El Cafecito

Reloj, no marques las horas, por Luis Buero

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Como en la canción de Lucho Gatica, si estamos y nos sentimos bien, si hemos encontrado al amor de nuestros días, deseamos que el tiempo se detenga, porque no ignoramos que ni la realidad ni nosotros seremos perfectos para siempre, y no sabemos qué sucederá en el futuro.

Precisamente estas frases se dicen repetidas veces en el filme El Curioso Caso de Benjamin Button, película en la que una anciana, a punto de morir en una clínica de Nueva Orleáns, le revela a su hija que su padre ha sido un hombre que nació anciano y fue rejuveneciendo hasta morir como un bebé.

Mientras sucede ese flash back, el huracán Katrina se está acercando a la ciudad. Y según el relato de la señora, todo tuvo comienzo el día en que un relojero ciego puso en funcionamiento un reloj en una estación central, diseñado para que sus manecillas giren en dirección contraria, con la esperanza de que este artilugio trajera de vuelta a todos los que fallecieron en la Primera Guerra Mundial, entre ellos a su único hijo, también muerto en la contienda. La película podría enfrentarnos a la pregunta de qué haríamos nosotros si naciéramos viejos y comenzáramos a ser más jóvenes cada día. Esa ilusión, con variaciones, todos la hemos tenido. ¿Quién no se imaginó o deseó volver al pasado a andar el mismo camino con la experiencia ganada, modificando sus acciones ahora que conoce los resultados? Si eso fuera posible, John Kennedy no hubiera aceptado viajar a Texas en el 63 y a Hitler lo hubiesen dado en adopción a una familia de esquimales en el Polo Norte.

Pero no es de nuestra tendencia a conjugar al cuete el imperfecto del subjuntivo al que se refiere El Extraño Caso de…, sino al hecho de que naciendo jovatos o infantes el problema es el mismo. El drama  no es que vengas al planeta con 80 o con cero edad, sino que la vida sólo es posible vivirla hacia delante y que tarde o temprano llega el final y sólo te queda aceptarlo. Hasta el mismo tictac que se mueve al revés es cubierto por la inundación. Obviamente que en la historia esto le ocurre a un hombre. Si el reloj biológico de las mujeres se invirtiera y comenzaran a rejuvenecer, tirarían a la basura tantas cremas que se empastaría el océano. La industria de la estética se hundiría y el huracán estaría provocado por los despidos masivos. Pero lo único real, como diría Benjamin, es que la vida no se mide en minutos sino en momentos, como éste en el que escribo, y el otro, el tuyo, en el que acabas de leer esto. Lo demás, todo, es fantasía.

Luis Buero es guionista, periodista y psicólogo social. Colabora para El Cafecito desde Argentina. Visita su sitio: http://www.luisbuero.com.ar

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