El Cafecito

El vaticinio de Truffaut, por Rocío Salas Arreola

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Humphrey tenía la mala costumbre de llevarme el correo tarde. Además siempre lo revisaba.

— ¿¡Esto fue lo único que no pudiste abrir…verdad!? Le grité.

Era una pequeña caja color rojo. Al abrir el grueso cartón, envuelto en plástico había un libro y una carta, abrí esta última y una grata sorpresa… era mi gran y muy estimado François Truffaut.

Mon ami de l’âme:

El problema con las nuevas propuestas de cine es que se hacen en la televisión, ya sabes mi postura sobre  eso; las nuevas generaciones creen que lo saben todo y su educación son los sets televisivos… la desaparición progresiva de todos los directores que han hecho cine mudo, y su sustitución por una generación que ha aprendido su trabajo en la televisión, que es un sitio horrible para aprender a trabajar. Los directores que se han formado en la televisión no saben expresarse más que por los diálogos, y esto es un desastre para el cine.

Hay que filmar otras cosas con otro espíritu. Hay que abandonar los estudios demasiado costosos (no son más que cuevas ensordecedoras, insalubres y mal equipadas) para invadir las playas soleadas donde ningún cineasta se ha atrevido a plantar sus cámaras. El sol cuesta mucho menos que los focos y los grupos electrógenos. Hay que rodar en las calles e incluso en apartamentos de verdad; en lugar de colocar cinco espías patibularios ante mugre artificial,  hay que filmar ante verdaderas paredes mugrientas historias más consistentes.

El existencialismo llegó a la pantalla grande de la mano de este cineasta sueco. Alejó al cine del mero entretenimiento y lo dotó  de una desnuda profundidad.

Su obra gira permanentemente alrededor de la muerte, el peso del tiempo y de la religión.

A veces realista y con una enorme carga de reflexión  filosófica. Creador de su Trilogía del silencio: Como en un espejo (1961), Los comulgantes (1962) y El silencio (1963). Ingmar Bergman no deja salida a sus personajes y los encierra en espacios asfixiantes que enfrentan a su propia soledad.

El manejo casi obsesivo del tiempo cinematográfico (la duración de los planos que parecen tener vida), la extraordinaria dirección de los actores y la excelente fotografía del maestro europeo, el también sueco Sven Nykvist.

Michelangelo Antonioni junto con Federico Fellini, el alocado Pier Paolo Passolini y Bernardo Bertolucci (al menos los primeros tres) fueron parte del nuevo cine italiano, el cual abarcó quince años: 1959-1974. Todos alumnos del neorrealismo italiano, de esa escuela que dejaron Rossellini, Visconti y De Sica.

Italia golpeó con fuerza el cambio de década a los sesentas y Antonioni inicio su celebre Trilogía de la incomunicación: La aventura (1959), La noche (1961) y El eclipse (1962). Moldeó sus obras con refinado sentido visual, en el tratamiento del espacio y tiempo fílmico.

La extrañeza de sus ambientes, el peso del silencio y los tiempos muertos, orillaron a que el público no lo aceptará e inclusive fuera abucheado como sucedió en el festival de Cannes en 1960, el presentar La aventura. La crudeza emocional de su trabajo desconcertó a muchos, ya que sus primeros trabajos en cortometrajes y su primer largometraje Crónica de un amor (1950), si bien tenían una narrativa singular y una velada adversidad, no llegaban a ser tan agobiantes como sus siguientes trabajos.

El maestro Rossellini salió a su defensa, con un desplegado firmado por otros cineastas en apoyo a su compatriota.

Las historias de distanciamiento, inconexas, lentas y sórdidas, acompañaron al cineasta italiano hasta el final de sus días.

Después de reflexionar y de reír con las anécdotas de Truffaut, termino su carta con esto.

Je crois que, dans une certaine manière, je vois la vie comme elle ils voient par les femmes, il est de dire, toutes les activités humaines me paraissent ridicules, dérisoires, l’ambition moi paraît une chose stupide, sans sens et sans intérêt. Par conséquent, dans ces aspects j’ai un regard un peu de femme-.

Creo que, en cierta manera, veo la vida como la ven las mujeres, es decir, todas las actividades humanas me parecen ridículas, irrisorias, la ambición me parece una cosa estúpida, sin sentido y sin interés. Por tanto, en estos aspectos tengo una mirada un poco de mujer

Truffaut ya tiene veintitrés años de muerto, pero yo había hecho contacto con él a finales de los setentas por medio de un amigo en común, nos habíamos escrito compartiendo impresiones, ¿sobre qué más?… claro, de cine.

La última misiva que le envié tardó en tener respuesta y la verdad ya no recuerdo lo que le escribí, pero con esta carta supe la interrogativa que le hice.

¿Nos estamos quedando huérfanos?

Rocío Salas Arreola es pintora, cinéfila y gestora cultural.

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