El Cafecito

La emperatriz (II/III), por Carlos Antonio Villa Guzmán

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[Por su extensión, este cuento se ha dividido en tres partes, con permiso de su autor.

He aquí la segunda. Clic aquí para ver la primera].

 

II

Me acomodé en la barra de uno de esos bares, “La Luciérnaga”, era su nombre. Había otros que se llamaban “El Zombie”, “El Zarape”, “La luna de miel”, “El tara- rá”, entre otros a cual más de saturados de gente de bajos recursos despilfarrando salarios o botines de sus fechorías.

El que atendía el bar me sirvió una cuba que pedí con soda y hielo, para rebajar el dulce de la coca-cola. Aproveché un momento para preguntar, cuando éste dejó de servir copas y recargó los codos sobre la barra, si conocía alguien que haya trabajado en el Imperio.

—¿A quién buscas?— me respondió, como acostumbrado a ese tipo de cuestionamientos.

—A una mujer que se puso el sobre nombre de la emperatriz Carlota. ¿La conoces?

—No, pero no te costará trabajo dar con ella si es que todavía trabaja por aquí, a menos que hubiera cambiado de profesión, lo cual pocas veces sucede, o que le haya pasado algo. Eso sí ocurre muy seguido y por eso se van a otra ciudad, se esconden, sobre todo cuando les dejan cicatrices en el rostro o si ellas, por defenderse, desfiguran al que las ofendió o atacó. También suele haber pleitos entre viejas y es cuando la cosa se pone más fea, se dan recio y acaban con las uñas enterradas en la cara, hasta todas mordidas o cortadas con los vidrios de las botellas y los vasos que se avientan. Ojala que a tu amiga no le haya sucedido nada de eso y la encuentres bien.

—Yo sí la conozco—, dijo alguien que estaba a mi lado, por lo que alcanzó a escuchar cuando pronuncié su nombre. Se trataba de un tipo con aspecto mulato, algo encanecido. Un músico, según me confirmó al presentarse. Bebía solo y tenía la mirada somnolienta de unos ojos que cargaban demasiadas cosas tristes, vistas a lo largo de mucho tiempo de llevar esa vida nocturna.

—¿La que trabajaba en el Imperio?— pregunté.

—Sí, la misma— contestó apenas con un ademán y una mirada de reojo con sus ojos tristes—. Ella puede ser que todavía trabaje por aquí. ¿Ya preguntaste en La Calandria?, ese lugar está por la calle de  atrás. Tal vez ahí la encuentres o alguien que te diga dónde la puedes hallar.

Le pagué al cantinero, le di una tarjeta de presentación de las que llevo en el bolsillo al músico, no sé por qué me dio esa confianza, que tal vez haya sido porque la mirada lánguida también reflejaba rectitud. Pensé en un tipo honesto, que no hace daño a nadie y se gana la vida haciendo lo que sabe, igual que yo.

—Por si se le ofrece algo algún día— le dije, no sé por qué, al entregársela y me despedí de él, me extendió la mano firme y agradecido salí del lugar.

Voltee en la esquina y entonces observé el anuncio igualmente luminoso de La Calandria. Entré y nuevamente me dirigí hacia la barra, con la intención de hacer lo mismo, preguntar al que despacha los tragos. Este otro que atendía la barra tenía un aspecto muy diferente, un hombre gordo, con bigote espeso y cara de pocos amigos. Pedí lo mismo para no mezclar diferente tipo de alcohol.  Este otro sitio tenía menos clientes que La Luciérnaga, quizá por encontrarse en una callejuela más escondida y sombría que otras que había recorrido. Inclusive los que estaban ahí parecían sacados de un mundo más abajo. Para no alargarme mucho la velada y seguir gastando dinero, ya que no hay otra forma de estar en estos laberintos, le pregunté al individuo ese por la emperatriz. Me había engañado con lo del rostro, pues el sujeto me respondió en tono amable que sí sabía quién era la emperatriz, pero que ya no estaba contratada en el lugar, que de vez en cuando se deja ver aquí. Enseguida me señaló hacia un grupo de mujeres que compartían su mesa con dos tipos.

—Esas que están ahí te pueden dar razón de la emperatriz. La he visto en compañía de ellas.

No es prudente en estos lupanares acercarse a las mujeres cuando están acompañadas. Alguien pasado de copas puede reaccionar violentamente y presumir su machismo si el alcohol ingerido le hace confundir la relación que tiene con la o las acompañantes. Así pueden resultar los efectos etílicos, en combinación con las mentes obstruidas por la ignorancia o en todo caso la bajeza de instintos. Me senté por ahí cerca a esperar.

Evité que el grupillo me mirara de frente, así que acomodé la silla en otra dirección y comencé a tomar a pequeños sorbos la bebida. La música que salía de la sinfonola se escuchaba demasiado fuerte, haciendo que la poca gente que había se hablara casi a gritos.

Como a los cinco minutos de estar así, miré que una de las mujeres a quienes pensaba abordar, se levantó para dirigirse hacia donde estaban los baños.

—Ahora es cuando— me levanté y discretamente me aproximé al rincón donde había un pasillo que los comunicaba, al de hombres a la derecha y el de mujeres enfrente a la izquierda. Esperé a que ella saliera y me le puse enfrente cuando la tuve cerca.

—Disculpa, mija, ando buscando a una compañera tuya y quiero saber si anda por aquí, le dicen Carlota o la emperatriz, ¿la conoces?

La muchacha, sin disimular el asombro, me exploró más que me contempló. Totalmente desconfiada, pero al final se relajó.

—No la he visto por aquí desde hace mucho, pero te puedo presentar una amiga.

—No vine a eso, necesito hablar con ella, es un asunto personal.

—Espérame aquí, trae para acá a esta mesa tu copa o lo que estés tomando, ahorita le digo a una de las chicas que están conmigo y que es su amiga, a ver si sabe dónde la puedes buscar.

Hice lo que me indicó, esperé otros cinco minutos más o menos. Entonces una de sus acompañantes se levantó y vino a sentarse a mi lado.

—¿Tú eres el que pregunta por la Carla? ¿Para qué la quieres? Me parece que se fue con un cliente desde temprano o a lo mejor fue a su casa, cada quince días o cuando puede cada semana, visita a su mamá porque la tiene muy enferma.

—Precisamente a eso vine, a decirle que ya no tiene casa, soy reportero, trabajo en un periódico y me tocó fotografiar el incendio que la consumió.

—¿No me digas?, pobre Carlota, seguro ni sabe, porque la miré con un ruco, hace como dos horas. Seguramente se fueron a algún hotel de los que hay a la vuelta. Ella no me vio, hace mucho que no hablamos.

—¿Ya no sale en las variedades?— le pregunté a su amiga, pensando que eso era mejor que acostarse con borrachos.

—No, ya no, hay muchas pirujillas mucho más jóvenes y buenas para eso, hasta van a los gimnasios y se cargan unos cuerpazos. Mi amiguita ya no sirve para eso, así que no le queda más que abrir las piernas todas las noches, bueno, descansa un día o dos por semana, a lo mucho, y es cuando se va a llevar centavos a su madre. No tiene a nadie más, un hijo se le murió a los meses de nacido y de ahí se puso bien jodida del cuerpo y de la cara, ya ni se cuidó la pobre.

—¿Tienes una idea para dar con ella? Quiero avisarle de lo que pasó, hasta la gente del vecindario decía que se habían muerto las dos en medio de la quemazón, ahí atrapadas. Yo pude entrar a lo que quedó de su casa, junto con los rescatistas, pero no las encontramos. Solamente estaba un perro o gato muerto, todo carbonizado. Me hallé algo que le pertenece y seguramente lo aprecia mucho, por eso vine a buscarla, y para saber qué le pasó a su mamá, por qué no estaba ahí. Qué bueno, que tuvo esa suerte, porque si no, quién sabe.

—Mira, ¿cómo te llamas?

—Omar.

—Bueno, Omar, échate unos vinos, mientras se emborrachan esos que están con nosotras y dejen de tomar, porque nos están dando buenas propinas. No tardan mucho, una hora, quizá, porque ya se empinaron como dos botellas y no creo que puedan aguantar más. Invítate una chica para que no estés sólo, mientras me desocupo y te acompaño al hotel, donde renta un cuarto la Carla, con suerte sí la encontremos, es lo más seguro, porque ya ni siquiera encuentra tantos clientes como antes.

Le agradecí la disponibilidad de ayudarme, diciéndole al mismo tiempo que prefería esperarla sólo, pues no llevaba conmigo suficiente como para invitar a una dama para hacerme compañía, además no andaba en ese plan.

—No te preocupes por eso, yo pago lo que se tomen los dos, aquí me dan fiado todo lo que quiera y me venden más barato las bebidas. Sácate una a bailar y luego te la traes aquí, para que no estés de aburrido, ándale.

Me dio ternura lo que escuché por boca de una total desconocida que se atrevió a invitarme. Esa rolliza en minifalda me pareció muy simpática, me puse a pensar en la clase de sentimientos que le hacen compartir el dinero que se gana, llevando una vida al filo del peligro, con alguien que ni siquiera se había cruzado en su camino. Un tipo equis.

Por supuesto que no estaba dispuesto de hacer uso de esa confianza que literalmente me brindó. Así que opté por distraerme de aquél ruidazo musical en medio de carcajadas y barullos de las conversaciones. El local se había llenado de clientes, seguramente porque habían cerrado sus puertas los otros congales que había a la redonda y ya picados, los vagos que deambulaban por ahí, no tuvieron más remedio que refugiarse en La Calandria. Al pensar esto, miré en el reloj que ya eran las cuatro de la mañana, las horas se pasaron volando.

Saqué mi libreta y me puse a garabatear algo, como tratando de encontrar algunas frases que sirvieran de pie para el resto de la historia que me faltaba escribir. También llevaba conmigo dos fotografías de la emperatriz, para ofrecerle pruebas de lo que iba a decirle. El hallazgo de eso que seguramente le significaba algo especial, como para mitigar un poco la noticia de que ya no existía la casa de su madre y de ella.

Cuando la retrataron, no tengo idea del tiempo transcurrido desde entonces, se le veía bastante de juventud, con toda la exuberancia de los atributos femeninos. Un busto prominente, el trasero con imán para la mirada, piernas torneadas, la piel y cabello trigueño, ni demasiado morena ni tampoco tan clara o blanca. Ojos lindos, resaltados por líneas oscuras y sobre la cabeza una corona que, de haber llevado un vestido o manto de terciopelo, además de joyas legítimas en el cuello y los brazos,  le darían aspecto de emperatriz. Un impulso me hizo besar la fotografía donde se veía de cerca y por tanto más bonita.

Estaba absorto en aquello y de pronto una voz femenina me sacó de súbito de ese embeleso.

— Hola, joven, vengo a acompañarlo, si no le molesta. Me envió una chica que acaba de estar con usted. ¿Quieres sacarme a bailar?— diciendo esto, la muchacha se acomodó junto de mí.

—¿Cómo te llamas, guapo? Yo soy Amelia.

Contesté el saludo con el beso en la mejilla que me acercó.

—Omar García—. Le di mi nombre apurándome a guardar las fotografías y la libreta en la chamarra. La chica hizo una señal para llamar un mesero.

—¿Qué estás tomando?— preguntó.

—Tomé una cuba con ron, pero ya no quiero más, gracias, vengo de otros bares y ya bebí suficiente.

—Pues te vas a tener que sacrificar conmigo, chiquito. Tráiganos por favor dos cubas. El vino aparte, aquí las preparamos, ponga unos hielos, refrescos y agua mineral. ¿Así está bien que lo pida? Es mejor campechano, ¿no? Para que no sepa tan dulce y después sea peor la cruda. Bueno, ya me adelanté, yo así me tomo las cubas—. Soltó una carcajada tal vez por ver mi asombro.

El mesero tardó unos instantes en poner todo eso en la mesa. La chica, con movimientos tan rápidos como era su forma de hablar, de abordar las situaciones, sirvió ambos tragos y alzando el suyo dijo ¡salud!

Chocamos los vasos y dimos cada quien un trago profundo.

—¿Bailamos?

Ni siquiera esperó mi respuesta, tomándome la mano me llevó hacia el centro del salón, donde bailaban abrazadas varias parejas. Puso sus brazos alrededor de mi cuello y comenzó a moverse, lento, sin dejar de hablar.

—Así que eres amigo de la Diana, la “Leidy Di”, bueno, así le decimos aquí, ya ves cómo nos gusta ponernos nombres así, que nos den más, ¿cómo te diré?, más pegue, para que se nos acerquen los hombres y no nos suelten hasta que queramos que se vayan —. Volvió a reír, tan fuerte que voltearon a mirarnos, sobre todo las mujeres que bailaban cerca de donde estábamos.

—Pues no la conozco muy bien, pero es muy agradable, una gran chica—. Le dije esto por el gesto amable que tuvo comigo, sin siquiera saber su nombre.

—Pues algo le has de ver dado que le gustó, porque me dijo que te tratara como artículo delicado y que ella pagaba la cuenta. ¿Te la cogiste bonito?—. Al decir esto, Amelia me estrechó aún más y sentí que mordisqueó el lóbulo de mi oreja.

—No, no me he acostado con ella—. Me hizo gracia y hasta me sonrojé con su comentario, la ocurrencia para tratar de buscar mi excitación en público. Su cuerpo despedía un delicado calor y el perfume barato que usaba no me parecía tan desagradable. El cabello despedía olor a limpio.

¿Con qué intención hace esto esa muchacha que me la ofreció? Me hice la pregunta, con verdadero asombro, incrédulo por este “regalito” que mandó a donde estaba yo pensando y contemplando los retratos de la emperatriz.

—Si gustas, cuando termine esto, ya no falta mucho para que cierren, nos vamos a acostar. Tengo un cuarto por aquí cerca y yo te invito. Allá tengo algo de vino.

—Hoy no será posible, Amelia, pero te juro que me dejas con unas ganas tremendas y si te parece, el próximo sábado te vengo a buscar, nos vamos a donde quieras.

—¿No puedes ahorita? Me gustaste mucho porque eres diferente de otros que vienen por aquí. Míralos, puro gañán, tipos mugrosos y borrachos que ni se les para—. Lanzó otra carcajada y nuevamente nos tupieron las miradas.

Bailamos así dos o tres piezas más y nos volvimos a sentar. Comenzaron a retirar botellas bacías, copas y otros objetos de las mesas.

—¿Tienes algo para dejarle su propina al mesero? La cuenta ya está pagada. Leidy Di se encargó de eso.

Saqué un billete y lo puse sobre una charola. Entonces fue cuando vino hacia nosotros Diana o Leidy Di, como la llamaba su compañera.

—Por fin se fueron estos fulanos, ¿Cómo te trató mi amiga? Recuérdame tu nombre.

—Omar.

—Ah, sí, es que ya ando media peda, se me olvidan las cosas. ¿Te gustó bailar con Amelia? Los miraba bien apretaditos. Para la otra se van a coger por ahí si quieren. Pero hoy nos vamos a tener que ir, me llevo a tu galán, amiga. Tenemos un asunto muy importante que arreglar ¿No es cierto, Omar?

—Sí, por supuesto, Diana … Leidy Di.

— ¿Y, no me llevan? No quieres compartir, ¿verdad cabrona?—. Amelia hacía muy bien su papel de mujer celosa.

—Otro día nos lo llevamos y nos acostamos juntas con él, pero hoy no nos vamos a eso. Tenemos que dar con alguien. Es algo personal y urgente. Ya pagué todo y hasta lo tuyo también, amiga, te dejé un dinerillo con el capi. Vámonos Omar, despídete de esta putita y toma tus cosas. Allá afuera nos está esperando un taxi.

Al despedirme de aquella criatura ardiente y perfumada, ya más animado por las bebidas y el pretexto de bailar para permanecer abrazados, le hice una caricia por debajo de la falda que ella correspondió también, sobre mi pantalón. Me apretó transmitiendo un tenaz deseo.

En la puerta estaba mi espontánea anfitriona conversando con el chofer del auto. Le dio unas indicaciones y nos fuimos en busca de la emperatriz. Hicimos un recorrido que nos llevó un cuarto de hora aproximadamente, no mucho, considerando las dimensiones de la ciudad. Paramos en el hotel en que alguna habitación servía de morada para la mujer que buscaba.

—Espera aquí en el carro unos minutos, déjame ver si ya llegó —. Leidy Di se introdujo en el lugar y a poco salió con una sonrisa.

—Sí está, la desperté, me pidió que no te pasara hasta que se arreglara, ya la conocerás, por algo es emperatriz, hasta se cree de sangre azul mi amiga. Aquí nos quedamos, Manuel, toma, cóbrate.

Leydi Di, pagó y el auto se fue. Nos quedamos unos momentos sobre la banqueta y la mujer sacó un cigarrillo.

—No tengo encendedor. Tú, ¿no fumas?

—No— le dije — hace años que no.

—Me imaginaba, te ves muy serio. Antes aguantaste la calentura de Amelia. Noté que te quería violar, de seguro te invitó a que la acompañaras a su casa, cuando le gusta un hombre, se lo coge porque se lo coge, hasta es capaz de pagar, bueno, yo también lo hago si me late.

Leidy Di entró al hotel para encender su cigarro y volvió a la calle. Ya comenzaba el cielo a mostrar cierta claridad. Con la frescura del amanecer me di cuenta de que el efecto del vino era mucho mayor de lo que pensé antes de salir de La Calandria.

Apagó la bachicha frotándola contra la suela del zapato de tacón.

—Bueno, vamos a entrar, pero no te vayas a asustar cuando veas a la Carla, la pobre de mi amiga ha pasado cosas que la dejaron como cáscara seca.

Mi acompañante llamó con unos toquecitos en la puerta y ésta se abrió. Nos recibió en persona, por fin, la emperatriz.

Nada en ella ocultaba sufrimientos, desvelos, el cansancio por vivir una vida entre amargura y alcohol, tal vez pastillas, drogas, golpes en el cuerpo y en el alma. Mas así sonreía todo su rostro. Me percaté que la visita de la amiga le alegraba, tal vez bastante. Era como una llamarada en medio del cierzo más intenso. Se abrazaron, gimieron así, juntas, como dos tallos con sus flores marchitándose, sin darse por vencidas. La emperatriz era algunos años mayor, esto se veía claramente. Leidy Di, también estaba envejecida a destiempo, antes de que le tocara. Su faldita no alcanzaba a cubrir del todo las piernas con várices e incluso algunas cicatrices, apenas arriba de las rodillas. Secándose unas lágrimas, se apartó del abrazo

—Carla, este muchacho llegó a La Calandria al poco rato que te fuiste, preguntando por ti. Algo te quiere decir, creo que se trata de otra mala noticia, ¿Qué más podemos esperar, aunque estemos tan curtidas?, que te lo diga él.

Yo me había convertido en un espectro ante aquello. Estaba y no estaba con ellas. Me quería volver invisible para no estorbar a esas compañeras de la calle, de la vida en los cabarets más prolijos de vicios, los cuartuchos infestados de olores, sudor, sangre, orines, vómito. Lo despiadado que escupe siempre, cada instante, este mundo. Al mismo tiempo admiraba el afecto que había entre las dos mujeres que estaban ante mis ojos, tan cerca que me llegaba el mismo soplo de su respiración.

—Amiga, lo dejó aquí contigo, yo tengo que irme, estoy muy cansada y a la noche tengo que seguir taloneando. Así se puede explayar más contigo este joven con lo que lo trajo hasta aquí.

La mujer se despidió de la emperatriz. Agradecí una vez más lo que había hecho. Entregándole mi tarjeta le dejé saber que cuando necesitara de la ayuda que pudiera darle un reportero de la nota roja, ya sabía, contaba conmigo.

—Espero que no te ocurra nada malo, pero uno nunca lo sabe—. También le dije que deseaba darme una vuelta alguna noche de estas por La Calandria, para verla a ella y a su amiga Amelia.

—¿Te dejó calientito, verdad?—. Me dio un beso que casi flotó en el aire y se marchó.

Me quedé a solas con la emperatriz. No encontraba la forma de comenzar a hablar del asunto. Además el cansancio, la desvelada, junto con lo que había tomado, no me ayudaban con la tarea de aclarar las ideas. Ella, sin preguntar nada sirvió dos tazas de café.

—Dime ya pues, lo que vienes a decirme ¿Cómo te llamas?

Me extendió la mano.

—Omar, señora, Omar García, a sus órdenes. Trabajo en un periódico, este, yo, mire usted. Bueno, voy a comenzar. La semana pasada me encontraba haciendo algunas compras en los puestos que se instalan en la calle. En el barrio que está cerca de la loma del Cerro de la Virgen. Hubo un incendio, se quemó una casa, creo que era de su mamá y no sé si usted sepa algo de esto.

La emperatriz no me interrumpió, miraba en silencio algún punto fijo sobre la mesa, meneaba con una cucharita el café de su taza. Con la mano libre me hizo una señal para que continuara el relato.

—Los vecinos estaban preocupados, continué, trataban de apagar aquello como podían, con cubetazos, mangueras, palas de tierra, hasta que llegaron los bomberos y terminaron con el fuego. Buscamos, porque yo también me puse a hacer lo mismo, a su mamá y a usted, porque la gente murmuraba que se encontraban en el interior de la casa. Sentí alivio de que no hubiera sido así. Entre que pasábamos de un lugar a otro, removiendo escombros y palos quemados que cayeron del techo, encontré un cofrecito. Al decir esto, unos ojos radiantes, iguales a los que vi en la fotografía se clavaron en los míos.

—¿Lo tienes contigo?

—Sí, lo llevé a casa, así me pude ayudar a encontrarla, porque lo abrí para buscar alguna señal que me indicara cómo regresarlo con su dueño, o sea usted. Disculpe que me haya atrevido a eso, en parte no fue mi decisión sino de mi jefe. La nota que redacté le pareció incompleta si no daba cuenta del paradero de la gente que habitaba la vivienda. Así descubrí las fotografías y traje estas dos—. Le entregué los retratos, al verlos comenzó a llorar. Se cubrió el rostro con ambas manos, el llanto le salía como un torrente contenido por los muros del tiempo y algún dolor tan fuerte como una pared de hierro que de pronto se agrietó. Los enormes ojos se hicieron pequeños, me miraban, diciéndome algo más tenían que decir aparte de ver tan profundamente, como tratando de traspasarme. Pensé en las cartas y lo demás que encontré dentro del cofrecito que tenía guardado en casa.

—Señora Carla.

—Dime Carlota.

—Carlota, mañana mismo, si usted lo permite, le entrego sus cartas, junto con el cofrecito y lo que había dentro, los otros retratos, todo quedó intacto porque el fuego no logró hacerle ningún daño. Tal vez con lo delgado de la lámina pudieron haberse prendido los papeles al exponerse a tanto calor, pero eso no ocurrió, afortunadamente y, dígame, ¿cómo está su mamá?

—Ella está bien, dentro de lo que cabe, muy enferma pero bien. Cuando me puedas traer la cajita de esos recuerdos te contaré la historia, digo, por si te interesa, ya veo que tienes curiosidad, mucha, diría yo. Además, se echa de ver que eres un buen hombre, muy joven, bien parecido y con gran corazón. Yo en cambio caí muy bajo, hasta lo peor, esa es parte de lo que te quiero platicar, si gustas, cuando vuelvas. Muchas gracias por esto que has hecho, yo lo había guardado y por más que buscaba cuando visitaba a mi mamá, no lo encontraba. Seguramente ella lo escondió entre las vigas del techo. Allí acostumbraba poner todo lo que deseaba que no se perdiera y seguramente se le olvidó también, hasta que el incendio lo destapó aventándolo al piso, donde lo hallaste.

Acordé con ella volver esa misma tarde, aprovechando que era domingo. Al salir de aquél cuarto me dio la intensidad del sol directamente en el rostro. Pensé que una claridad parecida brillaba sobre lo que yo busqué y que rápidamente tenía aclarada la historia, sin embargo, faltaban algunas piezas para completar de armar lo que estaba descubriendo.

Encontré a Laura ocupada en los quehaceres domésticos.

—Hola, mi amor. ¿Cómo te fue, pudiste hacer tu trabajo?—. El que entienda de mujeres que me lo explique, yo venía con el ánimo acorazado, esperando la batalla, porque además de lo que había sucedido al salir de casa el día anterior, el enfado de mi mujer, sus ácidos comentarios salpicados de frialdad, traía una espina de culpa por haber cometido las tres bes: beber, bailar y besar. En cambio me recibió la paz del hogar, endulzada con las palabras de mi mujer.

—Fui de compras muy temprano, el niño está durmiendo, así que te puedo hacer unos chilaquiles como te gustan, para que te almuerces bien antes de que te bañes y acuestes a descansar, has de estar fatigado por trabajar toda la noche.

—Sí, házmelos, tengo un hambre de lobo. Estuve de un lado a otro investigando para completar la nota que ya a estas alturas se convirtió en un reportaje, lo que logrado averiguar lo hace más interesante.

—¿Y, todo eso tiene que ver con la cosa esa que abriste a martillazos?

—Sí, mi Lauris, ahí estaba guardada un historia bastante cruda. La vida de una mujer que es distinta a lo que otros pensaron que era. Di con la dueña del cofrecito, la emperatriz Carlota.

—¿Quién? ¿Emperatriz? ¿Pues en dónde te metiste o con quien te fuiste?

—Con nadie, amor, unas señoras, sírveme de desayunar por favor y ya te cuento que pasó, con ese incendio, las dueñas que no se murieron ahí, el cofrecito, todo. Ándale, no seas malita, ya no me hagas preguntas antes de que me pueda saborear un plato.

Después de pasarles revista a los chilaquiles bañados de salsa, los frijoles fritos, con bolillos recién horneados, acompañados de varias tazas de café, me di un buen baño, acaricié a Dieguito en su cuna, no había despertado todavía, me tiré en la cama, con las cortinas cerradas de la recámara para dormir más a gusto.

Pude así descansar un par de horas antes de que la alarma del reloj me despertara. Laura se había acostado a mi lado, la acaricié en el cabello y el rostro primero, después ella comenzó a bajarse el pantaloncito corto que llevaba, nos quedamos desnudos e hicimos el amor. Diego Omar estaba en su cuna, quietecito, jugando con algo y haciendo borucas.

—Me tengo que ir, Laura— dije, mirando al techo donde me aparecía la imagen de la emperatriz recibiendo el cofrecito.

—¿Otra vez? ¿Por qué? Si se puede saber.

—Es por lo del cofrecito, se lo tengo que devolver a la dueña, se lo entrego y me vuelvo a casa. En dos o tres horas ya fui y vine.

—No ha de ser muy urgente, la señora puede esperar, al cabo ya sabe que tú lo tienes y está segura que lo recuperará. Mejor abrázame, ¿sí, mi cielo? Hace mucho que no estamos así, tranquilitos y con ganas.

Laura tenía razón, habíamos pasado meses de tensión, discutiendo por cada cosa, ella más bien entregada al bebé, a los quehaceres, las compras y a pasar vergüenzas pidiendo dinero prestado con su familia. Ya me puedo imaginar qué tanto le decían de mí, que mejor me dejara, que no soy capaz de darle la vida que ella y Dieguito se merecen, que los periodistas somos vagos, borrachos, amigueros y desobligados, en fin. Ella escuchaba y tomaba lo que creía cierto, pero me ama y se mantiene en su postura de madre y esposa, aunque le llenen la cabeza de tonterías. Yo sigo queriéndola como cuando la conocí o quizá más ahora que me ha dado un hijo y es protectora con él, no lo descuida ni un momento. Formamos un triángulo perfecto y no sé si llegará el día en que deseemos tener otro. Con estas limitaciones ni siquiera hemos tocado el tema.

Decidí quedarme en casa, las dos horas que había dormido profundamente no habían bastado para recuperar el sueño de toda una noche pasada en vela, entre prostitutas y aficionados al alcohol, con toda esa variedad de gente y ruido.

Hicimos el amor en tres episodios más, como cuando éramos novios y escapábamos a casa de unas amigas que vivían aparte de sus padres, nos prestaban una recámara. Íbamos de vez en cuando a algún hotel de paso con cochera, en ese tiempo yo tenía un vocho modelo 69, en el que también salíamos al campo y nos acostábamos al aire libre. Laura es muy ardiente, igual o más que yo, le encanta que bese o dé pequeños mordiscos en sus pezones, acariciar su vulva que se humedece al mínimo roce de mis dedos, de mi boca. Así nos quedamos, satisfechos y felices, hasta que nos despertó Dieguito exigiendo su alimento cuando ya casi estaba por amanecer.

Llegué saludando a los compañeros de la oficina. Pregunté a la señorita Marcela si había llegado el director. Me informó que éste había asistido a un desayuno a invitación de la gente del gobierno.

—Bueno, cuando regrese, por favor avíseme, tengo un asunto importante que comentar con él.

—Yo le diré, señor García, en cuanto pase a darle los recados y ver pendientes.

Como al medio día sonó el timbre de mi extensión, ya había llegado don Eduardo y me esperaba en su despacho.

—Hola, señor, buenos días o mejor dicho, buenas tardes.

—¿Qué tal, Omar, averiguaste algo de las desaparecidas? Toma asiento. ¿Me acompañas con un café? Marcela, sírvanos dos tasas, por favor y déjenos aquí la cafetera, por si nos lleva más tiempo la junta.

—Sí, señor, enseguida.

—Veamos qué tienes de nuevo.

—Señor Pérez, me pasé toda la noche del sábado, hasta el amanecer del domingo, averiguando sobre las mujeres de la vivienda incendiada, como me lo sugirió usted, quiero decir, por orden de usted.

—Bueno, es que yo pensé y pienso todavía, que escribir una nota como esa que trajiste la semana antepasada, de un incendio, que estuvo grave el asunto, mucha gente, explosión de unos tanques de gas, etcétera, no era en realidad una noticia que se pueda vender. Habiendo tantas cosas mucho más sangrientas o escandalosas, como le gusta a la mayoría de ese público morboso que nos lee. Por eso te pedí que buscaras qué había sido de las viejas esas, a lo mejor fue un incendio intencional, guardaban droga en la casa o una de ellas se vengó del marido infiel, qué se yo, eso es el periodismo que hacemos, pensar mal y después comprobar que se tiene la razón. Ponerle sustancia. Eres bueno para escribir, muchacho, observas y anotas con lujo de detalles, pero no se trata de contar cuentos, sino de provocar al lector, despertarle sus instintos, las emociones dormidas, el miedo, la angustia, el coraje, eso es lo que le gusta a la gente ¿me entiendes?

—Sí, perfectamente lo entiendo, don Eduardo y para allá iba con lo que le quiero comentar.

Y le platiqué todo, de cómo di con la emperatriz siendo que ya habían cerrado El Imperio, de las mujeres que eran sus amigas o al menos una de ellas según el afecto que se mostraban, del llanto que soltó al ver los retratos. No omití ningún detalle, inclusive lo bien que se portaron conmigo aquellas chicas de la noche. Le comenté también que había quedado de ver a la emperatriz el mismo domingo por la tarde, pero que al haber tenido tantas dificultades con Laura recientemente, entre otras razones por lo escaso del sueldo —esto no le agradó, por supuesto— pospuse la visita para el siguiente fin de semana.

—Con todo esto que me dices, Omar, más sospecho de que ahí hay un gato encerrado.

—Sí había, señor, un gato o un perro, pero se murió quemado. Dio la vida por la dueña.

Don Eduardo celebró la broma con su guiño acostumbrado. Cerraba un ojo cuando reía.

Nuevamente se me pasaron los días como si trajera piloto automático, de la procuraduría al forense, de ahí a las comisarías y por las tardes a la redacción, después, entre café tras café redactar mis notas, revelar fotografías para que las acomodaran los diseñadores. Una semana con pocos muertos a pesar de tantos accidentes y pleitos, sobre todo entre pandillas.

Llegado el día dispuesto para entregar el cofrecito con su “tesoro” íntegro a la emperatriz, me levanté temprano y acudí al tianguis para recuperar algo de dinero, si es que Miguel había logrado vender las chácharas que le dejé  y también para rescatar la cadenita que le empeñé a la jefa.

—Toma, aquí te traigo tu dinero—, me dijo Miguel entregándome cien pesos, vendí todo por ciento cincuenta, ¿está bien así?

—Sí, Miguel, estuvo perfecto, me hiciste muy buen paro. Te dejo, hermano, luego te caigo por aquí, la próxima semana para irnos a los camarones, hartarnos de botanas y cervezas. ¡Bye!

Enseguida pasé a lo de la jefa y su madre. Ahí estaban las dos, la viejita Paz, en su silla, con su palo en la mano con el que solía dar golpes a los que la empujaban, los chamacos que por robarse algo salían corriendo. Hubo ocasiones en que por irlos siguiendo alguien, dejaban la silla con las ruedas al aire y la pasita por allá tirada. También lo usaba para alcanzarse las cosas del puesto de ropa usada que atendía con Violeta.

—Hola chicas, ya volví. Vengo a pagar la deuda, con sus intereses, por supuesto y recuperar la prenda.

—Yo pensé que ya no te veríamos hasta el próximo año, como no viniste el domingo pasado, creímos mi madre y yo que ya te habías olvidado de tu cosa esta. Espérame tantito, voy a sacarla, la guardé en el fajo de ropa para que no se la fuera a llevar alguien. Con eso de que no sirve el broche ni me la pude poner. Aquí tienes tu cadena.

—Le di en total sesenta pesos, diez más de lo que me prestó, para que siguiera abierto el crédito.

Ya con la cadenita en el bolsillo me retiré a la casa después de comprar algo de verdura y medio pollo, para que tuviera algo qué cocinar Laura. También le escogí unas manzanas bien coloradas, algo de cereal y fruta para el niño, que ya comía casi de todo.

Salí de la casa como a las dos de la tarde, tenía tiempo suficiente para el traslado hasta el hotelucho donde vivía la emperatriz, quedarme un rato con ella y volver, sin que se hiciera de noche. Así lo pensé.

Después de una hora llegué al lugar. Estaba el portón cerrado. Toqué varias veces hasta que asomó una pequeña que salió por uno de los cuartos del piso de abajo que servía de oficina. Le pregunté a la niña por doña Carlota, diciéndole que le traía algo y quería pasar a entregárselo. Me pidió que esperara. Entró de nuevo al cuarto ese de donde a los pocos segundos salió la que seguramente era su mamá y quizá dueña o empleada del negocio.

—Buenas tardes— me dijo. Respondí el saludo y le pregunté también por doña Carlota, la emperatriz—. Mire, no se encuentra, ya se fue de aquí, esas clientas no duran mucho, ya sabe usted cómo es la vida que llevan. Pero sí me comentó que alguien, tal sea usted, iba a venir a preguntar por ella y le dejaría algo. Si gusta entregármelo yo con mucho gusto se lo doy a ella, quedó de volver algún día a buscarlo. Déjeme traer la llave para abrir el cancel.

Carlos Antonio Villa Guzmán es Maestro en Comunicación de la Ciencia y la Cultura por el ITESO, es profesor-investigador del Departamento de Estudios de la Comunicación Social en la Universidad de Guadalajara. Actualmente estudia el doctorado en Política y Gobierno, en la Universidad Católica de Córdoba y Administración Pública, por la Universidad Complutense de Madrid. Blog Voces Libres: http://carlosvillaguzman.blogspot.com

 

 

 

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Un pensamiento en “La emperatriz (II/III), por Carlos Antonio Villa Guzmán

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