El Cafecito

Leer a García Márquez, por Arlette Luévano Díaz

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Era 1988. Mi maestra estaba leyendo un libro rarísimo, dijo, donde el nombre de los personajes se repetía muchas veces y luego ya no sabías quién era quién. Para mí eso fue suficiente. Claro que iba a leerlo, claro que averiguaría que misterio había en ese libro.

Llegué a García Márquez a través de Cien años de soledad. Puedo decir que sus libros afectaron profundamente mi vida.

El pelotón de fusilamientos, la alquimia, Macondo y sus almendros, los pescaditos de oro, los daguerrotipos, las mariposas amarillas, los santos en el dormitorio, las hormigas carniceras. Nada de eso existía en mi mundo hasta que leí a García Márquez. Y tomé sus libros porque ya nunca podría cerrar los ojos a esas maravillas. “Las cosas tienen vida propia”, decía Melquíades, “todo es cuestión de despertarles el ánima”. Y así mis ojos se llenaron con sus letras.

Después se volvió tan mío que no era fácil distinguir de quién era una imagen, una anécdota. Yo iba por las calles escribiendo “Ojos de perro azul” para que me encontrara aquél que me soñó. Sé que “la fatalidad nos hace invisibles” y los amores contrariados huelen a almendras amargas. El coronel tiene el rostro de uno de mis tíos. Tengo una idea clara de cómo dirigiré algún día la Diatriba de amor contra un hombre sentado. Los secuestros y naufragios tienen una belleza mercurial. Me quedé esperando la segunda parte de Vivir para contarla.

Una vez se presentó la oportunidad de ir a conocerlo. Sólo hacía falta un pequeño viaje a una ciudad cercana. El viaje que no realicé, representa los grandes e infortunados hubiera que se repiten constantemente en mi destino.

El día de su muerte salí de la ciudad. El paisaje era rulfiano. Llegué a una casa parecida a la de Rosa Cabarcas, pero que siempre estuvo abandonada. Su nombre me llegó como un rumor, en el estremecimiento por su ausencia, en la nostalgia anticipada. En la eternidad de su magia. El día de su muerte descubrí que no tengo casa, que he vivido siempre en una que no me pertenece. Y así, como alguna de sus protagonistas, me dejo invadir por el calor y me voy a soñar a otra parte.

Este año, de luna roja y grandes pérdidas.

 

Arlette Luévano nació en 1976 en Aguascalientes, México. Ha publicado los poemarios Casi Verde, Rituales, Apostillas Negras, Tercera Persona, Informes sobre Trenes que llegan y desaparecen, Casa en Ruinas y No basta con nombrar al llanto llanto.

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Un pensamiento en “Leer a García Márquez, por Arlette Luévano Díaz

  1. “Su nombre me llegó como un rumor, en el estremecimiento por su ausencia, en la nostalgia anticipada. En la eternidad de su magia.” Gracias Arlette, por este texto y porque sí. Las anécdotas se confunden y uno ya no sabe, ¿y cómo sabremos ya sin Gabriel? Desde esta casa que tampoco es mía, pero que habito.

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