El Cafecito

Día de diversión en el trabajo, por Luis Buero

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En el mundo existen dos clases de personas, las que tienen una vocación definida y las que no.

A su vez al primer grupo es posible subdividirlo en dos categorías. Una es la de los que hacen lo que les gusta, los que se ganaron el derecho o tuvieron la buena suerte de conseguir un empleo acorde a su profesión, estudio o capacidad especial. Son esos afortunados que todos los días logran poner en juego su inspiración, sus mejores aptitudes, su narcisismo, su deseo y  su goce. Y están después los que naciendo con un don, una gracia, una inclinación especial hacia alguna tarea, no la han podido desarrollar y conviven laboralmente con aquellos a los que les da lo mismo sellar papeles, vender muebles o parcelas de un cementerio parque, atender el teléfono, o pasar datos a una computadora.

Y en esta división planteada se basa la diferencia conceptual que siempre hacemos los argentinos entre trabajo y laburo.

Trabajo es una palabra que parece esconder algo místico. Hasta Dios trabajó seis días para crearlo todo. Pero el vocablo  laburo es justamente para nosotros la expresión de lo forzado, de aquello que hacemos sólo por un sueldo, porque no queda otra y tenemos que comer.

Tal vez por ello a los americanos, que son unos maestros en el arte de obtener de los empleados lo mejor sin aumentarles el sueldo, inventaron hace diez años la idea de aplicar la diversión en las empresas, apoyados en la premisa de que el humor reduce el estrés, estimula la motivación, aumenta la creatividad, cohesiona los equipos humanos, potencia el impacto persuasivo de los mensajes de venta y fomenta un clima laboral más agradable. Y como estas genialidades prenden tarde o temprano, iluminados por la iniciativa, dos humoristas españoles han propuesto que el 1 de abril de cada año se convierta en el Día Mundial del Trabajo Divertido. Proponen, por ejemplo, sorprender al personal con unos churros a primera hora, empezar la reunión contando chistes, organizar una partida de bolos o un concurso de lanzamiento de aviones de papel en plena oficina. Otras opciones consisten en decorar la oficina con guirnaldas, globos, y que los empleados atiendan con algún aditamento de carnaval carioca, como anteojos grandes, sombreros o corbatas estrafalarias, matracas, pitos, cornetas, y demás elementos de cotillón festivo.

Bajo el precepto pues de que el trabajo “no tiene por qué ser una actividad miserable y sufrida, sino que también debe disfrutarse” los organizadores de la patriada insisten en que esto puede ser extensivo al trato con clientes, proveedores, pacientes. No está mal.

Ahora: ¿Cómo incluimos a los tímidos, los deprimidos, los que no se contagian de este “síndrome Patch Adams”? Y lo más importante: ¿Qué haremos luego, los otros 364 días, cuando la diversión no sea obligada y vuelvan, como diría Serrat, la zorra pobre al portal, la zorra rica al rosal,  y el avaro a las divisas?

Luis Buero es guionista, periodista y psicólogo social.  Colabora para el cafecito desde Argentina. Visita su sitio:  http://www.luisbuero.com.ar

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