El Cafecito

Microcuentos insólitos: La sombra, por Luis Buero

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I

El día que Angelina se hizo inmortal llovía sin violencia. A las doce me avisaron por teléfono y dos horas después, mientras caminaba hacia la funeraria fui rememorando cómo la muerte, con su torpeza lamentable, había talado una a una las últimas partes de su vida.

Unos metros antes de llegar a la puerta de la casa de sepelios absorbí el olor horrendo, asfixiante, de las coronas, y fui a ubicarme ordenado, en el regimiento de llorones.

Hacía frío, y el piso de mosaicos verdes aumentaba mi sensación de soledad y desconcierto. El rostro de Angelina trasuntaba humildad ante lo inevitable.

“Usted era el novio, ¿no?” le escuché decir al padre, afónico y lejano.

“¿Cómo lo sabe?” me pregunté  en silencio, ya que el viejo vivía en Tandil y venía dos veces por año a la Capital. Inmediatamente deduje que debía haber visto alguna foto  de Angelina y yo abrazados, del mismo modo en que yo vi las de él.

Y no le respondí. Nada allí tenía sentido para mí, ni yo mismo. Sin embargo, no podía evitar los ojos de Rosa, que con la pena en los bolsillos apoyaba su tristeza en la mía, con obstinación.

Siempre es bueno que haya un bar abierto cerca de un velorio; el aroma del café, antes que su calor, nos sacude el alma y nos asegura que estamos vivos. Mirando a través del ventanal lleno de publicidades de bebidas, supimos cómo terminaba la noche. Rosa no quería hablar, y por eso mismo me lo contaba todo.

“La conocí hace diez años” dijo, como si realmente importara. “Ella venía de Tandil a intentar el ingreso a la facultad de Filosofía”. Se tomó un tiempo para encender un cigarrillo, en ese entonces todavía se podía fumar en los bares de la ciudad. “Primero compartimos la pieza de una pensión, después cuando no pudo ingresar por falta de vacantes, empezamos sin querer a vivir juntas”.  Sentó toda su tristeza en los pómulos y murmuró: “era una flor recién cortada… su frescura te aliviaba con solo mirarla”.

Agregué un chorro de caña al café y me presté, mudo, a esa necesaria reconstrucción. “Yo soy una chica de carácter fuerte, ella era más débil, más callada, y de a poco se fue adaptando a mi forma de ser y a mis costumbres; éramos más que amigas, éramos hermanas”…

La mañana, aún descalza, apenas iluminó su figura. Rosa no podía parar de contar. Y siguió.

“No se llevaba bien con los viejos, vos sabés, son de otra época, bueno, los padres siempre son de otra época, y para peor estos no era muy afectivos que digamos. Ellos eran capaces de dar la vida por ella, pero no se les daba por abrazarla, escucharla, comprenderla….”

Miré de nuevo hacia la calle, mucha gente corría hacia los colectivos y se apiñaba en filas para abordarlos.  Y mientras nosotros comenzábamos el duelo interminable, afuera, a unos metros, se despertaba el país.

Entonces me puse a pensar qué hacía yo ahí, perdido en el último cafetín del mundo, y sin percepción de futuro, entregándome sin hablar a los recuerdos de Rosa. Y ella siguió.

“Angelina salió con muchos pibes, pero a ninguno quiso como a vos…supongo que te habrás dado cuenta…”

Y si, ¿cómo carajo no me iba a dar cuenta? A un hombre se le escapa cualquier cosa menos ese sentimiento casi religioso que profesan las mujeres cuando se enamoran de uno. Y Angelina era todo amor.

“¿Qué vas a hacer ahora?” le pregunté con desgano a Rosa, sabiendo que “hacer” y “ahora” no eran palabras adecuadas sino dos mendigos del lenguaje aferrándose a una columna. El encargado del boliche nos dijo que tenía que cerrar por dos horas para la limpieza del local, antes que entrara el personal de mozos  y de cocina de la mañana. Salimos tomados de la mano, y allí iban a paso lento, mis pensamientos y los de Rosa, unidos al olvido de Angelina.

Al llegar a su departamento me invitó a pasar; nosotros ya no éramos los dueños de ese tiempo y acepté. Antes que Rosa abriera del todo la puerta, mi ser entero advirtió el perfume de aquella ausencia abismal. Sin sacarme el abrigo acaricié los libros de la biblioteca, acomodé los apuntes dispersos por una mesa, enfrenté las fotos pinchadas en la puerta de su dormitorio, y me reuní con el gemido melancólico de su gata, la cuchara que quedó sin lavar en la cocina, todo cercado por el puro límite de su imagen.

Rosa volvió al living anunciando otro café y yo levanté la persiana de madera solicitando la calle Thames. Me di vuelta, y como si se tratara de una película vi a Rosa preparando la mesa y controlé con ternura el desorden limpio de aquella habitación. Me di cuenta entonces que no son los muertos los que suben al nivel de la irrealidad, sino nosotros, los abstractos, los títeres finales de su nada.

Vi que Rosa estuvo a punto de poner tres tazas y tres platos, y nunca supe si estuvo equivocada en ese instante o después, cuando sirvió solo dos. Bebimos en silencio demorando el llanto, como si todo esto hubiera sido ensayado antes.

“Trataré de pagar el alquiler con mi sueldo, pediré hacer horas extras, intentaré quedarme aquí mientras el cuerpo aguante” afirmó Rosa animándose a una sonrisa desteñida.

“Me parece bien” le dije por decir algo, y agregué: “cada uno aguantará como pueda”.

Comí una factura del día anterior que me pareció exquisita y le recordé que nada de esto debía sorprendernos. “Cuando el médico le extrajo el primer pecho ya sabíamos lo que se venía” insistí con el mismo abandono que un perro sin ambiciones.

A la tarde siguiente fui a verla y la descubrí escuchando unos discos de Serrat. A Rosa no le gustaba Serrat, y amaba no muy secretamente a Alejandro Sanz, o le encantaban los antiguos temas de Julio Iglesias. No supe interpretar el valor emotivo de aquella nueva elección y disipé su encantamiento comentándole le precio del dólar. “Un periodista francés escribió en Le Mondé que no se explica cómo los argentinos todavía no nos volvimos locos” dijo mientras sacudía los almohadones del sofá que tanto disfrutaban Angelina y su gata. “Tal vez nunca estuvimos cuerdos”  le respondí sin comprender qué le ocurría a Rosa y apenas lo intuí una semana después cuando nos encontramos por casualidad en el estreno de un film de Woody Allen, siendo que ni a mí ni a ella no nos atraía la obra de ese director. De alguna manera habíamos comenzado a descender hacia lo más arcaico de nosotros mismos, y buscando los ecos de Angelina estábamos construyendo, a dos voces, un mito.

II

Conocí a la verdadera Angelina (no a ésta, la actual, la imposible) en la perfumería que tenía mi padre. Yo era un empleado más, y un sábado soleado me pidió un rubor cremoso para mejillas y mientras ella observaba la cartilla de colores yo sentí que lo que estaba viendo no cabía en mi imaginación.  Fascinado por su desproporcionada hermosura le propuse el siguiente razonamiento: “la naturaleza es injusta, en la Tierra somos miles y miles de millones de hombres, todos vamos a morir, y solo un puñado de varones, tal vez uno solo, tendrá el placer de ser amado por vos….”  Sus ojos enormes y transparentes esbozaron una promesa de sonrisa y contestó: “bueno, pero yo no puedo salir con tantos miles de millones”… “Es cierto –le respondí- pero si te decidieras a hacerlo, tal vez yo recibiría mi oportunidad en marzo del 2030”.  Ahora si sonriendo pagó el maquillaje y se fue. Salí a la vereda y la vi perderse como un punto imaginario entre la gente del barrio.

Durante días no hice otra cosa que recordar su cabello dorado cayendo a chorros por su espalda hasta la cintura, las mejillas pálidas y perfectas, el delicado grosos de sus cejas, y una boca que había nacido para ser besada, más que para besar. Esa remembranza insistente, lejos de ser sustitutiva de Angelina, era como toda idealización que no decae, una definición superior a ella misma. Si es cierto que algunas personas portan el nombre que corresponde a su cara, bastaba mirarla un poco para entender que ella no podría haberse llamado de otra manera.

Por otro lado, mi padre se asombraba por haber engendrado un hijo tan trabajador, que abría el local bien temprano y se quedaba hasta última hora…esperando que esa clienta especial retornara.  Yo me evadía de los problemas mundanos atraído por el encanto del hada proveniente de algún cuento noruego.

Y así fue que la segunda vez que entró al negocio yo estaba arriba de una silla, guardando cajas. Cuando la vi, seguro me debo haber ruborizado, y mi timidez le dio pie para hacer un chiste: “aquí estoy de vuelta…como ves, entre los miles de millones, elegí volver a verte….”

En ese momento se hizo carne ese leve resplandor que empezó a unirnos brutalmente. Y conocí su círculo de amigos. Entre ellos, a Rosa. Rosa significaba por entero lo opuesto a Angelina. Rosa era delgada, de tez morena y ojos achinados, y el pelo negro le caía oscurísimo y recto sobre los hombros, sin tocarlos. Tenía el mismo look de las japonesas, pero era tucumana. Usaba anteojos, y un lunar a la derecha de la nariz le ensombrecía aún más el rostro. Angelina, en cambio, medio pitonisa y medio ondina, era todo brillo y aire fresco, y así también brillaban sus poemas, que narraban las épocas en que su padre trabajaba como pescador en Mar Del Plata y en Quequén, poemas azules llenos de palabras no habituales como océano, erizo, fosforescente, medusa, naufragios, sargazos, y el mar, el ancho e inconmensurable mar.

Cuando estaban juntas frente a mí, sentadas una al lado de la otra, yo tenía la sensación de estar frente al positivo y negativo de una foto humana, el yin y el yan, el alfa y el omega, o como se prefiera, un ser y su inefable sombra proyectada en otro plano de la existencia. Quizás por eso finalmente percibí que hallaría en Rosa todo lo que me faltó conocer de Angelina.

III

Un viernes, creo que tres de abril, Angelina aceptó salir conmigo y a partir de allí anduvimos siempre juntos. Nos llamaban “los pegotes”. Con ella se abrió el planeta para mi, todo era un domingo luz, descansaba aún trabajando simplemente porque yo era de ella y ella era mía, y éramos, fuimos, una extraña comunión de esencia a esencia.

Angelina era una estrellita andante, una muñeca mágica cuyos destellos alegraban las más solas habitaciones de mi espíritu.  Viéndola, yo soñaba con una inocencia insólita la futura cara de nuestros hijos, la decoración de la casa en la que viviríamos, nuestra primera cena en una cocina con un gran ventanal a un pequeño jardín lleno de macetas y flores.

Al no poder iniciar la carrera universitaria que la había traído a Buenos Aires, y dando crédito a otras fuerzas interiores, Angelina se anotó en un curso de teatro. A ella esto le brindó, según me dijo, no sé qué suerte de catarsis y mayéutica. Por prudencia nunca la interrumpí para que me aclarara qué quería decirme, sentía que me faltaba temple para sostener su esplendor y aprovechaba mis silencios para ganar altura.

Me costó mucho, está de más decirlo, aceptar la seguidilla de golpes: primero un ingenuo bulto debajo de la axila, después un pecho, luego el otro, finalmente la metástasis venenosa viajando por su columna, el hígado, por toda ella. La noche en que dormimos juntos luego de la primera operación la noté insegura y ceremoniosa.  Me miró expectante desde el fondo de sus ojos felinos y cuando se ofreció desnuda esperando de mi un gesto de horror, me vino a la mente aquella frase de Juan Ramón Gimenez: “De tal modo llama su oculta belleza, que con solo decirle a nuestra alma: ¡vente!, se la lleva”.

 

IV

No me sorprendió que Rosa pidiera unos días de licencia y sacara dos pasajes a Tandil. Ya habíamos reconocido juntos las huellas de Angelina en Buenos Aires y era hora de llegar hasta el final, o hasta el principio, que para el caso es lo mismo.

Tomamos el micro de las siete y media y envidiando la templanza de aquellos que se pasan la vida entre girasoles y molinos, fuimos llegando a destino. Un distante olor a tierra mojada doblegó nuestra fe en el sol.

Las imágenes que nos impulsaban decidieron por cada uno las habitaciones a elegir. Yo preferí la que, desde el quinto,  piso me permitía contemplar la iglesia en la que Angelina adquirió su tentación metafísica, y la escuela primaria en la que aprendió a decir las primeras palabras, tan parecidas a las últimas. Rosa, implacable, aceptó la del primer piso, con vista al club de los bailes y los sueños adolescentes.

El padre nos miró inquisitivamente.

“¡Qué hacen aquí?” preguntó desconcertado, seco, arisco .

“Venimos a buscar a Angelina” debimos responderle, pero no hubiera entendido, ocupado en su propio desamparo. Nos invito a pasar. Comimos unas empanadas acogidos por el silencio que tanto odiaba Angelina, y antes de despedirnos conocimos su último dormitorio, el que ocupó antes de emigrar a Buenos Aires, que parecía esperarla más que nosotros.

Durante la noche tuve pesadillas, y creí que el día no volvería jamás. Pero la mañana nació y fue hermosa. Recorrimos la hospitalaria ciudad del Tandileofú, el cerro del Calvario, la Cruz. Planeamos luego una excursión a Necochea y otra al puerto de Mar del Plata, antes de rastrear a sus amigos de la infancia, y a sus maestros. Parecíamos dos vagabundos hipnotizados, pero estábamos en paz, porque todo Tandil respiraba a Angelina y el tiempo sobraba para encontrarla a cada rato en cada cosa.  Todos sus relatos ahora se habían unido a las imágenes correspondientes.

IV

Mientras dormía en el hotel, mi inconsciente dedicó toda la siguiente noche a jugar ejercicios de lógica proposicional, similares a los que vi preparar a Angelina en sus tantos intentos de ingreso a la universidad.  Empecé primero con las falacias materiales, desechando los silogismos. Por ejemplo: “Todo A es B, algún A es S, luego S es B”. Y en el sueño apareció la voz de Angelina leyendo en voz alta: “todos los hombres son seres vivos, algunos hombres son seres que han muerto, luego, algunos seres que han muerto son seres vivos”. Pero como este no era un problema de validez sino de significación, mi inconsciente se sintió atraído por los casos de deductibilidad. Formulé entonces las siguientes proposiciones: “Angelina es bellísima, Rosa es lo opuesto de Angelina, entonces Rosa es muy fe”. Disfruté la estúpida comparación y posteriormente argumenté: “Angelina es la beatitud, Rosa es lo contrario, luego Rosa es Dorian Grey”.

Así habré pasado horas, o minutos, la cefalea no me despabilaba, y como el inconsciente no tiene tiempo, ni reglas, ni moral, es Ello puro, mis neuronas sin el tutelaje de la vigilia, elaboraron el siguiente aquelarre: “Rosa es fiel, honesta, casi asexuada, Angelina es el anverso de Rosa, por consiguiente Angelina…..” Esta frase fue una angustiante espuela para mi corazón y me desperté, y quedé desvelado y boquiabierto hasta el amanecer.

Mientras desayunábamos arrojé todas mis dudas sobre Rosa, que parecía no estar del otro lado de la mesa, sino parada arriba del altísimo eucalipto que miraba por la ventana. Al principio creyó que mis devaneos algebraicos era falsa, y que mis sospechas eran el fruto habitual del masoquismo masculino. Celos a destiempo. Luego algo en ella se reveló, y dijo: “Mirá….para qué hablar de eso ahora”.

Sentí que descargaba todo su peso en cada consonante, y arremetí con más preguntas.

Su respuesta, aunque atenuada premeditademente, me fulminó.

“Ella salía con muchos amigos, algunos eran compañeros de teatro, venía tarde, qué se yo, no me encargaba de controlarla, después de todo era su amiga, no su madre, y creía que vos, que sos tan inteligente, lo sabías….”

Notó que estaba a punto de descomponerme, y rápidamente agregó alguna excusa tonta como que los chicos que la frecuentaban eran gays o algo por el estilo.  Otra vez, pero ahora en Tandil, como en aquella tarde de velorio en Buenos Aires, sentí que la vida era solo una fantasía maldita urdida por la crueldad de un loco. De dónde saqué fuerzas no sé, tal vez de mi propia pulsión de muerte, y seguí preguntando. Y allí dijo finalmente la verdad.

“Angelina nunca se separó del novio que tenía antes de conocerte, ella te adoraba, pero no podía evitar acostarse con uno y con otro, el problema lo tenía en el bocho, no en los sentimientos que los había puesto en vos. No podía estar sola, una noche en la que quise ir a ver a visitar a mis hermanos a La Plata, se arrodilló llorando y me pidió que no me fuera…no se si podrás comprenderla”….

Si el día del fin de los tiempos, el definitivo día, conserva un miserable espectador, ese hombre no cargará con ojos más desgraciados que los que vio Rosa esa mañana.  Vi culpa y alivio en sus palabras, y algo de sorpresa ante mi  ingenuidad. No fui a ninguna excursión, a la tarde compré un licor de chocolate, el que le gustaba a Rosa, y debo haberme tomado media botella de a sorbos. Durante la obligada siesta otra vez mi mente, saltando de rama en rama, recurrió a los silogismos. “Rosa no se droga, Angelina es la antítesis, por lo tanto….” Y así sucesivamente donde A ya no era A sino que era “no A”. Al anochecer, ya me había destruido bastante y terminé con esos razonamientos no deductivos.  Pero otras preguntas apuntaban lo consciente: ¿Quién era yo? ¿a quién estaba velando, duelando?

V

 Al siguiente mediodía compré los boletos de regreso y fui a despedirme del padre. En el living estaba Rosa, que había  llegado antes, y ahora fueron los dos los que me miraron con lástima. Instantáneamente comprendí que si a cada uno le cabía un papel definido en aquella historia, el mío era el del tonto, el del niño que utilizó el no ver como mecanismo de defensa para perpetuar un vínculo ficticio, incompleto, con un ser imaginado, no real.

Rosa se me acercó mucho y en voz baja me pidió que esperásemos un día más para regresar. En ese momento no entendí la razón pero luego, caminando por los dulces recovecos de Tandil vislumbré que había algo que debíamos hacer allí y no en Buenos Aires.

Con la apática precisión de un relojero puse mi semen en el centro de su esperanza, y ella lo atesoró como si se tratara de un símbolo. Después nos quedamos boca arriba contemplando por la ventana el apuro de las nubes. Rosa tenía la cabeza apoyada en mi brazo y me acariciaba los huesos de la mano.

Fue entonces cuando pensé, y no antes, que desde Adán y Eva, el mundo ha estado siempre repleto de Rosas y de tipos como yo, unidos por tantos motivos, excepto por el amor. Y tampoco, me dije, no es cuestión de andar cantándole loas al amor, pues uno corre el riesgo de creer que se ha enamorado de una doctora Jeckyll  y luego resulta que su pareja era la terrible señorita Hyde, descubriendo para peor, que en cada bella y en cada bestia, hay a su vez sucesivas subdivisiones, porque todo lo humano se caracteriza por su complicación infinita. Y como correlato nos queda siempre una pregunta sin responder: ¿elegimos al otro por lo bueno, o por lo horripilante que intuimos secretamente de él?

De algo sí estoy seguro: ya no solo Angelina será eterna. No lo entiendo del todo y no podría explicarlo, pero de alguna manera Rosa y yo sabemos desde aquella noche que permaneceremos juntos mientras nos dure la vida, por los siglos de los siglos, sí, es decir, para siempre.

Luis Buero es guionista, periodista y psicólogo social. Colabora para El Cafecito desde Argentina. Visita su sitio: http://www.luisbuero.com.ar

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