El Cafecito

Poemas, por Ricardo Esquer

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DONDE YA NO PODEMOS TOCARTE

A Juan Pablo de Ávila

¿Qué quieres que te diga, Juan Pablo?

Empiezo a sentir el peso del silencio.

Saber que ya no escucharé la voz de los amigos.

Años atrás fue la separación natural de dos rumbos.

Dos mares unidos por la memoria –fueron muchos años–

de una comarca protegida por dos ríos antiguos, lentos.

Y todas esas imágenes de un mundo desaparecido, no sé si para siempre,

que tal vez en realidad jamás existió, al menos para nosotros.

Pero cómo impresionan sus estampas postales, ocasos magníficos,

majestuosos panoramas, ilustraciones fehacientes de lo tan mentado,

necesariamente valiosas en el mercado de las palabras

que intercambia la gente que se quiere. Tal vez –otra vez–

hasta que aprendamos a querernos mejor.

Sin recurrir a tantos arrumacos y baboseos para saberlo cierto.

Y una mirada de nerudiano recuerdo fuera bastante,

una palabra para sabernos vivos.

Hasta que decir orden establecido tenga un sentido verdadero.

No el desorden establecido al desnudo con la hoja de parra verbal.

Luego se anuncia tu separación en un diagnóstico jodido.

Pero el verdadero cáncer queda entre nosotros,

crece cada vez que renunciamos a creer en la voz,

el resplandor callado por la miseria en que nos obligan a vivir

los asesinos de siempre, a los que nunca rendiste tu corazón y tu palabra

impecables mientras estuviste aquí

y victoriosos ahora que nos hablas desde allá

donde ya no podemos tocarte.

CANCIÓN DEBIDA A LADISLAO JUÁREZ

Ahora sí le tengo envidia, maestro Juárez:

homenajes de las autoridades estatales y municipales,

artículos y fotos, entrevistas y reportajes por tele y radio

y hasta su nombre en un jardín público, justo en el centro de la ciudad,

donde queremos hacer cosas para tenerlo presente

cuando toquen los músicos y los teatreros actúen,

canten los poetas y los pintores atrapen la luz de aquí,

donde tanto se ríe celebrando la vida clara.

Siempre lo supo, maestro Ladislao: la mejor libertad es la que se ejerce

en lo más importante para el hombre libre; su secreto fue cómo hacer

para no darse importancia, estar en el ambiente con la ligereza de una nota,

corazón de la fiesta, impulso para la marcha y la danza, el espectáculo

del cuerpo en movimiento, de la imaginación alimentada de sí misma,

el sueño realizado, la realidad transformada por una ilusión

presentada en una imagen tal que sólo podemos agradecerle, Chato Juárez.

Porque siempre dejó una alegría en quien cruzaba su camino; era saludable

el desparpajo con que llevaba el agobio de cada jornada

como si nada malo sucediera y todo se pudiera resolver frente a un teclado,

porque usted es un jornalero de la música, alguien capaz de construir

con sonidos una casa de muros firmes y elevados techos, amplios corredores

y un patio donde la luz armonizada nos entrega la dosis justa de tranquilidad,

eso que brota en cada uno sólo con estar entre la fuente de azulejos

y las macetas de barro, las guitarras en las paredes y las ganas de cantar,

brindando por el gusto de estar juntos nuevamente, en el corazón.

Pero no hay trucos ni secretos en la claridad hermanada con la sombra,

la concordia entre sonidos y silencios y entre los sonidos mismos,

cómo se repiten y varían, crecen o se achaparran, si es que el volumen

puede medirse como la estatura; la clave está, como cualquiera sabe,

en la cotidianeidad, atender lo novedoso de cada momento del día

con la disposición al movimiento de quien camina por un cerro cada mañana,

incorporar el teclado al cuerpo músico, extender la voz en las manos

capaces de levantar las ruinas en que dejan el mundo los verdaderos muertos,

hacer una canción de vida –no por deberla, sino por el vuelo– donde es debido:

donde resuenan los gestos de cada día cuando nuestros días pasan

y sigue siendo la luz el único misterio de la dicha.

Ya no le tengo envidia, maestro Ladislao, Chato Juárez;

me perdería su enseñanza póstuma: cómo darle vida

a lo que debería ser la vida y se deshace al menor descuido;

el mundo es menos grato cuando el artista no sabe lo que hace,

la libertad se estrella contra el suelo, cuesta soñar pues todo es mercancía

y si seguimos distraídos podemos terminar completamente pobres,

llenos de envidia y de necesidades. Y qué caso tiene.

Mejor cantemos juntos; venga.

Ricardo Esquer (Cd. Obregón, Sonora, 1957). Poeta. Algunos de sus títulos son: Tejidos, Marchar, Desatino y Cabellos de un astro muerto. Es autor de la antología literaria Aguascalientes, estancias y senderos (poesía, novela, ensayo y teatro): 1847-1991, publicado por Conaculta en 1993.

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