El Cafecito

¿Qué quiere de mí el Otro?, por Enrique Puente Gallangos

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¿Qué quiere el Otro de mí? El Otro con mayúscula es un significante que designa la introducción del lenguaje, la cultura y la ley en lo social y en un Sujeto. Ley que permite el acceso a la vida humana y ley que constituye el mayor estorbo para lo social y el Sujeto. Como resultado de este planteamiento, cabe repetir una lección quizás no conocida: el sujeto no se produce por un proceso natural de evolución, sino que debe ser arrancado a los significantes del deseo de la madre por la interposición del nombre del padre en una función metafórica. Este acto representa de manera originaria una herida honda gracias a la cual se constituye el sujeto de la ley, secuela de una lucha en la que el sujeto es, por adelantado, el botín. Esta sujeción del sujeto, de la sociedad a la ley es un cato no sin consecuencias. Esta identificación con el Otro con mayúscula, significante de poder, el amo, el uno que regula, desde dentro al sujeto y la relación de éste desde fuera con la ley, con la patria, con la tradición, la familia, dios, el Estado y todas las relaciones políticas relacionadas. En esta identificación del sujeto, el Otro le promete la paz a cambio de constituir al nuevo amo, al Estado y sus emblemas, como límite y como sentido a futuro del sujeto. Si no se cumple con este requisito promesa-constituir, aparecerá la guerra interior y exterior.

Ocuparemos como metáfora lo descrito desde el Psicoanálisis para sostener el siguiente argumento: ¿Qué quiere de mí el Otro? Sería la pregunta que se harían los militares que luchan en la “guerra” que Felipe Calderón ordenó hacer contra el  crimen organizado: obediencia, sumisión, sacrificio, entrega, renuncia a su deseo, identidad con el Estado y las instituciones. El militar entonces podría decir ante la respuesta a su pregunta, “el Otro me quiere… me quiere soldado, soldado al suelo, soldado a la patria, soldado de la patria”. La guerra se entiende como una defensa de los valores; valores que las instituciones, en este caso el Congreso de la Unión y el presidente en conjunto tendrían que valorar y hacer una declaración de guerra, guerra que según entendemos es para defendernos del Otro, otro amo, otro Estado, otro extranjero, otro de fuera, no Otro de adentro. Guerra donde los soldados combaten contra otros soldados, combatientes sujetos a emblemas, significantes que toman valor de absolutos y que siendo el caso tienen presente la pérdida de la propia vida de los combatientes. Significante vida representada por una Constitución, por un ideal colectivo, el territorio, la sociedad.

Pero acaso en esta “guerra”, ¿está en riesgo la Constitución, los ideales de la patria o el territorio mexicano y la sociedad? ¿Ese Otro contra el que se combate es un soberano con derechos de vida y muerte? ¿Ese Otro es una institución? No pienso que los militares estén pensando recibir alguna condecoración simbólica como el corazón púrpura, la estrella de plata, la medalla de honor, felicitación y logros por matar sujetos, niños, niñas, civiles todos. Por supuesto que no, los militares mexicanos saben bien que lo que están haciendo sale de su jurisdicción, sale de sus principios, sale de sus valores, sale de todo lugar lógico y coherente, se sale del campo jurídico, sale de sus manos.

Un país en guerra es un país que se encuentra en un Estado de excepción, donde los derechos mínimos se encuentran limitados, en cuarentena. Pero un Estado que manda una selección de futbol a participar en el mundial a Sudáfrica, un Estado con un grupo económicamente estable o no que asiste significativamente al mismo evento futbolístico, un Estado que lleva a cabo elecciones bajo focos púrpuras, no es un Estado que está en “guerra”. La impresión del Estado mexicano al interior y al exterior es tan real que no se puede simbolizar, una percepción  que casi es un concepto el Estado está en declive, declive que es responsabilidad de los gobiernos, gobiernos que sólo han engañado a la sociedad con sus promesas de paz y que hoy esas promesas se convierten en una guerra.

Ante esta decepción social y colectiva, la figura de autoridad va línea decadente con el Estado, pero hay una pequeña y significante diferencia, la precipitación de la autoridad lleva una velocidad ascendiente día a día y el Estado lleva una precipitación constante, esto nos lleva a deducir que la caída anticipada de la autoridad no llevará como consecuencia la caída del Estado. El Estado, una vez caída la autoridad, tendrá una última oportunidad antes de la inminente caída. Esta oportunidad está directamente relacionada con el Otro, el amo, el uno, el que tendrá que hacer una nueva promesa de paz, el que pedirá una vez más a la sociedad que constituya una autoridad. Autoridad que haga un gobierno, gobierno le enderece al Estado y le dé su última chance. ¿Qué quiere de mí el Otro? Es una pregunta que no sólo se hacen los militares, sino que podríamos hacernos nosotros, todos los que estamos en la misma línea genealógica.

Enrique Puente Gallangos es Licenciado en Derecho; Maestro en Derecho Constitucional; Maestro en Psicoanálisis, Especialista en Psicoanálisis para Niños y Adolecentes; Master en Psicoanálisis y Prácticas Socio-educativas en FLACSO Virtual Argentina. Estudia el Doctorado en Derecho en CIJUREP, en la Universidad Autonoma de Tlaxcala. Es además catedrático de la Facultad de Derecho de la Universidad Regional del Sureste y de la Universidad Autónoma Benito Juárez de Oaxaca.

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