El Cafecito

La emperatriz (I/III), por Carlos Antonio Villa Guzmán

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[Por su extensión, este cuento se ha dividido en tres partes, con permiso de su autor.

He aquí la primera].

I

—Te voy a dejar al niño, Omar, voy a casa de mi madre para que nos preste otra vez. No salimos ni el día con lo que tenemos—.

—Espera, Laura, en el patio hay algunos tiliches que puedo vender, tú no salgas, déjame a mí—.

—Nada, en lo que te vistes y arreglas, Dieguito se puede despertar y ni siquiera tengo un poco de leche, déjame, voy yo, quédate a cuidarlo. Para la tarde ya estoy de regreso. Mientras, le das sopa, la acabo de guardar en el refrigerador, tú también te puedes calentar o preparar algo—.

No tenía humor de estar otra vez discutiendo con Laura, además la resaca por las cervezas que había llevado a mi estómago al anochecer, me tenían con un sabor amargo, sentía punzadas en la cabeza, como si me dieran de golpes por dentro, así que podía acabar fuerte el pleito. Pero también esa reunión con los amigos me distrajo, no escribí ninguna nota para el periódico. Ya me había advertido el director que nos tenía en observación a Luisito y a mí, que despediría empleados para no tener que cerrar el negocio. Se iba a quedar con alguno de los dos. Se rumoraba entre el personal que le oyeron decir que liquidaría a dos secretarias, sin mencionar cuáles, pues solamente había tres en la empresa y una de ellas, la de más antigüedad, era su mano derecha.

—Laura, dame un par de horas, necesito que te quedes en la casa, no he escrito nada y si llego así a la oficina mañana, capaz que hasta me quedo sin trabajo. Me voy rápido a vender eso que tengo amontonado y te traigo unos pesos. Me quedaré toda la tarde, llamaré por teléfono a ver si saco alguna información de mis contactos o de lo que tengo por ahí guardado—.

—Apúrate pues, pero no te dediques a tomar con tus amigos cuando no tenemos ni para comer, te juro que me dan ganas de largarme por estar así, esto ya se te hizo costumbre, no sé por qué no eres el mismo—.

—Tienes razón pero también debes tomar en cuenta que no sigo la parranda con ellos, que seguramente amanecieron en algún antro, o en la casa de Juan, hasta la madre de borrachos. Yo solamente tomé unos tragos, precisamente porque no quiero que empeoren las cosas con nosotros—.

Me di un baño con agua fría, como lo hago siempre cuando quiero curarme la cruda, tomé dos tazas de café, metí las botellas vacías junto con unos aparatos descompuestos en un costal y caminé dos cuadras, hasta el tianguis. Me acerqué primero con Miguel, vendía fierros viejos y cosas usadas, pero no tuvo con qué pagarme aquello que le ofrecí, apenas comenzaba a circular la gente y no lograba vender nada todavía.

¡Carajo!, siempre sucede así cuando uno anda más apurado. En la bolsa del pantalón llevaba también una cadenita chapeada de oro que encontré y guardé un día, para cuando se viniera una situación como esta. Sin pensarlo mucho caminé un poco más entre los puestos callejeros hasta el lugar donde estaba, como cada domingo, doña pasita, la vieja Paz Gertrudis, siempre geniuda pero buena señora. Ella es prietita, toda la cara tapizada de lunares que casi ni se le ven por lo oscuro de su piel, completamente arrugada. Así que le venía muy bien el diminutivo de su nombre, “pasita”.

Le lleva en silla de ruedas su hija, Violeta, a quien todos llaman la jefa, porque se encarga de distribuir los lugares de los comerciantes; toda esa gente que desde la madrugada comienza a llegar para instalar sus cachivaches o alimentos frescos, por cuadras y cuadras bajo tenderetes tirados por mecates y tubos que detienen las lonas para protegerse ellos y sus mercancías de los rayos del sol o también la lluvia que, durante el verano, les suele caer encima.

En ocasiones, las tolvaneras que se levantan con los vientos que soplan desde la parte poniente del barrio, la más despoblada, arrancan de su lugar aquellas carpas improvisadas. Los dueños mientan madres y maldicen, luchando por sostenerlas como pueden. Queda todo sumido en un terregal, pero nadie desiste de seguir en la vendimia ni los clientes se retiran, porque no hay lugar más barato o cercano para comprar.

Entre olores de verdura y pollos crudos totalmente pelones, me acerqué a donde se encontraban la jefa y su inseparable viejita, con la intención de empeñar la cadenita, pues a esa hora seguramente Laura estaba desesperada y capaz que se iría con su madre llevándose a Diego Omar.

—Buenos días jefa Violeta. ¿Cómo está doña pasita? ¿Qué dice la buena vida, las trata bien a mis niñas?—.

—Ay, pero si serás como todos los hombres, melosos, pero nada más cuando se les ofrece algo, ¿qué te trae por aquí tan sonriente? Apoco nos traes a vender alguna cosa que te trajiste de tu casa, o a pedir fiado—.

—Pues sí, adivinas, ando con muy poco dinero y me urge. En el trabajo no me alcanzaron a cubrir la mensualidad porque las cosas andan bastante mal, el dueño nos paga como puede, en partes. Así no rinde y ya se acabó lo que me dieron, pero no quiero pedir así porque sí. Aquí traigo una cadenita con el brochecito descompuesto. No quisiera deshacerme de ella, porque se la pienso regalar a mi mujer para su cumpleaños que ya casi va a ser, sino solamente pedir un poco prestado y dejarla en garantía. Lo devolveré la semana que entra, el domingo ya vengo y la recojo, si me pueden prestar, aunque sea unos cincuenta pesos. Vale mucho más, aunque solamente esté bañada de oro—.

—A ver, deja mirarla—.

La codicia, aunque levemente, le dio otro gesto a la cara de la jefa, en tanto que los ojillos como capulines de pasita escudriñaban el objeto dorado, sin dejar ésta de mover las mandíbulas desdentadas.

—¿Es bueno eso, hija? Porque ya ves cómo engañan ahora con cualquier cosa que brille— argumentó, frunciendo la quijada que hacía que se le arrugara más el pequeño mentón. En eso estábamos cuando se escucharon voces que se convirtieron en gritos. Alguien corría y la gente se volteó. No supimos que era lo que pasaba, el alboroto subía de tono y más gente pasó junto donde estábamos. Unos tipos que llevaban cubetas en las manos casi nos empujaron al abrirse espacio entre el apretujadero de marchantes y objetos tirados o colocados arriba de cajones de madera o tablas sueltas.

—Toma—, dijo Violeta, entregándome un billete de cincuenta pesos — ojala consigas el dinero y me lo traigas para que no dejes que me quede con esto que quién sabe si tenga dueño—.

El imprudente comentario de la pendeja hizo que sintiera un escalofrío por la espalda y tuve deseos de aventarle su mugroso billete para que me devolviera en ese instante la cadenita, sin embargo, no lo hice porque de súbito un olor como ácido chamuscado y una humareda nos envolvió a los que nos encontrábamos en el lugar. No hacía falta más para saber que había un incendio muy cerca de nosotros. Así que me guardé el reproche junto con el billete y fui a ver qué es lo estaba quemándose. A unos cien metros se juntaba el remolino de gente acarreando cubetas. Miré que también jalaban una manguera. Todo el movimiento se dirigía a una vivienda que para entonces ya ni se veía bien porque las llamaradas la envolvían casi por completo. Los cubetazos de agua parecían como vacilada, pero así es el vecindario y algo intentaban, mientras llegaban los bomberos.

Hay gente adentro, oí decir, pero imposible que alguien se arriesgara a siquiera acercarse a ese horno, cuyo calor se sentía demasiado fuerte y lejos. Aquí tengo una buena nota, pensé, por lo que salí disparado rumbo a mi casa para recoger la vieja Reflex y una libreta. De pasada le dejé el costal con lo que llevaba a Miguel:

—Ahí me das luego lo que puedas sacarle a esto y tomas tu comisión —.

Tal como había supuesto, Laura ya no estaba, me dejó un recado escrito: Me cansé de esperarte y el niño despertó llorando de hambre.

Chingados, ésta no tiene nada de paciencia, me dije mentalmente o creo que sí hablé despacio, pero bueno, mejor así, me volví a decir. Trabajo menos presionado.

Saqué la cámara de su estuche para ver si quedaba espacio en el rollo para sacar unas fotografías y al ver que sí había, la coloqué de nuevo y tomé mi libreta. Llegué rápido a donde el fuego ya estaba siendo acometido por los bomberos, había escuchado la sirena y la clásica campana desde que salí a la banqueta.

Un corrillo de mujeres lloraban, insistiendo en que estaban adentro las dueñas de la vivienda incendiada. Tuve, al escuchar eso, la típica opresión que a pesar de convivir tan cerca de la tragedia humana, entre accidentes o pleitos que en ocasiones terminan en charcos de sangre, no logro dominar totalmente. Eso sí, ya estoy de alguna manera habituado a hacer mi trabajo involucrándome lo menos posible en lo que sufren otros.

Esa mañana seguramente me esperaba otro dolor de estómago, cuando sacaran los cadáveres achicharrados de quienes murieron en ese lugar en llamas. Comencé a tratar de averiguar, preguntando entre los curiosos si conocían a las personas que habitaban la casa, que para entonces ya era un montón de escombros carbonizados.

Supe que eran dos mujeres, madre e hija y que nadie las había visto por lo menos en dos o tres días. Tomé la primera fotografía y seguí preguntando, mientras los chorros de las mangueras de los apaga fuegos, hacían que saliera más humo por el hueco que había dejado el techo que se desplomó en alguna parte o, a través de las ventanas rotas. Todos los presentes suponían que doña Soledad y Carla, su hija que se había quedado soltera, yacían muertas, por lo que esperaban que en cuanto se lograra controlar aquello, alguien rescataría los restos. Pero no parecía que se pudiera apagar. Las dueñas de ese hogar ya convertido en ruinas, de acuerdo con lo que pude averiguar, cuidaban o rentaban sillas de madera y mesas para los bailes, por lo que todo eso ardía dentro dándole a la lumbre más combustible. Saqué otra fotografía a las llamas que hacían crepitar las vigas de los aleros que se mantenían en pie.

—Retírense porque pueden explotar los cilindros del gas— decía uno de los bomberos a la gente que se apeñuscaba mirando. Y sí, a los pocos minutos se escuchó un estampido que me dejó zumbando los oídos y después se vino abajo una pared completa, dejando ver partes de la casa de al lado. Los mirones corrieron asustados hasta la banqueta de enfrente e incluso algunos de ellos se alejaron más, pero sin dejar de curiosear.

Dos horas tardaron en sofocar el fuego, aunque no dejaba de salir bastante humo por todas partes. Llegaron dos ambulancias con su personal médico. Alguien les avisó y seguramente acudieron con la idea de auxiliar a algún sobreviviente de este infierno. Pero no había ninguna señal de esa posibilidad. En todo caso más bien se requería el servicio forense.

Con un hacha abrieron un boquete porque la puerta de fierro de la vivienda ni siquiera se torció. Entraron varios individuos con sus cascos y botas, además de mascarillas. El olor penetrante me hizo lagrimear. Tomé una fotografía más, justo en el momento en que se introducían aquellos hombres y mantuve la cámara lista por si salían con algún cuerpo. Ese tipo de escenas son las que llevan preferencia en las planas de la nota roja del diario. Ahí estaban unas camillas y los paramédicos observando en espera.

—Sólo hay un animalito muerto ahí dentro— dijo al salir uno de los que habían entrado —. Tal vez un perro o un gato, no se puede saber bien— añadió. También quedaron varias jaulas de pájaros que desaparecieron, quizá evaporados, esto no lo comentaron, lo descubrí yo al entrar también entre aquellos montones de basura chamuscada, después de identificarme como reportero de prensa con los policías que cuidaban de que nadie se acercara demasiado. Anduve cámara en mano con aquella gente que hurgaba en los rincones, removiendo con las palas en busca de restos humanos. Todo estaba desfigurado, no se sabía qué era restos de mobiliario o utensilios, y qué otro había sido ropa o adornos, salvo los resortes de los colchones expuestos que indicaban donde estuvieron las camas.

En la parte de la cocina que se había quedado sin techo, se veían las ollas renegridas, lo mismo que una estufa y un refrigerador que se pasaron expuestos a la lumbre durante horas. Sin embargo, no había ninguna señal de las mujeres entre tantos montones de ceniza y restos de algo que no se sabía qué.

Sin un dato más impactante qué reportar mi nota no tenía valor. Esta paradoja me hizo sentir mal. Qué desgraciada puede ser a veces esta profesión.

El personal de incendios y los policías comenzaron a retirarse. Iban a clausurar la abertura por donde nos introdujimos, por lo que el jefe de la cuadrilla nos pidió salir de aquello. En eso, observé algo en el suelo que permanecía casi oculto por todo lo que le cayó encima. Era como una cajita metálica, un cofrecillo que nadie más notó. Simulando agacharme para anotar algo me puse a un lado y pude ver que estaba cerrado e intacto. Pero no podía alzarlo y llevarlo conmigo así nada más. Entonces me vino la idea de recorrerlo con un pie, asegurándome de que nadie estaba mirando en ese momento y lo escondí más entre los restos aquellos. No me pasó por la cabeza la idea de que pudiese contener alguna cosa de valor, la vivienda era humilde y seguramente las dueñas carecían de objetos costosos, sin embargo, una suposición de que contuviera algo interesante me atrajo con fuerza, pensé que después podía volver para averiguarlo, ya vería cómo.

Caminé pensativo, rumbo a la casa. Escribiría la nota, ya trataría de esmerarme en describir detalles para minimizar la falta de impacto por no haber víctimas sobre las cuales narrar los hechos. Me encontré con Laura y mi pequeño que me quiso abrazar, pero ella lo impidió al verme el rostro todo lleno de tizne y percibir el olor a humo que me impregnaba.

—¿Qué te pasó?— preguntó sorprendida.

—Nada, simplemente me metí a una casa que se quemó aquí cerca, a unas cuadras— contesté sin deseos de dar más explicaciones. Enseguida me lavé y comencé a escribir la nota en la computadora que tenía gracias a un trueque que realicé con Luisito, mi compañero de trabajo. Ese hombre sí que tomaba alcohol para disipar sus problemas familiares, por lo que seguido andaba con apuros económicos.

Al día siguiente, llegué como siempre a las siete de la mañana a la sala de redacción. Llevaba en el bolsillo el pen-drive con el archivo y estaba dispuesto a colocarlo en una de las dos computadoras que tenemos para hacer nuestro trabajo, cuando llegó el director:

—Buenos días, Omar.

—Buenos días, don Eduardo—, contesté el saludo.

—¿Traes una buena nota?

—Sí, este, creo que sí puede ser, escribí sobre un incendio que ocurrió en mi barrio, una vivienda donde se suponía que habían fallecido las dueñas, la madre y la hija, pero no se encontraban ahí, afortunadamente y nadie supo dar información sobre ellas—.

—¿Y de qué vas a escribir entonces?— atajó el director.

—Ya redacté algo, señor, enseguida se lo muestro, en cuanto se imprima lo llevo a su oficina.

—Bueno, espero y tomamos un café, necesito comentarte algo—. Eso que dijo me dio mala espina. Seguramente hablaría del despido. Vaya manera de comenzar una semana. Serví una taza de café para llevármela al cubículo donde, con desaliento, me dispuse a repasar el texto. No le faltaban detalles puesto que en verdad denotaba que había pulido al máximo el estilo. No le eran tan indispensables, pensé, los hallazgos macabros para ser un buen reportaje. Describí la ferocidad del fuego y todo lo que había consumido, la parte inicial donde los vecinos trataron de apagar aquello y hasta el cadáver del infeliz animal que murió sin posibilidad alguna de ser recatado a tiempo. Puse acento en la pobreza en la que se vive en el barrio, habitado por gente trabajadora y solidaria, en fin, narré todo, hasta cómo se cimbró el piso con la explosión del tanque de gas y el susto que nos dio a todos los presentes. Para darle un toque más dramático, seleccioné algunas fotografías donde se veían llamaradas que se elevaron a más de diez metros del suelo. También registré la manera como abrieron un paso los rescatistas del cuerpo de bomberos para penetrar en la vivienda y por supuesto, las cortinas de agua que salían del carro-tanque que llevaron.

—Aquí tiene la nota, don Eduardo—. El hombre ya estaba acomodado en su escritorio, fumaba y tomaba café.

—Siéntate, Omar— me ordenó —. Déjamelo aquí, después leo esto, quiero decirte algo sobre tu empleo—. Experimenté una especie de temblor por todo el cuerpo, apreté los labios para que no se me escapara algo impropio de la boca, ninguna exhalación de aire siquiera, para no perder nada de oxígeno que en ese momento me mantenía lo más firme posible—. Me llamó la esposa de Luis Cabrera, para disculparlo o dar excusas de que llegaría más tarde o quizá hasta mañana por encontrarse enfermo. Y ya sabemos cuál es su enfermedad, no se desprende de la botella y seguramente amaneció todavía borracho, como todos los lunes. Lo voy a tener que despedir, así que estarás tú sólo en la sección—.

Nuevamente una paradoja; las palabras del dueño del periódico me dieron ánimos, al menos conservaría el empleo, pero, ¿qué irá a ser de Lusito? El pobre hombre había perdido a uno de sus hijos, el mayor, apenas unos meses atrás, en un accidente de carretera. La hija divorciada que vivía con él y su esposa, también estaba sin empleo y para empeorar su situación, la mujer estaba enferma de algo raro y tenía, quizá por todo lo que pasaba, un carácter insoportable, hasta golpeaba al pobre marido cuando llegaba tomado.

—Gracias, señor Pérez, le agradezco infinitamente su confianza. ¿Me puedo retirar? Tengo que pasar las fotografías con los muchachos de diseño para que las añadan al pie de la nota.

— Adelante— me contestó.

Como a las doce del día llegó Luisito.

—¡Amigo!— me saludó y al acercarse recibí el tufo etílico de su aliento. Sentí lástima por ese individuo sesentón, tan afable y una sensación terriblemente abrumadora, pues no tenía idea de lo que le esperaba en cuanto lo llamara el patrón. Cuando se enteró éste que había llegado Luisito, envió a su secretaria para pedirle que fuera a la oficina de su jefe. Luisito me dio unas palmadas en la espalda y con pasos todavía torpes por la resaca, con algo de desaliño en la corbata y remangado de la camisa, tomó su portafolio y se fue detrás de Marcela, la “caderoncita”, como él le decía.

No tardó ni diez minutos en bajar las escaleras, me extendió la mano.

—Amigo, ha sido un placer y un honor trabajar con este periodista tan joven y entusiasta. El jefe me dio las gracias y un cheque. Veré en dónde me puedan recibir. Ya ves cómo andan las cosas y a mi edad se pone más cabrón todo—.

Nos tomamos la última taza de café en la oficina, cosa que hicimos durante los dos últimos años, me suplicó que no dejara de visitarlo y enseguida lo acompañé hasta la esquina del edificio donde laborábamos. Lo contemplé mientras se alejaba entre la gente. Seguro que trataría de ayudarlo a colocarse en alguna otra empresa, pues su ética profesional estaba muy por encima de su afición alcohólica. Seguramente también por su charla desenfadada y amena, además de un notable sentido del humor que se le refinaba más cuando traía dos o tres copas entre pecho y espalda, había hecho amistades que le informaban sobre cosas que utilizaba para escribir, de manera que entre brindis y chistes que se platicaban en las cantinas, algún provecho extra sacaba.

A poco de regresar a mi escritorio, llamó por mi extensión la secretaria del director, la caderoncita, quien me dijo escuetamente y sin mediar un saludo.

—El licenciado me pidió que le diga que vaya en este momento a su oficina—.

Me presenté ante él y recibí nuevamente la orden para que me sentara delante de su escritorio.

—Omar, ya leí tu noticia, está muy bien escrita, no tengo ninguna objeción de que se publique, sin embargo, veo que no hiciste ningún intento a fondo por averiguar quiénes son las mujeres esas que vivían allí o cuál es su paradero, eso, creo yo, es lo que debe aparecer en tu nota. Lo demás, no dice mucho, aunque lo hayas escrito de forma impecable. ¿Crees tú que pudieras averiguar por ahí entre los vecinos o donde sea, algún familiar, qué se yo y traerme algo más interesante?—.

—Sí, señor, creo que sí es posible sacar más datos y tal vez mañana mismo pueda continuar con la nota—.

—Bueno pues dedícate ya, salte a la calle a buscar y aquí te espero mañana—.

Me vino a la mente la imagen del cofrecito y me retiré de la oficina dispuesto a hacerme de él a como diera lugar.

Llegué hasta la fachada en ruinas de la finca y me pareció más destrozada que el día anterior. Lo que quedaba de la casa tenía un aspecto fantasmal horrendo. Todavía se desprendían de los escombros algunos hilos de humo que ascendían al techo semi-destruido o escapaban por lo huecos hacia fuera. Toqué varias puertas de las casas que había sobre la misma acera, pero nadie vio a las dueñas ni tampoco algún familiar que se haya enterado y acudiera a ver qué pasó. Pensé que la tienda que estaba en la esquina también pudiera ser el lugar idóneo para averiguar, así que me dirigí hacia allá. Tomé una lata de refresco que extraje de la hielera e inicié una conversación con la pareja que atendía el local. Efectivamente conocían a Soledad y a su hija. Me pusieron al tanto de lo que hacían. La madre estaba enferma y por eso la asistía una chiquilla que le hacía algunas compras, probablemente le preparaba alimentos, iba dos o tres veces por semana, pero de pronto dejó de ir, desapareció. Solamente se quedaba la pobre señora en casa para atender el negocio de la renta de sillas, aunque esto seguramente les daba muy poca ganancia, pues rara vez se veía una camioneta estacionada afuera, mientras unos hombres metían o sacaban  mesas, manteles y esas cosas que se utilizan en las fiestas. La hija trabajaba como enfermera y cubría por lo regular horarios nocturnos, de manera que eran muy pocas las ocasiones en que se le veía por ahí. Lo extraño seguía siendo que no estuvieran en casa cuando se desató el incendio y que tampoco hubieran aparecido después de dos días de que había ocurrido. O sea, no me sirvió de mucho esa otra información, pues no aclaraba nada ni añadía datos a lo que había observado y escrito. Pensé nuevamente en el cofrecito y para evitarme problemas al introducirme a recogerlo, acudí a la caseta que sirve como base a los policías que vigilan la colonia. Conocía a varios de ellos, de manera que seguramente alguno me acompañaría para darme respaldo y, sobre todo, atestiguara que no me llevara algo de manera indebida, lo hacía para tener pistas sobre el paradero de las dueñas.

Toño fue conmigo. Un hombre chaparrito, patizambo y algo bizco. Muy buena persona, por cierto y con varios años de servicio, lo conocían todos en el barrio.

Entramos, librando la cinta colocada por el agente ministerial para indicar que estaba prohibido pasar por el boquete. Tomé el cofrecito, le sugerí abrirlo ahí mismo pero no aceptó.

—Ábrelo en tu casa y si hay algo de valor pues se lo regresas al dueño cuando lo encuentres— después de dicho esto salimos. Agradecí a Toño el favor y me fui a casa llevando aquello en las manos. Encontré a Laura con el nene en los brazos tomándose un biberón.

—¿Qué te pasó?— hizo la pregunta de costumbre, mirándome con asombro, pues no era habitual que llegara a casa tan temprano—. ¿Qué traes allí?— volvió a preguntar, señalando la caja metálica.

—Nada, quiero decir, algo—  balbuceé — un cofre que saqué de la casa que se quemó—.

—¿A poco te metiste a robar eso?—.

—Mira, Laura, no me hagas preguntas de esas, tú sabes cómo es mi manera de ser y no acostumbro siquiera tocar nada ajeno, simplemente trato de ayudarme a realizar mi trabajo. El jefe no estuvo tan conforme con lo que escribí del accidente ese y ayer, al entrar junto con los bomberos a la finca, me encontré con esto tirado entre un chingo de cosas chamuscadas. Toño, el policía, me acaba de acompañar a recogerlo y veré si dentro tiene algo que me pueda dar idea de quienes son las mujeres que habitaban esa finca. Nadie en toda la colonia sabe nada, ya me pasé un buen rato preguntando—.

Coloqué el cofrecito sobre la mesa y fui por un martillo para botar la cerradura. No fue difícil pues estaba hecha de hojalata y con el uso y quizá el calor se había debilitado. Lo abrí y lo que miré dentro me convenció de que tal como había presentido, ahí estaba la historia.

Contenía fotografías, cartas, recortes de periódicos, entre otros papeles que me dieron datos y posibles pistas para dar con las dueñas.

Algunas cartas tenían como remitentes los nombres de varios sujetos y estaban dirigidas a una mujer, cuyas fotografías revelaban a lo que se dedicaba. Aparecía ella con atuendos de vedette, llevando joyas de fantasía, seguramente. En algunas se le veía en plena actuación de streep tease, en tanto que también había otras donde se mostraba acompañada con algún individuo, sentados a la mesa entre botellas y vasos con licor. Abrazada por quien además le untaba los labios en el rostro. La expresión de la dama no dejaba dudas de que lo hacía por compromiso, la necesidad que la orillaba, hasta el punto quizá de disfrutarlo, a ese trabajo que desempeñaba durante las noches. De manera que Carla, la que conocían en el barrio como enfermera, en realidad era una bailarina que tal vez combinaba ese quehacer con el de meretriz. Su bello nombre se había transformado en otro no menos atractivo, Carlota, al que algún ocurrente maestro de ceremonias había añadido el mote de “La emperatriz”. El tugurio donde se había retratado, según pude ver también en las fotografías, era “El Imperio”.

Con estos datos me dispuse a encontrarla. Por lo regular este tipo de lugares trabajan durante los fines de semana, o al menos es cuando tienen más concurrencia de clientela, por tanto resolví esperar que transcurriera la semana y se lo comuniqué a mi jefe, quien con una sonrisa, me comentó que si no era ésa una posibilidad de darle un giro interesante a la historia que escribía, ya tenía material para un cuento.

—Tal vez te desempeñes mejor como escritor que como reportero gráfico de la sección policíaca— dijo, medio en broma.

La semana transcurrió igual de rutinaria, trabajé de a nota por día, o a lo sumo dos. Entrevisté y fotografié a unos transportistas que bloquearon calles con sus camiones, “un paro”, para exigir algún aumento. Estuve en unas preparatorias donde hubo conflictos por las elecciones estudiantiles, unos golpes aquí y allá. También varias ventanas rotas de algunas aulas.

Pasé varias horas en la Procuraduría de Justicia Estatal, haciendo apuntes sobre detenidos del fuero común, ebrios que riñeron o causaron accidentes y algunos travestidos escandalosos. Cumplí así con lo que hago siempre, pero no dejé en ningún momento de pensar en La Emperatriz.

—Laura, voy a salir, tal vez regrese hasta mañana, tengo que localizar a una persona para completar un trabajo—.

—¿Qué?, ¿a esta hora, y no vas a venir a dormir?, ¿pues de qué se trata o qué? ¿No puedes esperarte hasta mañana? Seguramente ya tienes organizada otra borrachera con los amigos y ya no te importa tu hijo y mucho menos yo—.

—Para nada, ya me hartan tus comentarios, esa falta de respeto, seguramente alguien en tu familia te mete ideas. Entiendo que no he cumplido con dejarte vivir sin apuros porque no nos alcanza lo que gano, pero ya te he dicho que esperes un poco más, si don Eduardo no puede pagarme lo necesario, que nos sirva aunque sea para no pasarla como estamos, veré en qué otra empresa pudieran contratarme. Pero si este señor se entera de que busco trabajo con la competencia, de seguro me dice adiós. Tampoco te puedo asegurar por ahora que pueda colocarme, conseguir otro puesto donde haga esto que mejor se hacer, pues donde quiera despiden gente. Ya ves lo que sucedió con Luisito, por cierto, ni siquiera lo he llamado—.

No tuvo ánimo para corresponder al beso que traté de poner en sus labios, tratando de calmarla. Se quedó pensativa, liberando o ahogando así su frustración o enojo, de lo cual yo tomé la parte que me toca por no poder siquiera cubrir los gastos que aumentaron desde que nació el niño. Me guardé en el pecho esa punzada del pedazo de tristeza, tomé mi chamarra asegurándome de que en el bolsillo estaba la libreta con la pluma, así como una pequeña grabadora que siempre me acompaña. Abordé un camión con ruta para el centro, donde pensaba transbordar a otro que me llevaría por las afueras en el extremo de la ciudad, donde proliferaban los centros nocturnos. Si se hacía tarde en el trayecto, tomaría un taxi.

Encontrándome en las callejuelas iluminadas por los anuncios de neón de los cabarets, pregunté a un vendedor ambulante por “El Imperio”.

—Creo que ese bule ya lo cerraron— me contestó el tipo que llevaba una caja de madera con cigarrillos, entre otros objetos —. Está como a unas cinco cuadras de aquí, pasando la avenida, camine dos calles y a su mano derecha otra más, en la pura esquina. Si quiere asomarse, a lo mejor lo encuentra otra vez abierto. Me parece que lo clausuraron porque hubo pleito, mataron a unos ahí, el año pasado—.

Esto no pintaba nada bien, me dije, sintiendo a la vez que la discusión con mi mujer, el tiempo perdido en esto, no había valido la pena. De cualquier forma me dirigí rumbo al lugar que me señaló el vendedor. Efectivamente, las luces apagadas, unos candados en las cerraduras de los portones, además de los restos de sellos engomados que indican la clausura que hizo la autoridad, me aclararon que el hombre aquél estaba bien informado. El oficio de recorrer las calles para abordar a los clientes trasnochados, lo mantenía al tanto de todo lo que acontecía por la zona.

No desistí, además llevaba suficiente como para ingresar y tomarme una copa en alguno de esos tugurios que anunciaban toda clase de variedades en grandes carteles o marquesinas iluminadas con foquitos. También había luces rojas de los típicos burdeles, en cuya estrecha entrada se exhibían las chicas y otras no tan jóvenes.

Unos tragos no me caerían tan mal, además recordaría mis tiempos de estudiante, cuando acompañados salíamos en grupo a recorrer los antros. Cómo nos divertían aquellas veladas de baile con las ficheras, los gritos de súplica que lanzaba la fiel clientela masculina que abarrotaba el montón de sillas y algunos hasta de pie, para contemplar los cuerpos adornados con plumajes, además del maquillaje extravagante de las que se movían con exagerada cadencia durante el show, imitando algunas de ellas las danzas exóticas propias de selvas extrañas, al ritmo de las congas. ¡Mucha ropa! ¡Pelos! ¡Pelos! Decían con alboroto para que la bailarina apurara el momento de despojarse de la última prenda, entre aclamaciones que parecían rugidos de lujuria. Toda esa exaltación era además motivada por alguien que utilizando un equipo de sonido pedía aplausos para estimular a que la mujer se animara a dejarse ya totalmente desnuda.

Varios de mis compañeros se estrenaron en el sexo en alguna de las mugrientas recámaras, que muchas veces se improvisaban en los patios oscurecidos de aquellas construcciones que cobraban vida de noche, para quedar después en letargo durante las horas de luz que les prestaba el sol. Algunos clientes se amanecían ahí, ya sin compañera y con la billetera totalmente vacía.

Carlos Antonio Villa Guzmán es Maestro en Comunicación de la Ciencia y la Cultura por el ITESO, es profesor-investigador del Departamento de Estudios de la Comunicación Social en la Universidad de Guadalajara. Actualmente estudia el doctorado en Política y Gobierno, en la Universidad Católica de Córdoba y Administración Pública, por la Universidad Complutense de Madrid. Blog Voces Libres: http://carlosvillaguzman.blogspot.com

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