El Cafecito

El obrero va a casa, por Carlos Rangel

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La luz roja se encendió y la fila de obreros se detuvo. Camilo miró alrededor con ojos bovinos, vio las nucas rapadas de otros empleados y el gris de sus trajes. La pared de concreto reforzado mostraba un “06” pintado con gruesas líneas azules que contrastaban contra el blanco del muro. En algún lugar, un relevador fue activado con el habitual sonido eléctrico y la luz pasó al verde. La gruesa puerta de acero se levantó descubriendo el hangar. Afuera esperaban los transportes alineados con precisión milimétrica por los sensores de posicionamiento, y las filas de personal humano en espera de ser conducidos por los autómatas hacia su vehículo designado. Una jornada más de trabajo había llegado a su fin después de setenta y dos horas de labor, el operario podría volver a casa, dormir y recuperarse del uso de drogas para perpetuar la vigilia.

Se preguntaba cómo es que los trabajadores del pasado sobrevivían en sus puestos, antes de que el gobierno global legalizara las dosis controladas de “antisopor” y “microglobulina” en los empleados de diversas industrias. Un androide lo interrumpió de sus conjeturas interponiendo el brazo mecánico entre él y la obrera que caminaba en frente. Se detuvo. Vio a la mujer sentarse en el lugar que salía por uno de los costados del autobús, para ser asistida por dos autómatas en la colocación de cinturones y en la activación de la jeringa de sueño. El asiento se replegó dentro del vehículo movido por brazos robóticos, tras lo cual la pared del transporte se deslizó dejando el logo de la empresa, LangloisTecnologics, frente a Camilo.

El camión se deslizó con un sonido silbante para dejar el lugar a otro vehículo. El transporte nuevo se estacionó frente a las filas de obreros en silencio, con luces amarillas parpadeando en lo más bajo de la carrocería y los sensores ópticos haciendo mediciones de la distancia a la plataforma. Camilo fue conducido por un androide que lo situó junto al asiento que bajaba hasta su altura, después de que la pared del vehículo se replegara hacia atrás descubriendo los lugares. Se acomodó sobre la superficie sintética acostumbrado a los dedos fríos que le acomodaban la nuca sobre el cojín. Un sonido eléctrico traspasó su cráneo cuando la aguja del sueño entró en su cabeza por el puerto implantado sobre su cuello. Sus párpados cayeron, mientras los sonidos neumáticos de la maquinaria a su alrededor se perdían en la inconsciencia.

Se ocuparon el resto de las plazas y los obreros fueron transportados fuera del complejo por la inteligencia artificial del vehículo, que tenía implantada dentro de sus circuitos toda la información de rutas y tráfico terrestre a esa hora, las cuatro de la mañana. Atrás quedaron los autómatas diligentes que acomodaban empleados dentro de asientos y los demás camiones sin chófer que llevaban su carga hacia los conjuntos habitacionales. El autobús se movió por la ciudad, donde las calles oscuras eran iluminadas por faroles parpadeantes que lucían letreros obscenos y consignas contra el gobierno mundial. El vehículo se movió por caminos subterráneos, vecindarios abandonados a causa de la radiación y donde sólo se metían a vivir los desposeídos, parques fortificados en donde se permitía la entrada a una persona cada mes, en un horario preestablecido, y un determinado número de minutos. Una serie de edificios idénticos salvo por el número de control y el color del logo que la corporación había puesto sobre las paredes, recibió a los transportes.

Las agujas de sueño se retiraron en silencio, introduciéndose de nuevo en las almohadillas sintéticas. Camilo abrió los ojos, al tiempo que un costado del transporte automático se desplegaba dejándole ver el edificio “G32”. Un androide le ayudó a quitarse el arnés. Se movió lejos del vehículo mientras se rascaba el cráneo rasurado al tiempo que veía las hileras de armazones plegándose dentro de las entrañas del autobús con un sonido mecánico. Camilo echó a andar en medio del rebaño de obreros que buscaban sus edificios, moviéndose automáticamente sobre el empedrado y entre las jardineras de pasto cortado.

Llegó a la puerta del “F16” y esperó a que otro hombre fuera admitido por la puerta automática. Después se acercó al sensor de presencia y dijo su número de empleado como lo había hecho la jornada anterior y como lo haría la siguiente. Dentro de su cubil, se despojó con lentitud de la camisa gris para dejarla caer sobre la compuerta de lavandería, que iba hasta el contenedor bajo la superficie, donde las ropas de todos los empleados de la zona se juntaban y eran limpiadas por máquinas automáticas. Después de quedar en ropa interior fue hasta la plataforma de acero reforzado que le servía de cama y era sujeta a la pared por líneas de carbono. Se quedó sentado unos minutos pensando en cuánto tiempo faltaba para que le fuera permitido entrar en la alberca pública, y en si su horario coincidiría con el de la linda muchacha que había visto el mes anterior. No podía olvidar la forma en que el traje de nado ajustaba sobre su cráneo ovalado y calvo.

Antes de dormir su mente divagaba sobre la forma en que los operarios vivían en el pasado, antes de que todas las maravillas tecnológicas simplificaran la vida del hombre. Pero se detuvo, temeroso de que los sensores que medían la actividad cerebral detectaran en él pensamientos no permitidos dentro del horario establecido para imaginar.

 

Carlos Rangel es narrador, nacido en Aguascalientes, Ags. Licenciado en Ingeniería en Mecatrónica por la UPA, le gustan los gatos y hacer sandwiches tostados. Practica ju jitsu y otros estilos de pelea, le gusta leer. Fue becario del FECA en el 2008

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