El Cafecito

El uso de la palabra inevitable, por Roberto Quevedo

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Aquella ocasión bebimos café como si fuera a terminarse la vida en el fondo de las tazas, como si la infusión que nos habían servido fuera la última. La tarde ya condenada aparecía con un brillo raro, los colores eran ajenos: desleídos y a la vez espesos, decantados quizás por la espuma de aquella bebida cuyo espíritu circulaba por nuestras venas. Íbamos hablando de Kafka, estoy seguro. Gallo se despidió con una pantomima de mano sobre su cabeza que lo despeinó aún más y lanzó su inseparable libro de Nietzsche para atraparlo de inmediato en el aire con un dejo saltimbanqui que en aquel momento me pareció normal. Luego, con una zancada que sobrepasó una nube con forma de cetáceo, se alejó hacia las alturas. El sol cayó pesadamente detrás de la torre de San Antonio y el cielo comenzó a teñirse con ese morado que en esta tierra es tan común. La noche bosquejaba algunas de sus constelaciones como si fueran mapas desordenados por luciérnagas circulares. La luna de ámbar líquido se descompuso en un cósmico huevo estrellado para abrir ventanas de lejana bruma en los extremos del horizonte. Ninguno de los dos cruzamos palabra cuando el tren descendió justo desde el cenit. Sabíamos que esta era la última oportunidad. Se detuvo exactamente a la mitad de la calle de Zaragoza, usando las aceras laterales a manera de andenes. De pronto aquel rincón de la ciudad se llenó de exasperados pasajeros: dos hormigas cargando maletas que pesaban al menos quince veces más que ellas mismas, una serpiente con tres o cuatro mudas de piel muy bien dobladas, un guajolote acomodándose las recién compradas plumas de pavorreal, un ratón con un saco lleno de dientes, dos salamandras con sus respectivos encendedores, una sirena con ocho cambios de cola y seis pares de zapatillas por si acaso, tres flamencos que se retocaban entre sí el fucsia con pintura en aerosol. Nos acomodamos con prisa en el extremo de la fila. Detrás nuestro llegó una familia de loros que olían a limón; los loritos brincaban y gritaban sin parar, mientras que a la mujer se le iba el pico recriminando al marido: que si había metido las plumas rojas, que si se acordaba bien del discurso de recepción, que si llevaba la corbata azul, que si esto que si lo otro. Con tanto barullo me comenzó a doler la cabeza, así que fui corriendo por unas aspirinas a la farmacia de la esquina que estaba aún abierta. Si mal no lo recuerdo tardé apenas dos minutos, pero al volver la multitud de impacientes viajeros ya te había empujado dentro del vagón. Yo me quedé allí, a la mitad del andén, gritando tu nombre, manoteando desesperadamente. Sin embargo la primera persona que inventó la palabra “inevitable” lo hizo con un motivo específico y para nombrar algunas cosas que tienden a ser fatídicas.

Roberto Quevedo es escritor y editor. Su página: http://www.robertoquevedo.net.ms/

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