El Cafecito

Dos canciones, por José Luis Justes Amador

2 comentarios

SEGUNDO PREMIO

Amor mío

-y escribo amor

porque no encuentro otra palabra-

nada es eterno y menos aún

aquello que queremos que lo sea.

Y lo dejo escrito para hacerte daño

y porque si te entristeces leyendo esta carta

yo he ganado y me queda,

al menos,

ese premio de consolación.

EL DESCONOCIDO

-canción borrador para Vegas-

Una noche de estas noches voy, al fin a hacerlo.

marcharme a una cantina de mala muerte,

acomodarme en la barra y beber

hasta encontrar el valor suficiente

y acercarme, entonces,

a ese desconocido que habita la esquina más oscura,

esa en que ni un perro orinaría y pedirle

cuéntame tu vida, hermano,

que la mía ya no tiene sentido.

Y escucharle desgranar lentas las palabras

y escucharle decir yo también pude

haber sido más famoso que Jesucristo.

Yo tuve en un tiempo ya lejano juventud y dinero,

casi todas las mujeres que deseé y alguna más,

talento suficiente y los amigos necesarios.

Yo fui uno de esos que llaman jóvenes promesas

en un arte que ya nadie practica.

Pero el tiempo inexorable se unió

a la realización siempre pospuesta,

el tiempo jamás me perdonó no darle cumplimiento.

Y al envejecer maltraté a quienes decían amarme

perdiendo sin remedio la poca dignidad que me quedaba.

Y le escucho cantar canciones que no conozco

mientras le hablo yo en un idioma que le es ajeno.

Y sabemos, de repente, que ambos

hablamos y cantamos para el otro

en esa lengua que sólo los más tristes conocen,

una lengua sin patria y de jirones.

Y brindamos por la muchacha que se suicida

sin haber conocido la comida chatarra ni el amor,

por el viejo de cuya muerte solitaria nadie habla

hasta que el hedor insoportable la traiciona,

por esa estación nocturna y helada de los borrachos,

por las innumerables combinaciones de nombres y lugares

en esa memoria que cofunde o inventa,

por el poeta que escribe su derrota en una línea

como esperando que esa misma línea lo salve

y por el fin del mundo que no llega nunca.

Y mientras llega el brindis siguiente hay un silencio

que sólo rompe el susurrado final de la historia:

ya nadie entiende nada ya nadie sabe nada

tú no entiendes nada y aunque yo supiera

no encuentro las palabras porque las palabras no sirven

y cada palabra es un momento más del tiempo que pasa

y no pueden devolverte ni atrás ni mucho más atrás

allá a donde quisieras volver

para cometer de nuevo los mismos errores

sí y saberlo para disfrutarlos más

como sólo se disfrutan la primera o la última copa

y las demás son apenas un intervalo

el menos interesante pero ese

que no queda otro remedio que vivir.

Y brindamos por nada porque ya no queda nada que valga la pena,

brindamos por el vacío exacto entre las botellas

antes del brillante sonido del conocimiento que impone la verdad.

Y dejo aterrado la copa y lo veo y lo miro

hasta encontrar el valor suficiente (de nuevo) y decirle

las palabras esas que sólo se pronuncian una vez en la vida.

Levanta, hermano, y camina pues no eres desconocido.

Cédeme tu puesto gemelo y ve a apurar

la poca vida que te queda.

Y, si puedes, la mía.

José Luis Justes Amador (Zaragoza, España, 1969). Licenciado en Filología Inglesa por la Universidad de Zaragoza con un postgrado en Poesía Inglesa en la Universidad de Cambridge. Residente en México desde hace más de diez años. Ganador en dos ocasiones del Premio Nacional de Literatura Joven “Salvador Gallardo Dávalos”. Su publicación más reciente se titula “De Nadie” (Letras de Pasto Verde, 2009).

2 pensamientos en “Dos canciones, por José Luis Justes Amador

  1. Y por qué no dice el brief de un comercial de coca-cola zero con el jóven promesa del fútbol mundial Javier “Chicarito” Hernández, una figura que como vive se le juzgará y así como estas canciones que refriegan al tiempo, también a su disolución, ¿será que le damos demasiada importancia al Dios Cronos?, ¿por qué no mirar a otros dioses del tiempo para que los arropemos y sean ellos los que nos ayuden a soportar este remarcado tic-tac? Que viva y muera el dios Aion porque dioses como él la literatura podría acomodarnos una gran lección de permanencia voluntaria en esta vida sin devenires, sólo tiene vaivenes ya podridos y por qué no consumados por la misma voz del poeta y del comentarista deportivo.

  2. Seguiré admirándote, le pese a quien le pese. Felicidades, José Luis.

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