El Cafecito

D’ Gordillo, por Richard Nowell

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Ahora con tanto bombardeo por parte de los medio, me pareció importante resguardarme un poco de tal, y reflexionar al respecto:

Ahora con tanta noticia sobre lo mismo, lo más preocupante creo yo, no es siquiera que la Gordillo haya estafado a su gremio con una cantidad que no es la que figura en los medios (los que se han interesado en indagar un poco, saben, o al menos sospechan que tras más de veinte años en la dirigencia nacional del SNTE, ese monto resulta ridículo), ni tampoco me alarma que todo esto pueda ser una cortina de humo para las reformas que se avecinan, ni el cómo se logró cambiar los reflectores del tema de la reforma educativa, a la cual eficazmente supieron restarle importancia.

Lo más indignante es que aún y después de tantos años de corrupción y desfalco a su “séquito”, éste haya desarrollado una dependencia hacia la lidereza que tanto daño les ha causado; una dependencia comparable únicamente con el famoso síndrome de Estocolmo, donde el vínculo y lealtad que el capturado le prodiga a su captor, a ojos externos, resulta absurdo. Pero no es así, no creo que este síndrome pueda manifestarse en grupos sociales tan extensos como el sindicato en cuestión (si algún sociólogo llegar a leer esto, que me corrija al instante, se lo agradeceré [corrijo: investigando un poco resulta que es factible rastrearlo en las empresas, lo cual me hace suponer que existe la posibilidad de que en determinados grupos sociales también se pueda presentar], aún así, permítanme continuar en la misma línea), lo que a mi parecer sucede aquí, es una consecuencia del germen propagado desde hace décadas en toda la república mexicana; “la adulación al dinero por sobre cualquier otra -cosa-”, presente en cualquier ámbito de nuestras vidas: todos los días somos testigos de una o de otra forma como la admiración hacia los artículos de lujo nubla nuestra capacidad para dilucidar la proveniencia de tales artículos, en palabras de mi abuelo; a nadie la importa cómo es que aquel señor ha logrado comprarse ese carrazo, de lo que todos hablan, y lo único que importa, es lo chingón que se ve cuando lo maneja por la avenida. Eso, es lo más repugnante: adular, apoyar y reconocer públicamente a un líder de esta clase, sin importar todas las pruebas que existan en su contra. Es un acto de desvergüenza, un acto que raya en lo salvaje (según la RAE, este adjetivo se utiliza para nombrar personas tercas, necias, zafias o rudas, de igual manera cuando se hace referencia a pueblos primitivos y a sus integrantes), presente en lo cotidiano de nuestras vidas, tan presente, que se ha vuelto parte de nuestro pasado, razón por la que es visto de manera (desafortunadamente) común y corriente. Acá, el que no tranza, no avanza, por lo tanto, todos quieren apoyar o estar cerca del ratero con más prestigio, a ver si se le cae alguna borona, sin importar si nos embarramos las manos en el proceso, al fin y al cabo, lo importante es eso, atiborrarnos de lujos sin importar el costo. Al fin y al cabo, cuando nos llamen a declarar, o incluso llegado el momento en que la historia nos juzgue, pasaremos desapercibidos: Acá, los ladrones son vistos como gente exitosa, y para prueba, tenemos mucha tela de donde cortar entre tanto y tan exitoso representante público.

 

Richard Nowell es estudiante de la licenciatura de Lenguas y literaturas hispánicas, miembro activo de la Semich, miembro honorario del CCMO (Círculo Cultural Melchor Ocampo)

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