El Cafecito

El gritón, por Carlos Antonio Villa Guzmán

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— Ya no podemos seguir con el Gritón.

— Dale otra oportunidad, Constelación.

— Nos va a arruinar, Elías, más de lo que estamos.

— No hay a quién dejar en su lugar, Conste. Acércate una vela porque no tarda en apagarse la luz con este vendaval.

— Pues ya buscaremos otro que…

La mujer no terminó la frase, porque se lo impidió una ráfaga que abrió la puerta de lámina del remolque que servía de vivienda ambulante. Volaron varios objetos en el interior, en tanto comenzaron a escucharse los golpes violentos de los primeros granizos que lanzaba la tormenta.

El viento encabritado volvió a soplar sacudiendo unas láminas que se habían desamarrado, al igual que las series de foquitos que por alguna extraña razón soportaban el embate de la lluvia acompañada de bolas de hielo. Éstas caían como canicas golpeándose en el techo de los camiones o se hacían añicos contra los juegos mecánicos construidos totalmente de hierro. Las lucecillas parpadeaban mas no dejaban de brillar, hasta que se vieron envueltas en un velo gris torrencial que hacía remolinos, como queriendo arrastrar todo lo que se hallaba en el suelo.

— Con este clima se va a poner peor. Tendré que hervir gordolobo para dárselo con canela y miel. Si se calma el aguacero y viene gente, va a tener que trabajar.

— Sírveme otro vaso, Conste. ¿Qué?, ¿ya se vació la botella? Ah, qué caray, con esta lluvia, ¿cómo voy a salir por más?

Constelación retiró los platos, tazas con residuos de café y trozos de pan que se hallaban en la pequeña mesa donde colocó hierbas secas extendidas sobre una servilleta. Encendió la hornilla, puso encima de la lumbre un recipiente casi lleno de agua y en éste, todo lo que tenía en la mesa: las plantas, unas cuantas flores marchitas que molió con sus manos, así como varias semillas.

Un relámpago y casi al mismo tiempo el estruendo que sacudió el piso, hizo que la pareja se abrazara. A los pocos segundos se fue la luz quedando todo en la oscuridad.

Los destellos que provocaba cada rayo iluminaban las estructuras mecánicas del carrusel, junto con los tres o cuatro aparatos que había, más el puesto de tiro al blanco. Con esto se componía la feria de barrio.

Ya tenían lista la vela y Elías sacó de todas maneras una linterna del cajón de las herramientas.

El agua comenzó a colarse por las ventilas, a pesar de que éstas se hallaban completamente cerradas. Era tal la fuerza del viento que se sentía la brisa en el rostro. El olor característico de la madera cuando se humedece impregnó el pequeño compartimiento. Para esto, ya se habían colocado algunas toallas enrolladas en prevención que evitaron que el agua siguiera su curso hasta el suelo. Estaban empapadas pero cumpliendo su cometido.

— Mujer, asómate debajo del colchón, me parece que ahí tengo una anforita de brandy; puede ser que me quede algo.

— Mejor tómate una taza de este remedio que le preparé al Gritón.

— Me sienta más el vino para pasar estos chubascos.

Constelación se dirigió a la parte trasera del vehículo, tanteando con las manos para no golpear la cabeza contra alguna repisa o algo fuera de su lugar. Calculó el sitio donde estaba la esquina del colchón y en eso topó con la piel suave de pelusa; típica perrita faldera que dormía al lado de Mátrix, un gato castrado entrado en años. Levantó un poco y extrajo la pequeña botella pero estaba vacía. No había licor ni para un trago.

— Se te acabó el vino, pero si deja de llover pronto, te consigo algo.

— Pues aunque sea dame de eso que le estás preparando al Gritón.

— Te va a caer bien, es simple medicina de rancho. Aunque no en todos los ranchos la encuentra uno. Parece que ya se está pasando la lluvia.

— Ya no salgas, Conste, deja al Gritón para mañana, a lo mejor se durmió aprovechando la oscuridad y que ya nadie sale de su casa. Con este aguacero hasta se los puede llevar una crecida.

— Nada de eso, tenemos que abrir al rato, en cuanto conecten la luz. Al cabo esta tormentita ya se fue para otra parte. Pásame la sombrilla que está ahí recargada para llevarle esto. No vaya ser que de veras se duerma a esta hora que no es ni tan tarde ¿Qué horas son?

— Son las nueve y cuarto. Esta agüita no quiere parar, ha de estar repleta de charcos toda la calle. Mejor consíguete un chisguete de alcohol y nos lo tomamos tú y yo para dormirnos a gusto.

— No, qué tomamos, ni qué tomamos, déjame agarrar el paraguas, hazte a un lado, Elías, me voy con el Gritón para despertarlo, seguro está bien dormido.

— Deja al Gritón en paz, mejor acércate antes de que se prendan los focos. Te voy a dar un buen apretón, de lo que te gusta, ¿ah no? ¿Luego?

Constelación se fue en busca del Gritón, llevando un termo con el contenido del remedio casero.

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En media hora por fin escampó y encendieron las series de foquitos, el tocadiscos comenzó a sonar, atrayendo con sus notas a la gente que se animó a sortear las corrientes que todavía descendían por las calles de tierra dejando grandes surcos.

En un rato se llenó la feria, se apretujaba la concurrencia para subir en los carritos, tirar con los rifles de municiones o corchos, mientras varios niños esperaban turno en el carrusel de animales. El aire húmedo se cargó de olores: a guasanas cocidas, cacahuates  y elotes asados, junto con salchichas y algodones de azúcar.

— Laaa sandíaaaa, que te comes fríaaaa.

— Eeel bandolóóón, que te da un resvalóóón pa que se te quite lo…

— Laaa estrellaaaaa que te alumbraaaa.

La voz afónica del Gritón se escuchaba por el altavoz. Tomaba con una mano el mango del micrófono, mientras con la otra barajaba la lotería. A veces le interrumpían las ganas de toser. Llevaba un paliacate bastante arrugado para taparse la boca. Entonces, los jugadores quedaban en suspenso, contemplando el tablero con los granos de maíz que ya habían puesto y mirando de reojo al Gritón, mientras éste hacía un esfuerzo formidable por continuar gritando la lotería. Ya no era voz lo que le salía sino un hilillo ronco, carraspeado, que pronunciaba los nombres de las cartas con bastante dificultad. Algunos llegaban a interrumpirle con tal que les repitiera lo que de pronto les parecía inaudible. Tal vez eso les desanimaba a continuar las tandas por lo que pronto se retiraban. Eso al menos era lo que pensaba Constelación Robles, la dueña del negocio que acompañaba a la feria a donde ésta se movía. Muchas veces se juntaban con algún circo y entonces la lotería era más concurrida porque al salir de la función, la gente en los barrios o pueblos ya no tiene muchas opciones a dónde ir y se queda hasta que los encargados comienzan a apagar las luces o se vende la última fritanga en los alrededores.

— Eeeel barril sin fondooo.

— Laaa escaleraaa pa´ llegar a… La lunaaa.

— Eeel violoncelooo.

Se oía la voz del Gritón, apenas inteligible, a pesar de la ayuda del aparato de sonido. Rodeado de muñecos de peluche, adornos de cerámica, aparatos eléctricos, entre muchos objetos que servían de premios a los ganadores que tenían la suerte de llenar más pronto que el resto de los jugadores su tablero de figuras, el Gritón cumplía cada noche en todas las ferias su tarea. Dormía con su catre dentro de una tarima de tablas que se cubrían con lonas y trozos de plástico. Acostumbrado al frío que azota las calles en la madrugada o las heladas de las zonas despejadas, no usaba más que una cobija. Fumador de toda la vida y la mitad de ésta aficionado a toda clase de sustancia etílica, el Gritón tenía (y lo sabía) daños en la garganta y los pulmones.

Solo, se incorporó con el negocio de Elías y Constelación cuando el padre de ella se fue de este mundo, dejando vacante el lugar del que grita la lotería. Le dieron oportunidad y pronto se olvidaron de su verdadero nombre, hasta él mismo. Para todos era simplemente el Gritón: Los niños de las colonias donde se paraba la feria le tenían un cierto afecto porque a veces les permitía jugar gratis, a escondidas de los patrones.

Su vida era durísima, pues cuando no se pasaba las noches en vela espantando las ratas que rondaban buscando la comida dejada en el suelo mugriento de las calles o baldíos, tenía que vérselas con borrachos o vagos que merodeaban en busca de algo descuidado para aprovecharse. Riñó muchas veces con toda clase de individuos marginales. El rostro lo atestiguaba con varias cicatrices. Deambuló en circos y ferias, hasta que se encontró con la familia de Constelación, quienes le brindaron un hogar ambulante, comida y trabajo que le daba lo suficiente para comprar las escasas pertenencias que usaba o guardaba.

Cuando su voz tenía los registros de la juventud, el Gritón era capaz de hacer que ésta se escuchara en todo el perímetro de la zona ocupada por los juegos y puestos de vendimias, hasta las calles aledañas, sin ayuda de amplificadores. Era una publicidad infalible y vital para quienes le dieron el trabajo.

— Eeel borrachooo que no come lumbreee.

— Eeel nopaaal para calmar el hambreee.

— La chalupaaa donde se pasea la sirenaaa.

En esos tiempos no pasaba tantas noches solo entre los cajones de tablas. No faltaron las palomitas nocturnas para hacerle compañía en ese lugar tan estrecho y frío, casi a la intemperie, pero que los plásticos sobrepuestos, una cobija más la oscuridad, le convertían en algo como un nido acogedor que igualmente servía de refugio a uno que otro perro que se guarecía tratando de pasar desapercibido.

El humo, el polvo, junto con el sereno tantas veces respirado, atrofiaron, poco a poco sus tejidos. No se diga los incontables tragos de bebidas heladas. Aún así el gritón no se dio nunca por vencido. Él mismo se preparaba cuanta receta le recomendaban. También fue a ver doctores que le atiborraron de pastillas, pero nunca lo revisaron a fondo, si no, hubieran previsto que el Gritón tenía cáncer y por eso se le iba la voz y la vida.

Tenía años sin fumar ni tomar cualquier clase de alcohol. Pero también fueron muchos de no tener cuidado alguno, por lo que las secuelas operaban en su cuerpo con toda puntualidad.

Lo más triste de todo, reflexionaba cuando estaba a solas, cosa por demás casi cotidiana, es que el punto más vulnerado era precisamente el lugar que necesitaba para vivir, es decir, la voz. Por lo demás, se hallaba en condiciones muy aceptables para un individuo de su edad, que ha llevado tal clase de vida que no es posible definir con términos como dura, difícil o ruda, porque es mucho más que eso.

— Eeel soldadooo.

— Laaa damaaa.

— Eeel valienteee.

El Gritón ya no podía más. Sudaba cada vez que comenzaba una partida, así que el pañuelo estaba empapado y por si fuera poco le venían los ataques de tos cada vez más constantes.

Por eso Constelación estaba desesperada. Por el estado del Gritón y porque Elías no abandonaba la botella. Cómo olvidar cuando el Gritón cayó con cuarenta de fiebre y lo tuvo que dejar en el piso del tráiler una semana envuelto en cobijas mientras se recuperaba. Casi todos esos días Elías roncaba con el estómago lleno de tequila, incapaz de tomar su lugar y conducir la lotería. La vez que lo intentó fue tan notoria la borrachera que ni siquiera podía pronunciar las palabras. Él se consideraba exclusivamente mecánico electricista. Su oficio consistía en dar cierto mantenimiento al equipo que conformaba la feria, reparar lo que lograra cuando se descomponía algún aparato y era el experto que instalaba los “diablitos”, para que el patrón se ahorrara el costo de la luz.

En tanto que los carritos, caballitos, lanchas u otros juegos daban vueltas, Elías tenía tiempo libre que dedicaba invariablemente a libar. Recibía sueldo por sus servicios por lo que el negocio de la lotería era administrado por Constelación, quien a su vez lo heredó de sus padres.

Cada vez menos gente se acercaba a jugar y el Gritón sentía que se convertía ineludiblemente en una carga para la pareja que le había dado un estilo de vida. Treinta años atrás lo recogió de las calles inmundas una familia que se hizo suya con el tiempo. Se entendió de maravilla con los hermanos de Constelación, quienes a su vez crecieron retirándose cada quien a emprender negocios o trabajar en lo que pudieron acomodarse.

Llegó noviembre encontrándose la feria junto a un circo que exhibía sus miserias en un arrabal. El gritón no faltaba a su cita diaria con la lotería, ni dejaba de tomar remedios que en realidad ya no le provocaban efecto alguno.

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— Laaas jaraaas .

— Eeel gallitooo que te despierta solitooo.

— La muerte que viene a raíz.

El gritón ya no pudo pronunciar nada cuando le faltaban solamente cinco cartas. Un niño quizá de once o doce años lo observaba atento sin descuidar su juego. Notó el sudor que le escurría por la cara al Gritón. Se levantó, dejando la tablita casi completamente llena de granitos de maíz, para colocarse junto al micrófono que sostenía el Gritón y pronunció junto con él:

— La pera para que la muerdaaa tu buelaaa.

— El mundooo que se va rodando.

— El diablito cornudo y panzón.

— El catrín como el que está ahiiii.

— El sol que es la cobija de los pobreees.

— ¡Lotería! — Gritó alguien. La tanda había terminado.

Carlos Antonio Villa Guzmán es Maestro en Comunicación de la Ciencia y la Cultura por el ITESO, es profesor-investigador del Departamento de Estudios de la Comunicación Social en la Universidad de Guadalajara.

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3 pensamientos en “El gritón, por Carlos Antonio Villa Guzmán

  1. Carlos, tu cuento me ha resultado maravilloso, evocador. La invitación a recordar el juego de la Lotería (la Feria), la invitación a mirar y reconocer el sufrimiento que día a día viven muchos de nuestros hermanos (Constelación, Elías y el Gritón), la invitación a pensar en la posibilidad que tienen los más jóvenes de hacer suyos nuestros sueños (el niño). Felicidades. Además me dio gusto “encontrarte” en este cafecito! Saludos

    • Maria Martha, qué gusto encontrate en este delicioso café. Te gradezco mucho los hermosos comentarios que me dejan tan contento pensando y recordando; hay tantas cosas que se nos van olvidando ¿verdad? . Espero que no suceda así con la amistad y lo aprendido con quienes compartimos la vida. Por favor recibe un abrazo con el afecto y la admiración que tengo hacia tí.

      Carlos

  2. Pingback: 3213 México, El Cafecito, V Aniversario, Dorismilda Flores « Octavio Islas. Director de Proyecto Internet-Tecnológico de Monterrey, Campus Estado de México [octavio.islas@proyectointernet.org]

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