El Cafecito

Semana Santa en Nueva York: 100 años, por Rafael Félix

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El joven Frédéric Louis Sauser (1887) caminaba por las calles de Nueva York, un Domingo de Resurrección, en abril de 1912. Cansado y hambriento, decide entrar a una iglesia donde se escuchaba La Creación de Haydn, ejecutada en instrumentos antiguos y acompañada de un coro de jovencitas. A mitad del oratorio, la música se vio interrumpida por cualquier cantidad de ruidos del exterior, por lo que el joven Frédéric, a la sazón de 25 años, abandona el templo “asqueado y exhausto”.

Ya por la noche, despierta de su sueño y en un arrebato de inspiración, escribe un poema de largo aliento, de una sola sentada. Ese mismo poema, poco tiempo después, ya de regreso en París, el joven lo lee frente a una audiencia selecta de amigos artistas, en el estudio del pintor Robert Delaunay. Era el primer poema que escribía aquel joven oriundo de La Chaux-de-Fonds, Suiza.

Uno de los poetas del auditorio, exclamó: “¡Es formidable! En comparación, ¿qué puede valer el libro que estoy preparando”. Y le pide el manuscrito. Semanas después, este poeta escribiría “Zona”, poema que abre Alcoholes, y firmaría como Guillaume Apollinaire, en junio de 1913.

El poema Les Pâques à New York, aparecería en una publicación parisina, en noviembre de 1912, con el seudónimo de Blaise Cendrars.

A 100 años de su nacimiento, van algunos fragmentos de Semana Santa en Nueva York.  [La traducción es de Alicia Reyes (Blaise Cendrars. Poesía (1912-1919): UNAM, 1995)]

 

Señor, hoy es día de vuestro Nombre,

Y en un viejo libro he leído la gesta de vuestra Pasión,

 

Y vuestra angustia y vuestros esfuerzos y vuestras palabras buenas

Que lloran en el libro, dulcemente monótonas.

 

Un monje de un viejo tiempo me cuenta vuestra muerte

Trazando vuestra historia en letras de oro.

 

En un misal, posado sobre su regazo.

Trabajaba piadosamente inspirándose en Vos.

 

A la sombra del altar, sentado en su hábito blanco,

Trabajaba lentamente de lunes a domingo.

 

En el umbral de la puerta las horas se detenían.

Pero él no se daba cuenta absorto en vuestra imagen.

 

A la hora de “Vísperas”, cuando en la torre salmodiaban las campanas,

No sabía, el buen hermano, si era su amor el que tañía.

 

O bien el Vuestro, Señor, o vuestro Padre

Quien con fuerza golpeaba las puertas del santuario.

 

Soy como ese buen monje, esta tarde, estoy inquieto.

En el cuarto de al lado, un triste y mudo ser.

 

Espera tras la puerta; ¡espera que lo llame!

Sois Vos, es Dios, soy yo –es el Eterno.

 

 

 

Entonces no os conocía –ni ahora.

Nunca oré cuando pequeño.

 

No obstante, esta tarde pienso en Vos con temor.

Mi alma es una viuda en duelo al pie de vuestra Cruz;

 

Mi alma es viuda de luto –es vuestra Madre,

Sin llanto y sin mañana, como Carrière la pintara.

 

Conozco a todos los Cristos que están en los museos;

Pero esta tarde, Señor, camináis a mi lado.

 

Desciendo a grandes pasos hacia los bajos fondos,

Con la espada encorvada, el corazón ajado y la mente febril.

 

Vuestro flanco abierto es como un sol inmenso

Y alrededor palpitan vuestras manos de chispas encendidas.

 

Los vidrios de las casas están bañados de sangre

Y detrás, las mujeres, son como flores de sangre,

 

Extrañas malas flores marchitas, orquídeas,

Cálices derribados y abiertos bajo vuestras tres llagas.

 

No bebieron jamás, del cáliz, vuestra sangre.

Tienen rojo en los labios y en el culo encaje.

 

Las flores de la Pasión son blancas como cirios,

Son las flores más suaves en el jardín de la dulce Virgen.

 

 

 

A esta hora, hacia la hora nona,

La Cabeza, Señor, os cayó sobre el pecho.

 

Estoy sentado a la orilla del mar

Recordando un cántico alemán,

 

Donde se dice, con palabras muy dulces, muy sencillas y puras,

La belleza de vuestra Faz en la tortura.

 

En una iglesia, en Siena, en una cueva,

He visto la misma Faz, en el muro, bajo una tela.

 

Y en una ermita, de Bourrié-Wladislasz,

Dentro de un cofre, en oro martillada.

 

Turbios cabujones ocupan el lugar de los ojos

Y los campesinos los besan de hinojos.

 

Sobre el pañuelo de Verónica se halla impresa

Y por eso Santa Verónica es Vuestra santa.

 

Es la mejor reliquia llevada por los campos,

Sana todos los males y a todos los perversos.

 

Hace mil milagros y otros mil,

Pero yo nunca vi tal espectáculo.

 

Tal vez no tengo fe, Señor, ni bondad suficiente

Para presenciar ese destello de vuestra belleza.

 

Sin embargo, Señor, hice un viaje peligroso

Sólo por ver en un berilio la huella de vuestra imagen.

 

Haced, Señor, que mi rostro apoyado en mis manos

Deje caer la máscara de angustia que me oprime.

 

Señor, haced que mis dos manos que sostienen mi boca

No laman, ahí, la espuma de cruel desolación.

 

Estoy triste y enfermo. Tal vez por Vuestra causa,

Tal vez por causa de otro. Tal vez por Vuestra causa.

 

 

 

Un año después, escribiría en Periódico, poema que inaugura los Diecinueve poemas elásticos:

Cristo

Hace más de un año que no he pensado en Vos

Desde que escribiera mi penúltimo poema Semana Santa

Desde entonces ha cambiado mucho mi vida (…)

 

Cristo

La vida

He ahí lo que he removido

 

 

 

Rafael Félix nació en Los Mochis, Sin. 1972. Maestro en Lingüística por la Universidad de Sonora; autor de los poemarios Oh demasiado mundo (2001) y Las 38 miradas del filósofo perdido (2006). Participó en las antologías Abreviantes. El relato breve en Aguascalientes (1999) y Permanencia del relámpago. Antología de poesía de Sinaloa (2008).

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Un pensamiento en “Semana Santa en Nueva York: 100 años, por Rafael Félix

  1. Y fue justo, amigo Félix, en un cafecito antes del Templo de San Antonio, donde hablamos de lo que ahora cuentas aquí…

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