somos una generación exitosa. Un grupo en el que muchas de nosotras todavía no abandonamos el campo de trabajo, más por gusto y por convicción que por otras razones. Quiero decir que somos una generación que aprecia las diferencias y las valora, y así nos enriquecemos con las propuestas culturales, económicas y de asistencia a la comunidad de varias de nosotras. Y por último, me complace decir que somos una generación agradecida, con la vida que Dios nos da y nos quita cuando Él quiere, con nuestros maestros y con el tiempo que nos ha tocado vivir.

 

 

 

Martha Lilia Sandoval Cornejo, nació en Aguascalientes en 1950. Maestra desde hace más de 40 años, es autora, entre otros, de Los tiempos del caracol y El amoroso tic tac de los relojes.

 

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s