El Cafecito

Ocho del nueve del once, por Circe Vela

Deja un comentario

Son palabras  muy sencillas,  pero cualquiera con un poco de sensibilidad, alguno que en su momento haya llevado tenis azules de kilométricas cintas (o alguna especie de calzado parecido)… En realidad quiero decir: “quien ha estado en mis zapatos comprenderá” (aunque en este momento no sé qué tanto me importe) de dónde me nacen las palabras y todo lo que dentro de mi ser (dígase mente, cuerpo, espíritu y personajes claroscuros que por ahí están y juro que de pronto voltean a verme) es llevado hasta su límite cuando aquí, en este incluso más simple papel, y en letritas azules, casi en contra de mí misma, con la punta de esta pluma deslizándose en tanto veo los rostros de mis antiguos terapeutas y los médicos del IMSS, bajo los efectos del Todo Poderoso Lorazepam (lo anterior dicho según la literatura que he encontrado sobre el mismo), ahora con mejor ánimo que cuando escribí “Ocho del nueve del once” porque un maestro de pintura elogió mi amarillablusapop con la leyenda “I ♥  HIPPIE’S”, después de haber fumado –esta vez sin ansiedad–- dos Delicados, escribo, por fin: padezco severamente la deficiencia de serotonina. “Padezco”, “severamente”, “deficiencia” y “serotonina” son cuatro, las últimas tres aburridamente laaargas palabras y, para ser más precisa, treinta y nueve letras que, por el contrario de lo ocurrente con el neurotransmisor, borbotean dentro de mi cráneo cual si estuviesen en una jodida tetera, una de esas que parecen bufar y que, en mi muy particular caso, jamás, jamás, tristemente jamás suena.

He así que últimamente tantas cosas. Ayer –creo– por ejemplo, pasé corriendo, más bien casi flotando porque soy muy delgada (todo el mundo me lo señala casi con saña) afuera de una paletería, y no pude resistirme a comprar una paleta helada de chocochips cubierta de una grumosa y gruesa capa de chocolate, y sobre el chocolate, más chispas y más chispas de más chocolate. Muchas chispas. Normalmente consumo el alimento –no la bebida– con una parsimonia casi sagrada, pero esta vez mi por sobre todas las cosas valiosa paleta desapareció entre mis labios cual efecto especial peliculesco, y después gasté cuarenta pesos más que tenía –pero en realidad no tengo– en otras dos paletas que fueron abolidas entre mis treinta y dos dientes (porque todavía no se ha hecho necesario extraer mis muelas del juicio) de  la misma manera que la primera.

Hasta hace poco que acudí con Ricardo (escribo solamente Ricardo porque me da como cosa decir  “mi terapeuta” en turno) supe el motivo de tal maniática actitud: se trata de una fisiológica y casi caprichosa sed de serotonina, neurotransmisor que se encuentra en el cacao, o creo que el consumo de éste propicia su síntesis en el organismo. Por el momento, precisamente por la carencia de, no deseo esforzarme tanto en recordar cómo está el asunto, porque podría padecer, también, de algún dolor de cabeza y eso me asusta porque en la mayoría de las ocasiones suelen ser perturbadores.

También está esto del viento frío de septiembre. En nada está relacionado con lo de la serotonina, pero me parece terrible (no puedo asegurar que sea por mi condición), me da mordidas pequeñas y dolorosas en toda la extensión de mi piel y me vuelve nostálgica. Mucho. Me hace llorar ridículamente mientras me da una bofetada que arde en la mejilla. Y este tipo de viento es muy particular porque, al menos en mi anatomía, logra entumecer los larguísimos dedos de mis manos, aun estando bajo el sol. Es una escena que me conmueve: mis manos resecas, descubiertas por un saco medio viejo que compré en un autlet, heladas, una sobre mi rodilla, la otra sosteniendo un cigarro de esos medio piratones a los que me he hecho asidua desde que me declaré en crisis económica, ambas iluminadas por un débil rayo solar que no subiría un solo miligramo de mercurio en un termómetro. Y yo. Y ya.

Dentro de la escena tengo el tiempo suficiente para pensar: siempre hay alguien más jodido que uno. Supongo que eso debería reconfortarme, sin embargo me siento más ridícula mientras observo a toda esa masa de gente que con premura o calma (a mí qué me importa) pasa por todos mis alrededores sin advertirme en lo más mínimo.

Sólo quiero que dejen de hacerlo, que dejen de hacerlo, que dejen de hacerlo.

 

Circe Vela nació en la, para ella aburridísima (a veces abrumadoramente), ciudad de Aguascalientes, un 22 de diciembre de 1987. Le interesa señalar, que quede muy claro, ese día comienza el invierno. Es poeta y escritora de cuadros esquizoides. Actualmente labora como modelo de arte en el Centro de Artes Visuales del Instituto Cultural de Aguascalientes.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s