El Cafecito

Estación Costera 135, por Roberto Quevedo

2 comentarios

La mar, decidida, salió un día de casa para visitar la ciudad de sus antepasados. El viaje era arduo; había que recorrer desiertos, montañas, despeñaderos complicados. Después de un recorrido fatigoso, llegó a la estación de trenes muy temprano y tomó asiento en un sitio a lo largo de una baranda. Se quedó ahí quieta mucho tiempo. Pensaba en su propio pasado y se daba cuenta de que ya había olvidado gran parte de su vida ¿Quién fue aquél, su primer amante?, ¿dónde permanecía la mirada de su madre al caer la noche?, ¿de qué color fue esa diadema que se negaba a abandonar en la memoria de la infancia? Mientras se hacía estas y otras preguntas, la mar se alisaba el cabello con sus dedos blancos y lloraba un poco, discretamente, mirando al horizonte una vez y otra. Su vestido zarco se extendía desde el andén hasta el pacífico, cruzando el pequeño pueblo costero que había tras ella. Entre los encajes las personas trataban desesperadamente de alcanzar la orilla de las tierras más altas; bajo los tules, los cuerpos de los ahogados comenzaban a retornar a la superficie; había balsas varadas con rescatistas en los plisés y maderos flotantes en los hilados a los que algunos sobrevivientes se aferraban aún. La mar pensaba con alegría en su viaje. Ya se imaginaba subiendo al tren, tomando asiento al lado de una pareja feliz, delante de algún niño que no pararía de saltar hasta quedar rendido de sueño. Miraba al horizonte de nuevo en espera del ferrocarril, después al cielo y luego al horizonte otra vez. Pero Los trenes —ella lo ignoraba o también lo había olvidado— ya no existían: habían desaparecido años atrás, bajo asuntos de ignominia y mezquindad. Por ello el fantasma de la mar puede verse aún en la Estación Costera del Golfo 135 durante los días de hastío y sol de agosto, justo antes que la luna llena hurgue la sombra de las vírgenes viejas para hacerlas llorar. En estas fechas el pequeño pueblo sigue inundándose irremediable y por siempre jamás.

 Roberto Quevedo es escritor y editor. Su página: http://www.robertoquevedo.net.ms/

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2 pensamientos en “Estación Costera 135, por Roberto Quevedo

  1. ¿Quién fue el primero? ¿Quién?

    • El primero bien pudo ser Peleo, padre de Aquiles, si de Tetis se tratara; aunque Apolodoro de Atenas afirmó que antes de su desposorio con aquel mortal, fue cortejada por Zeus y Poseidón. Si se tratara de alguna otra de sus hermanas, las 50 Nereidas, pudo ser cualquiera…

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