El Cafecito

La emperatriz (III/III), por Carlos Antonio Villa Guzmán

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[Por su extensión, este cuento se ha dividido en tres partes, con permiso de su autor.

He aquí la tercera. Clic aquí para ver la primera y la segunda].

 

III

Sentí que algo me había abandonado, una soledad más extraña cuanto más extraña se me hacía la personalidad y todo lo que sabía ahora acerca de la emperatriz. ¿Cómo es posible que no haya permanecido una semana más aquí? Siquiera para recibir lo que según me demostró, era tan valioso para ella, un tesoro que había guardado.

Se acerco la señora con el llavero, abrió el candado del portón y me hizo pasar. Le dije que el cofrecito que llevaba era lo que había quedado de entregar a Carlota, sin darle ningún dato más.

—Aquí se lo guardo— me dijo y también que había algo para mí—. Ella lo dejó para cuando viniera a buscarla. Me entregó una carta. Di las gracias a la señora del hotel y a su pequeña que me recibió.

Una vez en la calle, me dispuse ir hasta un lugar donde pudiera tener tranquilidad para revisar el contenido del sobrecito que me dejó la emperatriz. Una especie de aviso secreto me decía que ya no la vería más. Esto me hacía el efecto de las notas que evocan la melancolía, pues me pareció ella una mujer que a pesar de todo lo que ha sufrido y perdido en la vida, conserva diamantes en el alma, por lo que si hubiese encontrado un buen tallador, las facetas brillarían con un fulgor infinito. Algo de la emperatriz había llegado a mi corazón y se introdujo sin llamar a la puerta.

Subí a un camión que me llevaría al centro de la ciudad. Ahí conocía varias cafeterías como para instalarme en un lugar a solas, donde se me permitiera leer con suficiente calma la misiva de la emperatriz.

Llegué pronto a uno de estos lugares. Busqué una mesa del fondo, donde hubiera algo de luz, me acomodé en un sillón mullido y pedí mi café a la chica que se acercó para atenderme.

Abrí con mucho cuidado el sobre que despedía un aroma dulzón que me hizo ver mentalmente el rostro de la emperatriz. Estaba en varios dobleces una hoja de papel, junto había un retrato y se me encharcaron los ojos cuando vi que tenía una dedicatoria: “Con mi cariño para Omar, el único hombre que pudo traerme un tesoro”. Me contuve el llanto, pues no acostumbro que se me salga a las primeras de cambio, no más por qué sí.

“Omar, trataré de acomodar algunas palabras que tal vez logren decirte quién soy y esto tal vez te ayude más a saber por qué nuestros caminos se encontraron, entre tantos rumbos que se cruzan en la existencia de cada quien.

Yo no tengo muchos conocimientos, ni tampoco sé cómo escribir para que me entiendas lo que te voy a decir. Espero que mis palabras sean suficientemente claras y tengas así menos dificultad para comprender.

Ya que me hiciste el favor de darme eso que aprecio tanto, unos pocos recuerdos sobre tantas cosas, no quiero que pienses que la mujer deshecha que encontraste pudo decidir su destino. La vida me lo puso así.

La casa que viste en llamas no era nuestra. Un hombre nos la prestó para que nos mudáramos ahí. Vivíamos solas en otro lugar, mi padre nos dejó en una vecindad, cuando acababa de nacer, se fue sin acordarse más de nosotras, crecí en un barrio entre gente pobre por lo que mi madre, como podía, se abría camino, lavando ropa o haciendo trabajos de sirvienta en las casas ricas. Me la pasaba muy sola esperándola, en los lugares donde ella hacía quehaceres no le admitían que me llevara con ella. A pesar de esas penurias, me mandaba a la escuela hasta que crecí.  Estudiaba enfermería  y antes de recibirme ya cuidaba enfermos. Un señor necesitó de alguien que se hiciera cargo de él, porque no tenía familia. Me llamaron. Entonces yo era muy joven, demasiado ingenua, ignoraba muchas cosas. Iba todos los días a cuidarlo. Le hacía lo necesario para que no sufriera tanto, aquella enfermedad lo dejaba en ocasiones casi sin poder mover siquiera las piernas.

El hombre aquél cada vez me tuvo más confianza. Así comenzó a abusar de mí, no sé cómo para eso sí podía estar bien y lo hacía con fuerza, no supe cómo defenderme y  reaccionar para que no sucediera aquello. Pero él insistía y cuando me acercaba ponía sus manos donde yo sentía algo, no sé por qué lo dejé que hiciera todo eso, era como si me hubiera dado una droga.

Cuando llegaba con mi madre, sentía vergüenza, no entendía bien qué era lo que me hacía, pero sabía que era malo. Tuve miedo de volver a esa casa pero el hombre aquel me buscaba, decía que con nadie se sentía tan bien, me ofrecía algo de dinero extra, para llevarle a mi mamá. Como éramos muy pobres, a veces ni siquiera teníamos para comer, sentía que lo que me daba nos hacía falta. Nunca quise hablar con nadie de todo eso.

Cada vez que iba a su casa a cuidarlo él veía la forma de entretenerme hasta que se pasaba el día, salía cuando ya todo estaba oscuro y me daba miedo ir por esas calles hasta donde tomaba el camión. Era muy lejos por lo que me dijo que tenía una casa enseguida de la suya, donde podíamos vivir sin pagar renta, nos llevó a ese lugar donde guardaba cosas, era una como una bodega y nos prestó un cuarto.

Yo seguía siendo una estudiante y cuando volvía de la escuela él se brincaba por la azotea.

En las noches entraba y me buscaba, me violaba siempre que se le antojaba y mi mamá no me podía defender. Estaba tan débil que se pasaba casi toda la vida acostada en su cama o sentada en una silla. El señor ese le llevaba medicinas y en ocasiones le daba dinero para que viera médicos, era viejo y gordo, me daba asco, pero vivíamos en su casa y tenía que aguantarme todo lo que hacía conmigo.

Después de pasarse horas en mi cama, me daba unas pastillas para que tomara y no fuera a tener un hijo. Eso me decía cada vez, así que con el miedo le hacía caso.  Le sentía un odio tremendo y hasta sentía deseos de matarlo, pero no sabía cómo, cada vez que se le metía en la cabeza hacerme algo, llegaba por la azotea y me sometía a todo lo que se le antojaba, decía que si hablaba con alguien nos echaría de la casa y tendríamos que vivir en la calle. Por eso lo soportaba, pues no me hacía a la idea de estar sola con mi mamá enferma, sin tener siquiera un techo.

Me apuraba en la escuela para encontrar la manera de conseguir dinero para llevármela a otra parte. Como no conseguía eso, entonces dejé de estudiar para trabajar en una fonda. Ahí conocí un muchacho que se hizo mi novio, le platiqué lo que sucedía, el me dijo que ya no le hiciera caso al viejo ese, que ya no me acostara con él, que no dejara que se metiera en mi cama. Así me pasé meses, gritándole cada vez que se acercaba y aventándole cosas cuando quería tocarme.

Mi novio aquél tenía la costumbre de tomar mucho vino y me daba también, para que me emborrachara. No trabajaba y hasta le gustaba robar. Me di cuenta porque traía cosas para que las guardara. Tuve miedo de que lo metieran a la cárcel y a nosotras también con él, por andar escondiendo lo que traía a la casa. Entonces me escapé para que no supiera dónde encontrarme, solo iba los fines de semana a ver a mi madre que seguía ahí, pobre, nunca me dijo nada pero tengo en mí que también llegó a abusar de ella el infeliz que me cambió la vida.

Así anduve buscando trabajo y dónde dormir, hasta que encontré un lugar donde había más mujeres que tenían historias muy parecidas a lo que me sucedió a mí. Me enseñaron ese oficio que me llevó a donde me encontraste.

En esta vida cada día me siento más acabada. Me he enfermado por tantas cosas que se pueden contagiar yendo de un hombre a otro, traté de suicidarme varias veces pero no tuve suerte y aquí sigo.

Unos días antes de que me encontraras, el hombre aquél, que se había hecho más viejo y horrible, no sé por qué no se murió, fue a buscar a mi madre para pedirle que se fuera. Mi pobre viejita estaba enferma y con eso casi la mata. En esa casa escondía cosas que otros robaban, es un sinvergüenza que siempre anduvo en malos pasos.

Usaba la casa como bodega, un escondite de drogas o no sé qué, pero siempre tuve miedo de que se llevaran a mi madre a la cárcel.

Yo le pagaba a una niña para que la cuidara. El hombre se brincó como siempre lo hacía, por la azotea, igual a cuando yo era una estudiante, trató de abusar de ella. Por eso ya no quiso volver para hacer los mandados y cuidar a mi viejita. Hace poco tiempo llegó llorando a su casa, con el pantaloncito roto porque ese animal se lo arrancó, queriendo violarla, entonces la madre de la niña que sabía dónde encontrarme, fue a ponerme al tanto.

Yo no tenía dinero como para llevarme a mi mamá, pero una amiga conoció un cura que le dijo que había un lugar donde podía estar ella, sin que me costara tanto. Hablé con la mujer que cuida, una monja muy buena y le expliqué la situación. Aceptó que llevara a mi madre, en cuanto reuní algo de dinero fui a sacarla de la casa, ella está ahora en ese lugar donde la cuidan bien.

Mi madre tenía una perrita y el desgraciado ese la envenenó, porque le ladraba cada vez que lo veía por la casa, le daba de patadas, por eso le tenía tanto odio. Llegué una mañana y la pobrecita se retorcía por la yerba que le dio, en menos de una hora el animalito murió después de echar espuma por la boca, quedó ahí tirada en medio del patio.

Yo estaba resuelta a que eso era lo último que nos haría ese desgraciado, pedí un taxi por el teléfono de la esquina. Abrí las jaulas para dejar que volaran libres los pájaros, saqué las pocas cosas que teníamos, las subimos al carro y acomodé a mi mamá. Enseguida pedí al hombre que manejaba el carro que esperara a que trajera unos bultos, entré a la casa donde sufrimos tanto y prendí el fuego para acabar con todo eso. Yo incendié esa casa junto con los malos recuerdos.

De seguro me anda buscando la policía, pero no me arrepiento. Ese malnacido nunca va a poder pagar todo el daño que nos hizo. Me quedé muy triste el día que me ofreciste volver, a pesar de que no te conozco, me devolviste algo que ya daba por perdido, las fotografías y las cartas esas que me recordaron la poca juventud que tuve. Cuida mucho de tu madre y si tienes esposa y también hijos, nunca cometas el error de abandonarlos. Gracias por haberte tomado la molestia de dar conmigo, que Dios te bendiga. Carlota”.

El café ya estaba frío, el pulso se me detuvo un poco, la realidad de lo que me rodeaba se me alejó, me llevó unos minutos recuperarla, como que no quería volver, las cosas estaban sucediendo solamente por dentro de mis pensamientos, afuera no había más que un vacío mundano.

Tanto quebranto naufragando en una hoja de papel me mantuvo por un rato así, comenzaron a lloverme imágenes de la emperatriz, de su difícil infancia y adolescencia, constantemente acechada por la miseria, la soledad y finalmente la infamia de alguien dispuesto a destrozar la existencia de víctimas inocentes. Un despiadado que tuvo la maldad de pagar de esa forma los cuidados que alguien tuvo para hacerse cargo de su mugrienta enfermedad, sólo un podrido por dentro y por fuera pudo hacer eso. Sentí deseos de cobrármela yo mismo por esas mujeres, buscarlo y clavarle una estaca en el corazón, como al vampiro de la novela de Bram Stoker. Pedí más café, eso me ayudaría a recuperar la fuerza, ponerme de pie, pues me sentía como paralizado por aquél final de la historia.

Al día siguiente, yo mismo fui a buscar al director. Por suerte había llegado temprano, antes que su secretaria, lo encontré revisando los diarios de la competencia, como era su costumbre antes de comenzar la rutina, el nuestro era pequeño en cuanto a tiraje, se especializaba en asuntos de policía, deportes y escándalos políticos, aunque don Eduardo me había revelado que pensaba incursionar en cosas menos trágicas, como reportajes de ciencia o artes, a los chismes de sociales les tenía tanta fobia como yo.

—Don Eduardo, ya encontré a las mujeres, las que se salvaron de morir en el incendio por andar desaparecidas.

—A ver, dime cómo diste con ellas, cómo fue, ¿qué tuviste que hacer para encontrarlas?

En esta ocasión me ahorré tiempo en entrar en detalles de lo que había hecho, así que le di a leer la carta de la emperatriz.

—Espera, esto parece bueno, prepararé un poco de café, quien sabe qué le habrá pasado a Marcela, que no llega aún.

Trajo la pequeña cafetera eléctrica de la cocineta y dos tazas. Sirvió él mismo. Se acomodó las gafas y siguió en la lectura. El tufillo perfumado del sobrecito y la carta, impregnaron la pequeña atmósfera del despacho, leía de prisa, pues no le llevó más de tres minutos aquello.

—Te lo dije, el gato encerrado sigue ahí, te corresponde sacarlo.

¿Algo más? Me pregunté. Yo tenía la idea que con esto cerraba la historia, ya la emperatriz había explicado todo. Por supuesto que este desenlace no era precisamente lo más adecuado en un trabajo periodístico, serviría más bien para hacer un editorial, un texto que reflexionara sobre las condiciones que exponen tanto a las mujeres o los niños que no cuentan con la protección de un núcleo familiar sólido, un estatus más desahogado, por lo que la pobreza y la soledad, pueden convertirlos en víctimas de maltrato, desprecio humillación y hasta explotación.

—¿Me entendiste lo que te quise decir?

El comentario me desconcertó, sacándome de súbito de aquello que pensaba.

—¿Cuál gato, señor? — Me sentí torpe. Pero no entendía qué es lo que trataba de decirme el jefe.

—¿No me captas, verdad?

—Perdone, licenciado, la verdad es que no atino a entender lo que usted me trata de explicar.

—Claro, periodista joven que aprende y además salido de escuela de periodismo, disculpa que te lo refiera, pero así es, en las facultades les enseñan a no ser periodistas, sino reporteros y a veces ni siquiera eso. No es mi deseo que te sientas mal por esto que te digo, simplemente trato de ayudar a que la gente que colabora conmigo sea profesional, tú eres muy buen elemento, no estuvieras aquí si no es porque observo tus cualidades, créemelo.

—¿Y, qué es lo que hace falta en esto que investigué señor?, disculpe mi falta de agudeza.

—Pues te falta nada más y nada menos que la nota, la noticia de ocho columnas, muchacho, aunque suene a lugar común, lo más importante de todo este asunto.

Me quedé pensando en esto, siempre admiré en don Eduardo Pérez sus dotes de periodista. Los infalibles análisis políticos cargados de ironía que son verdaderos misiles, lo mismo que ese instinto para sacar a la luz lo que sucede en los intersticios de la sociedad, soterradamente. Por eso le tienen respeto y hasta miedo los que no se escapan de sus editoriales, de su crítica filosa e invariablemente veraz. Desnuda con maestría las trapacerías de los funcionarios que dan tanto de comer a la prensa. Él no acepta dádivas, se reúne solamente con quienes le inspiran respeto, gente que sabe distinguir y poner en práctica la ética, no con arribistas motivados por lo jugoso que puede ser un cargo. Detesta a los corruptos y mediocres, quienes desgraciadamente conforman la fauna más abundante en los gobiernos o en partidos políticos, una clase envilecida a la que nuestro diario “El gráfico del sur”, no guarda consideraciones.

Como ya había llegado Marcela, el jefe le pidió que le comunicara con alguien de la policía estatal, el comandante Fernández, uno de sus múltiples contactos. Cuando la secretaria tuvo lista la llamada se la pasó a don Eduardo.

—Pedro, ¿cómo estás amigo? Pues aquí andamos, de todo, pero nos defendemos, sacando trapitos al sol. Oye, te llamo para pedirte un favor, quisiera que alguien de tu personal acompañe a uno de mis muchachos a ver un asunto delicado. No, para nada… se trata de otra cosa, él trabaja un caso y trae una hebra que le pedí seguir, a ver qué se encuentra pero no lo puedo mandar sólo, ya ves cómo juegan los méndigos delincuentes que piensan que nadie les puede echar el guante encima… Un cabrón que se pasó de listo con unas mujeres y hasta con criaturas…Sí, seguramente, bueno, le diré que pase contigo mañana, sí, se trata de Omar, seguro ya lo conoces, de la sección… Ese mero… De toda mi confianza el muchacho este. Bueno hermano, te agradezco mucho. Sí, cuando quieras, ya sabes, yo te busco, ¿te parece el viernes de la que entra? Bueno, entonces desayunamos, donde siempre. Gracias, un abrazo igualmente para ti… Hasta luego manito, en eso estamos.

El director terminó de hablar con el comandante y hasta entonces me cayó el veinte, supe al fin por donde iba la jugada.

—Señor, ya entendí, debo buscar al dueño de la casa de junto, el pederasta ese, que seguramente trae un cola bastante larga.

—Por eso mismo no debes ir sólo, inclusive ha de haber huido, no lo van a hallar, pero los muchachos de Fernández saben olfatear bien a estas ratas.

Un equipo especial de investigadores me estaba esperando en la comandancia estatal, llegamos a la finca en dos vehículos sin insignias de la policía. Permanecimos a varios metros de distancia en tanto que dos agentes con las pistolas ocultas, se acercaron para llamar a la puerta, como no hubo respuesta, el jefe de grupo indicó a su gente  pasar por el boquete que dejó la barda caída. Entraron con las armas en la mano, inspeccionaron el lugar y al comprobar que aquello estaba sólo, se dedicaron a husmear hasta el mínimo rincón.

—Pásate, Omar—, me dijo uno de ellos —si gustas retratar estas pruebas, adelante—. Había prendas de ropa femenina, unos bultos que seguramente contenían alguna droga, botellas vacías, restos de mariguana en los ceniceros, entre otros indicios que comúnmente se encuentran en las madrigueras de la delincuencia. Los agentes tomaron huellas dactilares, entre otras cosas periciales. También sacaron fotografías. Con aquellos datos la investigación no llevó más de tres días, hasta localizar al jefe de una banda en otro de sus escondites. La información que le sacaron los judiciales permitió la captura de la mayoría de los de la banda. Existían varias denuncias en su contra, presentadas por padres de otras víctimas casi todas menores de edad, se supo que sus compinches se las llevaban drogadas a cambio de dinero, armas, sustancias a las que eran adictos. Cuando cayó en manos de los judiciales me notificaron para que fuera a tomar fotografías y para recabar datos, entonces pude titular el reportaje que me valió la felicitación del director “Incendio accidental pone al descubierto varios crímenes”. Ese día los ejemplares del Gráfico, volaron.

La voz tenue de Marcela, quien pocas veces o casi nunca saludaba antes de cumplir la órdenes de su jefe, me habló de cerca.

—Don Eduardo quiere que vaya a su oficina.

—Siéntate, Omar, tengo noticias.

Después de la orden acostumbrada para que me instalara sentado frente al escritorio,  me comunicó que había ganado un aumento. El doble de lo que era hasta entonces mi sueldo. También me confió que había recibido un capital que invertiría totalmente para renovar las instalaciones del diario y pensaba ampliar el tiraje, me nombró jefe de sección y me dio autorización para formar un equipo de reporteros. Estaba deslumbrado de alegría y así me pareció que estaba él, con un humor excelente, de manera que no desaproveché la oportunidad de que me permitiera localizar a Luisito para integrarlo nuevamente. Lo meditó unos segundos y después comentó que yo era el responsable de mi área y estaba en libertad de hacer lo que quisiera, pero necesitaba resultados. Ante este viraje de la fortuna, me sentí de lo mejor en mi corta trayectoria, busqué y encontré al amigo y compañero, le narré la historia de la emperatriz y el final que había tenido, le ofrecí ser su nuevo jefe y por supuesto que aceptó sin pensarlo, dándome un abrazo agradecido. El lunes se presentó temprano, con un aspecto bastante limpio, sin huellas de alcohol, tomamos café durante casi toda la mañana. Esa misma tarde le pedí que me acompañara al hotel donde estaba la emperatriz la última vez que la  vi.

Le llevé en esa ocasión un ejemplar del Gráfico donde aparecía Herminio Gálvez, alias el “alacrán”, detenido por varios delitos del fuero común y otros más de carácter federal que no alcanzaban fianza. De manera que el desgraciado tipo que tanto daño hizo a Carlota y su madre, entre otras víctimas que se presentaron a identificarlo, pasaría muchos años detrás de las rejas.

Por suerte la emperatriz aún no pasaba a recoger el cofrecito, la dueña del lugar me comentó que de seguro iría, pues le hizo hincapié en que esperaba algo muy importante, que por favor lo conservara guardado para recogerlo cualquier día de estos. Junto al diario coloqué una carta que contenía mis datos, con la idea de que la emperatriz me llamara. Ahí mismo puse la cadenita, con un broche nuevo, a Laura le compraría algún otro regalo.

La emperatriz ya no tenía por qué esconderse, podía caminar con altivez por el mundo, nuestro mundo tan enmarañado que se extiende por la ciudad.

Carlos Antonio Villa Guzmán es Maestro en Comunicación de la Ciencia y la Cultura por el ITESO, es profesor-investigador del Departamento de Estudios de la Comunicación Social en la Universidad de Guadalajara. Actualmente estudia el doctorado en Política y Gobierno, en la Universidad Católica de Córdoba y Administración Pública, por la Universidad Complutense de Madrid. Blog Voces Libres: http://carlosvillaguzman.blogspot.com

 

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