El Cafecito

El Oscar o arroz con atún, por Luis Buero

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Se acaban de entregar los premios Oscar y hubo muchas sorpresas. Pero lo anecdótico de esta “81 Edición” es que entre los concursantes había muchas parejas, confirmando aquello de que Dios los cría y Hollywood los junta.

Una amiga actriz me preguntaba días pasados cómo vivirían ellos en la intimidad estas circunstancias. Por ejemplo, ¿que habrá pasado en la cocina de Brad y Angelina cuando ambos llegaron con las manos vacías? ¿Se negó él a darle el biberón a alguno de los babies tailandeses? ¿Angie en la cama le dijo: “esta noche no, querido, extraño al Oscar, no a vos”?

Penélope Cruz se llevó el fálico ornamento al que declaró no haberle mirado la cara durante cinco minutos. ¿Qué le miraba al Oscar entonces? El problema es saber si su novio Bardem le preparó el lunes una nutriente paella, o pensó “ésta ahora está más agrandada que galleta en el agua, coño”.

La que ya no se sube más al Titanic es Kate Winslet, que se la pasa juntando premios Oscar. Ella seguro no se hizo la diva en casa, y le debe haber puesto las pantuflas a su media mandarina Sam Mendes, todos sabemos que una actriz piola siempre trata bien a un director, aunque sea su marido.

Pero al margen de estos bolu-pensamientos, es triste descubrir que entre las parejas que dicen amarse puede existir la fisura de la envidia y la rivalidad. Y no es sólo un bacilo propio de los narcisos y narcisas del espectáculo, es algo común entre cualquier Romeo condenado por su machismo, y cualquier Julieta atrapada en los preconceptos del feminismo.

Muchos matrimonios son como locales con un cartelito en la puerta, que de un lado dice “colaboración” y del otro, “competencia”. Algo peor todavía es lo que le sucede a mi amiga actriz.  Ella está por abandonar su prometedora carrera para irse a vivir a un pueblito pequeñísimo del interior a pedido de su novio, porque a él le provocan celos que ella haga teatro, y con la excusa de que Buenos Aires es una ciudad insegura, se la lleva al trasero del mundo, donde sabe que ella no podrá continuar su vocación. Dos noches atrás, yo volvía en un auto con ella y su novio, de una función que ella había dado. Mi amiga manifestó que estaba cansada y tenía ganas de comprar empanadas. Su novio conviviente le dijo que no, que él quería que le hiciera una ensalada de arroz con atún, y que si ella estaba cansada era porque se lo había buscado sola. Sí, cosas así suceden en el 2009, yo no lo entiendo, pero al menos ustedes habrán comprendido porqué titulé así esta columna. ¿O no?

Luis Buero es guionista, periodista y psicólogo social. Colabora para El Cafecito desde Argentina. Visita su sitio: http://www.luisbuero.com.ar

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