El Cafecito

Rostros del mar, ejercicio sensitivo, por Óscar Wong

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Cada cabeza es un mundo, reza el adagio. Y quienes saben de esto aciertan cuando conciben al artista como un Adán asomándose por primera vez al mundo, descubriendo todo a su alrededor, señalando cada parte enternecedora, cada objetivo sensitivo. El registro de las expresiones más profundamente emotivas va más allá de la búsqueda del reconocimiento público, en virtud de que los poetas buscan exteriorizar sus emociones a través de la sonoridad del verso.

Cada autor observa al mundo de una única manera, irrepetible. Y plantea una dirección, un rumbo lírico, de acuerdo a sus necesidades expresivas, de acuerdo a sus voluntades afectivas. Y además tiene la obligación de cantar al cosmos a su particular manera, de ahí que la perdurabilidad de los objetos artísticos se encuentre en relación directa a la profundidad de la visión filosófica, estética, que el individuo entrega en su obra; a la capacidad de expresión, a sus valores cualitativos dispuestos, de manera que trascienda su propio tiempo de creación. Así cada lectura es nueva, siempre. Por supuesto que hay una relación íntima, profunda, entre la palabra y el hombre, entre éste –como sujeto de la historia– y el mundo.

Como reflejo de la realidad, que expresa a través del lenguaje una serie de pensamientos y sentimientos, la Poesía se erige como la voz más entera del hombre. En tal sentido, este objeto particular, este discurso lírico revela el basamento histórico, geográfico y filosófico de cada autor en un acto impar e irrepetible. Más que un ejercicio de escritura, la Poesía constituye una profunda experiencia existencial. A veces un giro del lenguaje, la intención misma de las palabras y hasta el sentido visual de las metáforas traduce en el poema la personalidad del escritor.

Cierto es que las actuales expresiones líricas fulguran de conocimiento libresco. Pero ello no significa que la sapiencia alcance una categoría estética. Muchas veces los textos son simples ejercicios escriturales, sin llegar a la emotividad. Más que pasión frente al intelecto, desasosiego del lector ante la erudición del <<hombre de letras>>. Independientemente de lo anterior, la Poesía puede concebirse como signo y expresión vital. Experiencia y ejercicio sensitivo confluyendo en el canto en un insólito equilibrio. Búsqueda y encuentro. Revelación y trasferencia de sentidos. El mundo del lenguaje que se abre a otra realidad.

La palabra reproduce un sistema de señales estrictamente humano: el de los sonidos articulados. La palabra, por supuesto, “altera” la realidad, y además llena vacíos emotivos, existenciales. Por eso no cualquier puede llevar el nombre de Poeta, independientemente del género. Conviene puntualizar que todo texto lírico representa una concepción de vida la cual, a través de la palabra, traduce los sentimientos en imágenes. Por ende, se parte de la consideración de que la Poesía representa algo más que la simple expresión lingüística.

Expresiones diferentes, encontradas a veces –pero que coinciden en una única preocupación: expresar la voz más entera del hombre– determinan la función de la poesía. Aspectos sociales, intimistas pueden ser abordados por la óptica sensible del creador. Preocupaciones por la forma, hasta deseos de hurgar en el Yo más último, también son válidos. Lo emotivo de los textos se determina por la serie de recursos estilísticos que el autor utiliza, basándose en el conocimiento del verso.

El arte –y la Poesía lo es– representa una forma de conocer. El aspecto formal se fundamenta, necesariamente, en una categoría estética. Sin ella, los textos son simples palabras, textos que buscan un centro vital. La emoción, desde los tiempos aristotélicos, determina el ritmo. Por lo mismo hay ritmos pausados, contemplativos, avasalladores, estridentes. Pero también existe la locución rotunda, reveladora, como del mar frente a las rocas. La gradación temática se amplía en un amplio espectro que determina las intenciones técnico-formales de cada autor.

En cierto modo la poesía está hecha de silencios. Y éste provoca una imagen sonora. De esta manera, el poema resplandece. Recordemos que la enumeración en poesía agrega atributos, crea atmósferas, conforma emociones. El silencio cobra inusitada significación. Acentos, pausas y cesuras son fundamentales. Y las figuras de dicción y de pensamiento, sin olvidar el apoyo del lenguaje directo, conformando una corriente de símiles, imágenes y metáforas como una necesidad expresiva, no como un artificio retórico. Cada autor constituye un prototipo. E irrepetible. Y así es la calidad de los versos.

El silencio representa un sueño oscuro: el mutismo de la piedra no tocada. Y aquí convendríamos en resaltar la persistencia de cierta resonancia cósmica emanada de la materia (los cabalistas hebreos estiman que el mundo es creación lingüística. Presencia de la metábolé, conversión de algo en otra cosa: Poesía, modificación de la sustancia misma según Nicol, metamórfosis o transformación.).

Sin embargo, es oportuno recordar que la poesía es una experiencia de vida que se transmite mediante un código: el poema. Y en éste se advierten dos elementos fundamentales: la técnica y el contenido. Aquí lo importante no es el qué, sino el cómo, de ahí que todo cambio de forma implique un cambio en el contenido. Si la musicalidad se consigue en virtud de la combinación de acentos y sílabas, podemos deducir que el verso no es más que el sonido armónico con significado. Y la imagen, ciertamente, es el concepto. Representa una necesidad de expresión. De todo ello debe empaparse el aspirante a poeta: aprender y aprehender la técnica y la preceptiva. La dimensión artística –cuya pericia debe demostrarse en tanto intención, originalidad, etc.– para alcanzar el ámbito estético y penetrar, si los dioses lo permiten, en el territorio de la revelación espiritual es indispensable.

La reflexión anterior surge luego de la lectura de Rostros del mar, de Hernán León Velasco, Premio Estatal de Poesía Enoch Cancino Casahonda 2010, en Tuxtla Gutiérrez, Chiapas*. Motivos líquidos, acuosos, que saltan de la prisión del cántaro escritural, hasta la densa orfandad de la piedra sordomuda, vacua, que no obstante enciende otra llama: el Infinito iluminando eternamente. Eros y Tánatos confluyendo en esta visión cotidianamente irreverente de la muerte, sacramente dulce de la redondez citadina de los pechos amorosos de la Amada. Como símbolo de la dinámica de la vida, el mar involucra transformación y renacimiento, el ambivalente estado transitorio que significa vida-muerte; de ahí la estructura de esta obra. Por algo, también, los místicos conciben al mar como emblema del mundo y del corazón humano.

Haz y envés de la expresión lírica, Rostro del mar eslabona, con disímiles registros y variadas tonalidades y matices –la lejanía y a cercanía de las palabras–, la certera transparencia del alma humana herida por la abrasadora luz de los abismos: la soledad, el tiempo, la muerte, el desamparo del que ama, el significado de nuestro paso por la tierra y la presencia del mar, de la voz que husmea y hurga en el accionar lírico. Brevedad y ejercicio sensitivo, culminando con un poema extenso, corresponde a la propuesta general del libro. No obstante el autor camina en andurriales expresivos en busca del canto como signo y expresión vital, deambula entre la búsqueda y la trasferencia de sentidos. El mundo del lenguaje, ese territorio insólito que se abre a otra realidad, encuentra una sensible vocación de persistencia en un extraño balanceo. Experiencia existencial y discurso cotidiano irrumpen con ligeros guiños culturales: ecos pacianos (“voy por tu alma como por un camino”, p. 21) y la putilla del rubor helado de Gorostiza, por ejemplo, son indicadores de las lecturas previas del autor.

Si Huidobro –dije en otro momento– descubrió los ritmos internos, el valor técnico de la imagen y trabajó la zona del lenguaje con una estética basada en la fanopea (como indicaba el viejo Ezra Pound), donde la imagen –no en el orden ornamental, sino como visualización dinámica– repercute en el aspecto morfosintáctico, debido a la cadencia, a la tensión interna del verso, en Rostros del mar, de Hernán León Velasco, se advierte la presencia de la realidad a través de superposiciones, alterando al lenguaje con su exterior retórico. Rasgos condicionados, inhibidos, por la versificación cuyos perfiles y facetas conversacionales forjan –en momentos– alguna rigidez sonora, en virtud del ámbito técnico (incipientes recursos literarios, propiamente dichos) y su nivel estético, intuitivo, como productor de imágenes.

Ludismo y sorpresa lingüística se inhiben. Lo discursivo, sobre todo en la primera parte, prevalece sobre la exaltación lírica –entendida como emotividad cuasi desbordada y, por tanto, centrada en el sujeto–, que genera la analogía fónica y de sentido. El fraseo prosódico colmado de coloquialismo de la segunda parte (“Desaparece el martes en el rostro del mar”), la oralidad que se entroniza en la grafía, la intertextualidad misma, establecen una constante con las palabras, una pendencia a la expresión lírica.

Búsqueda y desencuentro, por supuesto. El imperio de la realidad, la aparente singularidad de la emoción, inhibiendo la certidumbre de modular un entorno donde la voz se identifica con los sentimientos, reflexiones y actitudes, articulados como escuetos conjuntos morfológicos que devastan: “En el corazón del mar arden las palabras”, apunta el autor (p. 35). De manera que Rostros del mar, articula un espacio lírico, un territorio donde la existencia cobra significado y dimensión sensibles.

*Hernán León Velasco, Rostros del mar (Premio Estatal de Poesía Enoch Cancino Casahonda 2010), Coneculta-Chiapas, Tuxtla Gutiérrez, 2011, 51 pp.

Óscar Wong (agosto 26 de 1948) es poeta, narrador y ensayista. Sus títulos más recientes: Razones de la voz (CNCA, Colec. Práctica Mortal, Méx., 2000), Rubor de la ceniza (Edit. Praxis, Méx., 2002), Poética de lo sagrado. El lenguaje de Adán (Edic. Coyoacán, Méx., 2007) y Jaime Sabines. Entre lo tierno y lo trágico (Edit. Praxis, Méx., 2008) Radica en la ciudad de México e imparte cursos y talleres de creación literaria de manera independiente. http://poesiadewong.blogspot.com

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Un pensamiento en “Rostros del mar, ejercicio sensitivo, por Óscar Wong

  1. Es raro ver un blog,
    donde se ejercita
    la buena escrita.
    se me premite le pido el premiso para volver

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