El Cafecito

Mario, por Carlos Rangel

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El sonido resonaba por todo el casco del barco naufragado. Mario llevó su mano hasta donde le dolía, detrás de la nuca, para palparse un amasijo de sangre seca y cabello. Volteando a los alrededores, pudo reconocer el pedazo de playa sobre el que se encontraba el enorme navío. Sus recuerdos de la fiesta en la cubierta, donde una sensual venezolana le movía la caderas mientras daba sorbos a una bebida alcohólica, se le antojaban como un sueño plácido que de forma cruel le hacían aún más insoportable estar despierto.

Caminó por la arena, llamando a gritos a cada persona que había conocido en el crucero. Con tristeza reconoció que no recordaba el nombre de la mujer, a la que sólo una noche de sexo casual le daba algo en común. Sus pisadas en la arena que comenzaba a ponerse tibia en la tarde ya dejaban un camino largo sobre la playa. A lo lejos, el buque de casco hendido se le antojaba como una ballena inverosímil, que esperaba con un rigor estoico los últimos estertores de la muerte.

Tenía ganas de beber una cerveza, y de comer un buen trozo de carne asada. Puso su mano en visera para recorrer la playa con la vista, el mar chocaba contra un peñasco cercano produciendo espuma. La cabeza comenzaba a dolerle de forma punzante, y pronto se dio cuenta que no iría muy lejos sin ayuda. En su estómago, el vacío ardiente del hambre se abría paso hasta su pecho de forma lenta e imperiosa.

“¡Mario, Mario!”

Recordó a la mujer que años atrás le había dicho que él era el hombre de su vida. Con tristeza la echó de menos y quiso que estuviera ahí cerca para decirle todo lo que no se había atrevido en la despedida. La vio corriendo hacia el autobús que se llenaba de gente, que como ella se iban a otro lugar en busca de algo que ni ellos mismos sabían qué era, pero que no se encontraba en su ciudad natal. Alguien le dijo una vez que aquellos que desean dejar atrás su hogar no son felices.

Cansado de caminar sin ser capaz de encontrarse con otro ser humano, decidió detenerse a descansar para ahorrar energía. Mientras estaba sentado, pudo reconocer la forma de un pato en la nube que se abría paso sobre su cabeza. Pensó en los amigos con los que se detenía a ver el cielo, acostados sobre el pasto y con varias cervezas cerca. También los quiso tener ahí. El sonido grave regresó, abriéndose paso por entre los árboles. Su oído fue aguzándose para tratar de reconocer lo que era. No pudo conseguirlo, pero en cambio una sensación de malestar comenzó a recorrer su cuerpo.

¡Mario!

La voz de su madre llamándolo se abrió paso hasta su conciencia. De diez años, y con una rodilla raspada por una caída de la bicicleta, llegaba a su casa donde lo esperaban para comer. Su padre, cansado por la jornada laboral revolvía sus cabellos al verlo sentarse a la mesa. Mientras que sus hermanos le contaban bromas que recién habían aprendido en la escuela. Se puso de pie, movido por estos recuerdos y el deseo de volver a encontrarse con esa gente.

Caminó de nuevo hasta que la playa llegó a su fin y pudo encontrarse con los edificios demolidos del malecón. Sobre la ciudad se elevaba un enorme ser anfibio que recorría las calles con sus ojos de bulbo, produciendo el sonido que había venido escuchando desde que despertó. El dolor en su cabeza se hizo más fuerte.

Carlos Rangel es un narrador nacido en Aguascalientes, Ags. Estudia Ingeniería en Mecatrónica en la UPA, le gustan los gatos y hacer sandwiches tostados. Practica ju jitsu y otros estilos de pelea, le gusta leer. Fue becario del FECA en el 2008

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