El Cafecito

Diario de lecturas (enero), por José Luis Justes Amador

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Se me olvidó, o no tenía donde, apuntar de donde salió una de las dedicatorias más hermosas que he leído nunca: “Para ____ que se dará cuenta de quienes somos cuando ya no seamos nadie”.

Sueño con escribir una novela que comience diciendo: “Cuando era más joven y más vulnerable, mi padre me dio un consejo en el que no he dejado de pensar desde entonces. ‘Siempre que sientas deseos de criticar a alguien’, me dijo ‘recuerda que no a todo el mundo se le han dado tantas facilidades como a ti’.”. Qué mala suerte que se adelantara Scott Fiztgerald en The Great Gatsby.

Borges lo resume perfectamente: “sólo eran falsas las circunstancias, la hora y uno o dos nombres propios”. Eso debe ser la literatura, encontrarnos a nosotros mismos u a otros, en otras circunstancias, en otro tiempo, con los nombres cambiados.

Ya van tres, y eso apenas en el 2008, memorias sobre la Shoah (Holocausto) se descubren como falsas, montadas, prefabricadas. Y, además, llega “El niño del pijama de rayas”, la maravillosa amistad entre un niño prisionero, que está como en una visita a los parientes del campo, y el hijo de un nazi en el campo. No sé que me enoja más: esa manía, literaria y fílmica, de presuponer que las historias basadas en “hechos reales” duelen más, son más emotivas, o el hecho de falsear algo que podría ser una buena novela diciendo que sí que fue cierto.

Dos detalles de la “Autobiografía” de San Ignacio de Loyola, editada en un tomito precioso por la UNAM. El primero, vanguardia muchos años antes, es que es una autobiografía escrita en tercera persona y por otra mano. La segunda es que tras convertirse dos de los primeros actos de Ignacio son enrabietarse con un moro al que está a punto de degollar (si la Providencia no hubiera enviado su mulo por el otro camino) y suicidarse porque tiene momentos de sequedad espiritual.

“El empleo de los aviones como ataque, es un hecho histórico que representa la creatividad y la desesperación de las naciones que viven sumidas a los dictados imperialistas de las grandes economías, eso es todo” (Enrique Levetier). Dios mío, lo que tiene uno que leer.

¿Qué esperar, dice el sabio Steiner, de la educación de un país que comienza la jornada escolar jurando lealtad a la bandera en lugar de recitar algo más académico, un poema, una tabla, de memoria?

Jorge Fernández Granados, el excelente poeta de “Principio de incertidumbre”, que va perdiendo su vista poco a poco escribe en hojaxhoja un artículo en que, aunque hablando de sí mismo y sus dificultades y como las vence, recuerda uno de los componentes primordiales de la lectura, su componente físico.

Un dato inútil: el ángel arrodillado más a la derecha en el Bautismo de Cristo de Verrocchio es obra de su discípulo más aventajado: Leonardo da Vinci. A los 22 años.

Un dato no inútil: sólo el 1% de los mexicanos es capaz de escribir sin faltas de ortografía. O, si así prefieren, el 99% de los mexicanos escribe con faltas de ortografía. Un país que descuida su ortografía, que descuida su idioma, es un país condenado a no saber hablar y, por ende, a no saber entenderse. No es por purismo, es por pragmatismo.

La luz de la que se compone el laser y la que precisamente le da tanto poder tiene un nombre científico que debería ser el de un buen poema, el de un buen poemario: luz coherente.

Pido a los dioses que mis penas cesen,

(…)

Y ahora aguardo el signo de la antorcha,

(…)

Cada vez que me tumbo en mi camastro

perdido en la tiniebla y empapado,

y nunca visitado por los sueños

-que en vez del sueño, el terror se me acerca

y el párpado cerrar no me permite

en tranquilo reposo-, cuando quiero

cantar o bien silbar una tonada

buscando contra el sueño algún antídoto,

echo a llorar, lamento el infortunio

de una casa ya no tan bien llevada

como antaño. Mas ¡ojalá que ahora,

a través de la noche, apareciera

la llama que traerá buenas noticias,

y llegara el final de mis desdichas!

(…)
Yo escojo, por mi parte, a quienes saben

y entienden, dirigirme. Para aquellos

que ignoran todo, todo lo he olvidado.
(Agamenón, Esquilo)

José Luis Justes Amador es escritor y traductor.

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