El Cafecito

Teoría de la afrenta, por Ricardo Esquer

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Aparentemente, Teoría de la afrenta, de Armando González Torres, es un título más adecuado para un ensayo moral, político o, estirando la acepción de los términos hasta sus límites, de tipo militar. Pero las apariencias juegan con nuestra buena fe, se burlan de las imposibilidades impuestas en esta realidad tridimensional en que arrastramos la existencia. Y su juego se vuelve francamente perverso cuando leemos los textos de este libro, pues encontramos retratos, estampas, historias escritas en prosa, tal como un lector dominado por las preceptivas más acartonadas podría esperarlo de un relato o, en el mejor de los casos, de ese género para muchos inexistente, que es el poema en prosa. Para colmo, la portada ostenta en caracteres diminutos, comparados con los del título, pero claramente legibles, la palabra “poesía”, que nos pone a dudar de nuestras referencias acerca de lo que es y lo que no es poético. Y es que, si entre poetas no hay acuerdo sobre el resultado de sus afanes, difícilmente puede haberlo entre quienes no estamos tocados por los dioses.

Sin embargo, una lectura más atenta nos convence del valor poético de estos textos, no a pesar de, sino precisamente porque se sirven de las apariencias para alcanzar su sentido más pleno. Desde la época de Alejandro el Grande aprendimos que el arte, en contraste con la ciencia, se finca en experiencias sensibles, sombras para la razón lógica según cierto poeta renegado que terminó haciendo diálogos filosóficos, y que para el mejor de sus discípulos, mentor del macedonio que vencía imperios para devolverlos a los gobernantes que reconocían su superioridad, tenían más posibilidades de mostrar el paisaje humano por basarse en lo universal, que el conocimiento científico, que se basa en lo particular. La razón poética en estas páginas toma como materia prima lo aparente, no para engañarnos, porque su propósito no consiste en discurrir sobre una verdad objetiva, sino en explorar la subjetividad de personajes sobre los que pesa una mirada según la cual un vaso con agua siempre estará medio vacío, por más cerca que el líquido se encuentre de sus bordes. Bajo este peso, lo verdadero o falso de las apariencias pierde relevancia ante el tono que adquieren desde la perspectiva del autor.

Paradójicamente, los efectos de la estética de lo imperfecto propuesta por este libro resultan saludables. A nadie se oculta la prevalencia de la ignorancia, la soberbia y la ambición en nuestros días, lo cual abona el campo para el cultivo de los libros de autoayuda, las autodenominadas revelaciones esotéricas y plagas por el estilo, en detrimento de la verdadera creación literaria. Para quienes compran estos productos poco o nada importa su valor artístico, pues pagan por el caldo de tila que apacigüe sus amedrentados, confusos y perezosos espíritus. Y reculan ante el nítido espejo que les devela una escritura como la de Armando González Torres. Y cómo no, si aquí se encuentran nuestras más auténticas facciones, los sentimientos más negados, los impulsos menos favorecidos por la hipocresía establecida. No obstante, el interés de estas páginas se inclina hacia lo literario y se aleja de lo moral en la medida en que tienen una coherencia interna en relación con lo que se considera literatura y, en lo particular, poesía. Desde los tiempos del Padre Adán la humanidad es pródiga en errores, pero las ideas de lo que son, cómo se hacen y para qué sirven el arte y la poesía han variado tanto como la manera en que vivimos, las creencias que nos iluminan y los temores que nos desorientan.

Teoría de la afrenta narra historias, describe paisajes humanos y lanza imprecaciones contra dioses, hombres y mujeres definitivamente instalados en el lado oscuro de la existencia. Los asuntos privilegian la estupidez humana, en la que muchos nos complacemos y, entre la degradación y el mejoramiento, las historias optan por lo primero, negando cualquier posibilidad de redención. Sin embargo, el ebrio, el misántropo, el despechado son tan ideales como los personajes de los libros de los que estos personajes quieren alejarse, aunque de un signo diametralmente opuesto, pues mientras que las llamadas obras edificantes imitan la realidad para mostrar lo que a juicio de sus autores debiera ser, la de nuestro autor lo hace para mostrar lo que es, de acuerdo con su óptica. Unos y otros se parecen en que utilizan palabras para llegar a esquinas contrarias del polígono literario donde se han librado y seguirán librándose las contiendas entre tendencias divergentes, pero no pueden prescindir de sus desemejantes para lograr sus fines.

Así, un diálogo platónico sirve a fines diferentes de los del mejor alumno de Sócrates. Con un lenguaje que no describe situaciones armónicas porque al autor no le interesa hacerlo, pudiendo lograrlo, los únicos participantes de un banquete que permanecen despiertos conversan sobre los efectos del vino en nuestras almas. Y si el original recomienda alejarse de la ebriedad, el de aquí la pondera, pues “nuestras mentes fragmentadas vuelven a hermanarse ante un mismo paraíso” gracias a un buen trago. En este sentido, la escritura de que se habla está más cerca de la sofística que de la poética aristotélica, que también aprecia lo aparente, pero aquí se postula la relatividad de la verdad y la existencia de verdades múltiples, lo que nos dice que los enemigos de Sócrates son nuestros contemporáneos y nosotros mismos. Pero también, y de manera más principal, que todavía no agotamos las consecuencias de los descubrimientos de los sofistas. Quizá porque no hemos dejado de equivocarnos ni de necesitar la oscuridad para apreciar mejor la luz.

Armando González Torres. Teoría de la afrenta, México, CNCA, 2008.

Dos textos de Armando González Torres

Comedia

Se observa un paisaje mineral en penumbras, donde deambulan criaturas desgarbadas, casi informes. Una toma más cercana permite distinguirlos: son señoras y señores enfrascados en lamentos gesticulantes.

Los micrófonos de alta sensibilidad distribuidos estratégicamente captan un conjunto de voces trémulas que deploran sus vidas inertes y se conduelen de sus fortunas tan modestas, pero tan modestas, que no merecen siquiera el rencor de sus prójimos.

Trata de mirarlos bien, amiga, son los cobardes y los débiles, aquellos que no amaron, aquellos que nunca quedaron en ridículo, aquellos que no pelearon por una causa equivocada, aquellos que ni ofendieron ni se humillaron, aquellos que no derrocharon sus dones, sino que los dejaron podrir en la nevera.

Rogativa del despecho

Hace tanto tiempo que sufro de tu ignorancia, son tantas ya las ofensas que alimentan mi odio, que hoy quiero recordarte sólo un poco de lo acontecido; recordarte que te has cruzado conmigo muchas veces sin reconocerme, como si yo fuera un ser cuyo cuerpo puedes atravesar sin tocarlo, cuyo lenguaje inaudible no alcanzas a percibir. Por eso, te maldigo e imploro que te enfermes y nunca convalezcas, que acapares el miedo, la rapiña y la desgracia, que, por ejemplo, fatuos ritos y falsos profetas pierdan a tu madre y que un día extraños emisarios acudan a tu casa a entregarte el cadáver de algún hijo y que, en demencial y sórdida disputa, se pierdan la fortuna y el orgullo de tu estirpe y que luego, entre la sinrazón y el desamparo, sin recordar quién eres y qué males cometiste huyas por ciudades inhóspitas y oscuras carreteras, carcomida por el hambre y el olvido. Y espero que todo eso te obligue, en una tarde de lucidez ocasional y desdichada, a un examen de conciencia, a que peses tus acciones y tus omisiones y a que entiendas ese horror que me embargaba cada tarde en que tus ojos altivos pasaban impasibles ante mi saludo humilde, esperanzado.

Ricardo Esquer es poeta.

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