El Cafecito

La visión violenta, por Rubén Chávez

1 comentario

“Ser es ser percibido” dicta Berkeley. Utilizamos el término “existir” para significar algo que tiene su ser fuera de nosotros, algo que es independiente por sí, incluso aún si no lo conocemos. En ese uso, aceptamos tácitamente que hay un mundo material más allá de nuestra capacidad de percibirlo. ¿Lo aceptamos, realmente? —Quizá no. Escépticos como somos —conforme a naturaleza humana— sólo aquello que toca nuestros sentidos tiene dignidad de existencia. Es.

Para la Literatura, construcción eminente entre las cosas humanas, es un asunto propio, entregable a sus lectores, si conduce a materializar nuestros anhelos y nuestros temores. Es una fuente deliberada de existencias. No importa si lo tratamos en un género u otro. La Literatura no distingue de realidad o fantasía cuando de provocar existencias se trata. Y he aquí nuestro tema. La violencia como material y como construcción literaria.

Acudamos a definiciones. La violencia (del latín violentia) es un comportamiento deliberado, que provoca, o puede provocar, daños físicos o psicológicos a otros seres, y se asocia, aunque no necesariamente, con la agresión física. Letra por letra. Golpe por golpe. Ser violento es actuar en abuso de una cierta fortaleza. Si puede ser escrito, es obligado, es menester el daño. Puede ser irresponsable pero nunca inocente. Es también ser víctima propicia. Dice Stevenson en El extraño caso del Dr Jekyll y Mr Hyde: “Y si soy el mayor de los pecadores, soy también la mayor de las víctimas”. ¿Pero es eso posible?

Creemos en la violencia. Sí. Creemos sus efectos de restauración. De puesta en orden. La maldad también es un orden. El odio circula sangre. Oxigena. Eso creemos. Nos atenemos a décadas de violencia pública y siglos de violencia privada. Creemos. Porque no es posible entender, esclarecer sus connotaciones en todas las esferas: de Estado, familiar, de sexos, de manos izquierdas y de manos derechas. Creemos. Y no hay reproche.

El cuento infantil es una educación para la crueldad. Nos forman esas descripciones largas, degustables, irónicas, malintencionadas, de los monstruos. Esos son nuestros verdaderos héroes favoritos. Las brujas y los lobos. Que deben ser quemados. Despellejados. Muertos en mil y un formas posibles. Por ser tan queridos. Por amados. Por saboreados en su moraleja de quema al distinto y serás bueno.

Sí, la Literatura, la buena Literatura, es un ejercicio extremo de violencia. Donde siempre hay un crimen velado. Un ahorcado por verso. Una cámara de gases por estrofa. Pero esperen. No pasa nada. No hay que llamar a la policía ni traer al párroco. Este es un tipo de crimen diferente. En éste, se dice, no hay víctimas. Sólo el lector… ¿pero alguien ha visto a uno? ¿No? –Ha de ser que no existe.

La literatura favorece el extrañamiento. En su mejor intención rompe las relaciones que se han establecido con lo cotidiano. Con padre y madre. Con vecino y con prójimo. Arranca brutalmente a la persona del tiempo y lo arroja a la página. Violenta a gratuidad que se digan amores o desamores. Censura nuestra ética del “todo está bien”. Arguyendo que no. Que luego debiéramos salir a ver de nuevo. Y el vecino es mujer. Y el padre es de izquierdas. Y la persona que usa faldas no es ni remotamente lo que percibes de ella. Es la Coatlicue. Así que —por favor— guarda tu distancia.

La Literatura es violencia. Porque sí. Porque al fin y al cabo todas las cosas tienen su sitio. Y aquí se puede escupir, quemarle el brazo al de junto, dejar marcas de sangre en busto y cuello. Aquí se puede arrancarle la vida al amor que nace. Aquí se puede odiar. Muy a gusto. Muy sin pena. Por fortuna.

                                                                                Rubén Chávez, es ingeniero civil con maestría en Gestión Pública Aplicada. Poeta. Entre otros reconocimientos, ha obtenido el Premio Nacional de Literatura Salvador Gallardo Dávalos (1996 y 2007) y el Premio Punto de Partida (2009).
En 2010 ganó el tercer lugar en la categoría de poesía en el Certamen Internacional Letras del Bicentenario Sor Juana Inés de la Cruz, con el libro Un naipe de picas.

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Un pensamiento en “La visión violenta, por Rubén Chávez

  1. Ja ja ja, excelente, Rubén. Pero debo decirte algo: ¡me heriste!

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