El Cafecito

El banquete de lo humano, por Carlos Antonio Villa Guzmán

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Llegó el señor Socialista y le acomodaron una silla a mi lado, venía retrasado, tal vez por esa razón ya no lo esperaban.

Estábamos en el banquete de lo humano, al que por primera vez asistí como invitado. Frente a mí, muy ufano hacía bromas don Capital, reía a carcajadas en tanto apuraba copas de whisky o de cognac. No pude saber, pues desconozco de bebidas y las copas me parecen iguales.

Democracia era la anfitriona, vestía de blanco, con velos transparentes encima. Ya entrada en años, procuraba disimular la flacidez de sus carnes al lucir un atuendo de diseño seguramente francés. Nos atendía con una cortesía que rayaba en el halago profundo. Presentó a los asistentes conforme a su llegada y a cada uno ofreció un lugar previamente destinado en la mesa. Desde luego que hubo un brindis previo a que nos sentaran. Éste fue en el vestíbulo anexo al comedor.

Antes de continuar con el recuento de los acontecimientos de esa singular reunión, quisiera describir el lugar: Una casona que tenía la entrada como si fuera un palacio. Sin embargo, había partes en penumbra y hasta pude advertir una caverna en el fondo del corredor. Algunos cuartos se veían oscuramente distribuidos, en tanto que otros resplandecían con luces incandescentes, blancas y multicolores. Había escaleras para subir o bajar, es decir, unas llevaban a los pisos superiores y otras servían para descender a los sótanos de la mansión, que era en todo sentido humana. Pisos relucientes, como espejos que llegaban hasta donde había los que se cubrían de alfombras. Otros más estaban desnudos y opacos.

Puedo hablar de estos espacios gracias a que, la temprana hora de mi llegada, dio tiempo a que Democracia nos hiciera un recorrido a varios de sus invitados, igualmente puntuales o mejor dicho, anticipados. En el recibidor nos encontrábamos la viuda Solidaridad, el ingeniero Parlamento, un tipo que nos fue presentado como el profesor Diplomático —por cierto llegó antes que los demás— y quien esto escribe.

Nos llevó la anfitriona por los salones amplios, decorados con exquisitez y no mostró pudor al dejarnos ver otros cargados de mugre, en inmenso abandono, sin mosaicos en el suelo, con pisos de tierra y las paredes manchadas. Olían a herrumbre. En algunas recámaras el viento entraba por las ventanas que no tenían cristal, en cambio había otras con muebles mullidos, donde descansaban o dormían la siesta los gatos que se apoltronaban estirados. Vimos lugares sin techo, alcobas casi sin muebles, simplemente con algunas esterillas, una que otra silla desvencijada y libros en el suelo, cubiertos de polvo. También nos deslumbró algún suntuoso cuarto de baño, en tanto que en otros tuvimos que llevarnos el pañuelo a la nariz. Les estoy enseñando la síntesis de la humanidad, antes que llegue el resto de la concurrencia, decía la dama mientras nos acompañaba en el laberíntico edificio que guardaba también amplias bibliotecas.

Así, en idas y vueltas, subidas y bajadas, nos topamos con el jardín. Apreciamos los contrastantes rincones que, por algunas partes mostraban fuentes y plantas cargadas de flores que despedían el peculiar perfume, pero también otros cubiertos de maleza, con bichos que tejían finas cuerdas que sentíamos al pasar, tan delgadas o más que un cabello. Algunos otros se arrastraban por el suelo y también revoloteaban infinidad de moscas que se nos posaban en la cara, lo cual hacía reír a nuestra espontánea guía. “Es la humanidad, es la humanidad”, decía mientras se abanicaba.

“Todavía no llegan los demás, así que les mostraré los árboles que dan frutos y con suerte, si encontramos algunos maduros, los podrán disfrutar”. ¿Disfrutar?, ¿fruta?, ¿tendrá relación? Me pregunté con verdadera curiosidad por saber: Dis-fru-tar, me pareció como si fuera a quedarse sin fruta. En fin, cavilaba en ello cuando se escuchó una voz que llamó a la mujer para avisar de la presencia de otro u otros invitados, así que nos apuró para que llegásemos hasta el interior de la casa. La del llamado había sido Libertad, quien junto con Igualdad, eran lo que decimos el brazo derecho e izquierdo, de doña Democracia. Ambas fueron sobrinas de Fraternidad, fallecida desde hacía bastantes años.

Al entrar nos encontramos con unas mujeres que en el acto nos fueron presentadas: “Ella es la señorita Liberal, como siempre tan elegante, querida. Viene acompañada de su madre; señores, les presento a mi amiga República. Nos conocemos desde pequeñas, ¿verdad preciosa? Gracias por venir, pasen, chicas, vengan caballeros, vamos a cenar”.

No dejaron de aparecer invitados, pues sonaba repetidas veces la campanilla que los anunciaba. Más o menos recuerdo el orden de llegada: un tipo bajo de estatura, ojos rasgados y bastante corpulento, fue presentado como don Comunismo; enseguida entró el general Dictadura y después un licenciado joven, de nombre Popular. Al poco rato hicieron su aparición juntos don Capital y su inseparable amigo el señor Mercado. Solamente faltaba el señor Socialista, quien, como dije al comienzo del relato, llegó con un retraso que fue notorio entre los comensales que  murmuraron, en tanto se acomodaba a mi lado. En eso, Democracia, con unas leves palmadas, pidió la atención de los invitados y dirigiéndome una mirada dijo: “queridos míos, me honro en tener un invitado con nosotros que nunca había asistido como tal a nuestras reuniones, les presento al señor Medios”. Todos me miraron con una curiosidad que sentí como si fuera auscultación visual.

“Él siempre había permanecido a la expectativa fuera de la sala, continuó diciendo y únicamente nos hacía entrevistas, de manera que quise que estuviera entre nosotros esta noche puesto que tenemos tantos asuntos urgentes por tratar, de manera que nuestro invitado será no solamente un portavoz, sino que participará de la plática y las decisiones que se tomen. Espero contar con el acuerdo de todos ustedes: señor Medios, sea usted bienvenido al banquete de lo humano”. Tomé nota de un gesto aprobatorio que hizo la mayoría, sin dejar de permanecer circunspectos.

Se sirvió la cena, ocupándose de ello varios mozos y mozas que nos atendían con toda cordialidad. Supe después que éstos habitaban en la misma residencia, sólo que en el traspatio. El viejo don Pueblo era quien les ordenaba qué hacer, por cierto que a este personaje le estaba destinada toda la parte baja de la finca. Se trataba por tanto de un anfitrión subrepticio y por ahora ausente.

Hubo una rifa que se hizo utilizando una coctelera donde pusieron los nombres de cada uno de nosotros, los cuales fueron anotados en papelitos doblados. Ganó la palabra inicialmente don Capital, quien para entonces se había desabotonado la camisa y enrollado las mangas. Sudaba copiosamente por el efecto de las bebidas que apuraba, sin dejar de reír por cualquier cosa. Habló de las crisis que le provocaban a él y su socio don Mercado —éste miraba desde una de las cabeceras—, de las trabas que le imponían ciertos gobiernos y reprochó su ausencia, pues deseaba hablarles de frente. Amenazó con elevar los réditos y no detener los índices inflacionarios. En fin, se mostraba dispuesto a todo con tal de que se cumplieran sus demandas. Noté que mientras hablaba su mirada despedía destellos, sobre todo cuando encaraba a los que estaban sentados en la banda izquierda de la mesa, precisamente donde me encontraba yo. No se contuvo para decir que subirían todos los precios y la banca, que igualmente controlaba, se quedaría sin su respaldo, por tanto la dejaría ir a la quiebra.

Sentí varias veces que se daban puntapiés bajo la mesa algunos de los presentes. Estoy seguro que no faltaron deseos de interrumpirlo, sin embargo, a esa hora de la reunión y por ser el primero en tomar la palabra, se mantuvo todavía la disciplina y el recato.

Enseguida llegó el turno para República, quien aprovechó su alocución para quejarse amarga y tristemente, por las afrentas que sufría a causa de don Mercado, del señor Capital, además de un individuo que todos deploraban, aunque sabían que no carecía de lucidez y hasta cierta razón en su postura, se trataba de alguien que rehusaba siempre reunirse con esta gente; el escurridizo anciano Anarquía, pues además de tenerla endeudada, se portaban extremadamente exigentes, al punto de querer sustituir a su secretaria Ley. Claro, estos tipos temblaban ante la fuerte presencia de su padre, el abuelo Estado, quien por estar convaleciente había optado por no asistir a la reunión. Así que en su lugar estaban su nieta e hija, quien dirigía en ese momento la arenga. Seguramente ella se sentía apoyada, sobre todo por las damas: Democracia, Igualdad, Libertad, Solidaridad y la joven Liberal, que no dejaban de asentir con movimientos de cabeza. Lo mismo que hicieron la mayoría de los caballeros, según pude apreciar en sus gestos.

“Hasta donde pueda, extenderé el poder de mi padre”, recalcó República, al tiempo que golpeaba en la mesa con el puño cerrado. Todos se miraron entre sí, entonces comencé a sentir que mis nervios se querían salir de control. Tuve que esforzarme por parecer sereno, pues la junta apenas comenzaba.

El orden en que fueron acomodados los nombres le dio lugar al ingeniero Parlamento para dirigirse al grupo. Duró más de diez minutos recordando efemérides y pidió un brindis en nombre de los caídos en las luchas contra las monarquías, de los trabajadores, de la enferma doña Clase Media —por lo mismo también ausente— y otro más por los hombres de empresa, los propietarios particulares, a estos visionarios, dijo, les debemos riqueza, prosperidad y oportunidades.

Don Mercado utilizó su tiempo para promoverse como la única solución a la crisis. No hay otra salida, se los juro, dijo con una sonrisa temeraria al concluir su parco discurso. Enseguida le correspondió al profesor Diplomático usar la palabra y solamente se limitó a elogiar a cada uno de los presentes, con toda clase de términos y aspavientos ceremoniosos. La viuda Solidaridad pidió una comprensiva ayuda de los ahí reunidos para  obras sociales y asistenciales. Los fondos pare ello estaban casi agotados, por lo que su voz era de pronto entrecortada por algún sollozo. Al final su discurso ganó un aplauso.

Llegó el turno para el señor Socialista, quien con parsimonia se pasó la servilleta por el bigote cano y bien recortado. Tosió y enseguida carraspeó con evidente ánimo de ordenar sus ideas e invocar la atención de los comensales. “Señores, quiero que comprendan el estado crítico en que tenemos al mundo, principalmente quienes han sacado más ventajas. No tan sólo incrementan sin tregua la miseria de la mayoría, sino que han convertido al ambiente natural en un enfermo en etapa terminal. De no hacer algo de inmediato y en forma contundente, las calamidades se harán sentir con toda su fuerza. Culpo en esta sesión a quienes han sido responsables y por tanto acusados desde siglos, por su miope avaricia, por la falta de escrúpulos que los tiene a punto de reventar con tantos caudales que se llevan cada segundo, en tanto que la mayor parte de la población del planeta carece de lo indispensable. Huelga decir que las masas han llegado al límite de su resistencia y seguramente lucharán por sobrevivir, aún sabiendo que pueden morir en el intento. A los primeros caídos, enseguida los reemplazarán otros, sucesivamente. Yo solamente trato con estas palabras, de advertir y evitar en lo posible la hecatombe que se avecina por hambre y destrucción. Sé que fui escuchado y entendido perfectamente, así que no tengo más que añadir, simplemente espero respuestas”. El discurso, suficientemente claro, no dejó dudas de que hababa con razón y convicción. Al terminar de pronunciar sus frases se hizo un gran silencio.

“Estoy totalmente de acuerdo con lo que nos ha dicho el señor socialista”, dijo el licenciado Popular a quien correspondía el turno de proseguir con las intervenciones. Señaló con su mano extendida a don Capital y estuvo a punto de decir algo, sin embargo fue interrumpido desde el extremo de la mesa. “Más de tres mil años me respaldan”, rugió don Mercado, aplaudido por el señor Capital, por lo que sintió ánimos y golpeó la mesa. Alguien intentó callarlo, pues éste ya había utilizado su turno para intervenir, fue una voz femenina que no alcancé a identificar. El sujeto airadamente ignoró las reglas y hendió el puñal de sus amenazas hasta la empuñadura. “¡Guarde silencio y respeto, desgraciado!” Lo increpó el señor Comunismo con su voz grave. “No contamine con su indisciplina sin recato este respetable recinto o lo sacaremos entre todos”. “Por favor señores, tengan el honor de guardar la compostura en nuestra casa, es una súplica”. Quien así habló fue Democracia. Enseguida las damas que le acompañaban a su lado aprobaron su dicho petitorio. Capital echaba fuego por los ojos y veía con desprecio a quien le había subido el tono de voz a su camarada. Sin embargo, don Comunismo ni siquiera se inmutó, no le desprendió la mirada. “Infeliz”, alcanzó a decir antes de apretar la mandíbula.

Nunca pensé que presenciaría algo semejante. El banquete se había convertido más que en un espacio para el debate, en arena para agrios desafíos, una riña sin cuartel, pues toda la concurrencia comenzó a vociferar sin el respeto que debían al lugar, ni tampoco al momento en que cada uno hablaría. Aquello se tornó estridente, penosamente confuso y si no fuese por mi vocación, seguramente hubiera abandonado el sitio en cualquier momento, pues no soy afecto a los gritos acompañados de tanto desorden.

Noté que la señorita Liberal se enjugaba unas lágrimas y le trataban de consolar. Casi como al descuido alguien lanzó una cáscara de fruta al rostro de don Mercado, quien para entonces estaba hecho una furia. “Usted comenzó este desorden, le increpó el señor Socialista, sin duda que el venerable señor Estado lo hubiera hecho expulsar, sin importar su fortuna”.

“La fortuna la tengo yo”, corrigió don Capital y apuró el último trago de su copa. Masticando un puro resaltó su gesto llevándose una mano al bolsillo. Democracia suplicaba a voz en cuello que se respetase el protocolo.

“Señor Medios, por favor intervenga en este difícil momento”. Quien esto me pedía era precisamente el general Dictadura. Mostraba el rostro inflamado y seguramente palpaba su escuadra que traía al cinto. “Señores”, gritó, “no quisiera meter las manos para imponer el orden, dejemos que se escuche lo que el señor Medios tiene para ustedes”. ¿Qué tengo yo para estos desenfrenados? Me pregunté mentalmente. La voz de Dictadura fue acatada pues de inmediato se transformó el ambiente, quedando todos a la expectativa. Volvieron nuevamente sus miradas hacia mi persona. Entonces, sin esperar más, dije que faltaba escuchar a tres invitados que no habían tenido oportunidad de ser escuchados. Se trataba de las dos damas de compañía de Democracia: Igualdad y Libertad, así como el joven licenciado Popular, a quien le habían dejado con la palabra en la boca. Ellas declinaron el turno para dejar al abogado que expresara su opinión. Popular, bastante astuto, se puso de pie y pidió un brindis por el buen respeto de toda la humanidad, así como la indispensable concordia que debe prevalecer en los pueblos.

Enseguida comenzó su intervención, sin embargo, su oratoria pronto denotó rasgos de cierta inconsistencia que hicieron que se dudase de la sinceridad que deseaba imprimir en los enunciados. Comenzó a sentirse el vacío de contenido de aquel discurso, de manera que una vez más se escuchó el puño que alguien estrelló en la mesa y lo pararon en seco. Don Mercado nuevamente interrumpía al invitado. Enseguida Capital hizo lo mismo y ambos se pusieron a hablar atropelladamente en contra de lo dicho por Popular y nuevamente aquello volvió a la desordenada bulla que el general Dictadura tuvo que atajar. Una vez más el general se puso de pie y lanzó un grito espantoso, sin embargo, en esta ocasión ya nadie se preocupó por obedecerle y las voces subieron de tono. Estaba tan descompuesto por lo que sucedía que sacó la pistola y soltó un tiro hacia el techo. La bala rebotó en un candil de bronce y se apagó una bombilla. De inmediato todos se callaron y hasta pude ver a algunos echarse al suelo. “Señor Medios, hable usted”, me volvió a decir, aunque ahora más bien dictaba una orden. No tuve escapatoria, así que tratando de tomar aliento, me acomodé las gafas y quité con el pañuelo algo del sudor que mojaba mi frente. “Señoras y señores, he tomado nota de cada palabra que se ha vertido en esta reunión, lo mismo que de algunos otros detalles que informaré a la opinión pública mañana mismo. En los primeros matutinos se podrá leer lo que ha sucedido gracias a la participación de todos ustedes”. Di en el blanco, pues noté que los más escandalosos se pusieron lívidos. “Estoy aquí para servir a la verdad. Lo cual quiere decir que trataré de ser lo más transparente posible en dar al juicio colectivo los resultados de esta asamblea”.

No se escuchaba más que el ruido del viento al pasar por las enredaderas y arbustos del jardín y el tintineo de un cubierto que alguien golpeaba quedamente en una de las copas. A lo lejos se oyó el ulular de una sirena y eso me dio una idea para pronunciar la siguiente oración. “Ese sonido”, continué, “me hace recordar las guerras y por lo visto aquí se ha descuidado esa posibilidad. A como se encuentra el mundo hoy, tal cosa sería la mayor fatalidad y de acuerdo a la forma en que algunos caballeros presentes tomaron los asuntos, el infierno puede prenderse en cualquier madrugada, mañana o tarde de estas. Os rogaría meditar un poco acerca de lo que han contribuido, para bien o para mal, en sus trayectorias. No quisiera, ni es mi papel, no me corresponde, ser juez o árbitro de lo que veo y escucho en este banquete, pero he visto y escuchado cosas. De manera que si no se concluye de mejor manera la reunión, se causará otra gran pena a la humanidad”.

Me escucharon, inclusive con una atención que sobrepasó mis expectativas, sin embargo, el gesto de algunos, los que seguramente identificarán los lectores de lo que salga publicado sobre esta junta, tenía un cariz de cínica indiferencia, por tanto, seguramente las cosas del mundo no tendrán mayores sorpresas y se impondrá sin duda la rutina de la deshumanización, que caracteriza a esta extraña especie.

Después de aquello que pronuncié ya no hubo quien alzara la voz. Murmuraban, eso sí, incesantemente. Cada quien hablaba con el de al lado y no hubo ya más discursos. Sirvieron café los mozos y a poco se retiraron los invitados, me pareció que casi en el mismo orden en que habían llegado. Excepto yo, porque era preciso presenciar para dar cuenta de todo, hasta el final.

Carlos Antonio Villa Guzmán es Maestro en Comunicación de la Ciencia y la Cultura por el ITESO, es profesor-investigador del Departamento de Estudios de la Comunicación Social en la Universidad de Guadalajara. Actualmente estudia el doctorado en Política y Gobierno, en la Universidad Católica de Córdoba y Administración Pública, por la Universidad Complutense de Madrid.

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