El Cafecito

Celos y violencia familiar, por Luis Buero

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A raíz de un taller que coordino desde hace años, para celosos y celados, en el hospital Tornú, muchas veces me han llamado de programas de radio para preguntarme qué diferencia los celos “normales” de los patológicos.

Y la respuesta es siempre la misma: la intensidad.  Si la vida de la pareja deja de ser una comedia para convertirse en una tragedia, no hay que pensar mucho más. Sobre esto me voy a extender en esta revista online, un poco más.

Para el varón celoso patológico, siempre fuera de la casa hay un rival expectante y adentro del hogar lo espera una sospechosa, una lasciva agazapada. Él tiene la certeza delirante de la codicia universal: todos la desean a ella.

Ya en otras columnas me he referido a la relación de los celos y las vivencias infantiles, en especial, el modo de vínculo vivido con las figuras parentales y hermanos. Pero vayamos al tema del título: la violencia por celos se da en fases y en la mayoría de los casos, desde el hombre hacia la mujer.

La primera fase es la de acumulación de tensión, y es la etapa de la violencia verbal, la demanda excesiva, la sospecha y la descalificación manifestada con insultos, retos, metáforas delirantes, el despliegue de la desconfianza delirante y alucinatoria.

La siguiente fase es la del golpe, el cachetazo, la trompada, la paliza. Las lesiones pueden provocar la hospitalización y a veces, el asesinato. De este tipo de noticias se alimentan las crónicas policiales. La inseguridad extrema del celoso lo lleva al acto, ante la incapacidad de simbolizar su conflicto en un diálogo sentido y expresar su angustia, sí,  la angustia y las frustraciones personales que provocan el enojo excesivo. Hay una irrupción real en el cuerpo del otro, lo lastima, pues no puede tramitar por la vía de la palabra el brote que convierte a Dr. Jeckyll en Mr. Hyde.

La fase que sigue es la de luna de miel o arrepentimiento, las disculpas, la vergüenza, la promesa de cambios, el comienzo a veces de tratamientos psicológicos infructuosos donde lo encorsetan en un imaginario, es el golpeador, y ahí se tapona el diagnóstico.

Y todo vuelve a repetirse, cada vez con mayor gravedad.

También hay mujeres que pegan, en algunos casos famosos castran y, en otros, directamente asesinan por celos. Componen una muestra estadística más pequeña, pero existen.

Un psicoanalista diría que estamos hablando de sujetos del inconsciente y de sus modalidades de goce. Goce en el idioma de Lacan es un más allá del principio del placer freudiano y tiene que ver con la pulsión de muerte, la energía humana por excelencia (no hay otro tipo de animal o planta que se suicide). Tiene que ver también con modelos vividos en la infancia, situaciones que se grabaron de una determinada manera y hoy pulsan como una escena anterior condicionante. Y con condicionantes sociales, el concepto del amor, el machismo, la indiferencia institucional o religiosa ante la reacción de la mujer que necesita abrirse rápidamente de estas situaciones de peligro.

El celoso patológico quiere Todo, pretende desconocer la falta estructural propia y ajena y finalmente condena a muerte a su propio deseo. La cura implicará trabajar sobre aquellos trazos, aquellas marcas de lo oculto del iceberg, reescribirlas, renacer en la propia historia. Es dura, se requiere valentía y humildad, pues en ese camino se dan dos pasos adelante y uno atrás, constantemente.

Pero llegará el día en que el individuo comprenderá que los celos no son amor al otro, sino amor propio exagerado, dependiente y enfermizo, como el amor egoísta del bebé que alucina que la mamá y él son uno solo, cuya separación en yo y no-yo teme pues le promete un duelo intolerable. Sin embargo, pensemos, abandonamos el útero para caer en estas tierras de caos e incertidumbre y luego atravesamos el destete y sobrevivimos, ¿qué otro cataclismo puede hundirnos la carabela? Sólo nos queda una garantía, que un hombre es más importante que los afectos que pueda perder y que guarda suficiente tela para soportarlos, lo cual lo exime del temor extremo de que su objeto de amor sea atraído por otro. Y como diría Hamlet, “the rest is silence”.

Luis Buero es guionista, periodista y psicólogo social. Colabora para El Cafecito desde Argentina. Visita su sitio: http://www.luisbuero.com.ar

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