El Cafecito

Microcuentos insólitos: Creer para creer o no, por Luis Buero

1 comentario

I

No se puede escribir todo lo que uno piensa, ve o sabe. Un mar negro, una pared, una tremenda nebulosa nos detiene. Nos paraliza. A veces es simplemente miedo. Les cuento.

Estudié tres años en una escuela de periodismo para obtener un título que no me sirve para nada, pues en los medios sólo ingresa gente recomendada desde adentro. Igual no me deprimí, e  intente relacionarme esta vez con diarios extranjeros.

Para mi sorpresa me mandaron un email de un periódico editado en español en Miami.  El director tenía especial interés en que yo hiciera un trabajo de investigación, si aceptaba, de un famoso cirujano argentino, un cardiólogo de renombre. Y me indicaban quién. Cuando leí de quién se trataba, un escalofrío corrió por toda mi espalda: acaban de proponerlo para el Premio Nobel de Medicina… ¿aceptaría ser entrevistado por un cronista ignoto y sin experiencia?

II

Hace tres días al salir de casa me paró un empleado de correos y me dejó un telegrama. Pude entender en esa breve oración escrita en idioma de Tarzán, que mi padre viajaba de Montevideo esa misma tarde para pasar unos días en Buenos Aires. Al reencontrarlo en el puerto me conmovió su rostro pálido y su mirar lejano, sin brillo.

Horas después, tomando un té, me contó que andaba muy mal del corazón y que le habían recomendado hacerse atener con un cardiólogo muy famoso, el doctor Fatarino.  Se trataba justo de mi posible entrevistado, al que no había contactado todavía. Le previne que ese tipo no atendía a pacientes de obra sociales y que cobraba muchísimo, pero mi padre me guiñó el ojo y me dijo que no me preocupara, que le iba muy bien con su panadería de medialunas calentitas en Uruguay.

No sé porqué pero cuando salimos de ese bar tuve la sensación de estar caminando junto a un muerto.

III

Papá empezó a desanimarse luego de los primeros análisis. No sólo por el negativo resultado de los mismos, sino por notar que entre los gastos de visitas médicas y estudios realizados había ya gastado todo su dinero. Un médico de la clínica del doctor Fatarino nos previno que la gran eminencia no cobraba a todos los mismo, que antes de saber qué valor dar a sus consultas y tratamiento, mandaba averiguar el estado patrimonial del enfermo. Por eso fue que Fatarino, enterado de que mi padre estaba por recibir una bóveda como herencia familiar, propuso un valor sumamente elevado como precio para la inevitable operación que él mismo le diagnosticó.

IV

Respondí al diario que sí y comencé a buscar información sobre Fatarino, sin pedirle la entrevista para el reportaje todavía. Lo veía indetenible, y me apenaba la beata confianza de mi padre en él, aceptando dejarse intervenir quirúrgicamente si hacer una segunda o tercera consulta en otro lugar, con otro profesional. Por otro lado, de haberlo hecho, el solo decir a cualquier médico que lo había revisado antes Fatarino, bastaba para que se alejaran y no pronunciaran otra palabra. Fatarino era ya un benefactor de la humanidad.

Mientras charlaba con papá en un banco de Plaza Francia, Fatarino era reporteado por movileros de varios canales en la puerta de Canal 7, y a la vez su foto salía en la tapa de todas las revistas y diarios.

Finalmente me decidí a hacerle yo también una nota.

V

Lo llamé varias veces y finalmente lo encontré y establecimos la hora del encuentro. Que el reportaje fuera para un diario americano lo sedujo y al instante aceptó. Al llegar a su casa me sorprendió ver dos matones de guardia en la puerta y otro sacando a un hombre que se quejaba, a empujones.  Fatarino previamente me había autorizado a que buscara en la biblioteca de su clínica material informativo sobre su vida, y husmeando en todas partes descubrí que nunca firmaba los certificados de defunción de sus pacientes fallecidos durante sus operaciones.

Paralelamente era imposible obtener comentarios negativos sobre su labor, todos sus colegas y los medios en general expresaban respeto y admiración por él. La versión de que pocos salían vivos de su quirófano circulaba off the record.

Él era sin duda un icono del delantal blanco, un genio, un prócer contemporáneo. La entrevista que me concedió fue breve, él mismo me extendió un papel con las preguntas que yo debía haberle hecho y sus correspondientes respuestas, y la foto que me permitía publicar.

VI

Un día muy caluroso operó a papá. Yo ya tenía preparada la primera parte del informe y del diario me presionaban para que enviara ya mismo el artículo de investigación. Estaba en el pasillo de la clínica esperando y notaba que algunas personas me sonreían como hipnotizadas.

Cuando un médico y una enfermera me informaron que mi padre había muerto durante la operación quise hablar con Fatarino, pero ya se había ido de la clínica. Desesperado, subí a un taxi, conocía muy bien la dirección del domicilio del asesino.  En Retiro tomé un tren que me llevó a las lomas de San Isidro. Y desde la estación un colectivo me acercó a un descampado lleno de quintas muy separadas unas de las otras. El brillo del último sol de la tarde castigaba mis ojos y caminaba confundido y extraviado.

Con la fugacidad de un rayo vi caer una pelota de fuego sobre el horizonte. Al aproximarme fui distinguiendo la lejana silueta de Fatarino hablando solo, entregando una serie de papeles y una caja a un ser luminoso que los absorbía o vaporizaba. Pocos segundos después ese ser casi invisible se convirtió en un hombre alto de color gris metálico. Con espanto reconocí la forma de un ovni detrás de él, que se alejó apenas el hombre gris lo abordó luego de comunicarse con Fatarino.

Entonces noté que Fatarino también llevaba puesto un traje gris lleno de cables, y sin notar mi presencia se alejó hacia una casilla de madera.

“Un exterminador de otro planeta” murmuré temblando.

Rompí el artículo en varios pedazos, al día siguiente, mientras iba al cementerio a enterrar a mi padre, con los ojos muy abiertos y el corazón petrificado.

Ni llorar pude.

 

Luis Buero es guionista, periodista y psicólogo social. Colabora para El Cafecito desde Argentina. Visita su sitio: www.luisbuero.com.ar

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Un pensamiento en “Microcuentos insólitos: Creer para creer o no, por Luis Buero

  1. Muy bueno! Un final encantador.

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