El Cafecito

Dos voces, dos visiones de la poesía —entrevistas con Odette Alonso e Iván Trejo—, por Ricardo Esquer

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Como cada primavera, el pasado mes de abril se realizaron las VI Jornadas de Poesía, que culminaron con la entrega del Premio Aguascalientes al poeta zacatecano Javier Acosta por El libro del abandono y en las que importantes poetas nacionales y extranjeros leyeron parte de su obra al público reunido en el patio del Centro de Investigación y Estudios Literarios de Aguascalientes (CIELA). En este contexto festivo, el miércoles 21, Odette Alonso (Santiago de Cuba, 1964) e Iván Trejo (Tampico, Tamaulipas, 1978) conversaron, entre otros temas, sobre su relación con los lectores, su visión de la poesía y su trabajo literario.

La poesía siempre tiene un lugar: Odette Alonso

Esta poetisa y narradora ha colaborado en varias revistas culturales de Cuba, México, Estados Unidos y Canadá. Pertenece a la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC), la Unión de Mujeres Escritoras de las Antillas (UMEDA) y la Red de Escritoras Latinoamericanas (RELAT). Editó Las cuatro puntas del pañuelo. Poetas cubanos de la diáspora, antología que obtuvo uno de los Premios 2003 de Cuban Artists Fund, con sede en Nueva York. Su obra ha sido incluida en antologías de poesía y narrativa, y en revistas de páginas de Internet. Vive en México desde 1992. Su obra incluye: Criterios al pie de la obra (Premio Nacional 13 de marzo de 1988); Enigma de la sed (1989); Historias para el desayuno (Premio de poesía Adelaida del Mármol, 1989); Palabra del que vuelve (Premio de poesía Pinos Nuevos, Cuba, 1996); Linternas (Nueva York, 1997); Onírica, última función (1999); Insomnios en la noche del espejo (Premio Internacional de Poesía Nicolás Guillén, 1999); Visiones. Prosa poética (México, 2000); Antología cósmica de Odette Alonso (México, 2001); Cuando la lluvia cesa (Madrid, 2002); Diario del caminante (México, 2003); El levísimo ruido de sus pasos (Barcelona, 2006); Con la boca abierta (Madrid, 2006) cuentos; Espejo de tres cuerpos (México, 2009) novela. Su relato Animal Nocturno fue ganador del XII Concurso de Cuento Mujeres en Vida, convocado por el Centro de Estudios de Género de la Facultad de Filosofía y Letras de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla (BUAP).

—¿Cuál crees que es actualmente el lugar de la poesía en la sociedad?

—La poesía siempre tiene un lugar. Empezando porque los poetas no sabemos vivir sin ella. Creo que es una especie de oxígeno que aunque uno no quiera lo tiene que respirar; si no, no hallas el sentido de la vida. Vamos caminando y empieza uno a ver la vida poéticamente en ciertos momentos; creo que mientras eso nos pase hay en nosotros un lugar para la poesía. Además, hay un lugar para la poesía en todas las personas que se acercan a ella buscando también el sentido de la vida, o de las incertidumbres; o se cuestiona cómo encontrar el camino, o cómo acompañarse en el camino de una presencia amable o a veces un poco agria. Y tan existe ese lugar para la poesía que estamos haciendo estas jornadas y otorgando este premio, y sigue presente en toda la sociedad en su marcha.

—¿Ayuda a vivir la poesía?

—Definitivamente.

—¿Cuál es tu relación en lo personal con los otros poetas de Cuba? ¿De quién te ves más cerca: Lezama o Fernández Retamar?

—Mira, empecé a escribir poesía en Cuba. Mis tres primeros libros se publicaron allá. Y forman parte de una generación, a la que se llamó la generación de los 80, donde había un cúmulo de creadores de todas las artes y un grupo importante de poetas. Me inserto en esa generación y me siento muy cerca de esa gente, aún cuando decido emigrar, y cuando salgo conozco otra cara de la literatura cubana que no conocía en Cuba. Fue como descubrir otro universo, otra parte del universo más bien, que hasta ese momento se me había mantenido oculta. Fue un descubrimiento muy importante, porque la poesía del exilio es la mitad de la poesía cubana actual. Entonces también me siento muy cercana, creo que por la circunstancia de la migración, a toda esa gente que tuvo que salir de Cuba y tiene una obra con mucha nostalgia hacia lo perdido o una intención de buscar las nuevas maneras de vivir fuera de la raíz, de la tierra. No te podría decir de cuál de los dos lados estoy más cerca. Tengo una especie de alma partida en dos; estoy tan cerca de mis colegas cubanos como de los colegas del exilio.

—¿Tienes relaciones con otras artes, músicos, pintores, cubanos o no cubanos?

—Sí. Siempre nos mantuvimos en contacto; como te digo, esta generación de los 80 tuvo todas las manifestaciones artísticas. Teníamos una organización que se llamaba la Asociación de Hermanos Saíz, donde nos juntábamos, hacíamos festivales y demás. Creo que también hay una especie de disciplina adquirida en mí, de buscar en las otras artes motivación, o necesidad de actualización, cercanía, complemento. Y sigo manteniéndola de algún modo. Hará unos dos años, Patricia Toledo, una pintora hondureña, y yo hicimos una exposición donde ella inventó una especie de arcadia femenina, todo un mundo de seres originales, y yo escribí algo así como la mitología de esos seres. Fue un proyecto muy interesante, muy intenso, como una especie de alumbramiento de un mundo entre los dos. Te menciono este caso específico para decir que sí hay diálogo entre todas las artes. Por ejemplo, siempre me dicen que mi narrativa es muy cinematográfica. Entonces, pues sí hay como mucha influencia de la impronta televisiva, del teatro incluso; toda una mezcla de géneros.

—¿Te preocupa acercarte al lector?

—Sé que el lector va a leer. Puede que no sepa exactamente quiénes son, cuántos son, o cuántos serán, pero sí hay una persona a la que yo escribo. Y al mismo tiempo escribimos para nosotros mismos. Más bien escribimos como buscándonos a nosotros mismos y queriendo contarle al otro cómo somos o lo que estamos sintiendo. Entonces, sí, el lector es fundamental en el acto de la creación, desde el momento mismo del acto de la creación.

—¿Y este lector podría ser ese otro creador, pintor, bailarín, músico?

—Sí, podría ser ése, pero podría ser cualquier persona común. Y podría esa persona rehacer la obra que yo he escrito y acomodarla a sus propias circunstancias, o a sus propias necesidades de interpretación. Y eso me parece también muy interesante. Cómo después la obra que uno ideó de una manera, con una intención, puede tener otras maneras, otras formas de manifestarse.

—En este sentido ¿qué opinas de la tradición oral o de la poesía hablada, que cambia para adecuarse a una circunstancia o a otra, o te apegas más a lo escrito?

—Por lo general leo lo escrito. Pero entre el momento de la lectura oral y el público hay una serie de puentes o de vínculos que hacen que cada lectura sea diferente, que incluso el poeta pueda en cada lectura leer con otro tono, con otra intención, a la mejor nada más alzas la vista y te encuentras con la mirada de alguna persona del auditorio y eso mismo te hace reencaminarte. Es una cosa muy intuitiva, que no necesariamente tienes planeada. Yo, por ejemplo, traía una serie de textos y algo que no sé si soy yo misma o es otra cosa que nos gobierna, me iba marcando la pauta de qué texto debía leer. E incluso me sorprendió el momento en que, al final, dije “gracias”, porque el que leí no era el poema que yo había pensado para terminar la lectura. Y sin embargo, en ese momento sentí que era el momento de hacerlo. Creo que el asunto de la poesía oral tiene mucho qué ver con esto, con el auditorio a quien le estás hablando y cómo lo veas; es una interacción, u intercambio, cómo veas que te están recibiendo, qué están necesitando de ti, la palabra que necesitan de ti.

—Esto implica estar abierto y no sólo arrojar lo que uno trae.

—Sí, definitivamente. Tiene uno que interactuar con la gente que te está oyendo, porque si no, eres un patán.

—¿Qué proyectos tienes? ¿Qué intentas hacer?

—Estoy en una especie de impasse, donde tengo un libro de cuentos inédito y un libro de poemas inéditos, pero no me decido a dar el paso hacia la divulgación de la obra. No sé, algo pasa; a lo mejor es la intuición de que no ha llegado el momento y esos dos libros están esperando su momento. Así, estoy recibiendo algunas cosas que después serán las que pueda escribir.

El poema se tiene que defender solo: Iván Trejo

Además de la lectura de su obra, Iván Trejo presentó su libro Los tantos días (Fondo Regional para la Cultura y las Artes, 2009), con el que obtuvo el Premio Carmen Alardín 2008. En su corta carrera literaria, el poeta, traductor y guionista también ha recibido el segundo lugar en el Certamen “Alfredo Gracia Vicente” (2002) y el Premio Nuevo León de Literatura (Silencios, Conarte, 2006). Fue becario del Centro de Escritores de Nuevo León (2006), participó como lector en el Festival Internacional de Poesía de Medellín (2002) y en el Encuentro de Poetas del Mundo Latino 2008. Próximamente aparecerá Memorias colombianas, con el sello de la UASLP.

De su primer libro, Carmen Boullosa ha escrito: “Algunos escriben, otros poeman. Iván Trejo es de los segundos, él poema (…) en diálogo espontáneo con el silencio, la tradición literaria heredada de los Contemporáneos y sus revelaciones propias.” Y añade, refiriéndose a su poesía: “…es un silencio que se siente. Es la revelación, lo intransmitible, el centro esencial. Y la presencia de eso que se llama deseo o amor y que en el poeta se convierte en la encarnación física de silencio” (http://www.otraparte.org/actividades/literatura/ivan-trejo.html).

En una entrevista con Rubén Eduardo, para la revista Comala, de Guadalajara, el autor afirma que “El poeta existe en la conciencia de la gente” y niega la existencia de la inspiración; en la poesía busca “dejar de sobrevivir” y sólo aspira a su propia inexactitud, pues la poesía no se hace para ganar dinero, público o fama, sino como “una forma de reconstruir a aquellos que fuimos.” (http://www.revistacomala.com/ivantrejo.html).

—¿Qué significó para ti obtener el Premio Carmen Alardín?

—En realidad nada. Significó la publicación de un libro, nada más. Eso de los premios es una suerte de amor a primera vista entre el jurado y el libro. Y la mayoría de las veces no sucede, así es que el milagro es la publicación de un libro de poesía. Eso es todo.

—Y la lana…

—Sí. Porque es la única forma de que te paguen por un libro de poesía.

—En cuanto a tu formación, ¿has participado en talleres?

—Soy ingeniero en sistemas con especialidad en seguridad informática. A eso me dedico. He tomado talleres con mucha gente: con Juan Bañuelos, José Kozer, Héctor Carreto…, de quienes me acuerdo así de botepronto, que de alguna forma han contribuido a proporcionar técnica, pero también muchísimas horas de auto-estudio, que es lo que a final de cuentas da la disciplina.

—Tienes dos chambas.

—Sí, una es de ocho a seis y la otra de seis a las dos de la mañana.

—¿Ves algún porvenir a la poesía y a los poetas?, ¿crees que deban seguir en solitario, o los ves vinculados entre ellos?

—Es extraña la pregunta, pero nunca se ha trabajado la poesía en colectivo. No se puede escribir un libro de poesía a dos o tres manos. Sería un alebrije extraño, aunque hay casos. Hablando de mi generación, de los menores de 35 años, hay menos vinculación, menos grupos, menos talleres, precisamente por las becas y los premios. Ahora se vuelve un trabajo mucho más solitario, mucho más egoísta, por el sistema de competencia que se crea. Las becas han dado mucho apoyo, pero han quitado toda esa parte social del trabajo en equipo, sobre todo entre los jóvenes. Del futuro, obviamente la poesía nunca ha tenido futuro y sigue estando desde el principio de los tiempo y qué bueno que así sea.

—¿Qué opinas de la crítica de poesía?

—No hay, simplemente es inexistente. En Latinoamérica hace mucho tiempo que no tenemos crítica de poesía. Es increíble. A nivel nacional, si contamos los críticos de literatura con los dedos de la mano, te sobran. La crítica es un área que se ha venido perdiendo, es un mal endémico. No sólo en México, en todo Latinoamérica, la crítica la marca ahora el mercado editorial; si acaso habrá reseñistas, que no hacen crítica, sino más bien un pasaje complaciente para marcar un mercado editorial. La crítica de la poesía está agonizando.

—¿Sólo escribes poesía?

—Sí, señor: poesía y guiones de cortometraje. Ya he hecho varios. Unos han sido premiados también, se han realizado varios; y del largometraje, he participado en varios como revisor. Lo hago esporádicamente, pero también es una de mis pasiones.

—Además, es una industria al menos más rentable que la poesía.

—Sí, más allá del beneficio económico que te puede traer un guión, el cine tiene la ventaja de poder conjugar tanto la narrativa como la poesía. Al mismo tiempo puede manejar la poesía de las imágenes, las metáforas dentro de una buena fotografía, como el hilo narrativo dentro de una historia. Conjuga muchas partes de la literatura que los guionistas, que no tienen bases literarias, muchas veces no explotan.

—¿Dónde aprendiste esta técnica?

—El guionismo, en Monterrey y en algunas clases que tuve en Madrid, con gente de la Escuela de Letras. Se ha ido dando, sobre todo también con muchas horas de autoestudio. A final de cuentas eso es lo único que nos queda.

—Ayer decías que tu poesía era breve hasta este libro, ¿ahora haces una poesía más extensa?

—El libro que sale este año, que recién terminé el último trimestre del año pasado, es de medio aliento, un poco más extenso, buscando otro tipo de cosas. No experimentando pero sí tratando de juntar varios poemas breves. La cuestión del poema breve es que se vuelve artesanal, porque una articulación de más, de menos, te echa a perder el poema. Entonces tiene que ser preciso o no está. También hay que entender que poema y poesía no son la misma cosa. Pueden coexistir y nunca verse la cara. Intento que al menos los poemas que escribo, que no sé si tengan poesía, se acerquen a la precisión. Y conjuntar en los poemas de mediano aliento varios poemas breves para poder seguir con esa línea. A ver qué resulta.

—¿Te preocupa el lector, tener lectores?

—En el momento en que estás escribiendo, lo que menos te importa es el lector. Uno no escribe para un público, porque a final de cuentas es un trabajo egoísta; lo que estás haciendo es autocomplaciéndote. En el momento en que ya está la edición, obviamente a uno le importa ser leído. Pero en ese sentido a mí no me importa ser leído por los colegas. Me importa ser leído por la gente de a pie, por los lectores de poesía, no por los profesionales. Si me leen los colegas, qué bueno, bienvenidos. Lo que me importa son el resto de los lectores.

—¿Pero haces algo para llegar a estos lectores?

—No. Es algo extraño. Mi primer libro, Silencios, tuvo un tiraje de mil ejemplares y se agotó en seis meses, e hice tres presentaciones. Creo que en ese caso la mejor presentación fue de boca en boca, como en las obras de teatro. En ese sentido no puedo quejarme, se han movido bien los libros, pero no me interesa ser tampoco de lecturas de poesía populista, ni volverme el poeta chistoso para caerle bien a la gente, ni mucho menos. No. El poema se tiene que defender solo. Si no puede defenderse, uno no puede hacer nada, por más que digas.

—¿Tienes algunos proyectos?

—Sí, estoy con la beca de Jóvenes Creadores de Nuevo León, trabajando un libro que se llama Breves instrucciones para imaginar un barco, que es sobre un navegante que toma las teorías de Kant sobre la Crítica de la razón pura, tratando de entender un rollo más existencial; son poemas en prosa, algo muy distinto, con mucho más trabajado, pero apenas se está creando. A ver qué sucede en el futuro.

Finalmente, el autor se despide, contento de haber visitado una vez más esta ciudad, donde dice que siempre lo tratan de maravilla: “La gente aquí es encantadora”.

Ricardo Esquer (Cd. Obregón, Sonora, 1957). Coordina un taller de poesía en el CIELA. Algunos de sus títulos de poesía son: Tejidos (1991), Marchar (1997), Desatino (2001) y Cabellos de un astro muerto (2009). Es autor de la antología literaria Aguascalientes, estancias y senderos (poesía, novela, ensayo y teatro): 1847-1991, publicado por Conaculta en 1993. Colabora en La Jornada Aguascalientes con una columna sobre temas culturales.

 

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