El Cafecito

¿Qué hay detrás de la doble moralidad del Estado Mexicano?, por Aleida Gallangos Vargas

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“Bienvenido, hermano latinoamericano” era la frase que se presentaba en el Benito Juárez, en el año de 1977. Un México que abría las puertas y se mostraba como un país solidario hacia los grupos subversivos y exiliados de países sudamericanos que huían de las dictaduras militares. Un Estado Mexicano que se mostraba generoso para aquellos que solicitaban la protección y ayuda; que evitara penetrar en el desasosiego y que pudieran correr la misma suerte de miles que habían sido sometidos a torturas y crímenes de lesa humanidad, perpetuados por un terrorismos de Estado.

 

Aquél hizo posible el fracaso de la operación clandestina de la inteligencia militar argentina en México, cuyo objetivo era infiltrar y aniquilar a la dirigencia de los Montoneros, agrupación político-guerrillera que en la década de los setenta enfrentó a la dictadura militar argentina, que se encontraba asilada en México. Documentos hechos públicos por el National Security Archive revelaron en enero de 2008 cómo agentes de un escuadrón de inteligencia argentino fueron capturados por el servicio secreto mexicano de lo que fuera la Dirección Federal de Seguridad (DFS)  y “expulsados por espionaje a los [exilados] Montoneros radicados en México”, en enero de 1978. Revelan que cuatro agentes del Área de Operaciones 121 de Rosario, Argentina, fueron “enviados por las autoridades militares de su país”[1].

 

La misma Dirección Federal de Seguridad (DFS), que a su vez el Estado Mexicano había creado como grupo paramilitar, tenía como principales objetivos: capturar a los sospechosos vinculados con grupos subversivos, detenerlos en lugares situados en unidades militares o policiales bajo su dependencia, interrogarlos bajo tormentos y/o agresiones psico-fisicas, para obtener información que los pudieran llevar a más implicado, sometiéndolos a condiciones de vida inhumanas para quebrar su resistencia moral y privándolos de cualquier comunicación al exterior, violando cualquier garantía constitucional. Son los responsables de cientos de desapariciones de lesa humanidad y que no sólo actuaron contra los grupos que tenía por objetivo, además contra miembros ajenos, por el hecho de ser familiares, amigos o simplemente vecinos.

 

Hasta ahora me sigo preguntando: ¿Qué es lo que realmente existe dentro de esa doble moralidad del Estado Mexicano?

 

En Argentina las causas judiciales contra los genocidas y las palabras contra la impunidad siguen tomando fuerza. En Uruguay se pone a votación un proyecto de reforma constitucional (caducidad del ejército de la pretensión punitativa del Estado) de acuerdo de aquellos delitos que fueron prescriptibles; la cual permite una ley de transparencia para poder realizar juicios contra aquellos militares y autoridades que participaron en crímenes de lesa humanidad. Se trata de países en donde la sociedad ha realizado un gran esfuerzo por recuperar su dignidad a través de la justicia. La tenacidad y perseverancia de las madres, las abuelas, los hijos, los familiares, simpatizantes y colaboradores, se mantienen firme y poco a poco van viendo los sueños realizados; países en donde las leyes de impunidad han sido declaradas inconstitucionales por un máximo tribunal; en que el Estado ha reconocido su responsabilidad en los crímenes y han logrado avance en materia de lucha contra la impunidad.

 

En cambio, en México cada vez las posibilidades para dar resolución a los tales crímenes, se atenúan constantemente para los familiares que seguimos esperando una resolución jurídica. Totalmente al contrario, son aprobadas leyes donde los implicados han logrado zafar y reciclarse en la justicia, leyes que les permiten escalar en los más altos niveles de poder y ser partícipes en tejidos de corrupción, donde los crímenes de lesa humanidad cumplen su objetivo de quedar en el olvido.

 

Los mexicanos hemos sido testigos de la manipulación a los juicios que se han abierto como el de Luis Echeverría, el cual ha quedado exonerado de toda culpabilidad. El Estado y sus defensores insisten en impedir que en México exista la justicia, haciendo uso de esta doble moralidad para cubrir los delitos cometidos desde los más altos niveles del poder, tal como lo menciona en su testimonio Ana Marimón Driben:

 

Soy mexicana, pero nací en Córdoba, Argentina. Llegué al D.F con mis padres, militantes comunistas, en 1977.

Tu historia, por supuesto, reafirmó la gran paradoja de un país que albergó a víctimas de un terrorismo de estado que él mismo perpetraba, simultáneamente. No sé si sea adecuado hablar de paradojas: el Estado Mexicano nos usó a los exiliados de Sudamérica como pararrayos, tapadera u ornamento humanitario, para solapar sus propios crímenes. Por eso nunca he experimentado una gratitud histórica con los que ponían un cartel que decía “Bienvenido, hermano latinoamericano” pero sí con la gente, con la realidad que fue un contexto realizativo, con los amigos, con el amor, que conforman mi identidad mexicana.

Soy uno de los tantos mexicanos que desean, con toda el alma, que el destino de los cientos de desaparecidos sean el pasado de todos. México es tan opaco e impune… La sola masacre de Tlatelolco parece una leyenda fantasmagórica, que no es de nadie, que la sociedad no incorpora como una llaga inmensa que le pertenece y que la constituye.

 

Hoy nuevamente se vuelve a reivindicar la tortura y el asesinato sistemático. Militares y policías irrumpen ilegalmente en los domicilios particulares, y de manera violenta golpean e insultan a mujeres y niños que se encuentran albergados en sus hogares, miembros de organizaciones de derechos humanos han sido torturados física y psicológicamente durante sus detenciones ilegales, algunas veces acompañados del robo de bienes y todo horror inimaginable perpetrado desde el aparato estatal para imponer a sangre y fuego un régimen económico y político de exclusión y pobreza. Maniobras que han sido heredadas por generaciones y que diluyen los valores democráticos, que cubren a los responsables con mantos de olvido e impunidad. Y, por otro lado, una sociedad que va aprendiendo a convivir cotidianamente con la desigualdad el dolor y la indiferencia.

 

 

 

 

Aleida Gallangos Vargas es egresada de Ingeniería Industrial y de Sistemas de la Universidad Autónoma de Ciudad Juárez, forma parte de la organización Mexicanos sin Fronteras y lucha por la recuperación de la memoria y el reconocimiento social de los desaparecidos y la guerra sucia en México.

 


[1] National Security Archive Electronic Briefing Book No. 241. Enero 20, 2008.

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