El Cafecito

Retrato de familia con piano, por Rafael Mendoza Toro

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Fue mi primer odio verdadero, con él aprendí a odiar con esa manera pueril, visceral y furibunda que los niños dedican al pariente lejano, gordo y engorroso que llega los domingos de visita y exige atención y un lugar en la mesa y la familia entra en crisis por no poder decirle que no es bienvenido pero no junta valor para pedirle se retire, que no hay lugar para él. Y eso y muchas cosas era él, un piano de media cola, de sonora marca alemana, negro y señorial, siempre cerrado y exigiendo cuidados y espacio, sobre todo espacio en el modesto departamento de la colonia Escandón donde mi familia descansaba su decadencia.

Desde que tengo memoria estuvo allí, recordándonos que éramos una familia decente, no una cualquiera. Las primeras prohibiciones que recuerdo lo tuvieron por objeto: no correr cerca, no poner ningún objeto sobre él, no intentar abrir la tapa, no profanar el espacio sagrado que debíamos mantener en su entorno. De igual forma, las primeras lecciones que recibí decían que no éramos una familia como las otras que compartían el edificio, teníamos tradición e historia y el piano era la mejor prueba de ello.

Cada tanto, en esas tertulias familiares que de mala gana soportaba, mi abuelo retomaba el relato: hubo una vez una tía bisabuela, no recuerdo su nombre pero sí los detalles. Había estudiado música en México, París, Berlín y anexas; Manuel M. Ponce había supervisado sus progresos, con celo y atención le marcaba el ritmo y corregía errores, más como padre que como maestro; y los esfuerzos habían sido coronados con el éxito, ante Porfirio Díaz o los emperadores Carlota y Maximiliano, el relato variaba por la senilidad y el alcohol, mi tía había presentado su recital; Chopin, Beethoven y más habían sido interpretados y los ilustres asistentes aplaudieron y no escatimaron elogios. A partir del momento de gloría el relato perdía consistencia, nunca me quedó claro como mi tía, después de haber sido vitoreada por don Porfirio o Maximiliano había vuelto al anonimato. Al tiempo llegué a creer que la decadencia de mi familia empezó esa noche, que entonces brillamos con tal intensidad que el único camino posible tenía que ser la oscuridad.

Mi abuelo nunca abundaba en cómo habíamos perdido la fortuna y el talento musical. Porque al tiempo que se cambiaba la casa grande por una menor, los acordes del piano se fueron olvidando hasta que éste terminó callado para siempre. Alguna vez mi abuelo y sus hermanos habían tomado clases de solfeo, pero éstas costaban dinero y éste no abundaba y en escuela oficial ni pensar y así, las sesiones vespertinas recorriendo escalas se fueron haciendo esporádicas hasta que concluyeron. La casa grande de Churubusco y después la de la Roma fueron consumidas por la vorágine de la decadencia; empero, nunca se habló de vender el piano.

Así, en el pequeño departamento donde tres generaciones de mi familia se apiñaban, el piano ocupaba un lugar proporcional a su importancia. Incluso, con el tiempo dejé de odiarlo y empecé a repetir la historia de las glorias de mi familia ante algún visitante, quien fingía escuchar con atención el relato que no creía.

Varios años y muertes después, el ser hijo mayor del hijo mayor, determinó que fuera el depositario del piano y la tradición. Una tarde de agosto, la paz de la unidad del Infonavit donde vivo se vio interrumpida por la llegada de un camión de mudanzas portando un piano de media cola, negro. Y al igual que en mi niñez, el visitante no deseado se aposentó en el pequeñísimo departamento donde con mi esposa y tres hijos, tratábamos de sobrellevar nuestra perenne crisis económica.

En la minúscula sala, el piano arrebató espacios desplazando televisor y otros bártulos, exigiendo como siempre ser el centro de atención. Mis hijos saludaron al piano con curiosidad que pronto se transformó en hostilidad ante la repetición de las prohibiciones. Lo veían con rencor ocupando la mitad de la sala mientras ellos se apiñaban en literas en las recámaras. A la fecha ignoro si alguno de ellos guardaba un oculto talento musical, bastante difícil era ya pagar la escuela para pensar en buscar una educación musical. Paradójicamente, quien recibió con gusto la herencia fue mi esposa, sus perpetuas quejas acerca de nuestra situación económica se vieron acalladas por la contundencia del piano. Compró su aceite lustrador y como cinco generaciones de mi familia, dedicó las tardes a amorosamente pulirlo, conservándolo lustroso y reluciente.

Era valor entendido que la herencia no implicaba propiedad, que era sólo el custodio de un bien que estaba más allá de la urgencias económicas. Muchas noches mientras dedicaba mis insomnios a buscar una salida económica, desvariaba en venderlo y montar algún negocio. Me veía mandando a la fregada el maletín de muestras médicas e instalándome ante mi viejo sueño: una farmacia. Pero incluso mi esposa me miraba como si le propusiera vender un hijo cuando comentaba mis intenciones de deshacernos del piano.

Fue una catástrofe familiar la que determinó el final. Una muerte en la familia y el cónclave familiar, ante la evidencia de no contar con un centavo, decidió vender por fin el piano, para al menos pagar un funeral decente. Esa tarde, mientras el resto de la familia esperaba en la funeraria, recibí a un comprador localizado en la sección amarilla. Cuarentón, regordete y medio calvo, parecía tener prisa y dedicar su tiempo de mala gana. Contempló con cuidado el mueble mientras recorría con su dedo la madera perfectamente lustrada. De manera natural me pidió la llave para abrir el teclado. Pulsó alguna tecla y aunque traté de hacer alguna aclaración respecto a que no estaba afinado, un sonido sordo acalló mis observaciones. Repitió la operación varias veces con iguales resultados mientras fruncía el ceño. Levantó la tapa y la mueca de disgusto se hizo más evidente. Preguntó cuánto tiempo tenía el piano sin usarse. Traté de hacer memoria, para perderme tres o cuatro décadas atrás. Me pidió entonces que me acercara y comprendí todo. Mucho tiempo atrás, una familia de ratas se había aposentado en el interior del piano. Martinetes, cuerdas y demás partes de la maquinaría se habían convertido en su nido. Y ahí pasaron muchas generaciones, habitando pacíficamente en el interior del altar familiar.

Lógicamente como piano no tenía ningún valor. Me ofreció una cantidad pequeña por el excelente estado de conservación del mueble, aunque no creía posible restaurar su mecanismo. Esa tarde unos pocos vecinos vieron salir el cadáver del piano, mientras me dirigía apresurado a la funeraria con el dinero limitado, apenas suficiente para un entierro de pobre.

Al día siguiente, cuando regresamos de la ceremonia, el fantasma del piano nos esperaba. Como un miembro amputado que sigue doliendo, la silueta del piano dibujada en la pared por el sol, nos recordaba haber perdido, al fin, la historia familiar y nuestro orgullo. Esa noche, por primera vez en mi vida, toleré ser pobre.

 Rafael Mendoza Toro, es chilango, avecindado en Aguascalientes hace ya tantos años que no sabe atravesar un eje vial del DF. Alguna vez médico, burócrata de medio pelo y redentor del proletariado, ha olvidado esos afanes y ora se dedica a la vida contemplativa en el face.

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