El Cafecito

El regreso de la prisión escolar, por Enrique Puente Gallangos

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Ahora ya no es la primaria la prisión escolar, ahora es la secundaria: “¡sí, papá, ayer fui a la escuela; bueno, estaba cerrada por que las monjitas no estaban; pero parecía una prisión, una cárcel! ¡También descubrí que mi abuela me engañó, el curso no es obligatorio, tendré que ir a la prisión!”

 

La escena educativa nos revela en ocasiones personajes ya conocidos en otra escena, la familiar. En ella se revelan las distintas imágenes que un sujeto recluido en prisión experimenta: miedo, soledad, angustia, vacio, vacuidad, inferioridad, hastío, en fin, una serie de muertes simbólicas que, en el peor de los casos, son perpetuas; pero que, en el caso de los niños, esta imagen casera se presenta de dos modos.

 

El primero como una repetición de la escena familiar en la escena educativa, mamá-maestra, papá-maestro, hermanos-compañeros, amigos-rivales, una repetición que provocará una serie de síntomas histéricos en estos niños, como llegar tarde, no hacer tareas, pelear con compañeros, no obedecer a los maestros, miedo a los niños o niñas, malestar en la escuela.

 

Pero también sucede todo lo contrario, niños que ven en la escuela una posibilidad de suponer un padre, una madre, un hermano, un amigo, algo que me falta y que es importante en mi vida; posibilidad que de manera simbólica me permite identificar un afuera de la familia, un afuera de mí mismo. Someterme al horario, someterme a rezar antes de iniciar clases tendrá como fundamento un acto de legitimación, un acto de identificación con quien me llevó a esa escuela, un acto de identificación de creer en quien me llevo a la escuela o un acto de identificación, “tiene la razón quien me trajo a esta escuela”; identificación que legitimará mi estancia en la prisión escolar.

 

Pero, ¿qué sucede cuando no hay legitimación en esa decisión y por lo tanto no hay identidad del niño con quien lo mandó a la escuela? El niño entra por tres años o muchos más a estudiar, no a desarrollar habilidades; entra a la prisión escolar a cumplir una pena, un castigo, una culpa que, generalmente no es de ellos, es del otro, el otro que los llevó a la escuela; prisión escolar que en algunos casos se toma como una reincidencia, una repetición de una conducta que no entiendo, no comprendo, no puede hacer consciente aun el niño. Calificaciones malas, exámenes aplazados, años reprobados, sujetos descalificados, sujetos que hacen síntoma y hacen habla, hacen discurso y mensaje, mensaje enviado y leído por el otro. Otro que no responde y sólo amenaza con cambiarlo de prisión a donde sí puedan poner en cintura al hijo, a donde sí puedan hacer lo que yo como padre no puedo hacer. Niños hiperactivos, niños problema, niños que no hacen nada, niños ausentes, niños enfermos según los médicos y psiquiatras, futuros adictos que encuentran respuesta científica a su malestar con algún tipo de medicamentos que haga lo que la escuela no puede y lo que los padres no pudieron, medicamentos. Los fármacos son la última instancia de estos niños. Aunque no con esta misma suerte, los que ya no están en la prisión escolar, porque fueron promovidos a una clínica psiquiátrica o psicológica. Los niños que siguen en la prisión escolar mantienen una lucha dialéctica entre su deseo y el deseo de sus padres; lucha dialéctica entre ir de lunes a viernes a la escuela, rezar de lunes a viernes y un “¡no me gusta la escuela, las monjitas están bien mal!”

 

Pretendemos resaltar que en la escuela puede estar una solución de los problemas del niño en la escena familiar, pero también que en la escuela en ocasiones, se agravarán los problemas del niño con su familia. Lo más fácil de todo es culpar a los hijos y los maestros; pero los maestros muchas veces no están capacitados en los quehaceres de una guardería y no están capacitados como psicólogos y psiquiatras para dar una respuesta a estos niños, ¿por qué enfrentamos a estos niños a la no respuesta?

 

Culpar a los niños es evitar la responsabilidad que nosotros como padres tenemos con ellos, recuerden que la culpa siempre es compartida. Los errores de nuestros hijos son el resultado de nuestro fracaso como padres. Prisión escolar con readaptación, con trabajadoras sociales, con psicólogos, con psiquiatras, con psicoanalistas, con médicos, con licenciados en derecho, con profesionales interdisciplinarios que nos permitan darles una respuesta a estos niños; una respuesta medica, psíquica, una respuesta pedagógica y jurídica a estos niños; respuesta jurídica que nos permitirá determinar sobre la tutela de estos niños, apoyándolos en los dictámenes pedagógicos y psicológicos. A partir de entonces la prisión escolar, dejará de ser el lugar donde se tiene prisionero a un niño, culpable y responsable del otro, del otro que son sus padres; y se convertirá en la escuela donde, como parte de la continuidad familiar, se permitirá desarrollar al niño habilidades necesarias para poder hacer una mejor interpretación de la realidad que está viviendo.

 

 

 

 

Enrique Puente Gallangos es Licenciado en Derecho; Maestro en Derecho Constitucional; Maestro en Psicoanálisis, Especialista en Psicoanálisis para Niños y Adolecentes; Master en Psicoanálisis y Prácticas Socio-educativas en FLACSO Virtual Argentina. Estudia el Doctorado en Derecho en CIJUREP, en la Universidad Autonoma de Tlaxcala. Es además catedrático de la Facultad de Derecho de la Universidad Regional del Sureste y de la Universidad Autónoma Benito Juárez de Oaxaca.

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Un pensamiento en “El regreso de la prisión escolar, por Enrique Puente Gallangos

  1. Según la Constitución Española, artículo 25, “Las penas privativas de libertad y las medidas de seguridad estarán orientadas hacia la reeducación y reinserción social […]”. Teniendo en cuenta que el objetivo principal del colegio es la educación y la inserción social, podría considerarse como una primera cárcel.

    La escuela es la prisión donde más se restringen las libertades del individuo y donde este debe atenerse a las directrices de otros individuos con más disciplina y entrega.

    En la escuela el ser humano debe permanecer durante horas inmobilizado en la misma posición: sentado, con la consiguiente atrofia muscular (se ha comprobado la relación entre el síndrome de isquiotibial acortado muy extendido entre los jóvenes y su permanencia continuada en esta posición, esta atrofia y falta de flexibilidad ocasionada por la limitación en su tendencia natural y saludable al juego les provocará dolor de espalda y probablemente lumbalgia en el futuro). Duránte este periodo serán condenados continuamente por tratar de comunicarse con sus iguales.

    Lejos de estar amparada por la ley la escolarización obligatoria debería ser considerada un grave delito contra la libertad individual.

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