El Cafecito

¿Sometidos al poder del rumor?, por Luis Buero

3 comentarios

Que Walt Disney  está congelado dentro de un freezer, que las Ruinas de Machu Pichu fueron construidas por extraterrestres, que la canción Aserejé ocultaba un mensaje satánico,  que el calendario maya indica que el mundo se acabará en el 2012, que Paul Mc Cartney falleció en 1970, que un tipo conquistado por una bella muchacha fue llevado a su bulín donde al otro día amaneció sin un riñón, que una rubia modelo famosa pasó la noche con ese dirigente futbolero que falleció de un infarto en su cama, que al playboy Porfirio Robirosa una prostituta le cortó el pene con los dientes, o que una primera dama de un país tuvo un affaire con un gobernador norteño… ¿quién se anima a rebatirlo? Ahora le agregamos, dada la agenda que los medios privados nos quieren imponer, que por la nueva ley de radiodifusión, el canal TN de noticias va a desaparecer.

Por eso cuando una revista científica que leí hace poco afirma que: “El rumor sería más poderoso que los hechos comprobados para determinar la opinión que los seres humanos tenemos de alguien”, deberíamos responderle: ¡chocolate por la noticia!   Tal vez los nobles científicos que descubrieron eso no sepan que dos tercios de la programación de la tele se basa en chismes, radio pasillo y noticias construidas. Y la gente las consume a gusto. Es como si el público exigiera: “¡no me cuentes verdades, solo quiero rumores!”. Tal vez, incluso, no exista en el mundo una conversación que no sea más que eso, intercambio de rumores. Y el rumor ha sido usado hasta para propiciar golpes de Estado, cierre de entidades bancarias, y hacer pensar a una población ingenua que se está ganando una guerra.

Pero… ¿por qué prende tan fácil?. ¿De dónde nos nace esta disposición para creer aunque digamos que no?  Pensemos.

Una vez fuera del sitio sin carencias que nos proporciona la panza de mamá, somos lanzados a este planeta desangelado para estrenar dos sensaciones inevitables: el miedo al ataque y el miedo a la pérdida. A partir de allí, en algún punto de los pliegues de nuestro cerebro, siempre estamos “en guardia” en mayor o menor grado.

El canturreo de mamá, los cuentos de la abuela, las leyes que nos persuaden de que el hombre no es el lobo del hombre, la constitución social que armamos para darnos seguridad ontológica, y por qué no, la cultura, proveedora de historias en las que el crimen paga, nos aminoran esas ansiedades básicas. Claro que a veces la comunicación tranquilizadora no llega y pasa como si en nuestra psique se abrieran grietas, como las de la piel, y todo parásito de rumor se nos mete y nos desequilibra el organismo. Porque creemos que la vida es equilibrio y ausencia de conflicto, y no entendemos que es exactamente lo opuesto, sólo la muerte nos promete esa supuesta vuelta al mundo inanimado del que provenimos.

Entonces, si un presidente se interna por un chequeo de rutina, ya cualquiera dice, por hablar, que quizás el primer mandatario tenga una enfermedad grave. Y la información se propaga a velocidad increíble por una cadena de voceros sin rostro hasta que se produce un clima de pánico generalizado. Si en otra ciudad, una gran empresa que siempre abona los sueldos el cuarto día hábil del mes, en una oportunidad se demora cuarenta y ocho horas más en hacerlo, ya probablemente alguien instale la suposición de que se viene el recorte de personal, despidos masivos, la quiebra misma. Y ahora también resulta que si sale la nueva ley de medios nos vamos a convertir todos en personajes de una novela de George Orwell.

¿Cómo desactivar un rumor, un operativo de prensa que intenta inyectarnos una manera de pensar como si fuera una aguja hipodérmica? ¿Cómo no repetir que aquella mina se acostó con ese otro, que ese otro es yeta, y que los americanos nunca llegaron a la luna?

Quizás la forma, como propuso un Maestro, sea preguntarnos cuando la murmuración llega a nuestra lengua, si lo que vamos a repetir es verdad, si es bueno,  y si es necesario, y  entonces, si no logra atravesar estas tres pruebas, mejor será dejar ese chimento sepultado en el olvido, si es posible, para siempre. Y que el “muchacho que sabe” o la corporación que lanza la bola de carne podrida, se vaya a decir boludeces a otra parte.

Luis Buero es guionista, periodista y psicólogo social. Colabora para El Cafecito desde Argentina. Visita su sitio: http://www.luisbuero.com.ar

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3 pensamientos en “¿Sometidos al poder del rumor?, por Luis Buero

  1. Pingback: 4077 El Cafecito, Dorismilda Flores Márquez, enero de 2010 « Octavio Islas [octavio.islas@proyectointernet.org]

  2. El rumor es a la prensa lo que las especias a un buen platillo. El problema es que la sobrecondimentación convierte a los medios en un bodrio.

  3. ¿Sometidos al poder del rumor?, por Luis Buero

    Mi punto de vista a lo que hace referencia es al chisme, ya que es importante estar consientes de su existencia en cada acción que se lleve a cabo y sobre todo lo más importante es que hay que acostumbrarse a vivir con él y saber escoger el momento adecuado, para que pueda ser creíble y secreto.

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