El Cafecito

Está en la azotea… por Adalberto Ortega Flores

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Estoy casado con una mujer, bonita, dinámica, inteligente y admirablemente incansable. Parece un soldado de uniforme rosa.  Ella tiene 2 perros y yo dos gatos. Al casarnos tuvimos tres hijos por lo que   necesitábamos mucho espacio. Mis padres nos prestaron una amplia casa, que tenían algo abandonada. En agradecimiento nosotros la restauramos, les ahorramos el gasto de velador y los servicios. Aunque faltan arreglos por hacer: con 2 jardines llenos de flores, 2 cubos de luz, la casa va recuperado mucha vida, hasta los perros tienen un espacio techado, y los gatos conviven con nosotros en el interior de la casa y jardín trasero donde hasta hay un cuartito de servicio. 

La casa es relativamente nueva, pero fue construida sobre una antigua huerta que existía más allá de la fundación del pueblo. Dicen que en esa huerta había una noria, que conforme la cantidad de habitantes fue aumentando, fue necesario hacerla más profunda. Al final se convirtió en un ancho pozo con una escalera de tierra corría en espiral hasta llegar al fondo.  Según mi papá, fue tan profunda que al arrojar el cubo, si sacabas todo es sedimento posible, podías encontrar pequeños pececillos regordetes y ciegos, que en el lugar de los ojos tenían unos callitos. Yo creo que esos peces venían de lugares más profundos y oscuros donde los ojos no sirven de nada. El pozo debió alcanzar una cueva o algo así.

Dicen que una vez un niño bajo a tomar agua, pero nunca salió. Simplemente se sumió y desapareció.

Pasó el tiempo, y con la modernidad, la huerta desapareció, llegaron las tuberías, la noria se tapó, y mi papá compró parte del terreno donde construyó su casa. Creo que la noria debería estar en parte, bajo el cuarto de servicio y en parte en los jardines de los vecinos.

Una noche, cuando mis bebés, Claudia y yo ya dormíamos, los ladridos de los perros me despertaron. Claudia estaba exhausta, por lo que el sonido no surtía efecto. Al mismo tiempo los gatos llegaron a la puerta del cuarto, y empezaron a maullar tímidamente, casi de inmediato, ladridos y maullidos se hicieron fuertes e histéricos; primero uno y luego los dos gatos iniciaron a rascar la puerta, con ansia por atravesarla. Así que tratando de que la familia conservara el sueño, me dispuse con enfado a poner en orden a las mascotas. No había llegado a la puerta cuando me di cuenta que los perros ladraban en dirección al jardín que compartía el cuarto de servicio y la recámara donde estábamos. La reja los detenía de destrozar lo que ahí hubiera.  Entonces Claudia aun dormida, empezó a vocalizar sonidos sin sentido: aeah eah iah! ¡ih! Aeh eahh! ieaeaeaaaiehhh!

Mis pasos cambiaron en dirección a ella, le tomé sus manos y le dije: tranquila, es un sueño, estoy aquí contigo. Ella me contestó sin despertar y con mucho sentimiento: ¡Está en la azotea del cuarto de servicio, tengo que espantarlo!  Sentí como hasta el más escondido de mis vellos se erizó, mientras la sorpresa y las dudas invadían mi cabeza, desplazando cualquier signo de sueño.

Un gato se arrojó a la puerta de la habitación abriéndola. Los ojos de ambos felinos destellaron en la oscuridad al hacer una breve pausa para identificar su camino. La gata con un maullido terrorífico se arrojó contra el oxidado mosquitero, atravesándolo. El gato la seguía bufando cual grito de guerra. Sus ojos brillaban aun más al mirarme mientras trepaban por la buganvilia que descansa sobre el cuarto de servicio. Claudia, aún dormida, vocalizaba más fuerte ¡¡¡EIAEIEIEIEIAIEAhh!!! Sólo pude apretar su mano y tratar de ponerme al frente de las cunas de los niños. Luego una escaramuza, y ¡el grito de un tercero! breve, seco, al parecer de un infante. Luego pasos cortos en tropel, bajaban  una escalera… ¡¿más abajo del cuarto de servicio de 1 solo nivel!? Un último salto y los ecos de un objeto que… ¿chapoteó en el agua? …

Los gatos regresaron a la habitación, atravesando el mosquitero roto, de un salto gracioso envuelto en una nube de pelos. Se echaron frente a las cunas cual guardianes agitados. .

Los perros callaron, cerré el cristal de la ventana, y me dispuse a dormir tratando de no pensar…  A la mañana siguiente, durante el desayuno le pregunte a mi esposa: ¿Qué soñabas anoche? A lo que me respondió algo irónica y divertida: “jejeje… soñé con un niño como de 10 años que se quería meter por la azotea. Yo le gritaba cosas para espantarlo, porque yo decía que era un diablo que quería robarse a los niños a un pozo que iba a una caverna, jaja, ¿tú crees? ¡Qué loco! Jajaja.

Me equivoqué, mi esposa no es un soldado rosa… es un maldito batallón que está listo aun cuando ella duerme.

 

 

Adalberto Ortega Flores es licenciado en Administración y Negocios Internacionales por la Universidad Bonaterra. Nacido y radicado en Aguascalientes, actualmente  Sales Execution coordinator para Hapag Lloyd Ags. Ex Profesor para las áreas económico-administrativas de UVM, Concordia e Itesm.

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